4.6 Discussion
4.6.1 Suitable Dyes for the Combined Platform
P
robablemente ningún otro sistema teórico y terapéu- tico está tan ligado a la vida y obra de su descubridor como el psicoanálisis a Sigmund Freud. Este médico ju- dío vienés, nacido en 1856, conjunta en su persona toda la pasión, convicción y honestidad del investigador origi- nal, del descubridor a contracorriente, del conquistador (como alguna vez se refi rió a sí mismo). Sus escritos son, quizá más que en ninguna otra ciencia, referencia obliga- da, mitifi cada, y con mucha frecuencia, malinterpretada. Personaje contradictorio, sin duda, es, paradójicamente, uno de los ejemplos más claros de coherencia en el pen- sar, a veces rayando en la obstinación, pero siempre, en el último momento, con capacidad para abandonar ideas sostenidas durante lustros o décadas en favor de una teo- rización más congruente con el dato clínico.A Freud le cupo en ¿suerte? ser para el pensamiento científico del siglo XX el personaje que, a su vez, ocupa
el lugar central en la obra psicoanalítica: Edipo, el deve- lador del secreto de la Esfinge.1 Tal vez nunca imaginó
que acabaría siendo el Layo para toda una generación de nuevos Edipos, deseosos de medir fuerzas con el padre rival. No sólo tuvo que enfrentar el abandono de discí- pulos predilectos (Adler, Rank, Jung), sino el rechazo de toda una sociedad burguesa, represivamente victoriana, plagada de “buenas conciencias” que al final se sacudió alarmada por vía del nazismo dando sus libros a la ho- guera en mayo de 1933. Ni siquiera así perdió el aplo- mo, comentando con una buena dosis de ironía y re- signación judías “¡Qué progresos hacemos! En la Edad Media me hubieran quemado a mí; hoy, se conforman con quemar mis libros” (Jones, 1961: 219).
Y hablando del judaísmo de Freud, ¿quién puede negar la estrecha vinculación que se encuentra entre el carácter judío y el movimiento psicoanalítico? Hoy sabemos que esta relación es más que meramente cir- cunstancial. Es, probablemente, ese sentido de la in- terioridad en el judío —religión que carece de iconos externos— y su liga con la diáspora y las persecucio- nes, lo que determina un cierto grado de proclividad a la introspección que, cuando se suma a las frecuentes migraciones y exilios, crea el terreno más fértil para la labor del psicoanalista: la búsqueda de un pasado per- dido, conflictivo, olvidado, tormentoso, desplazado ahora desde lo nacional a lo personal. Sólo así se puede explicar el gran desarrollo —y consumo— de los bienes psicoanalíticos en países donde la inmigración judía ha sido más que frecuente. Por supuesto, hacemos men- ción de lo sucedido en una parte de Latinoamérica y Estados Unidos.
Pero tal vez lo judío del psicoanálisis (y de Freud) no termina ahí. Con riesgo de caer en sobresimplifi- caciones, apuntaremos que, en ese final del siglo XIX,
marcado por el positivismo científico a ultranza —la Escuela de Viena precisamente—, tradición en la que Freud se desarrolló como médico, neurólogo e inves- tigador, hace su aparición en forma cada vez más cre- ciente y desde el principio en los escritos freudianos una preocupación por el sentido, por el significado, por el símbolo —y, por lo tanto, por la interpretación—, herencia segura de la exégesis y hermenéutica judías (Ricoer, 1970; Sánchez-Escárcega, 1994).
INTRODUCCIÓN
1 Sus discípulos y colaboradores le obsequiaron, con motivo de su 50 aniversario, un medallón que en una de sus caras representa a Edipo
ante la Esfinge, con un verso al pie que en su traducción dice: “Quien descifró el famoso enigma y fue un hombre muy poderoso” (E. Freud, L. Freud e I. Grubrich-Simitis, 1976).
BREVE
BIOGRAFÍA
DE SIGMUND FREUD
M
últiples trabajos se han escrito sobre la vida de Freud. Destacan la biografía de su discípulo Jones (1961), la excelente obra del historiador y psicoanalistaPeter Gay (1988) y, por supuesto, su propia autobio- grafía (1901a). En México, se ha publicado también un muy interesante trabajo colectivo (Consejo Nacional de
Ciencia y Tecnología, 1980). Sin embargo, no son és- tas las únicas obras que abordan al personaje Sigmund Freud —al hombre, al científi co, al clínico—: se han es- crito novelas, se han fi lmado películas, y en un sinfín de trabajos breves y extensos han estudiado sus sueños, su vida familiar y sus relaciones con colegas. Asimismo, se ha publicado casi toda su correspondencia —tan o más extensa que su obra teórica—, incluso, hasta su epistola- rio amoroso con la que fuera su esposa: Martha Bernays. Sin temor a exagerar, se puede decir que Freud ha sido el “paciente” más estudiado y “psicoanalizado” de la his- toria. Tanta (pre)ocupación por él no es gratuita: a me- nudo, se ha señalado que si Copérnico estableció que el hombre no se encuentra en reposo en el centro del uni- verso, y Darwin, que el hombre no es nada diverso del animal y es pariente próximo de algunas especies, Freud nos demostró que no es soberano de su propia alma o de su voluntad y que los principales procesos anímicos son, en sí, inconscientes: tres “afrentas psicológicas” que ani- quilan su “ilusión narcisista” (Freud, 1917: 129-135). ¿Podrá soportar una cuarta, por ejemplo la existencia de otros seres en el universo? (cfr. Sagan, 1980).
Y, ¿cómo presentar aquí, en unos cuantos párrafos, un esbozo biográfico, habiendo tan extensísimos y extraor- dinarios trabajos sobre el tema? Intentémoslo a sabiendas de que omitiremos hechos fundamentales de su vida.
Freud nació el 6 de mayo de 1856 en Freiberg (Moravia). Fue el primer hijo de la tercera esposa de su padre.2 Sus antepasados habían vivido en Colonia,
pero, debido a las persecuciones, emigraron hacia el Este. Su madre tenía 21 años al nacer él, y su padre, 41. Del primer matrimonio del padre habían nacido dos hijos: Emanuel (sólo un año mayor que la madre de Freud) y Philipp (dieciocho años mayor que Freud). Tuvo siete hermanos. El segundo, murió cuando Freud no había cumplido siquiera el primer año de vida. Antes de cumplir cuatro años, la familia emigró a Viena. Fue un estudiante brillante, casi siempre aprobado con ho- nores. Destaca ya desde su juventud el estilo y belleza de su lenguaje escrito que habría de hacerlo postulante al Premio Nobel de Literatura en 1919. Gran lector desde su juventud, habrá de conservar la referencia de los clásicos a lo largo de su vida. Consideró estudiar de- recho, pero al oír en una conferencia el ensayo La na-
turaleza, erróneamente atribuido a Goethe, decidió es-
tudiar medicina. Ocho años le tomó graduarse, no por pereza, ya que siempre fue un alumno sobresaliente, sino por su afición a la investigación, que lo absorbía en los trabajos que efectuaba en el Instituto de Zoología. Llama la atención el que a los veinte años planteó la idea de una intersexualidad en las anguilas, no deter- minada de manera genética. Decepcionado de la in- vestigación, pasó al Instituto de Fisiología, recibiendo las enseñanzas de Ernst Wilhem von Brücke, “el hom- bre que más influyó sobre mí”. Sus trabajos demuestran que estaba en el inicio de una brillante carrera, la cual abandonó —cuando conoció a Martha Bernays— en búsqueda de mayor solvencia económica para casarse. Abrió un consultorio médico y trabajó durante tres años en el Hospital General de Viena. Aun así, conti- nuó con la investigación, y publicó un trabajo sobre la cocaína. Experimentó en él, en sus amigos y en su no- via el efecto estimulante de dicha droga. Precisamente cuando preparaba una monografía —“su acceso rápido a la fama”—, acerca de los efectos de la cocaína, visitó a su novia en Wandsbeck. Un mes después, al regresar a Viena, se encontró con que su colega Koller había descubierto la sensacional aplicación de la droga como anestésico sobre el ojo. Fama internacional para Koller, mal disimulada amargura para Freud. Sin embargo, eso
2 Hay versiones contradictorias en cuanto a la relación de Freud con su madre. Por un lado, parece haber sido para ella el hijo preferido,
destinado al éxito, un sobredotado; por otro, pareciera que, desde temprano, Freud experimentó vivencias de abandono por parte de ella a raíz del nacimiento de ese nuevo hermano que luego murió y también por una enfermedad que prácticamente la acompañó toda su vida (Aberbach, 1984; Sánchez-Escárcega y Brown, 1992a).
Sin temor a exagerar, se puede decir que Freud ha sido el “paciente” más estudiado y “psicoanalizado” de la historia.
no fue todo: la adicción a la cocaína —entre ellas la de su amigo von Fleisch-Marxow— le ganaron la acu- sación de haber desatado para la humanidad “un ter- cer flagelo”, al lado del alcohol y la morfina. A pesar de ello, obtuvo el cargo de docente en la universidad y una beca para viajar a París a la Salpêtrière, donde conoció al famoso especialista en neurosis histéricas e hipnólogo, Jean-Martin Charcot. En ese lugar, des- cubrió el aspecto psicológico de la neuropatología. Al regresar a Viena y presentar un trabajo sobre La
histeria en los hombres, lejos de conseguir la fama, sólo
obtuvo rechazo. Finalmente, pudo contraer matrimo- nio con Martha, mujer, por cierto, muy arriba de sus pretensiones sociales. Especializado en neuropatología, su consultorio fue visitado sobre todo por enfermos nerviosos. Utilizó los métodos clásicos: electrotera- pia, masajes, baños curativos y la hipnosis aprendida de Charcot. En realidad, nada de esto funcionó como él deseaba.
En tales circunstancias, hace su aparición su buen amigo y protector Josef Breuer, considerado entonces el mejor especialista en enfermedades internas y clínica general de Viena. Breuer atendía a una paciente histé- rica llamada Bertha Pappenheim, mejor conocida en la literatura como “Anna O.”. Dicha mujer recordaba —y revivía con gran emoción—, en estado de hipnosis, la situación original en la que se habían manifestado por primera vez sus síntomas histéricos. Éstos desapa- recían por algún tiempo. A Freud le causaron honda impresión las comunicaciones que le hacía su colega e informó a Charcot, quien ciertamente no mostró un gran interés por el caso. No obstante, Freud decidió poner en práctica él mismo dicha técnica, denominada “catarsis”, con sus propios pacientes. Los resultados fueron publicados en conjunto con Breuer en el famo- so ensayo Estudios sobre la histeria (1893-1895), libro con el cual se origina el psicoanálisis, pero que ocasionó un distanciamiento entre los dos autores. Para Freud, quedaba claro algo que para Breuer no fue evidente: que los traumas que originan los síntomas psiconeu- róticos, por lo general, se relacionan con asuntos de índole sexual.
Freud siempre buscó en la infancia y en las etapas iniciales de su carrera la amistad (¿protección?) de un amigo, casi siempre mayor que él. Al declinar la amistad con Breuer, comienza a hacer su aparición el amigo co- rrespondiente a la siguiente etapa: Wilhem Fliess. Este otorrinolaringólogo berlinés había obtenido ya alguna fama gracias a dos descubrimientos: la periodicidad de ciclos en los organismos y la teoría de la bisexualidad
(es decir, que en la constitución biológica y psíquica de los organismos están presentes elementos del otro sexo). Esta amistad, resultó para Freud fascinante, aun- que duró, a lo sumo, tres años. Le proporcionó “un escucha”, el “auditorio” al que presentaba sus constan- tes y titubeantes descubrimientos sobre la sexualidad y las psiconeurosis. Pero no sólo eso: fue —como hoy se plantea— lo más parecido a un analista, el testigo de sus reflexiones, cuestionamientos e indagaciones dentro de él mismo: su autoanálisis. Fliess fue el benevolente interlocutor, ocupado en otros campos de la investiga- ción, que sin prejuicios asistió al nacimiento de con- ceptos como “represión”, “proyección”, entre otros. Asimismo, Fliess fue testigo del abandono de la neuró-
tica, o teoría de la seducción, que consiste en suponer
que el trauma original infantil había sido ocasionado por algún acto de seducción erótica por parte de adul- tos. Al quedarle claro que éstos no habían sido hechos reales, sino fantaseados, imaginados, y en última instan- cia, deseados, Freud entra al terreno psicoanalítico por excelencia: la fantasía y el deseo inconscientes.
En aquella época, no le iba bien a Freud: habían sido rechazados por la Sociedad de Medicina sus des- cubrimientos sobre la histeria, Meynert le negó el ac- ceso al laboratorio de anatomía cerebral, y Scholz, al material clínico para sus conferencias. Se le acusó de interrogar a sus pacientes sobre su vida sexual y se le dejaron de enviar. Éste es el periodo al que después Freud se refirió como de “espléndido aislamiento”. Mejor para la ciencia: fue el periodo en el cual hizo uno de sus más grandes descubrimientos: el complejo de Edipo, término utilizado para señalar el momento del desarrollo (por lo regular, entre los 3 y 5 años de edad) en el cual el niño (Freud se refirió inicialmente al niño varón), en actitud ambivalente hacia sus proge- nitores e impulsado por sus instintos y fantasías, siente rivalidad hacia su padre, al cual desea desplazar en el cariño de la madre.
¿Cómo llegó Freud a este descubrimiento? En esen- cia, a través de la interpretación de los sueños que solían relatarle sus pacientes. Los resultados de sus indagaciones, así como el planteamiento de una novedosísima teoría so- bre el funcionamiento del aparato psíquico, se hallan en su obra La interpretación de los sueños (1900), donde se incluye la primera interpretación completa de un sueño del propio Freud (“el sueño de la inyección de Irma”).
Con el desarrollo de esta técnica interpretativa, Freud abandonó de modo definitivo la técnica de la catarsis y cualquier otra, para concentrarse en la “aso- ciación libre” —la base de todo psicoanálisis—, en la
cual se le pide al paciente, que permanece consciente, que diga todo cuanto viene a su mente, sin ningún tipo de restricción. Por cierto, aquí inicia el uso del diván, que promueve una mayor espontaneidad de las asocia- ciones. Éstas, aunadas a la interpretación de los sueños, permitían acceder a pensamientos, recuerdos y fantasías de la época más temprana del paciente, por lo general dolorosos, y, por lo tanto, reprimidos. Además, duran- te ese periodo, Freud reconoció el significado incons- ciente de esos pequeños olvidos, lapsus, actos fallidos, etc., que nos son tan familiares. Con dichas bases, antes de 1905 se publicaron otras dos obras fundamentales:
Psicopatología de la vida cotidiana (1901b) y Tres ensa- yos de teoría sexual (1905).
La época del aislamiento comenzó a ceder cuando, a partir de 1902, se le unieron los médicos Alfred Adler, Rudolf Reitler, Max Kahane y Wilhem Stekel. En 1903 lo hizo Paul Federn, y en 1905, Eduard Hitschmann. Antes de 1910, también se habían agregado Otto Rank, Hanns Sachs, Max Eitingon, Abraham A. Brill (Estados Unidos), Ernest Jones (Inglaterra), Ludwig Jekels (Polonia), Karl Abraham (Berlín) y Sándor Ferenczi (Budapest), entre otros. ¿Qué hizo que este pequeño grupo de profesionistas —en 1908 eran vein- tidós—, en general bien establecidos en su campo, se unieran a un hombre tan cuestionado en su momento? No lo sabemos, pero esta pequeña “sociedad” atra- jo tanto la atención que, entre 1907 y 1910, logró despertar el interés de dos personalidades en el cam- po académico y científico: Eugen Bleuer y C. G. Jung (ambos de Zurich). Tan prominente “cuadro” consi- guió, finalmente, que la universidad y la famosa clíni- ca psiquiátrica de Burghölzli (Suiza) incorporaran al
psicoanálisis entre sus técnicas de tratamiento para tras- tornos graves, así como la fundación, en Nuremberg, de la Asociación Psicoanalítica Internacional (1910). El camino parecía estar allanado para recibir, en 1909, la invitación de la Universidad de Clark de Worcester, Massachusetts, para participar en las celebraciones de su vigésimo aniversario, donde se le otorgó a Freud el título de doctor honoris causa. Asimismo, se unieron las primeras mujeres, entre ellas Lou Andreas-Salomé, famosa escritora germana ex amante de Nietsche y Rainer Maria Rilke.
La fama mundial comenzaba para Freud, y con ella, las primeras crisis y deserciones en el grupo original; las más importantes, la de Adler en 1911 y la de Jung en 1914. Aunado a esto, el ascenso se vio interrumpido por la Primera Guerra Mundial (1914-1919). El grupo se disgregó, el contacto y la afluencia de analistas ex- tranjeros se interrumpió, amén de que la mayor parte de los médicos locales fueron llamados a filas (así como los tres hijos varones de Freud). Las dos principales pu- blicaciones psicoanalíticas tuvieron que ser suspendidas y la vida en Viena —sin calefacción, casi sin pacientes, sin dinero y sin ánimo— se volvió prácticamente inso- portable para Freud. Con muy poco material clínico sobre el cual escribir, hizo lo que ya había hecho en su época de aislamiento: explorar el interior de la mente humana. En este periodo, surgen los principales escri- tos teóricos, compilados con el título Trabajos sobre me-
tapsicología (1915).
Con el final de la guerra, no hubo una rápida me- joría de su situación: Austria se encontraba sumida en la pobreza y la desesperanza. Además, Freud sufrió dos pérdidas fundamentales: Anton von Freund (promotor y benefactor del psicoanálisis) y su hija Sophie (muerta de pulmonía). Con este panorama, no es de extrañar que en 1920 publicara Más allá del principio del placer, donde se presentan los conceptos de pulsión de muer- te y compulsión a la repetición. Tampoco sorprende que el gran peso de los eventos y fenómenos sociales lo llevaran a escribir Psicología de las masas y análisis del
yo (1921).
La “salida” para Freud, en épocas de dolor, rechazo o enfermedad, siempre fue la creatividad. Es por ello que en esta etapa reformula de manera radical la teoría con la que durante casi veinticinco años había venido trabajando, al plantear en El yo y el ello (1923a) la teo- ría estructural (ello, yo y superyó). La primera de estas instancias psíquicas (el ello) —que, evidentemente, al igual que las otras, no tiene una localización anatómica cerebral—, abarca más o menos lo que anteriormente
Cuando su fama mundial comenzó, Freud, sufrió las primeras crisis y deserciones en el grupo original; entre las más importantes, la de Alfred Adler (izquierda) en 1911 y la de Carl Gustave Jung (derecha) en 1914.
encía del lado derecho que le fue extirpado (ya había presentado síntomas desde 1917). A esta operación, siguió otra más radical, que incluyó el vaciamiento del maxilar y la encía derecha. Tuvo que usar una prótesis de gran tamaño que lacónicamente acabó llamando “el monstruo”. Los dolores eran insoportables, entorpe- ciendo tanto el habla como el comer y el fumar. Treinta y un operaciones siguieron a estas dos, y aun cuando fue atendido por los mejores especialistas, hasta el fi- nal de sus días hubo de lidiar con la enfermedad para poder seguir trabajando. No deseaba perder la claridad de su pensamiento, por lo que evitaba en lo posible recurrir a los analgésicos. Además, nunca cedió en su ateísmo y en su actitud objetiva ante la muerte. Se con- sideraba un hombre de ciencia y se negaba a recurrir a los sucedáneos que pudieran desviarlo de su cami- no. Es probable que se sintiera recompensado cuan- do en 1936 fue designado miembro correspondiente de la Royal Society, la más alta distinción, después del Premio Nobel, para un hombre de ciencia. Mantuvo correspondencia regular con los grandes de su tiem- po: Albert Einstein, Thomas Mann, Hermann Hesse, Romain Rolland, Arthur Schnitzler, Arnold Zweig, Stefan Zweig, entre otros, algunos de los cuales fueron sus amigos. Ya antes, en 1930, la ciudad de Fráncfort le había otorgado el Premio Goethe y en 1931 se des- cubrió una placa conmemorativa en su casa natal. El