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PGDE Programme of Studies GROUP 1 School Holiday Studies

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PUNTO PRIMERO

Iniquidad de este juicio: inocencia y silencio de Cristo.

Los sumos sacerdotes, con todo su concilio, buscaban algún falso testimonio contra Cristo para condenarle a muerte; pero no le hallaron, aunque vinieron muchos testigos falsos para ello. Y, entre otros, unos dijeron: Este hombre ha dicho: Puedo destruir el templo de Dios, y en tres días reedificarle; pero ninguno de estos testimonios era bastante, ni Jesús les respondió palabra.

1. Sobre este punto, tengo de considerar, lo primero, la forma de este

juicio que intentó Caifás contra Cristo nuestro Señor, ponderando, quién son los jueces, sus dañados corazones y la soberbia y ambición con que

están sentados. Item, quién son los acusadores y testigos, su muchedumbre y perversas entrañas, ítem, quién el preso y acusado, su divinidad y soberanía, juntas con la modestia y humildad, admirándome de que el Hijo de Dios, juez de vivos y muertos, esté como reo, en pie y atadas las manos, oyendo contra Sí tantas calumnias delante de tan malditos jueces, los cuales eran sus crueles perseguidores, y haciendo forma de juicio, iban contra todas las leyes de justicia, convocando testigos falsos para condenar al inocente.

¡Oh Cordero inocentísimo!, ¿quién te ha puesto en medio de lobos tan crueles? ¡Oh Juez justísimo!, ¿quién te ha sujetado a jueces tan injustos? Las injusticias que yo hice son causa de las calumnias que padeces por librarme de ellas. «Líbrame, Señor, de las calumnias de los hombres, para que guarde con quietud tus santos mandamientos».

2. Lo segundo, se ha de ponderar la grande inocencia y pureza que resplandeció en Cristo nuestro Señor, pues andando sus enemigos a buscar con tantas ansias algo que acusarle, por fas o por nefas, no hallaron fundamento aparente para testificar contra Él cosa digna de castigo. Por donde se ve con cuánta verdad dijo: «Vino a Mí el príncipe del mundo y no halló en Mí cosa alguna». Porque Satanás, por medio de sus ministros, vino a prenderle, y prendido, condenarle a muerte con título de justicia, y no halló en Él cosa suya; esto es, cosa que fuese pecado, ni cosa digna de tal castigo.

¡Oh inocentísimo y purísimo Salvador! Por la inocencia y pureza de tu vida santísima, te suplico me concedas una vida tan inocente y pura, que cuando venga el príncipe de este mundo en la hora de mi muerte, no halle en mí cosa suya de que me pueda acusar para condenarme. Amén.

3. Lo tercero, se ha de ponderar el maravilloso silencio de Cristo nuestro Señor en todas estas calumnias, sin querer volver por Sí, ni excusarse, ni tachar los testigos, ni cogerlos a palabras, descubriendo su falsedad, lo cual le era muy fácil, por su gran sabiduría; pero quiso callar, confiado de su inocencia y de la fuerza que tiene la verdad, cumpliendo lo que dijo por boca del santo rey David: «Los que buscan males contra Mí, hablaron vanidades y tramaron engaños. Pero Yo, como sordo, no les oía, y como mudo, no abrí mi boca. Fui como hombre que ni oía ni sabía qué res- ponder a sus calumnias». Todo esto hacía nuestro Redentor para darnos ejemplo de silencio y sufrimiento en tales casos, remitiendo nuestra defensa a Dios y a la verdad conocida. Y también es un modo secreto y muy glorioso de triunfar de nuestros enemigos, los cuales desean que respondamos para tener algo de que asir con nuestra impaciencia o

indiscreción, o calumniando nuestra excusa; y así, Caifás, enfadado de ver tanto silencio en Cristo nuestro Señor, se levantó en pie y le dijo: «¿No respondes algo a tantas cosas como testifican contra Ti?» Pero Jesús ca- llaba y no respondió nada.

¡Oh Verbo divino, palabra eterna del Padre!, ¿por que no habláis alguna palabra en defensa vuestra? Mirad no digan que el que calla consiente, y os tengan por culpado por no haberos defendido. Pero vuestra misericordia quiere con su silencio satisfacer por mis parlerías y enfrenar mi lengua para que no excuse mis culpas. Enfrenadla, Señor, con vuestra gracia, para que sufra callando, como Vos sufristeis, y triunfe de mis enemigos, como Vos triunfasteis de los vuestros.

PUNTO SEGUNDO

Reverencia de Cristo al santo nombre de Dios.

Viendo Caifás que Cristo callaba tanto, le dijo: «Te conjuro por Dios vivo que nos digas si Tú eres Cristo, Hijo de Dios bendito.» Le respondió Jesús: «Tú lo dices, que Yo soy: y os digo de verdad que de aquí a poco veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra de la virtud de Dios y venir en las nubes del cielo».

1. Aquí se ha de ponderar la reverencia grande que Cristo nuestro

Señor tenía al santo nombre de Dios; pues habiendo callado con tanto

tesón, al oír conjurar por el nombre de Dios, luego respondió y obedeció al pontífice, aunque sabía que le conjuraba con mala intención, para sacarle alguna palabra de qué acusarle, y aunque sabía que su respuesta le había de costar muy caro, pues le habían de condenar por ella, dándonos ejemplo de reverenciar su santo nombre, y por él obedecer a los prelados de su Iglesia, aunque sean malos, sin resistirlos ni porfiar en nuestro silencio con dureza cuando nos mandan hablar o hacer algo contra lo que habíamos determinado.

2. Lo segundo, se ha de ponderar la respuesta que dio confesando

sencillamente la verdad que era Crista, y juntamente desengañándoles del

error que tenían contra esto, por verle tan oprimido, y para de camino ponerles algún temor que les enfrenase y apartase de sus dañados intentos; como quien dice: Yo soy Cristo, y aunque me desconocéis por verme tan humillado, día vendrá en que veréis al Hijo del Hombre sentado a la

diestra de Dios, y venir en las nubes del cielo a juzgar al mundo, como está profetizado de Cristo; por tanto, mirad bien lo que hacéis.

¡Oh Hijo de Dios vivo e Hijo del Hombre! Dios y hombre verdadero, humillado y ensalzado, que estás en pie como reo para ser juzgado por Caifás, y estarás sentado como juez en las nubes del cielo para ser juez de todo el mundo. Mi alma se abrasa con el fuego de tu amor cuando te miro, humillado para redimirme, y tiembla con gran temor cuando te considero entronizado para juzgarme. Séame, Señor, tu amor espuela para servirte y tu temor freno para no ofenderte.

3. También se ha de ponderar aquella palabra: De aquí a poco tiempo veréis al Hijo del Hombre, etc. Porque en los ojos de Dios, mil años son como un día, y aunque nos parece que la venida de Cristo a juzgar se dilata, será muy presto. Con lo cual pretendió enseñarnos que cuando nos viéremos humillados y atribulados, nos consolemos con pensar que de allí

a poco vendrá la exaltación; y al contrario, cuando nos viéremos engreídos

y soberbios, nos humillemos, entendiendo que vendrá presto el día del Juicio, en que seremos humillados, y en ambos casos nos ayudará a considerar lo que sentirán Caifás y los demás que estaban en este concilio congregados contra Cristo, cuando le vean sentado en tanta gloria como juez para condenarlos. ¡Oh, cómo se han de trocar las suertes, llorando con amargura irremediable los que aquí se atrevieron a ofenderle! Por tanto, escoge ser con Cristo humillado en esta vida, para que seas por Él glorificado en la otra.

PUNTO TERCERO

Hipocresía de Caifás y humillación de Cristo.,

Oída esta respuesta por el pontífice, rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado; ¿para qué deseamos más testigos? ¿No habéis oído la blasfemia? ¿Qué os parece?» Y luego todos le condenaron y dijeron: «Digno es de muerte».

1. Sobre este punto, se ha de considerar, lo primero, la hipocresía

endemoniada de este mal pontífice para indignar a todos contra Cristo

nuestro Señor: por una parte, rasga sus vestiduras en señal de tristeza, como quien había oído una grande blasfemia contra Dios; y por otra parte, se goza de haber hallado ocasión para condenarle; y así, como quien había alcanzado victoria, dice: «¿Para qué buscamos testigos?» Y atropellando el

orden del juicio, él se hace acusador y a los circunstantes hace jueces, pidiéndoles que ellos le juzguen y digan su parecer, provocándoles a que le condenen como a blasfemo, y así lo hicieron, diciendo: «Digno es de muerte.» Para que yo vea cuán errados son los juicios de los hombres, especialmente cuando están apasionados, pues llegan a condenar por digno de muerte al que es Autor de la vida, y a juzgar por blasfemo contra Dios al que es el mismo Dios.

2. Con esto tengo también de ponderar la humillación de Cristo nuestro Señor en este caso, compadeciéndome de verlo calumniado y oprimido por haber respondido la verdad, y admirándome que el Hijo de Dios llegue a tal extremo de desprecio, que sea juzgado por blasfemo, y sus palabras, que son de vida eterna, sean tenidas por blasfemias, dignas de muerte eter- na, sacando de este ejemplo motivos también para consolarme cuando me viere despreciado y condenado sin culpa.

¡Oh dulce Jesús! ¡Con cuanta más razón pudieras rasgar tu vestidura cuándo oíste las palabras de Caifás, tan llenas de blasfemias contra Dios, como las tuyas estaban llenas de verdad y gloria del mismo Dios! ¡Oh, si mi corazón se rasgase de dolor y pena oyendo las blasfemias que aquí dice contra Ti! No eres Tú, Señor, el blasfemo, sino el blasfemado, y por las blasfemias que los hombres dicen contra Dios, permites ser Tú blasfemado de ellos, pagando sus culpas con tus penas.

3. Ultimamente, ponderaré el ánimo con que Cristo nuestro Señor oyó

aquella sentencia: «Reus est mortis»: Reo es y culpado, y digno de muerte. Y cuando vio que todos en conformidad la pronunciaban, por una

parte se entristecía viendo su injusticia, y que personas a quien tanto bien había hecho le condenaban tan presto a muerte, y por otra parte, interior- mente la aceptaría y se ofrecería a morir por darles a ellos vida.

¡Oh caridad inmensa de Jesús, que así te dueles de nuestras culpas por el daño que nos hacen, y juntamente te ofreces a morir por librarnos de ellas! Te alaben, Señor, todos los ángeles, y a una voz contradigan a este perverso concilio, dictándole: Digno es de vida, digno es de vida. Vosotros sois los merecedores de la muerte, y Cristo sólo es digno de sempiterna vida.

Meditación 30

Las injurias y dolores que padeció Cristo nuestro Señor en

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