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El Tolima existía como entidad política desde 1861, pero aun a finales de siglo no constituía una región43, entendiendo “región” en el sentido general de “geographic space, larger than a locality but smaller than a nation-state, with a boundary [...] determined (with regrets for the tautology) by the effective reach of some system whose parts interact more with each other than with outside systems” (Van Young 1992: 3). Como veremos, esta entidad territorial tuvo una duración corta (1861-1905), que no respondió ni a una clara homogeneidad geográfica, ni a una estructura política comandada por unas determinadas élites, ni a unas características culturales específicas, ni a algún tipo de identificación sentimental de sus habitantes con esa entidad. Faltaban vías de comunicación y mercados que interconectaran el territorio, a pesar de que había importantes iniciativas particulares de comercio con el exterior. Incluso, como hemos dicho, gran parte del territorio estaba en proceso de poblamiento a finales del siglo XIX. Por su parte, la sociedad tolimense (tanto grupos populares como también los de más alto nivel económico) estaba constituida por lazos sociales y comerciales débiles, y no tenía representaciones muy fuertes de pertenencia a una nación, tampoco a una región y a veces ni siquiera a una localidad. En la investigación ya mencionada de Hernán Clavijo (1993), este enfatiza en la idea de que para el Tolima no es pertinente hablar de una elite regional sino de “elites locales”, lo que muestra la falta de cohesión regional de los grupos económicamente dominantes. Por su parte, en las zonas de colonización de fronteras, la cohesión social debía ser débil, si la población estaba constantemente cambiando.

Cuando fue creado el Tolima como estado en 1861, sus límites eran: al oriente el estado de Cundinamarca, al norte el estado de Antioquia, al occidente Antioquia y Cauca, y al sur el Cauca (abarcaba al sur el hoy departamento del Huila y al norte el territorio entre los ríos Guarinó y La Miel que hoy pertenece a Caldas) (cf. Mapas 1 y 3). El territorio medía unos 40.000 km2 y lo constituía un eje sur-norte marcado por el río Magdalena, y las tierras planas y de montaña aledañas a este, al occidente hasta los picos más altos de la Cordillera Central (hasta de 5.600 m) y al oriente hasta tierras de baja

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53 altitud de la Cordillera Oriental. Desde la Colonia la actividad económica se concentró en la zona plana aledaña al Magdalena. Pero también tuvieron un desarrollo incipiente poblaciones a lo largo de los caminos que de Santa Fe conducían al Cauca, principalmente a Popayán y en menor medida a Cartago. Por todo el territorio había grandes hatos ganaderos (ganado vacuno); en zonas de montaña había también algunos distritos mineros. Por ser zona ganadera, había poca población en la Colonia y ya desde finales del siglo XVIII esta era mayoritariamente mestiza, aunque todavía en el XIX había importantes núcleos poblacionales indígenas en zonas del centro y del sur (Martínez/Martínez 1996: 17). En la Jeografía física y política del Estado del Tolima, redactada por Felipe Pérez en 1863, este describe así las “razas” que habitaban el recién creado estado: “En el Tolima predomina la raza blanca o española i la resultante de la mezcla de ésta con la indíjena. Hai también algunos negros e indios puros, i muchos cruzados. El tipo dominante en la poblacion es el de las tierras cálidas” (Pérez 1863: 53). Indicaba pues el predominio de mestizos y la concentración de la población en las tierras bajas, que era precisamente donde se practicaba la ganadería. El predominio de la explotación ganadera es una importante característica del Tolima para mediados del siglo XIX, que, como veremos, comenzó a cambiar en el último cuarto de siglo. La actividad ganadera, como señala Fabio Zambrano, hacía que la población no tuviera mucha cohesión, sino que fuera “aluvional”, poco sujeta como fuerza de trabajo. Además había muchos dueños de haciendas ausentistas, lo que hacía aun más difícil el control de la población local. “Esto impidió el desarrollo de formas de sociabilidad tradicional a través del establecimiento de lazos de solidaridad tales como el compadrazgo, el padrinaje, el vecinaje, etc., o sea a través de la ampliación de la familia espiritual” (Zambrano 1989: 93).

Dadas sus escasas redes comerciales y la dispersión de su actividad económica y de su población, al menos hasta mediados del siglo XIX el territorio del Tolima puede entenderse como una zona de paso ubicada entre dos importantes centros de poder: Santa Fe y Popayán. Pero para la segunda mitad del siglo XIX la estructura económica y social de la región sufrió profundas transformaciones.

Desde mediados de siglo la parte norte del valle del Magdalena, específicamente el distrito de Ambalema, vivió un acelerado desarrollo económico. Este desarrollo inusitado se debió a un boom del comercio del tabaco en el mercado internacional por estos años.44

44 El boom del tabaco de mediados de siglo y los trastornadores efectos que tuvo en las regiones en

que se explotó, fueron muy estudiados por historiadores y economistas de los años setenta. Cf. por ejemplo Sierra 1971: 87-163; Bejarano/Pulido 1982: 123-177.

54 Esta zona ofrecía muy buenas ventajas para la producción y comercialización del tabaco. Así el negocio propició el desarrollo de plantaciones y fábricas, y alrededor de estas creció también la producción agrícola para proveer al gran número de personas que llegaron a trabajar a la zona (Sierra 1971: 138-163). Las cifras muestran el notable aumento en la población de Ambalema por esos años: en 1843 se calculaban 6.134 habitantes en el distrito, número que aumentó a 9.731 en 1851, disminuyendo un poco hacia 1865 (8.691 habitantes). Para 1870 el número había descendido al nivel de 1843 (6.039 habitantes) (Sierra 1971: 140). Este aumento poblacional era también evidente para los contemporáneos. Felipe Pérez se refería con entusiasmo a los cambios generados por el tabaco en la zona: “A su privilejiada comarca concurren de todas partes gran número de trabajadores atraídos por lo elevado del jornal, i no menor de traficantes en víveres para el consumo, pues la siembra del tabaco es allí la preferente ocupación de todos” (Pérez 1863: 58).

Tales cambios generaron un gran desarrollo del comercio y la agricultura de la zona norte, impulsado también por la introducción de la navegación a vapor por el río Magdalena, que patrocinaron las empresas tabacaleras. A partir de la década del 50, comenzaron a viajar regularmente barcos desde la Costa Atlántica hasta Honda (Fischer 1997: 285-302). La estructura de las notabilidades locales se vio, por las mismas razones, igualmente trasformada: los hacendados tradicionales perdieron poder, mientras que recién llegados comenzaron a liderar la producción agrícola, el comercio y aun las administraciones locales. Empezó así a conformarse una nueva notabilidad regional con comerciantes que por estos años vieron aumentar sus fortunas y por esa vía ascendieron socialmente (Clavijo 1993a: 26-38; Rivas 1899).

Sin embargo, el boom del tabaco fue temporal. En la década del 70, otros países empezaron a producirlo y los precios en el comercio internacional bajaron. Para finales de siglo, Ambalema ya había perdido toda su importancia. No obstante, una cierta prosperidad económica se mantuvo en el norte. Muchos de los que habían invertido en tabaco, nacionales y extranjeros, permanecieron en la zona como hacendados y siguieron desarrollando la agricultura de tipo más empresarial. Todavía a finales de siglo, varios de ellos tenían casas de comercio, principalmente en Honda, también puerto sobre el Magdalena, un poco más al norte de Ambalema. Algunos también estaban invirtiendo de nuevo en la explotación de las minas de la zona.

En la segunda mitad del siglo XIX, la vertiente de la Cordillera Central al norte del estado experimentó también un importante desarrollo económico, al comenzar un proceso

55 de colonización de esta frontera, hasta entonces escasamente poblada. Entre mediados y finales del siglo se fundaron seis municipios nuevos: Líbano, Casabianca, Santa Isabel, Soledad, Fresno y Villahermosa. En el censo de 1912 se observa que Líbano, creado en 1866, se había constituido en el tercer municipio más habitado del Tolima (Ibagué registraba 24.693 habitantes, Espinal 16.274 y Líbano 16.186) (Censo General 1912: 48).45

El poblamiento de esta zona fue parte del proceso de poblamiento de una vasta región, que abarcó también el sur de Antioquia y el norte del Cauca, denominado “la colonización antioqueña”. En efecto, las corrientes de pobladores más numerosas eran originarias del estado de Antioquia. Además, las relaciones comerciales y culturales que se generaron a partir de la comunicación constante con ese próspero estado dinamizaron mucho la economía de las nuevas poblaciones. No obstante, los antioqueños no fueron los únicos protagonistas de este proceso, como lo han mostrado ya numerosos trabajos (cf. por ejemplo Almario 1994; Londoño 2002; Appelbaum 2003, Ramírez 2004).46 Además de los antioqueños, hubo colonos provenientes de poblaciones del valle del Magdalena como Honda, Lérida o Ambalema. Igualmente hubo grupos que llegaron al valle del Magdalena por la bonanza tabacalera y se asentaron en tierras de la montaña. Más avanzado el siglo, llegaron también pobladores del altiplano cundiboyacense que, acostumbrados a las tierras frías, se establecieron en las tierras más altas de la Cordillera Central (Ramírez 2004: 27- 60). Todas estas fundaciones impulsaron el acondicionamiento de tierras para el laboreo, el desarrollo de nuevos mercados, la apertura o mejoramiento de caminos y la explotación de minas, actividades típicas del momento de “apertura de una frontera” (Reboratti 1990). A finales del siglo, estando los colonos mejor asentados, también empezó a sembrarse café, producto que en el siglo XX jalonaría la economía de esta zona. La relativa abundancia de tierras y su acelerado desarrollo económico propiciaron la movilidad social a una escala mayor que en el resto del Tolima. Todo este dinámico proceso de poblamiento del noroccidente del Tolima, unido al gran movimiento comercial del norte del valle del Magdalena por esta misma época, hicieron que el norte se convirtiera en el principal bastión de la economía del estado del Tolima, mientras el resto de la región tuvo un desarrollo menos dinámico o incluso sufrió un deterioro económico. La consolidación económica del norte se hizo evidente y se reforzó en 1886, con el traslado de la capital del

45 No se cuenta el municipio de Neiva (21.852 habitantes), que para ese entonces ya pertenecía al

recién creado departamento del Huila.

46 Jaime Londoño (2002) presenta una aguda crítica a los principales estudios sobre la colonización

antioqueña, mostrando que su interpretación se ha basado en el estudio de James Parsons, The Antioqueño

Colonization in Western Colombia, publicado por primera vez en 1949, y continúan así la tradición de

56 ahora departamento del Tolima de Neiva, en el Sur, a Ibagué, una población más cercana a la zona norte.

Ibagué abarcaba una gran extensión que se extendía hacia el oriente casi hasta el río Magdalena. Eran tierras muy secas en las que predominaban las haciendas ganaderas. Comparadas con las de otros distritos del centro, pero sobre el río Magdalena, como Espinal, Guamo y Saldaña, estas haciendas no eran de gran tamaño y sus propietarios eran de fortunas medianas. Muchos de ellos habían sido arrendatarios de haciendas de la Iglesia y pudieron posesionarse de ellas al ser abolidos los bienes de la Iglesia con las medidas económicas liberales de mediados de siglo. A pesar de que el tamaño de las haciendas disminuyó a lo largo del siglo, las fortunas de los hacendados normalmente crecieron al intensificar la producción por medio de la introducción de pastos artificiales y de técnicas para el mejoramiento de las razas. Estos hacendados, además, empezaron a invertir en la agricultura de exportación: al final del siglo incursionaban en el cultivo de café con éxito (Clavijo 1993a: 38-48, 111-125).

En el valle central del Magdalena predominaban desde la Colonia los grandes latifundios ganaderos, propiedad de unas cuantas familias con fuertes vínculos, o incluso avecindadas, en Bogotá (principalmente los Caicedo-Leiva). A pesar de que en el siglo XIX se privilegiaron otras formas de producción por encima de los grandes latifundios, estos lograron mantenerse. Incluso, con la desintegración de los resguardos indígenas, otra de las medidas económicas liberales de medio siglo, buena parte de las tierras de numerosos resguardos de Coyaima, Natagaima y Ortega pasó a ser integrada a esos latifundios y muchos de sus pobladores se convirtieron en arrendatarios (Clavijo 1993a: 67-73). Pero el poder de los propietarios de esas grandes haciendas fue disminuyendo y estas, por medio de herencias, fueron cambiando paulatinamente de dueños y sufriendo procesos de subdivisión (Clavijo 1993a: 125-139).

En Chaparral, sobre la Cordillera Central, al sur de Ibagué y occidente de los distritos mencionados de predominio indígena, fue más frecuente la propiedad agrícola que la ganadera, ya que las tierras allí eran particularmente fértiles. Los mayores propietarios provenían principalmente de familias del valle del Cauca (al otro lado de la cordillera). En el siglo XIX esas familias consolidaron sus fortunas con las nuevas posibilidades ofrecidas por la orientación de la economía al comercio exterior. Explotaron quina con éxito por un tiempo, pero sobre todo dieron muy buenos resultados los cultivos de café introducidos a finales del siglo. Pobladores de los resguardos desintegrados antes mencionados formaron buena parte de la mano de obra de esas haciendas cafeteras. Pero a pesar de la riqueza de la

57 zona, esta no gozó nunca de la importancia del valle norte del Magdalena dado su relativo aislamiento geográfico (Clavijo 1993a: 147-150).

Al sur, el territorio que después constituiría el departamento del Huila, continuó siendo también netamente ganadero hasta finales del siglo XIX. La producción de cacao, en cambio, que, al igual que la ganadería, había sido de gran importancia en la Colonia, fue decayendo en el siglo XIX. Del mismo modo, la importancia comercial de la zona, dada su ubicación en el camino de Bogotá a Popayán, disminuyó en el siglo XIX, al perder Popayán el protagonismo político y económico del que había gozado en la Colonia. En cuanto a las bonanzas comerciales de la segunda mitad del siglo XIX, estas afectaron a la zona de distintas maneras. Mientras la bonanza del tabaco los influyó poco, la bonanza de la quina en las décadas del 60 y 70 tuvo repercusiones mucho más fuertes, aunque poco duraderas. En las montañas de la Cordillera Oriental al sur del Tolima había ricos bosques quineros, cuya explotación atrajo grupos de personas provenientes del mismo Tolima, del Cauca y de los Llanos Orientales principalmente. Esto generó la apertura de caminos que comunicaban las selvas donde había árboles de quina, con el río Magdalena. También se generó un rápido crecimiento de las poblaciones por donde pasaban esos caminos y la aparición de nuevos mercados. Además, las autoridades estatales tuvieron que hacer presencia en algunas de estas zonas por petición de las compañías explotadoras que pedían su intervención para dirimir conflictos, en especial entre estas y colonos. El comercio de la quina hizo que el sur tuviera una conexión temporal con el mercado mundial y se desarrollara una débil estructura comercial interna (Martínez/Martínez 1996: 41-47). Así expresaba Felipe Pérez sus observaciones sobre el auge quinero en Neiva: Este distrito

recibió en su riqueza un grande impulso en los últimos años, merced al corte i comercio de quinas en que abundan los bosques que revisten la Cordillera Oriental. Por consecuencia de esa mejora en las fortunas de sus habitantes, se edificaron elegantes i cómodas casas de teja, se amueblaron bien, se vistió la jente con lujo i se despertó un grande interes por la educacion de la juventud. Hoi, [ha] decaido algo el activo movimiento mercantil por la baja de las quinas en Europa (Pérez 1863: 68).

El negocio tuvo nuevos momentos fugaces de prosperidad, pero ya para la década del 80, el producto no pudo seguir compitiendo con la oferta más barata proveniente de Asia (Fischer 1997: 170-171). Sin embargo, las redes generadas con la explotación de quina pasaron a ser utilizadas para la extracción de caucho. Como lo describe la historiadora Jane Rausch en su investigación sobre los Llanos Orientales, las principales compañías comerciales de los llamados “Llanos de San Martín”, Herrera y Uribe y Lorenzana y Montoya, comenzaron a explotar caucho en lugar de quina desde la década del 80. Para

58 transportar el caucho, una de las vías utilizadas era el camino que atravesaba la cordillera Oriental entre la Uribe (San Martín) y la población de Colombia (sur del Tolima). Con ello, la zona también se vio influida por las ganancias económicas y el nuevo orden traído por las compañías caucheras, y respaldado por agentes estatales y eclesiásticos (Rausch 1999: 234-244). Sin embargo, pronto se consolidaron otras rutas más expeditas para el transporte del caucho, como el río Amazonas, lo que hizo que perdieran importancia las rutas por el sur del Tolima (Martínez/Martínez 1996: 47-51; Fischer 1997: 181). Así, a diferencia de la colonización del norte del Tolima, al sur no se generó una economía fuerte que se hubiera mantenido tras los auges comerciales. Esto podríamos explicarlo porque el norte estaba mejor conectado, tanto con la próspera región de Antioquia como con la parte navegable del Magdalena, mientras que al sur, tras la zona habitada empezaba la selva amazónica. Además, allí no pudo consolidarse nunca la navegación a vapor, pues el lecho del río al sur de Honda no era apto para estos barcos (Martínez/Martínez 1996: 61-64). Neiva, el principal puerto sobre el Magdalena al sur del Tolima, creció y decreció al mismo ritmo de los auges y crisis económicos. Finalmente, como mencionamos antes, después de haber sido la capital del estado del Tolima desde 1877, perdió esta categoría en 1886.

Las zonas que hemos descrito aquí se corresponden medianamente con la división política del estado. Hasta finales del siglo el territorio estuvo dividido en tres provincias47: Norte (que iba desde el límite con Antioquia hasta el río Coello, con capital a veces en Ibagué, a veces en Ambalema), Centro (que se extendía hasta el actual límite entre Tolima y Huila, con capital en Guamo) y Sur (que constituye el actual Huila, con capital en Neiva). En la última década la provincia del Sur estuvo dividida por un tiempo en las provincias de Neiva y Sur (con capital Garzón). Así mismo, en esa década se intentó crear al norte una nueva provincia en los pueblos de colonización reciente sobre la cordillera, pero al parecer por discusiones sobre la elección de la cabecera, no se llevó a cabo el proyecto sino hasta 1903.48

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