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Es pertinente aclarar desde el comienzo los términos que usaremos para designar a los actores a los que se refiere el trabajo. En principio, buscamos hacer una reflexión sobre los sectores populares y sus formas de acción en un marco en que el contaban con poco poder. Estos sectores populares los constituían agricultores, jornaleros, arrendatarios, asalariados, pequeños propietarios, pequeños comerciantes con niveles de vida muy distintos y que realizaban actividades varias: podían cultivar para su subsistencia al tiempo que ser jornaleros en haciendas, asalariados en las nuevas industrias agrícolas, comerciantes de sus productos, o bien dedicarse en ocasiones a la minería o la ganadería. Estas formas de subsistencia se superponían en todo momento.
El geógrafo argentino Carlos Reboratti (refiriéndose específicamente a habitantes del campo en Brasil, Bolivia y Perú) ofrece una descripción del campesino que nos es útil para este trabajo:
es por lo general un migrante que busca reproducir su núcleo familiar, para lo cual su necesidad fundamental es el acceso –aunque sea precario– a la tierra, abundante en la frontera. Emplea técnicas de baja productividad, intensivas en mano de obra y prácticamente carentes de capital. Diversifica la producción a pequeña escala, dirigida al autoconsumo y, a lo sumo, comercializa una pequeña cantidad de excedentes para contar con dinero; ocasiona un bajo impacto ambiental, y la fragilidad de su relación legal con la tierra lo convierte en un eterno migrante fronterizo (Reboratti 1990).
41 Entre los sectores rurales populares del Tolima observaremos también esas características del uso extensivo de la tierra y la diversificación de la producción dirigidos al autoconsumo y reproducción del núcleo familiar, no a la producción de excedentes. Y en especial se constatará que fue desde la segunda mitad del siglo XIX donde esa “fragilidad de la relación legal con la tierra” se volvió un problema para esos campesinos, lo que los obligó a enfrentarse de diferentes maneras con la nueva legalidad que pretendía imponerse.
Usaremos con más frecuencia los términos “grupos populares” o “sectores populares”32
, que, consideramos, permiten tener en cuenta un espectro más amplio de actores y actividades, que el término “campesino”, que suele referirse a personas dedicadas netamente al cultivo de la tierra.33
En lo que respecta a las “élites” o los “notables”, estos también formaban un espectro amplio en el Tolima y su fortuna era dispar: propietarios de tierras, comerciantes, agricultores a escala mayor, exportadores. La definición de “élite” que ofrece el sociólogo Peter Waldmann funciona a medias para el Tolima: una minoría “que se diferencia de la mayoría por su rango, su prestigio y su autoridad” y que ejerce “influencia sobre las decisiones relevantes para la sociedad entera” (Waldmann 2007: 12).34
En efecto en el Tolima encontramos que había una minoría que se diferenciaba de la mayoría por su rango y prestigio (derivado principalmente de su capacidad económica, pero también por pertenencia familiar; por el contrario, el nivel educativo contaba poco en ese momento). Al respecto, sin embargo, debe decirse que el nivel de esas fortunas era dispar: el historiador tolimense Hernán Clavijo, en su detallado estudio sobre las élites del Tolima, analizó las compraventas de haciendas de más valor en el siglo XIX en distintas notarías del Tolima. A partir de ellas llegó a la conclusión de que, en ciertas zonas, las más altas transacciones fueron comparativamente bajas en relación con las de otras zonas (por ejemplo en el
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Sobreentendiendo que se trata de sectores populares rurales, porque el desarrollo urbano en el Tolima era muy incipiente.
33 En cuanto al término “subalternos”, evitamos usarlo, pues este trabajo, aunque bebe constantemente
de los importantes aportes que han hecho los “Estudios Subalternos” a la comprensión de sectores sociales marginados tradicionalmente de la historia, no se inscribe netamente dentro de sus lineamientos ni hace uso o análisis crítico de otros conceptos centrales de esta escuela (como el de hegemonía), a los que sus teóricos han llegado en un diálogo permanente con el marxismo (especialmente el marxismo de Gramsci). Nosotros no nos hemos adentrado en este debate.
34 Waldmann agrega aún una tercera característica de las élites de tipo más normativo, la selección:
“Teóricamente tendrían que ser los ‘mejores’ dentro de un sector o una profesión, o sea, los más capacitados y eficientes, a quienes se concede la etiqueta de elite”. Este último aspecto hace referencia en particular a sociedades occidentales contemporáneas en las que se mira de manera crítica que el estatus de “élite” esté basado en la procedencia social y los vínculos familiares. No obstante, como dijimos, el criterio es más bien normativo, en tanto, en muchas sociedades, el nivel socioeconómico sigue siendo central en la conformación de las élites. Cf. Waldmann 2007. Cita en p. 12. En el estudio del historiador Hernán Clavijo, sobre elites en el Tolima, se observa claramente que no era el criterio de selección el que definía las élites políticas, económicas e intelectuales del Tolima.
42 período 1880-1899 mientras en Ibagué las mayores transacciones fueron de 20.000 pesos, en Ambalema fueron de 100.000. Clavijo 1993a: 37, 43-44).35 Esto, sin embargo, no implica que, aun con esas diferencias económicas, no se trate en ambos casos de élites, son precisamente “élites locales”, lo que justifica el título del libro, Formación histórica de las elites locales en el Tolima. Pero es importante tener en cuenta que ya ahí existe una gran disparidad y que con fortunas tan distintas es problemático ver a las élites como un grupo con intereses muy similares.
En cuanto a la influencia que podían ejercer individuos o familias de nivel económico alto sobre decisiones que afectaban a la sociedad entera, se encuentra tal capacidad solo en algunos casos. Por ejemplo puede comprobarse que de familias de nivel económico alto provinieron muchos de quienes ocuparon cargos administrativos o judiciales en las poblaciones y provincias. Entre los funcionarios de las poblaciones se repiten apellidos de familias de poder económico, por ejemplo en Honda y Mariquita los apellidos Viana, Diago, París, de la Roche; en Ibagué Barrios, Lozano, Esponda; en Guamo y Purificación Caicedo y Leiva; en Chaparral el apellido Rocha. Pero esos cargos de las administraciones locales no los ejercían los miembros más importantes de la familia, sino parientes, quizás empobrecidos, pero con un apellido de prestigio. Muchos miembros de las élites económicas, no se interesaron por la política local. Esto es comprensible si estos solo tenían negocios en el Tolima sin estar avecindados, pero también los que residían allí solían mirar los puestos administrativos con desinterés y ocuparlos con desidia.36 Es también sintomático el hecho de que durante la época de la Regeneración el cargo de gobernador nunca fue ocupado por alguien oriundo del Tolima. Además quienes ocupaban cargos estatales no se dedicaban solo a ellos. Esta era una actividad entre otras,
35 Comparando de nuevo esas transacciones con las de familias adineradas de Cundinamarca,
Antioquia, Cauca o Barranquilla, resulta que las fortunas de los tolimenses eran a su vez de bajo valor (Clavijo 1993a: 143, 151).
36 Esta desidia preocupaba a algunos funcionarios tolimenses (cf. Peláez 1898a: 11), pero en otras
regiones no era muy distinto, según puede leerse en esta editorial del periódico bogotano La Opinión: “Cuando se elige un nuevo Concejo Municipal, se cree, a juzgar por el entusiasmo con que en ciertas épocas de agitación política se desarrolla, que esa corporación se consagrará al estudio de los negocios que le atañen y corresponden; pero pasa el tiempo y el salón de sesiones se nota desierto. En las noches designadas para la sesión se ve luz, pero muy poca animación. El Secretario arregla los papeles, prepara el acta de una antiquísima sesión; el portero bosteza y duerme; los escribientes fuman cigarrillo, y los Señores Concejeros no van. Uno o dos de ellos se asoman a la puerta del salón, y con voz soñolienta y perezosa le dicen al secretario, que siendo avanzada la hora, se retiran, que las comisiones que tienen a su cargo son numerosas y trabajosísimas, y que como no hay sesiones, por eso no las despacharán. Algunos reciben con displicente abandono la citación que les hace el portero; le dicen que no pueden asistir porque el sereno los mata, y al firmar la citación se hacen tener y se tienen ellos mismos como ausentes. Otros echan pestes porque se les cita; y muchos ni aun se han preocupado por tomar posesión” (LO 11.09.1900: 73). En las actas del Concejo de Ibagué se comprueba de nuevo ese desinterés: numerosas sesiones no se realizaron por falta de quorum. Cf. AHI, Actas del Concejo de Ibagué, 1898-1901.
43 menos importante que los negocios. De otro lado, teniendo en cuenta que el Tolima era una zona relativamente relegada en el contexto nacional, tener un cierto poder a escala local no implicaba gozar de un gran poder más allá de ese ámbito.
Al poner de presente esta caracterización, debemos estar alertas a la tendencia a mirar la sociedad de una manera polarizada: élites contra grupos populares. Los notables del Tolima no conformaban un grupo homogéneo y fuerte, los grupos populares eran amplios y fragmentados, aparece problemático mirar su relación como meramente o por esencia antagónica: la mayor capacidad económica de algunos no significaba una efectiva capacidad de mando sobre el resto de la población.
Otro aspecto habla también de que la sociedad tolimense no era tan jerarquizada. Había una obvia distancia social que para los actores debía ser clara, pero era normal, por ejemplo, que los hacendados hicieran ciertas faenas hombro a hombro con sus trabajadores. Aquellos notables que eran a la vez diestros en los trabajos más duros del campo causaban admiración. Al respecto es interesante esta descripción magnificada del influyente líder liberal Fabio Lozano Torrijos, hecha por su hijo Juan Lozano y Lozano:
Fabio Lozano ha llevado en la vida con igual desenvoltura la ruana jerga del rodeo y el uniforme de los embajadores. Nadador formidable, máximo jinete, enlazador de toros bravos, desconcertante tirador de pistola, no hay, por otra parte, quien con él compita en la técnica abstrusa de las venias cortesanas. Lo mismo [...] enfrena un muleto [...] que distribuye los puestos de un banquete (Lozano 1978: 176).37
Según la descripción, Fabio Lozano podía combinar maneras aristócratas y campesinas. En otros casos, los hacendados vivían netamente en sus haciendas y no gozaban de un nivel educativo mucho mayor que el de sus trabajadores. Además debe tenerse en cuenta que la división campo-ciudad en Tolima no era marcada. Aunque Ibagué fue desde 1886 la capital, seguía siendo hasta final de siglo muy parecida a otras poblaciones: había casas de techo de paja en la plaza principal, no había plaza de mercado ni matadero; la luz eléctrica y el acueducto solo empezaron a ser instalados a comienzos del siglo XX. La vida allí no ofrecía particulares oportunidades de “civilización” ni exigencias de refinamiento.
En otro sentido, son problemáticos los términos “élites” y “grupos populares”: no porque esos términos agrupen personas de condiciones de vida similares quiere decir que estas personas tuvieran una conciencia de formar un grupo que compartiera esas
37 Fortunato Pereira, ingeniero de minas que habitó en el Tolima en las últimas décadas del siglo XIX,
también describía con admiración en sus memorias la destreza del hacendado Lisandro Leiva en los trabajos del campo, en especial en el rodeo de ganado que pastaba libre. Leiva era pariente de la acaudalada familia Caicedo y administrador de su hacienda Saldaña a finales del siglo XIX. Cf. Pereira 1919.
44 condiciones. Lo que trataremos de mostrar al estudiar diferentes tipos de conflictos sociales y políticos durante la época de la Regeneración, incluyendo la guerra de los Mil Días, es que la interacción social en el Tolima generó agrupaciones, enfrentamientos y formas de negociación variados. Existió la dicotomía élites - grupos populares, pero también alianzas entre ellos, e igualmente conflictos entre miembros de los grupos populares, entre vecinos o entre pueblos vecinos, así como entre miembros de las élites.
Para la comprensión del proceso de constitución del Estado nación, tal constatación tiene consecuencias. No es que los proyectos de nación se transmitieran desde las élites nacionales por medio de las regionales a los grupos populares, o bien, que fueran obstaculizados por la resistencia de estos, como lo sostiene Fernán González (1989b: 19- 31; González/Bolívar/Vásquez 2003: 267-268). Los proyectos tropezaban con la poca unión de las élites regionales, con su falta de identidad como grupos de poder regionales, con su incapacidad para asumirlos a escala regional o para proponer contraproyectos. Por su parte, la traducción de tales proyectos a escala local, por ejemplo en forma de legislaciones nuevas, no generaba necesariamente inconformidad y resistencia, sino que también había receptividad y se trataban de utilizar las nuevas leyes para provecho propio.
Los términos “élites” y “grupos populares” dan una idea de la situación social y las condiciones materiales de los actores denominados con ellos, pero sabemos que son problemáticos en tanto imponen una categorización grupal a individuos que no necesariamente se sentían identificados con otros de nivel económico parecido. En tanto nos veremos obligados a usar esos términos durante todo el trabajo, esta advertencia debe tenerse siempre presente.
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