RESEARCH DESIGN AND METHOD 3.1 INTRODUCTION
3.5 PHASE 2: DEVELOPMENT OF THE GUIDELINES
“Primero tenemos que entender que no puede haber vida sin riesgo; y cuando nuestro centro es fuerte, todo lo demás es secundario, incluso los riesgos”
- Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto, Pre- mio Nóbel-
odas aquellas cosas que suceden en nuestra vida, lo que nos vuelve unos locos apasionados y también los hechos que nos presentan un riesgo, em- piezan con una decisión. ¡Tan sencillo como eso!
Recuerdo una especial entrevista que tuve con una señora, al término de una conferencia que nos ofreció hace algunos años. Le pregunté cuál era la razón princi- pal de su gran éxito. Con la humildad que la caracteriza, me contestó: “Mi vida actual, mi presente, y muy proba-
blemente mi futuro, son el espejo de todos los “sí” y los “no”, que dije en mi niñez y mi juventud”.
Definitivamente, eso que llamamos “destino” no es más que el resultado de todas nuestras buenas o malas
decisiones ante los acontecimientos que se nos han ido presentando a lo largo de nuestra vida. El destino de cada uno de nosotros, lo vamos construyendo sobre la base de nuestras decisiones; esas decisiones que ha tomado o ha dejado de tomar, marcan cómo se siente hoy o cómo vivi- rá el día de mañana.
Es imposible imaginar un campo de mayor exigen- cia y trascendencia para el ser humano que el de la “toma de decisiones”. En todo momento estamos eligiendo una alternativa u otra. Tenemos un problema y hay que to- mar una decisión. ¡Inclusive la de no hacer nada!
Saber decidir y hacerlo a tiempo, es una de las cla- ves para conseguir el éxito. En la vida cotidiana nos la pasamos adoptando todo tipo de opciones, desde que suena el despertador en la mañana, hasta que apagamos las luces por la noche.
¿Me pongo el traje azul o el negro? La compra de un coche o de una casa. ¿Me levanto en el momento, aprieto el botón de “snooze” o apago el despertador y me olvido de todo? De hecho, la calidad de su vida es igual a la suma total de esas determinaciones y, a la vez, éstas dependen de anteriores decisiones tomadas y de la expe- riencia que cada una de ellas le haya dejado.
Gracias a nuestra capacidad de recordar y de dar un repaso a la historia, la toma de decisiones es más fácil y rápida. Por eso recalco la importancia de conocernos y de ver más allá de la tormenta: traer de la memoria todo lo que hemos vivido, los aciertos y errores que hemos come- tido, pueden ser herramientas útiles en el momento de decidir algo.
Sin embargo, hay ocasiones en que resulta proble- mático decidir. Sobre todo, aquellas veces en las cuales la exploración de su experiencia pasada no es buena con- sejera. En estos casos en que a usted le falta información
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–o la que descubre es conflictiva– necesita recurrir a otro método para la toma de decisiones de calidad. Es ahí cuando aparecen otros factores que iremos considerando para, no sólo mejorar nuestra capacidad de decisión, sino hacerla de la forma más ágil posible.
Porque, además de la experiencia, al tener un aba- nico de posibilidades, elegimos una de ellas en función de una serie de parámetros como: el estado de ánimo, las influencias del entorno, masoquismo, o la simple intui- ción. Y así, con lo que aporte cada uno de estos factores, terminamos por decidirnos por algo que no queríamos o que ni siquiera habíamos imaginado.
Es ahí cuando, decidir y actuar, equivale al uso efectivo de la libertad. Es en estos momentos, cuando tenemos que permanecer íntegros, para no dejarnos lle- var por lo que nos rodea o afecta sino, más bien, por nuestra conciencia que nos guía hacia las opciones correc- tas.
La verdadera libertad se presenta cuando adopta- mos una decisión y tenemos la capacidad de llevarla a la práctica: consiste en poder hacer y elegir. Sería bueno cuestionarnos lo siguiente:
La decisión que adopto, ¿responde al criterio
personal que tengo sobre las cosas?
La acción que pondré en práctica, ¿es conse-
cuente con mi voluntad?
La opinión que formulo, ¿coincide con lo que
pienso?
Estas preguntas son esenciales, porque afirman nuestra verdadera y auténtica libertad en la difícil hora de decidir.
Sabemos perfectamente que, como seres humanos, tenemos la autonomía de decidir, actuar y pensar.
Pero realmente, ¿tenemos esa autonomía? Definiti- vamente muy pocos la poseen, porque esa autonomía no se regala, ni se consigue en la “tiendita de la esquina”: se conquista.
Se logra rompiendo los paradigmas que ha impues- to la sociedad actual como bases de decisión y, más que nada, manteniendo nuestra integridad humana, valores y principios.
Una persona que no se rige por nada en la vida, es verdaderamente un esclavo de sí mismo y de sus pasio- nes, pierde toda su capacidad de decisión porque no es libre, no sabe a dónde va, ni siquiera qué es lo que quie- re, ya que nunca se ha estado apoyando en ningún crite- rio válido, en nada, ni nadie para vivir.
A la par que conquistamos nuestra libertad a la hora de decidir, nos topamos con que todas las alternativas que escogemos están bloqueadas por ciertos elementos que aparecen “mágicamente” y que nos ponen límites, interrumpiendo de esa forma nuestra capacidad de ima- ginación y trascendencia para poder decidir entre dos opciones.
Lo más lamentable, es que estas situaciones son
creadas por el hombre.
La buena noticia, es que el hombre puede termi-
nar con ellas.
Desde luego que hablo del tiempo, dinero, espacio y seres humanos.
Si usted no piensa así, simplemente considere sus próximas vacaciones. Si el tiempo y el dinero no fueran factores a considerar, ¿a dónde iría? ¿Cuánto durarían?
Seguramente, sería muy divertido hacer planes así a la hora de decidir un viaje de ese tipo, sin tener limitan- tes.
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Definitivamente en ese caso, el tiempo y el dinero podrían ser nuestros principales limitantes para viajar hasta donde siempre hemos querido.
Los expertos dicen que pasamos más tiempo pla- neando unas vacaciones, que nuestro futuro; por lo tanto, ¡imagine usted la trascendencia que tiene romper con esas barreras a la hora de decidir!
Donde estamos hoy, es el resultado de las decisio-
nes del pasado; donde estaremos en el futuro, dependerá de las decisiones que tomemos hoy.
Con una simple pregunta, podemos empezar a to- mar nuestras decisiones rompiendo estas barreras, que lo único que hacen es minimizar nuestro espacio analítico a la hora de elegir:
¿Qué haría, a partir de este momento, si supiera que en toda su vida nunca va a fracasar?
A lo mejor viajaría más, se divertiría con sus amigos o descansaría por más tiempo, daría vueltas a su imagina- ción con ideas locas, daría parte de su dinero a personas que lo necesitan, conocería más gente, o no se pondría tenso cada vez que va a su trabajo.
Tantos límites que se rompen, como se da cuenta, de dinero, espacio, tiempo –inclusive de lo que nos dice la sociedad– si tenemos en cuenta, simplemente, que todos esos factores son para ayudarnos, en vez de dete- nernos.
Si salimos un poco de nosotros mismos y vemos el problema con una visión amplia, “desde arriba”, pode- mos tomar cualquier decisión de forma más tranquila. Podemos tener un límite de tiempo para entregar un proyecto de trabajo, ¡pero somos nosotros los que juga-
mos con ese límite, para hacerlo un factor a favor o un estorbo!
A lo mejor no somos millonarios de la noche a la mañana, tenemos problemas económicos y el dinero se convierte en un límite, pero también podemos jugar con ese límite para irlo transformando como nosotros quera- mos, podemos poner los medios para ir obteniendo más recursos, e ir haciendo de lo económico un aliado en nuestra decisión.
Lo mismo pasa con el espacio y con las opiniones de los demás. Aquí, el secreto está en quitar esos obstá- culos a la hora de tomar una decisión, para que no nos impidan volar más alto de donde queremos llegar, sim- plemente porque nos falta tiempo, dinero o espacio.
Claro que hay límites; sin embargo, para tomar una decisión, podemos jugar con ellos, hacerlos nuestros alia- dos, mejorarlos y, a veces, hasta hacerlos desaparecer del mapa.
Debemos organizarnos de tal forma que no nos preocupen los días, ni los años, o los miles de dólares que necesitamos para optar por una decisión, o si tenemos que viajar a otro continente. Debemos desasociarnos de esos factores para enfrentarnos a cualquier alternativa y tomarla como base de lo que queremos llegar a realizar.
Si tenemos en mente el sueño y nos ponemos en actividad, lo demás vendrá por sí solo.
Por más que quiera, el éxito no lo atacará, ni trope- zará con él accidentalmente. Lo que le traiga el futuro es el resultado de un plan y, obviamente, comienza por una decisión concerniente a cómo usted quiere que sea.
Por eso, para planear bien nuestro futuro y tener una vida realmente extraordinaria, antes de tomar cual- quier decisión hay que estar consciente que toda alterna- tiva, sea cual fuere, trae una cadena de consecuencias que hay que asumir con responsabilidad.
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Pitágoras comentó que “para cada una de tus deci-
siones prevé bien sus consecuencias más lejanas, de ma- nera que no tengas jamás de qué arrepentirte”.
Usted sabe que toda acción trae una reacción; por lo tanto, si antes de elegir no examina bien cuáles son las posibles situaciones que puede traer si elige la opción “A” o “B”, está dejándole su destino a la suerte, como si echara una moneda al aire, en donde después de que caiga, ya no hay vuelta para atrás, lo que salió queda y es para el resto de su vida.
En algunas oportunidades, cuanto más importante es la decisión, menos información tenemos sobre lo que hay para decidir.
Antes de que pasemos al “Plan de control” para la toma acertada de decisiones, es conveniente que usted –ante cualquier alternativa que le presente la vida– se llene lo más que pueda de información para que pueda elegir bien.
Hay elecciones de menores o mayores consecuen- cias, pero lo que sí hay que establecer es que, tome la decisión que tome, no vaya a tener repercusiones negati- vas en algún otro ser humano que esté de por medio.
Porque aquí lo difícil, a veces, no es tanto tomar las decisiones, sino asumir las consecuencias que éstas traen consigo. Debemos ser lo suficientemente responsables y honestos con nosotros mismos para que, pase lo que pase, afrontemos lo que venga y no lo dejemos a la deriva.
Es como una cadena en donde, si no cumplimos la parte que sigue después de tomar una decisión, se rom- pe, y la vida de muchas personas da un giro total, que a veces puede ser muy negativo.
Esa es la importancia de ser hombres decididos, porque el mundo exige tomar decisiones en todo mo- mento y, sobre todo, que las personas se comprometan a cumplir lo que prometieron.
A fin de cuentas, lo que nos hace seres extraordina- rios y grandes es la fuerza con que manejamos esas situa- ciones; que si son positivas, no nos dejemos llevar por tanta euforia y, si no son tan buenas, permanezcamos firmes para tomar otra decisión que cambie el rumbo de la pasada.
Hay decisiones de diferente importancia y trascen- dencia. Decisiones que pueden cambiar el rumbo de nuestra vida, o que solamente afectan un momento de nuestro tiempo, que pueden resultar más o menos entre- tenidas, provechosas o tremendamente aburridas, si de- cidimos, por ejemplo, elegir una película en vez de otra cuando tomamos la decisión de ir al cine, en lugar de pasear o acudir a un concierto. Pero en otros casos, hay algunas que requieren de más tiempo y entrega.
M. A. Benjamín las ha catalogado en tres tipos: de-
cisiones de gramo, medio kilo o de tonelada.
De acuerdo con nuestro criterio e intereses, debe- mos catalogarlas para así poder saber lo que lleva consigo elegir una cosa u otra.
Debemos poner en la balanza la decisión que va- yamos a tomar, para saber en cuál clase se encuentra y poder tomar las herramientas necesarias para resolver cada una de las opciones.
Pero para darnos una mejor idea de esta clasifica- ción, retomo la metáfora de Benjamín donde habla sobre la teoría de “las decisiones de peso”:
“Esta bien todo esto que me cuenta usted –lo inte- rrumpió el paciente a su psicólogo– pero yo he acudido a su consulta para que me ayude a tomar una decisión en relación con un problema concreto que me preocupa, no a escuchar discursos”.
Y el paciente volvió a plantearle al doctor su pro- blema.
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"Ya le he contado que mi matrimonio era normal hasta hace unos meses. Incluso mejor seguramente que el de algunos amigos nuestros. Todo empezó cuando mi mujer mi dijo que ya no me encontraba sexy y que era cada día más aburrido. Desde el día siguiente empecé una campaña de cambio de imagen, ya sabe: peinado moderno, ropa juvenil, gimnasio, etc. Y me preocupé en memorizar un montón de chistes con el fin de ser más ameno. Empecé a comprarme unos cuantos periódicos todos los días para estar informado de la actualidad y me "tragué" los programas de televisión de más audiencia, con el fin de conocer a los personajes de moda, incluyen- do sus amores y desengaños y así poder opinar con cono- cimiento de causa. Pero ni por esas. Según mi mujer sigo siendo poco sexy y poco entretenido”.
"A eso me refería yo cuando le decía lo de las deci- siones de gramo, medio kilo o tonelada –siguió hablando el psicólogo– las de gramo son las de cambio de peinado, de marca de desodorante o la de frotarse la cabeza con rasmia, utilizando algún tratamiento capilar que se anun- cie por televisión, para conseguir una melena brillante y rubia, que se mueva con gracia, mecida por el viento. Las decisiones de acudir todos los días al gimnasio y macha- carse haciendo pesas o dedicarse todas las tardes aunque llueva torrencialmente a correr en pantalón corto, pode- mos catalogarla como una decisión de medio kilo”.
Y siguió diciendo:
"Cuando somos capaces de ponernos en manos de un señor, con un cuchillo en la mano y la cara tapada (seguramente para que no le reconozcamos si lo encon- tramos por la calle), con el fin de que nos ponga unos glúteos más firmes que una roca, unos pechos en forma de pera, el mentón de Claudia Cardinale, la sonrisa pícara de Robert Redford y la nariz del Marlon Brando de hace
30 años, entonces, semejante decisión, hay que catalo- garla como de 10 o 20 kilos, por lo menos”.
"Pero dígame doctor –preguntó el paciente– ¿si to- das estas medidas no tienen la repercusión deseada, qué debo hacer?
"Mire usted: si después de haber pasado por las de- cisiones de gramo, medio kilo y alguna de 10 o 20 kilos, su pareja sigue empeñada en que no es usted suficien- temente sex-symbol para ella, yo creo que no tiene más remedio que tomar la decisión de la tonelada. La canti- dad de decisiones menores o medias que hay que acu- mular antes de decidirse a tomar la gran decisión, depende en gran manera de lo mucho o poco que odie hacer pesas, o lo que le guste correr como un desespera- do por todas las calles de su pueblo para ponerse tipo fino, pero sobre todo, depende del grado de ausencia de "sexappel" que le achaque su pareja, porque no es lo mismo que le diga: "no estás muy sexy esta mañana cari- ño", a un ofensivo: "eres menos sexy que Olivia, la novia de Popeye". La cosa cambia, caramba”.
"En definitiva, que algunas personas se ahorran mucho sufrimiento limitando el número de decisiones menores y se deciden bastante pronto por la de más peso, que, aunque en principio parece la más costosa en todos los sentidos, a la larga es la más eficaz y económica. Ten- ga siempre en cuenta que la persona más importante que usted conoce es usted mismo y le garantizo que, si le apetece, hay en el mundo más de cuatro personas impor- tantes a las que usted les parecerá muy sexy y muy diver- tido, aunque no se parezca en nada al Marlon Brando de hace 30 años y, además, esté usted un poco calvito.”
Definitivamente, así es nuestra vida; como lo narró el psicólogo, hay veces que tendremos que tomar deci- siones pequeñas, de unos cuantos gramos, y cuando las
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cosas no funcionen, aplicaremos la opción de la tonelada. Por supuesto que hay un riesgo muy grande, pero siem- pre que haya dos alternativas, lo tendremos presente. Lo importante es darle a cada decisión su peso correspon- diente, su momento, y el lugar más adecuado para to- marla.
A veces nos caerán decisiones para tomar, con el peso de veinte elefantes; otras, como un suave puñado de algodón; todas tienen trascendencia en nuestra vida, no podemos dejarlas pasar por alto, simplemente porque pensamos que una es menos importante que otra. A fin de cuentas, todas tienen repercusión de alguna forma y, si nos quedamos sentados en la orilla, sin acción a la hora de elegir, va a pasar el barco del éxito y va a navegar sin nosotros.
La pregunta que quizá usted se está haciendo en este momento es: ¿Cómo decidir?
Déjeme comentarle que no hay una fórmula mági- ca, una receta o una ecuación matemática que nos diga exactamente cómo tomar la mejor opción y que esa nos asegure el triunfo.
Lo que sí le puedo ofrecer es un “Plan de control”, en donde con ciertas preguntas y estrategias, usted ten- drá la fuerza, inteligencia, capacidad y estabilidad a la hora de decidir.
Si usted cambia de opinión después de tomar deci- siones o si éstas se ven influenciadas por las opiniones de los demás; si le toma a usted mucho tiempo a la hora de elegir algo, tal vez es una agonía el hecho de tener que decidir; a lo mejor, inclusive hasta ha perdido oportuni- dades porque nunca se decidió; o si tiene que dejar que otros decidan las cosas que son de su incumbencia, le recomiendo que ponga en práctica este plan a partir de este momento, para que mejore su aspecto de decisión y
pueda crecer personalmente en esa área de suma impor- tancia para su vida.