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Chapter 3. Methods and Approaches to Analysis

3.1 Philosophical Position of the Study

Los martes es el día de reparto en Surco a Surco, cooperativa que cuenta con dife- rentes grupos en Madrid. Yo acudo al grupo de la Piluka, centro cultural autogestio- nado del Barrio del Pilar. Las plazas en este barrio, limitadas por dos calles amplias (Monforte de Lemos, al norte y Melchor Fernández Almagro, al sur), forman un au- téntico laberinto de escaleras y pasillos. Para acceder a algunas has de entrar por otras. Para la gente que no habita en ellas, encontrar una en concreto supone un reto. La ventaja que tiene la plaza en la que se ubica la Piluka es que en su lateral izquierdo hay un hórreo gallego, que sirve de referencia para preguntar por el lugar si uno se ha perdido, o para saber que va por el camino correcto cuando vislumbra su tejado al subir las escaleras desde la plaza inferior.

Los repartos se realizan en el piso inferior del local, en un espacio situado entre «la tienda gratis» (lo primero que se encuentra bajando por la escalera) y la sala grande,

1 Mirar esas maneras de hacer, fugitivas y modestas, que son normalmente el único lugar

de creatividad posible para el sujeto: invenciones precarias sin nada que las consolide, sin lenguaje que las articule, sin reconocimiento que las eleve; bricolajes sometidos a los cons- treñimientos económicos, inscritos en la red de determinaciones concretas.

que emplean varios grupos para reuniones y actividades. El espacio, un cuadrado pequeño (no llega uno a dar dos pasos antes de toparse con la pared y seis personas completarían el aforo), está distribuido de la siguiente forma: en la parte izquierda, donde se encuentra la puerta por la que se accede, hay una estantería metálica con cuatro baldas en las que se colocan las doce cestas del grupo. La estantería no está bien anclada a la pared por lo que, si no se tiene cuidado a la hora de subir las cestas cargadas, se corre peligro de sufrir algún daño. A su izquierda, se ubica una cajonera metálica de dos cajones en la que hay una etiqueta blanca desgastada, donde figuran escritas con rotulador negro las iniciales «SAS». Encima de la cajonera hay pegados varios carteles: una planificación agrícola, los nombres y teléfonos de los componen- tes del grupo y un recordatorio: «somos 12 cestas». En la pared de enfrente se sitúa un mueble similar a los de cocina, y al lado de éste hay un cubo de basura negro y grande con una bolsa que suele estar llena de hojas de verdura.

A las 19.30 están terminando de preparar las cestas. Ésta es una tarea rotativa de la que se encargan dos grupos cada semana. Las personas responsables han de acu- dir al centro alrededor de las 19.00 y distribuir de forma equitativa la verdura que previamente ha dejado la repartidora en el local (no se emplea báscula). Esta labor suele prolongarse durante una media hora. A partir de las 19.30-20.00 comienzan a llegar los consumidores a recoger sus cestas; aparecen por goteo, a veces coinciden entre sí, a veces no. La recogida suele ser un gesto rápido y muy centrado en la ta- rea: llegar, vaciar, llenar, cargar e irse. Cuando se coincide con otros compañeros, es habitual charlar mientras se realiza el proceso, pero estas conversaciones no suelen prolongarse más allá.

Es día de pago.

-¿Tenéis llaves, alguno?-pregunto -Sí, ahora abrimos.

Un chico joven de expresión tranquila saca del bolsillo de su pantalón una llave pequeña con la que abre el primer cajón de la cajonera metálica. En su interior hay dos botes de cristal, uno con una etiqueta que dice «garbanzos», otro que lleva otra en la que pone «cestas». Ambos contienen billetes y monedas. Uno a uno de los presentes vamos introduciendo nuestro dinero en el segundo bote. A continuación se extrae del cajón un taco de cuartillas de papel en las que hay una especie de tabla pintada a mano con bolígrafo. En la parte superior está escrito el nombre del mes; en el lateral, los nombres de los dueños de las cestas. Una vez que se ha pagado se escribe en el recuadro correspondiente la cantidad que se ha añadido al bote. Nadie controla esta operación.

Al rato el chico pregunta si ya hemos pagado todos y tras la afirmativa general pro- cede a cerrar de nuevo con llave el cajón.

Sacamos nuestras bolsas de plástico grandes, de las que venden ahora en los supermercados (complemento estrella de los consumidores de estos grupos, aun- que parece que últimamente se está imponiendo la vuelta al carrito de la compra), para introducir en ellas el contenido de las cestas y, mientras tanto, charlamos sobre las verduras que vienen esta semana. Una mujer comenta que nunca había tenido la nevera «tan llena de verde», hay productos que no sabe ya para qué CAPÍTuLO 6 COMPRAR, COCINAR, COMER

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usar. Da comienzo entonces el que es el tema de conversación por excelencia en estos espacios. El chico vegetariano nos pregunta qué pensamos hacer con el re- pollo que viene esta semana. Le explico una receta de canelones. Concluye que lo hará rehogado. Otro joven, de reciente incorporación al grupo, cuenta que la semana anterior preparó una especie de crema de remolacha sobre la que se ha- bló en algún encuentro anterior del grupo. Resalta su color. A la mujer le parece que la remolacha sabe demasiado a tierra, el chico de expresión tranquila y yo la preferimos cruda en ensalada. El cocinero ha hecho fotos con el teléfono y nos las enseña. En la imagen aparece una chica joven, rubia, sonriendo, sentada en una silla frente a una mesa en la que hay dos platos de porcelana blanca que contienen un líquido de color rosa fucsia brillante que parece el resultado de exprimir chi- cles de fresa. Una rama de perejil colocada en el centro adorna el plato, resaltando aún más su tono.

«Es increíble que eso sea una verdura», se comenta. El chico nos cuenta que la

semana anterior hizo un guiso al que le echó un poco de lombarda y se lo llevó al trabajo. Todos los compañeros le preguntaron, asombrados, qué era eso. Tenía un color rarísimo porque al mezclarlo con vinagre cambia mucho el tono de la col. De hecho, ha hecho experimentos, que también ha fotografiado, de la lombarda con y sin vinagre. Nos enseña las fotografías para que apreciemos la variación del color. La mujer dice que el otro día la cocinó con manzana y piñones, que así está muy rica y que va a mandar la receta a la comisión del libro de recetas.

Que el tema de conversación habitual en estos espacios sean las recetas de cocina se debe a que las estructuras de estos grupos implican tener que gestionar una canti- dad de verduras más elevada que aquella a la que la gente suele estar acostumbrada y una variedad con la que no todo el mundo está familiarizado. No hay entrevista en la que no surja esta cuestión y no hay casi ningún contexto en el que no aparezca el tema. Incluso en reuniones y asambleas, en las que se discute a otro nivel de la ges- tión de los grupos de consumo, se dan con frecuencia desvíos de la conversación que apuntan hacia estos trucos y saberes culinarios.

En una entrevista que mantuve un año después con Diego, el consumidor del pasaje que acabamos de leer que estaba iniciándose a la cocina, me comentaba lo siguiente:

-¿Y lo que es con la cesta de verduras que tal?

-Complicado, complicado, complicado, la verdad. Me voy haciendo pero me está cos- tando.

-¿Por cantidad?

-Por cantidad, por el ritmo de vida… Porque claro, por ejemplo, antes de venir me he puesto con... tenía un brócoli de la semana pasada en la nevera y me he puesto a cocerlo. He tenido un rato y he dicho lo voy a cocer. Y no lo he terminado de cocer. Sólo me ha dado tiempo a una parte. No hay tiempo para cocerlo, para meterlo en el congelador... Pero es que…el tiempo al final te machaca para cocinar, para dedicar un poco de tiempo a pensar qué haces, cómo…

-¿Coges todas las semanas?

-No, cada dos -¿Y sois dos en casa?

-Sí. Tampoco somos tantos, pero es sobre todo eso, preparar la comida. Además, claro, esta verdura se estropea mucho antes. Prepararla a tiempo para que no se te estro- pee.

-Y cocinar…

-Claro, y sacarle partido y probar cosas nuevas y demás, pero como todo, hay que aprender.

Para participar con «éxito» en un grupo de consumo hay que aprender. No se trata sólo de comprar en un espacio diferente, también es necesario transformar mu- chos hábitos alimentarios. Comer más verdura, limpiarla más a fondo (el cajón de las verduras de la nevera de un miembro de un grupo de consumo suele tener un fondo de barro que hay que limpiar periódicamente), no poder elegir la que se va a consumir, comer sólo verdura de temporada, planificar la compra con antela- ción, comer cosas que no te gustan especialmente, dedicarle más tiempo a la coci- na o implicarse en las tareas de gestión de la alimentación (montar cestas, hacer pedidos, pagar a productores, hacer reuniones, ayudar en las huertas, etc.), son algunas de las cuestiones a las que una persona tiene que acostumbrarse cuando pertenece a estas organizaciones.

Para aproximarnos a esta dimensión de las prácticas de consumo, comenzaremos examinando las tácticas que emplean los consumidores para adaptarse a los princi- pales problemas que les plantean estos nuevos contextos alimentarios: no tener la posibilidad de elegir los alimentos que reciben (característica básica de las cestas cerradas), la acumulación de verduras y la monotonía de la temporada. Posterior- mente, profundizaremos en los factores que estructuran las posibilidades de llevar a cabo estas prácticas.

Derivado del hecho de no poder elegir las verduras que llegan en la cesta, una de las situaciones que más dificultades genera a estos agentes, es tener que consumir alimentos que no les gustan. Para solventar este problema se abren dos vías, una que tiende hacia la huida y otra hacia la adaptación (ésta última más común en personas que utilizan estos grupos como una manera de forzarse a comer de forma diferen- te). Dentro de las tácticas de huida destaca el don. Regalar las verduras que menos gustan o que cansan es una práctica a la que la mayoría de los participantes de estos grupos ha recurrido en algún momento. Así representaba una consumidora lo que ella definía como el «momentazo trueque» que tenía con un amigo que le sacaba a pasear a los perros por las mañanas2:

-Mira que preciosa col. Toma, para ti. -Ay, noo

-Sí, sí

2 Con su madre parecía seguir el mismo esquema: «mira mami lo que te traigo, riquísimo». CAPÍTuLO 6 COMPRAR, COCINAR, COMER

174 -No, no, no

-Que de verdad, que sí, que te la lleves, que es genial. Encima están muy ricas.

Una segunda táctica pasa por el intercambio entre los consumidores en el momento de recogida de las cestas («te cambio mi lombarda por tus espinacas»), recurso que un agricultor había observado en algunos de sus grupos:

«Esto se hace en algunos grupos en los que la gente es avispada. El que no es avispado se va cabizbajo a casa con su lombarda pensando en que se le va a pudrir con la otra que tiene ahí metida. Pero es que luego hay gente que vuelve a venir la lombarda y dice «joder, pues todavía tengo la otra en la nevera» y a lo mejor hace tres semanas o cuatro que le has dado la última y es como, venga hombre, para eso regálala.»

Estas tácticas son promovidas por los agricultores porque de su empleo depende también la permanencia de los consumidores. Saben que alguien que no sepa movi- lizar una serie de recursos para hacer frente a estas cuestiones terminará por aban- donar el grupo.

Dentro de las tácticas de adaptación, la forma más fácil de hacer frente a este pro- blema pasa por encontrar métodos de preparación que «camuflen» el sabor de la verdura indeseada. Ya que muchos productos dependiendo de la receta se pueden hacer más fáciles de consumir, ésta es una de las formas con las que la gente trata de irse acostumbrando a incluir determinados alimentos en su dieta. En este terreno gana el recurso a las especias, la bechamel y los purés.

Los purés son también una buena manera de lidiar con la puntual acumulación de verduras en la nevera, otro de los problemas comunes de los consumidores de cestas cerradas. En ellos se puede emplear mucha cantidad de un mismo producto e intro- ducir todo aquello con lo que no se sabe qué hacer o que se va a estropear. Esto ocurre también con otras preparaciones como las tortillas, los zumos, las pizzas o «las qui-

ches, que admiten de todo». Para evitar la acumulación, también se puede recurrir a la

conserva o a congelar (sobre todo las verduras de hoja y las que se estropean antes), o, de nuevo, si no se manejan estas técnicas o no se tiene tiempo para ellas, a regalar al- gunos alimentos. Estas son las tácticas que emplea Cristina, consumidora de un grupo de cesta cerrada, que vive con su marido, su padre y su hijo y es la única encargada de la cocina en su casa:

«Algunas veces pues he regalado algunas cosas, si veo que se me han juntado dos piezas de repollo pues igual a alguien de la familia se le va dando algo para que no se vaya estropeando, aunque en general sí se come, pero si no, vamos, pues se va congelando también o…ahora, por ejemplo, he hecho unos botes de remolacha en conserva».

Por otro lado, aparece el problema de la variedad de recetas al que esta misma con- sumidora hacía referencia:

«

Lo más difícil es el no estar repitiendo siempre la misma forma de comérselas, porque si no acaba siendo cansino, porque claro, las verduras de temporada son las que son, si tienes todas las semanas calabaza y todas las semanas haces lo mismo pues al final te acabas cansando, entonces hay que buscar variedad en la forma de prepararlas». Acostumbrados a la oferta propia del sistema agroalimentario capitalista, comer sólo de temporada y encontrar en la cesta los mismos productos cada semana, especialmente en épocas como el invierno o la primavera, suele resultar muy mo- nótono a los consumidores (algo que, en general, es valorado negativamente). De hecho, en alguna asamblea se ha aplaudido entre risas el fin de la temporada del repollo o de la escarola.

En este punto se abre un espacio a la creatividad y al intercambio de conocimientos prácticos entre los miembros de los grupos. Por eso es tan importante en estos ámbi- tos hablar de las diferentes formas en las que se han cocinado las verduras o subir a Internet recetas para que todo el mundo tenga acceso a ellas (especialmente si habla- mos de verduras «difíciles» o «cansinas»). Tengamos en cuenta que, sobre todo en grupos de cesta cerrada, la cocina se mueve más en un «¿qué hago con la verdura que tengo?», que en un «¿qué receta quiero hacer y que necesito para ella?» Aunque de- pende de la ocasión en la que se vaya a cocinar, el proceso suele partir de identificar los ingredientes con los que se cuenta, para luego pensar en una receta posible con ellos, valorar si hace falta algún otro ingrediente o si bien éste se puede sustituir por otro del que se disponga, y prepararla. Para un consumidor de la cooperativa Surco a Surco, esto supone un reto, que en su casa, que comparte con varios amigos, han convertido casi en una especie de juego: «estamos con nuestras competiciones de a

ver quién cocina mejor. Hay pique por ver quién hace los platos más ricos ¡y con lo que haya en la nevera!, ¿eh? Que comprando es muy fácil, pero a ver a quién se le ocurre algo bueno con las cosillas que hay».

Otra forma de escapar de la monotonía de las verduras de temporada es combi- nar los grupos de consumo con otros espacios de compra, lo cual también es útil cuando las cestas cerradas son escasas o cuando no se ha planificado bien el pedido semanal en el caso de las cestas abiertas. A este respecto se observan diferentes prácticas: algunos sólo completarán con otras verduras de temporada y otros están dispuestos a comprar alimentos de fuera de temporada si los necesitan para una receta específica; algunos complementan cestas cerradas con grupos de consumo abiertos en los que adquieren todo lo que no sea verdura o alguna hortaliza en el caso de que no esté llegando en su grupo, otros acuden a fruterías y puestos de mercados de barrio, y otros aprovechan la visita al supermercado, en el que ad- quieren otro tipo productos, para hacerse con esas cebollas que les han dejado de repartir en sus cestas.

«Si me falta algo que no me hayan dado y lo necesito lo compro fuera, obviamente. Procuro buscar que sea ecológico, busco en alguna gran superficie si tienen una parte de verdura ecológica, pero vamos, sí que compro alguna vez alguna cosa de verdura» (consumidora Madre Vieja).