Iniciando este capítulo, podría pensarse en la gama muy amplia de valores que hoy presentan los estudiosos de la axiología. En este contexto, la reflexión se concretará a exponer los valores que la familia debe inculcar prioritariamente, porque hay valores que corresponden a la escuela, a la sociedad, a la Iglesia.
El tema de los valores ha tenido un desarrollo notable en los autores del siglo XX, particularmente en la segunda mitad. Este énfasis se puede atribuir al relieve dado a la persona humana, gracias a la filosofía personalista y, en especial, al relieve dado a la autonomía de la persona.
El valor tiene una estrecha relación con el bien y con el fin; por lo tanto, no son producto de nuestra subjetividad, sino que son una realidad objetiva; M. Vidal acoge la definición que da Frondizi del valor:
Es una cualidad estructural que tiene existencia y sentido en situaciones concretas. Se apoya doblemente en la realidad, pues la estructura valiosa surge de cualidades empíricas y el bien al que se incorpora se da en situaciones concretas; pero el valor no se reduce a cualidades empíricas ni se agota en sus realizaciones concretas, sino que deja abierta una ancha vía a la actividad creadora del hombre.
A. Cencini le señala a los valores dos funciones: ofrecer una identidad al sujeto y ser elemento de atracción de todo el psiquismo. “El yo ideal está constituido por los objetivos que un individuo quiere realizar en su vida, unidos en último análisis al descubrimiento de algo que tiene valor en sí. En este sentido, el valor mismo es la fuente de la propia identidad”.
A propósito de la segunda función escribe Cencini:
La razón (de ser elemento de atracción...) ha de buscarse en el hecho de que, si el valor mismo está unido a una nueva y más verdadera imagen del yo, esto provoca un consiguiente aumento de estima, y sabemos que la búsqueda de la propia identidad positiva es de suyo un fuerte estímulo para obrar.
A partir de estas dos funciones de los valores, se comprende la importancia de los valores en la educación de la persona y el papel trascendental de los padres de familia en la educación de los hijos, como los “primeros formadores”. A la familia, como “primera escuela de humanismo” y de las virtudes sociales, le corresponde inculcar unos valores específicos. Normalmente, la familia debe educar para el amor, para el diálogo y la solidaridad, para la relación interpersonal, para la estima de la vida, de la verdad, etc.
La revista Cultura (marzo – abril de 1982) planteaba unos valores determinados, como misión de la familia, y en forma diversa de lo que debe hacer la escuela, la Iglesia y la sociedad:
• Ser control de las influencias psicosociales en relación con los valores, • Promover el sentido del otro como diferente e integrante de mí mismo.
• Fomentar el sentido de superación y fortaleza para afrontar un mundo cambiante.
• Educar el sentido del equilibrio entre derechos y deberes, hacia dentro y hacia afuera.
• Formar el sentido de crecimiento constante, según ritmos personales, edades y presiones.
Conviene entrar a especificar cada uno de ellos.
Servir de control de las influencias psicosociales es algo que al presente es muy necesario, si se tiene en cuenta el fuerte influjo de los mass-media, del Internet, el influjo de la moda, el influjo de los amigos y compañeros de escuela; sobre todo, en la etapa de la socionomía, cuando el patrón o modelo de conducta ya no son los padres, sino los compañeros.
Muchas veces los adolescentes quieren imponer como modelo interno de su propia familia el patrón o modelo que han visto en otras familias, no siempre mejor que el del propio hogar. En estas circunstancias es necesario que los padres hagan entender que son ellos los responsables de la educación de sus hijos, y no los extraños; que ellos al intentar educarlos con cierta disciplina quieren darles lo mejor de su vida. Otro modelo de educación sirve si realmente es mejor y superior al que ofrecen los padres. Esto se debería evaluar con los hijos, confrontando los dos modelos contrapuestos.
Promover el sentido del otro como diferente e integrante de mí mismo es otro de los valores específicos a inculcar. Los padres de familia muchas veces pecan en este sentido: pretenden considerar a cada uno de sus hijos como repetición del otro, olvidando la singularidad de cada ser humano; cada hijo es una persona distinta y, si bien sigue el mismo proceso de los otros (las cinco etapas conocidas), no obstante se revela como diferente y original. Esto hace que la labor educativa de los padres sea compleja y delicada.
que son ellos mismos: forzarlos a seguir la misma vocación o carrera profesional del padre, intentar que tengan el mismo carácter de la mamá o del papa, etc. Los hijos no son un “duplicado” de los padres; éstos no pueden “clonar” a los hijos. Respetar la alteridad, atender a la reciprocidad, cultivar la comunión o relación interpersonal, son aspectos que los padres de familia no deben descuidar.
Fomentar el sentido de superación y fortaleza para afrontar un mundo cambiante es otro de aquellos valores particulares. Los padres deberán inculcar en los hijos el espíritu de lucha, de esfuerzo, para superar los obstáculos que encontrarán a lo largo de la vida; máxime en esta época de posmodernidad cuando el medio ambiente favorece la flexibilidad, el “dejar hacer”, la excesiva comodidad, el descanso, lo light, etc. Integrar el sacrifico, la abnegación en la vida es también importante. Hoy los padres de familia, so pretexto de bondad, quieren ahorrarle cualquier esfuerzo a los hijos; no perciben el daño que están haciendo a los hijos.
Educar el sentido del equilibrio entre derechos y deberes, hacia dentro y hacia afuera. En esta época se reclaman demasiado los derechos y nadie tiene en cuenta los deberes: son términos correlativos. Allí donde hay derechos, allí también hay deberes. La misma ONU ha proclamado los “derechos del niño”, los “derechos de la mujer”, los “derechos de la persona en condición de desventaja”, los “derechos del anciano”. ¿Quién habla de los deberes?
A propósito de derechos y deberes, los padres de familia también deben saber aplicar en la educación la categoría de la equidad. Es una categoría muy antigua, pero desafortunadamente muy olvidada. Con términos muy sencillos se le puede definir cómo dar a cada uno según sus necesidades y exigir a cada uno según sus capacidades. Al niño pequeño se le exigirá según su edad y capacidad y se le dará también de acuerdo a sus necesidades; igualmente, al hijo mayorcito se le atenderá con el mismo criterio: tiene más capacidades que el hijo menor, pero también tiene otras necesidades.
Formar el sentido de crecimiento constante, según ritmos personales, edades y presiones. Es un criterio que los padres deberán tener muy en cuenta: hoy se le traduce como el “principio de gradualidad” del que nos ocuparemos en el capítulo siguiente; en los hijos corresponderá a una toma de conciencia de su ser histórico. Juan Pablo II escribió en Familiaris consortio que “el hombre es un ser histórico, que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento” (n. 34).
Este criterio está en sintonía con las cinco etapas que se expusieron en el capítulo anterior; a una etapa sigue la otra sin interrupción, en la generalidad de los casos. Los padres de familia deberán estar atentos al desarrollo según la edad; deberán estar atentos al ritmo, ni lento ni acelerado, pero sí continuo; el fenómeno del “bulismo” puede presentarse como una forma de presión;
igualmente la timidez o la precocidad.
Estos criterios exigen una educación personalizada, tanto en la familia, como en la escuela. Una educación masiva no tiene sentido. Es una tarea difícil para los padres de familia que se han visto sorprendidos por el fenómeno del cambio, radical y acelerado. Los padres de familia necesitan apoyo y ayuda en esta misión: la escuela, la Iglesia, la sociedad deberán ofrecerles la orientación necesaria a través de la competencia de los especialistas, mediante el intercambio de experiencias, con la participación en la “escuela de padres de familia”.
Un mecanismo muy válido para ayudarse en la educación de los hijos es favorecer la participación de los adolescentes y de los jóvenes en grupos juveniles; el contacto de los adolescentes y de los jóvenes con los contemporáneos, en grupos sanos y bien dirigidos, es una buena oportunidad para la educación; también los grupos juveniles contribuyen a limar el carácter de los adolescentes y de los jóvenes, a despertar en ellos el espíritu de colaboración, etc.
Educar en los valores supone un proceso; algo de esto se ha podido intuir al tener conocimiento de las etapas de la heteronomía, de la socionomía y de la autonomía. Se anotó anteriormente que la “heteronomía” es un medio, no un fin en sí misma; la heteronomía hace entender la necesidad de obedecer a la norma, a la ley, pero comprendiendo que “las cosas no son buenas porque están mandadas, sino que son mandadas porque son buenas”. Es decir: la educación deberá ayudar a pasar de la heteronomía a la autonomía: pasar de una pedagogía de la obediencia (ciega) a una pedagogía de la convicción personal cuando se actúa en conciencia.
F. Jiménez ha señalado los diversos pasos de este proceso. Los dos primeros corresponden a la propuesta concreta de un valor que se hace mediante la promulgación de una norma a cumplir y la obediencia debida; la autoridad manda, el súbdito obedece; el tercer paso es la valoración positiva de lo mandado, no porque es ley, sino porque se inculca un valor a realizar; se trata de ayudar a descubrir en la formulación de la ley el valor que ésta quiere promover.
El cuarto paso lo constituye la jerarquización que se debe hacer de los valores dentro de una gama muy variada; los valores humanos son muchos, pero no todos obligan al mismo tiempo y en la misma medida; un determinado valor que se exige, deberá ser colocado en una justa escala de valores; para ello se deberán tener en cuenta las leyes que regulan la obligatoriedad de los valores: por ejemplo, la altura (dignidad del valor) y la fuerza: los valores económicos (dinero) deben reconocer la prioridad de los valores vitales (la salud), y éstos deberán ceder el paso a los valores morales (la justicia, la verdad, la bondad); la fuerza de los valores radica en la prioridad temporal en la realización de los valores o en la omisión de los antivalores.
modo: “Para la felicidad del hombre se requieren dos cosas: una principal que es actuar según la virtud; y otra secundaria e instrumental, que es la suficiencia de bienes corporales, cuyo uso es necesario para practicar la virtud”.
Finalmente, el proceso se culmina con la adopción de un valor determinado, debidamente jerarquizado, que se asume como norma personal de conducta en la vida. Un joven, por ejemplo, llegará a optar por el valor de la honradez o de la veracidad después de comprender y comprobar el significado de ser honesto delante de su conciencia, delante de la sociedad y delante de Dios; será honesto y veraz, no porque la ley lo manda, sino por convicción personal, porque ha hecho de estas virtudes la norma fundamental de su vida.
La época de la posmodernidad ha afectado notablemente los valores morales por causa del relativismo, del hedonismo, del individualismo que imperan. M. Simula ha hecho énfasis en la necesidad de salvar algunos valores morales que considera fundamentales para la formación moral de los niños.
Entre otros, propone los siguientes:
1. El valor de lo “bello” en un mundo que se desmejora cada día.
2. El valor de lo “justo” en un mundo que ve todo con los ojos del propio interés.
3. El valor del “uso” contra el consumo en una sociedad que ha acuñado el slogan de “compra, consume y bota”.
4. El valor de “estar juntos” contra el individualismo que hoy afecta a tantos adolescentes por razón del aislamiento en que caen muchos, causado por el uso del Internet.
5. El valor del “sentido de pertenencia” contra la tragedia de la soledad y del aburrimiento.
6. El “valor de la expresión” contra la represión, como sería el caso del niño que es víctima del “bulismo” o del autoritarismo.
7. El valor de lo “verdadero” contra la máscara y la imagen. La sociedad posmoderna es muy amiga de las apariencias, particularmente, del mantenimiento de una imagen joven; de aquí que la estética tenga buena acogida en este momento.
8. El valor de lo “bueno” contra la lógica de lo agradable; en una sociedad fuertemente atraída por el hedonismo es fácil confundir lo uno con lo otro; la sociedad adolece de una cierta “adolescentización”.
9. El “valor de la liberación afectiva” contra la inhibición de los sentimientos. 10. El “valor de la colaboración” contra la lógica del “no veo”, “no oigo”, “no siento”, “no me importa”. Es una lógica que ha fomentado el individualismo.
11. El “valor del perdón” contra la violencia; hoy ya no sólo existe una violencia social; también se ha desencadenado la violencia conyugal, la violencia familiar.
12. El “valor de la maravilla y del estupor” contra la aridez de la técnica y de la rutina.
A propósito de educación en los valores, se podría hacer alusión a algunos de los “20 errores” que los padres de familia pueden cometer, según el elenco hecho por S. Alcalde: generar miedos o fomentar los ya existentes, desaprovechamiento de los primeros años, ausencia de estímulos, lenguaje errado, superprotección, amenazas o promesas incumplidas, jugar con el cariño, rigidez en exceso, permisividad absoluta, televisión a discreción, juguetes y más juguetes, la comida como batalla, el sexo como tabú...
Los padres de familia, al orientar a sus hijos en torno a los valores humanos y cristianos a cultivar, deberán distinguir entre lo que es educación genuina y lo que es mera instrucción; es fácil encontrarse con personas que intelectualmente están bien instruidas pero que socialmente son una calamidad; en cambio, puede haber personas de una modesta cultura pero muy valiosas humanamente.
R. Cuadrado ofrece unos criterios para distinguir “educación” de “instrucción”: En la educación se parte de los intereses, gustos y preferencias del educando; en la instrucción se parte de un programa que hay que realizar; en la educación importa la persona en concreto, en la instrucción importa un curso o clase; instruir es enseñar cosas, objetos, conocimientos, mientras que educar es ayudar a tomar conciencia de las posibilidades y poderlas llevar a plenitud; educar es intentar hacer del educando el actor y autor de su proyecto personal; instruir consiste en programar al educando como si fuera un “ordenador”(computador); educar, en cambio, es motivar al niño, al adolescente, para que puedan desarrollar cuantos gérmenes de perfección física y espiritual ha puesto Dios en ellos.
Aplicando estas diferencias al joven que piensa casarse, sería del caso preguntar: el joven al elegir la futura esposa ¿qué valores espera encontrar en ella: belleza física, competencia profesional, dinero? ¿O tal vez, busca una mujer tierna, capaz de dialogar, hacendosa, etc.? E. Rojas, a este propósito, escribe: “Acerca de la elección de pareja, aquella cuya base esencial es la belleza o el dinero, si no existen además otros componentes psicológicos, espirituales y culturales, a largo plazo es posible que tenga graves consecuencias”.
En la formación de valores, los padres de familia tropiezan hoy con una dificultad: la sociedad tradicional había inculcado prevalentemente los valores morales y religiosos; hoy, se habla de laicidad, de “ciencia neutra”, de secularismo...; se difunde la llamada “ética civil” que reclama para la sociedad un “mínimo ético”; es decir, una escala de valores que sea aceptada por la gran mayoría de personas, teniendo en cuenta el pluralismo (cultural, religioso, racial) que caracteriza a la sociedad de hoy.
Educar en los valores en esta época no es tarea fácil; los padres de familia tropiezan con una serie de obstáculos derivados de la misma cultura que la
posmodernidad está fomentando; deben conciliar los valores de la modernidad con los valores de la posmodernidad, como también alertar contra los antivalores de una y otra época.
Los autores Duska y Whelan sugieren unos consejos para padres de familia y educadores; a los padres de familia les recomiendan, entre otras, estas insinuaciones: no querer hacer una ecuación entre observancia y desarrollo moral; no intentar estimular el razonamiento moral del chico cuando tú estás al límite de la rabia; respetar el derecho del joven a tener una excusa cuando tú has sido injusto en el castigo; discutir con él periódicamente aquello que él considera como correcto o no, en las relaciones familiares; permitirles a los chicos de mediana edad o a los más grandes asumir la responsabilidad de algunos quehaceres de casa; de frente a la negligencia de los hijos no reaccionar con una severidad mayor de aquella que usarías contra la negligencia de los adultos.
A los educadores los exhortan con estas directrices prácticas: dar ocasión para que los estudiantes, como una comunidad, participen cuando se trata de establecer reglas; elegir sanciones que se adecúen a la ofensa hecha, haciendo ver al estudiante que la falta afecta al grupo; distinguir entre la crítica al trabajo académico y la crítica al comportamiento, entre las reglas que miran a la justicia y las que atienden a las relaciones humanas; discutir con los alumnos sobre aquello que consideran correcto o no, en las relaciones dentro del grupo; no juzgar el desarrollo moral guiándose por el comportamiento; las personas que pertenecen a diversos estadios podrían realizar la misma acción por razones diferentes.
Fomentar un “mínimo” de valores humanos ¿no dará cabida a una sociedad mediocre, en la que los hombres se medirán por un común denominador? En cada hombre existe la exigencia natural de un “plus”, de un “más...”. Los antiguos romanos hablaban de un altius, citius, fortius (más alto, más rápido, más fuerte) que consideraban como una consigna de humanización. Jesús de Nazaret planteó a sus discípulos la urgencia del plus: “Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt 5, 20).
Algunos autores han hecho referencia a la “ética civil”, que no deberá entenderse como una puerta abierta a la mediocridad; no debe considerarse como una ética de las mínimas exigencias morales, como una actitud de “resignación”; debe mirársele como un esfuerzo de diálogo, de comprensión, de tolerancia, con otras culturas y credos religiosos, pero sin cerrar la puerta a la invitación a una mayor humanización.
M. Vidal afirma que la ética civil “no se identifica ni con la normatividad convencional, ni con la normatividad de los hechos, ni con la normatividad jurídica; aunque no se opone por principio a estas normatividades, tampoco se identifica sin más con ellas; es una instancia normativa superior en rango de apelación y en valía de valoración”. Incluso, el Parlamento de las religiones del
mundo (Chicago 1993) hizo una declaración en favor de una ética mundial en la