En los capítulos anteriores se ha hecho alusión a algunos de los problemas que se derivan de la posmodernidad y que están afectando a la familia. En este capítulo se hará referencia a tres problemas particularmente significativos: el suicido juvenil e infantil, el fenómeno del “bulismo” y la pérdida de protagonismo que padece la familia hoy. Son síntomas que están llamando la atención.
1. El suicidio juvenil e infantil.
Se inicia esta sección con el relato de un caso reciente. La prensa italiana lo tituló: “Muerto a los 10 años”. Se trató de un niño –Andrés– que se tiró al vacío desde el noveno piso del edificio en que habitan sus padres. El motivo de este suicidio no es claro: los vecinos hablan del niño como de un chico introvertido, tranquilo, sin que se quisiera decir que era misántropo; eso sí, muy adicto a los juegos de video, con los cuales parecía que hablaba.
El porqué de esta tragedia, en principio, parece inexplicable. El padre de Andrés, interrogado por la policía, contó que hacia el medio día del domingo le había recordado a su hijo que no se olvidara de hacer las tareas escolares durante ese día, y que no quería repetirle la orden por la tarde, pues veía al niño muy absorbido por los juegos del computador, frente al cual pasaba muchas horas.
Pero aparecen otros detalles de la historia de Andrés que hacen comprensible la tragedia: es hijo único, sus padres son enfermeros y trabajan todo el día en esta ocupación; al niño lo han llenado de regalos, lo dejan pasar muchas horas frente al computador entretenido con los juegos; en Europa, los niños se desconciertan ante un reproche o una negativa de sus padres.
Estos detalles no son tan inocentes, como se podría pensar. El “hijo único”, que ahorra muchos problemas económicos a los padres está creando otros problemas de tipo más humano: soledad, encerramiento en sí mismo, egoísmo... La situación laboral de unos padres de familia, que obliga a ambos a trabajar, en
buena medida es culpa del Estado que no favorece un clima humano de pareja y de comunidad familiar. Pero a veces es el ansia de confort económico lo que hace que los padres no piensen sino en ganar dinero. Esto contribuye a que muchos niños pasen muchas horas solos en su casa, como sucede con los niños japoneses. Quizá por esta razón llenan de juguetes al niño para que se entretenga. Pero el niño, más que de cosas, necesita del amor y de la compañía de sus padres.
Hay otro detalle a analizar: la policía no descarta en el caso de Andrés la posibilidad de que el suicido se haya debido al disgusto que le causó la orden del papá de suspender el juego en el computador y dedicarse a hacer las tareas de escuela. Hay otros antecedentes: en Europa es relativamente frecuente que un chico, porque recibió una respuesta negativa a una solicitud suya, porque perdió una materia en la escuela, porque le negaron un permiso, porque lo reprendieron, decida poner fin a su vida.
Los padres de familia creen hacerlo bien cuando “dan todo a cambio de nada”; no han educado para la correspondencia por parte de los hijos: dar y recibir es una dinámica necesaria por ambas partes: los padres dan alimento, vestido, educación; los hijos deberán dar también amor, obediencia, colaboración, aprovechamiento en el estudio, etc.
De una pedagogía del autoritarismo se está pasando al permisivismo, al “lezeferismo” (dejar hacer); ese cambio ha dejado a los padres de familia sin autoridad; incluso un tipo de psicología enseña que no se debe corregir al niño, contraviniendo de este modo el viejo principio: “Educar al niño para no tener que castigar al adulto”. Los antiguos romanos acuñaron un axioma todavía hoy válido: “Ser firmes en mantener los principios, pero flexibles en el modo de aplicarlos”.
Es muy importante establecer en familia una justa escala de valores: el dinero es necesario, pero no es lo fundamental; los juguetes sirven para la diversión y el entretenimiento, pero no son un valor primario; primario y fundamental es el amor entre padres, entre padres e hijos, entre hermanos.
Juan Pablo II escribió en Familiaris consortio (1981) que “las familias deben crecer en el “protagonismo” (...) y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo, serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia” (n. 44).
2. La prepotencia de los adolescentes (el bulismo)
Otro problema que está surgiendo entre las generaciones más jóvenes es el llamado “bulismo” (derivado del Ingles bulling) o prepotencia de los adolescentes. Es un fenómeno que se manifiesta en los muchachos y muchachas entre 12 y 17 años; se revela con diversas manifestaciones: agresión, extorsión, golpes y amenazas, insultos, robos, peleas, abuso sexual, por parte de los más grandes contra los más pequeños. Entre las causas del bulismo los expertos
señalan la falta de afecto y de educación en la familia, la frustración en el estudio, una agresividad descontrolada, etc. Es un fenómeno que se está manifestando, sobre todo, en la escuela.
En Internet apareció hace algún tiempo un mensaje titulado “Buenos padres o padres buenos”; el juego de palabras tiene su sentido: el articulista quería referirse a dos modelos de progenitores: “Padres buenos” hay muchos, “buenos padres” hay pocos; no es difícil ser un “padre bueno”; no hay nada más difícil que ser un buen padre. Un corazón blando basta para ser un padre bueno. Pero la voluntad firme y la cabeza clara son poca cosa para hacer un buen padre; El buen padre dice sí cuando es sí y dice no cuando es no; en cambio, el padre bueno sólo sabe decir sí.
F. Montuschi ha sugerido diversas pautas para una acción educativa de frente al problema del “bulismo”: un primer criterio mira al control de los sentimientos que deben mantener los padres de familia cuando se trata de expresar consenso o disenso; el miedo no es aconsejable, ni por defecto ni por exceso, sino que debe ser congruente, proporcionado y que responda a la solicitud; tener miedo de todo es renunciar a vivir; hay un cierto margen de riesgo racional que debe aceptarse junto a un comprensible temor.
En segundo lugar, las motivaciones deberán evitar actitudes de defensa o de ofensa que acaban por crear una peligrosa asimetría relacional, comprometiendo el diálogo; en tercer lugar, frente a las legítimas prohibiciones, se deberá ofrecer a los hijos algo más de aquello que ellos piden: experiencias familiares originales, enriquecedoras, capaces de disminuir la fuerza del contraste.
No es fácil la situación de padres de familia y de educadores en el presente contexto social: la sola autoridad no basta hoy cuando el joven siente un rechazo casi instintivo contra todo aquello que suena a ley; tampoco es válida la actitud de “dejar hacer”; conviene abrir a los jóvenes y adolescentes horizontes más amplios e ilusionadores que los libere de las perspectivas que seducen a sus coetáneos.
La prepotencia de los jóvenes ¿no será una reacción contra aquella otra prepotencia de los padres? En otro tiempo, cuando respondían a la petición de los hijos solicitando una explicación del por qué de una determinada orden; se escucharon muchas veces respuestas como éstas: “Porque me da la gana”, “porque yo mando”, “porque se me antoja”.
3. Pérdida de “protagonismo” por parte de la familia
Un tercer problema emergente es la pérdida de “protagonismo” por parte de la familia. Juan Pablo II, introduciendo la exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio (1981), afirmaba: “La familia en los tiempos modernos ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura” (n. 1).
Estas transformaciones se manifiestan de muy diversas maneras: sea en la forma de constituirse: ya no se habla sólo de la familia patriarcal y de la familia nuclear, sino también de la familia diversificada (una variedad de modelos diversos); ya sea por el modo de deshacerse: separación, divorcio; ya sea por los problemas internos, como la violencia conyugal y familiar.
Es patente la pérdida de protagonismo que está sufriendo la familia en nuestro tiempo... Muchos detalles lo revelan. Recientemente aparecía en Internet una reflexión interesante, titulada “La nueva generación de padres de familia”. Entre otras cosas se leía:
Somos de las primeras generaciones de padres decididos a no repetir con los hijos los mismos errores que pudieron haber cometido nuestros progenitores. Y en el esfuerzo por abolir los abusos del pasado, ahora somos los más dedicados y comprensivos, pero a la vez los más débiles e inseguros que ha conocido la historia. Parece que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos de un extremo al otro. Así que, somos los últimos hijos regañados por los padres y los primeros padres regañados por nuestros hijos.
¿Qué signos de pérdida de protagonismo se pueden detectar en nuestro medio ambiente? Anotamos sólo tres de estos signos. En primer lugar, la familia actual es débil por varias razones: porque falta intuición para ejercer la autoridad, porque se da la prioridad al sentimiento sin equilibrarlo con la razón, porque la sociedad la ha despojado de muchas de sus funciones tradicionales reduciéndola al mero ámbito de expresión de afecto.
En segundo lugar, la familia actual no ha sabido buscar el equilibrio entre los polos que debe conciliar. La familia moderna, como el reloj de péndulo, se inclina hacia el polo del afecto, de la libertad, del placer, de lo relativo, dejando de lado el deber, la razón, la autoridad, el esfuerzo, lo que es verdaderamente absoluto.
En tercer lugar, la familia actual, fruto de la posmodernidad, sólo piensa en el presente. Los padres de familia de hoy, queriendo dar a sus hijos lo que ellos no tuvieron en otro tiempo, quieren satisfacer todos los deseos de sus hijos, sometiéndose incluso a grandes sacrificios. El artículo aludido del Internet comenta: “Si el autoritarismo del pasado llenó a los hijos de temor hacia sus padres, la debilidad del presente los llena de miedo y menosprecio al ver a los padres tan débiles y perdidos como ellos”.
El hecho de pensar sólo en presente está generando una ruptura: ruptura con el pasado, de tal forma que se pierden las raíces de la familia: se acaban los nexos con la generación de los mayores que nos legaron una tradición de valores perennes, una herencia espiritual, una historia que es “maestra de vida”. Atendiendo sólo al presente, se descuida preparar el futuro: no hay proyectos, no hay ilusiones, no hay sueños ... Se trabaja para el hoy, se piensa sólo en lo provisorio.
con la ley del péndulo aceptamos unos valores nuevos, pero descartamos otros valores por ser herencia del pasado. La figura del reloj de péndulo no es la mejor imagen para proponer una guía válida para la educación de hoy y de siempre. Tampoco sirve la imagen de la balanza porque es estática y no dinámica.
Creemos que la figura ideal es la de la espiral que se esfuerza por integrar los polos extremos y conciliarlos en forma ascendente, evolutiva, dinámica. La educación familiar no es sólo tarea de hoy y para hoy; la educación no puede renunciar al pasado, o se expone a perder sus fundamentos; tampoco puede perder la visión de futuro, so pena de renunciar a crecer. Deberá conjugar sabiamente lo bueno del pasado con lo bueno de hoy para sembrar semillas de bien para mañana.
N. Galli, un autor italiano, escribió hace unos años un libro titulado La pedagogía familiar hoy. Este autor describe tres tipos de educación: el autoritario, el libertario (permisivista) y el democrático. Del sistema autoritario afirma: “En la familia regida autoritariamente, los hijos tienen pocas posibilidades de poder hablar con sus padres, participan de una manera marginal en los distintos problemas de la comunidad doméstica y hallan muchas ocasiones para desobedecer”.
A propósito del modelo libertario escribe:
El método libertario es un sistema de “no intervención”. Se llega a pensar que el mejor modo de asegurar el desarrollo personal de los hijos consiste en dejarlos al arbitrio de sí mismos, ya que las dificultades del desarrollo agudizan su capacidad de encontrar soluciones, preparando a los sujetos para una vida responsable.
Juzgará el lector las utilidades de uno y otro método.
Respecto del método democrático, propone la relación “autoridad-libertad”. Afirma que “la autoridad de quien enseña debe respetarse tanto como la libertad del que es enseñado”. Galli recoge la sugerencia de Lambruschini de buscar la posibilidad de una coexistencia dinámica entre autoridad-ley y conciencia- libertad: “La libertad es la conciencia que respeta la ley y la autoridad es la ley que respeta la conciencia”.
El artículo de Internet ya mencionado comenta:
Los hijos necesitan percibir que “durante la niñez los padres estamos a la cabeza de sus vidas como líderes capaces de sujetarlos cuando no se pueden contener y de guiarlos mientras no saben para dónde van. Si bien el autoritarismo aplasta, el permisivismo ahoga. Sólo una actitud firme y respetuosa les permitirá confiar en nuestra idoneidad para gobernar sus vidas mientras sean menores, porque vamos delante liderándolos y no atrás cargándolos y rendidos a su voluntad.
mantener la norma pero flexibles en el modo de aplicarla” (fortiter in re, suaviter in modo). En nuestro tiempo este principio educativo puede traducirse de esta manera: defender los valores humanos y cristianos sin debilidad pero siendo comprensivos en el proceso del adiestramento. Para lograrlo se deberá superar la vieja pedagogía que hacía consistir la educación en la proclamación autoritaria de la ley y en la obediencia ciega a ésta.
La familia moderna está perdiendo protagonismo en esta época. Es una situación muy delicada, ¿quién formará las futuras generaciones? El concilio Vaticano II llamó a la familia “la primera escuela”. Aquí sí que vale recordar lo que leemos en el Evangelio: “Si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará?”. La familia debe esforzarse por recuperar el protagonismo que le corresponde. La familia no es más objeto de consideración por parte de las instituciones (civiles o eclesiásticas). La familia debe ser sujeto de su propia vocación y misión. Siendo de verdad sujeto, debe ser consciente de la capacidad de ejercer un protagonismo propio.
Un campo específico de este protagonismo, lo afirma la Carta de Derechos de la familia, suscrita por la Santa Sede en 1983: es “el derecho originario, primario e inalienable de educar a los hijos; por esta razón deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos” (Art. 5). Un tal protagonismo exige que estén debidamente capacitados para ejercer un verdadero liderazgo.
Para ello se hace urgente el diálogo entre padres y de ellos con los hijos y con los educadores. Un diálogo en el que se encuentren la experiencia de la vida con el entusiasmo de la nueva generación; un diálogo que no se convierta en un forcejeo de intereses particulares, sino que sea un esfuerzo común por llegar a un acuerdo inteligente, razonable y efectivo en la búsqueda de la verdad y del bien.
Sólo así se logrará conciliar la sabiduría del pasado con las ideas e inquietudes nuevas de hoy. El concilio Vaticano II en su mensaje final a la humanidad, dirigiéndose a los jóvenes, escribía:
Son ustedes los que van a recibir la antorcha de manos de sus mayores y a vivir en el mundo en el momento de las más grandes transformaciones (...). El concilio confía en que encontrarán tal fuerza y tal gozo que no estarán tentados, como algunos de sus mayores, de ceder a la seducción de las filosofías del egoísmo o del placer, o a las de la desesperanza y de la nada (...) y que sabrán afirmar su fe en la vida y en lo que da sentido a la vida.
Como consecuencia de esta pérdida de “protagonismo”, por parte de la familia, se podría aludir a la “adolescentización” de la sociedad actual. Puede sonar un tanto ofensiva una reflexión en este sentido cuando la sociedad presente se muestra autosuficiente y orgullosa de sus logros. No es una intuición personal. Son muchos los autores a nivel nacional e internacional, libros, revistas y diarios, que frecuentemente se refieren a este tema.
No parece que se pueda ser muy optimistas por el futuro si se tienen en cuenta las características que da la posmodernidad al hombre de nuestro tiempo y de nuestro medio ambiente. “Posmodernidad, ha escrito un autor español, es sinónimo de crisis de civilización. Crisis para la cual no se atisba un futuro con esperanza”.
El mismo nombre de posmodernidad que se da a la época actual refleja cierta ambigüedad. Los escritores no han logrado ponerse de acuerdo para definir qué es la posmodernidad. Lo normal es que se limiten a describirla señalando las características más notables. Un elemento que tipifica a la posmodernidad es la de ser una reacción contra la modernidad.
Esta reacción aparece en muchos aspectos. La modernidad se caracterizó por dar relieve a la razón, a la institución (civil y familiar), por subrayar la autoridad, a veces despótica, por fomentar el esfuerzo y la abnegación, por valorar unilateralmente la inteligencia, lo objetivo, lo fuerte. De ahí que la posmodernidad sobreestime lo débil frente a lo fuerte, la espontaneidad frente a lo establecido, lo relativo frente a lo absoluto, lo frívolo frente a lo serio, etc.
Escribe Italo Gastaldi:
El joven light se parece mucho a los productos de nuestros días: un hombre superficial, sin substancia, sin contenidos; un joven incapaz de hacer una opción fundamental que le confiera unidad, sentido y validez a su existencia; un joven incapaz de asumir un compromiso con realidades que trasciendan la propia esfera personal.
Como estos productos light, también la sociedad está dando origen a una generación superficial, amiga de lo fácil y enemiga del esfuerzo, sin mayores pretensiones, sin ideales ni proyectos.
Para la generación presente lo que dicta la razón, lo que establece la norma cuenta poco o casi nada porque es el sentimiento, el placer, el bienestar individual lo que señala la conducta a seguir. A esto se suma el hecho de que sólo el presente, sólo el hoy cuenta de verdad. El pasado no interesa porque es cosa de viejos y el anciano no tiene un puesto en la sociedad actual.
El futuro pinta menos aún porque exige esfuerzo, requiere una planeación, me pide pensar. “Los jóvenes parecen no soñar”, escribía L’avvenire, diario italiano, en su edición del 7 de junio de 2000. Un autor español ha afirmado que “la juventud actual ha sustituido la moral de la brújula por la moral del radar”. El joven de hoy ni siquiera quiere pensar, sólo quiere “sentir sensaciones”. En otra época se decía “pienso, luego existo”. Hoy el slogan de moda reza “digito, luego existo”.
Por causa del énfasis dado a la razón y a una educación de tipo racionalista y severa, hoy se afirma que el varón tradicionalmente ha sido un “analfabeto