a. «No os unáis en yugo desigual con los incrédulos». A primera vista, este mandato parece referirse al matrimonio de un creyente con una persona incrédula o a dos socios de negocios respectivamente. Pero el contexto da a entender que esta interpretación es solamente implíci- ta y no explícita. Para comprobar esto, en otro lugar Pablo explícitamente manda a una viuda que sólo se case en el Señor (1 Co. 7:39). Este contexto, sin embargo, se refiere a la separa- ción de la religión cristiana de las religiones paganas. «Porque unirse en yugo con los incrédu- los significa nada menos que tener comunión con las infructuosas obras de las tinieblas, y tenderle la mano a los incrédulos significa tener comunión con ellos».55 El pasaje de los versí-
culos 14–18 nos dice que no formemos ningún pacto con los incrédulos, que violan las obli- gaciones del pacto que el cristiano tiene con Dios.56 El texto griego revela que unirse en yunta
desigual significa entablar relación con una persona que es totalmente diferente a nosotros.
53 Consultar Thrall, «The Problem of II Cor. VI.14-VII.1», p. 146.
54 Jerome Murphy-O’Connor, «Relating Corinthians 6. 14–7. 1 to Its Context», NTS 33 (1987): 275. 55 Calvino, II Corinthians, p. 89.
56 William J. Webb, «Unequally Yoked with Unbelievers. Part 2 [of 2 parts]: What is the Unequal Yoke en
En este texto, se habla de una persona que no es miembro de la familia de la fe y que hace que el creyente quebrante el pacto con Dios.
[p 254] ¿Quiénes son esas personas que causan el extravío de los cristianos? Los paganos que invitaban a los corintios a comer con ellos en los templos donde se adoraba a los ídolos. De la misma manera en que comer en la mesa del Señor es participar del Señor, comer en la mesa de un ídolo es participar en una falsa religión. Semejante conducta es una afrenta al Señor.57 Los incrédulos, pues, son paganos que no sirven al Señor. Son aquellos a quienes
Satanás ha cegado los ojos (4:4). Son no-cristianos que han influido en la comunidad de Corinto.58
b. «Porque ¿qué tienen en común la justicia y la maldad?» Los creyentes que han sido justificados por Dios (5:21), deben ser capaces de discernir rápidamente el engaño que pueda haber en cada palabra o acción. Deben rechazar asociarse con quienes practican la mentira. Tienen como tarea desenmascarar el engaño como obra del Maligno (Ef. 5:6–12). Deben seguir gozosamente las huellas de Jesús y procurar la justicia cumpliendo lo que él les ha mandado; pues saben que Jesús ama la justicia y aborrece la impiedad (Heb. 1:9; Sal. 45:7). Afirman que la justicia es la regla del reino de Cristo, y observan que la maldad es lo que caracteriza la obra de Satanás. De hecho, Pablo llama al anticristo «el hombre de pecado», y dice que «el poder oculto de la maldad ya está en operación» (2 Ts. 2:3, 6). En conclusión, pues, la respuesta a la pregunta retórica que Pablo hizo al principio del párrafo, es un rotundo no. c. «¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas?». Esta pregunta muestra tres palabras clave. Las dos primeras describen la comunidad cristiana: comunión y luz. La tercera palabra, tinieblas, no describe a la comunidad cristiana.
Para el apóstol Juan, el mayor gozo que puede experimentar es ver que los creyentes tienen comunión con Dios Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Jn. 1:4). La comunión cristiana se manifiesta especialmente en el culto a Dios y en la ayuda y en el aliento entre los
creyentes. Jesús es la luz del mundo (Jn. 8:12), y por medio del evangelio esa luz verdadera ilumina a la humanidad (Jn. 1:9). La luz y la comunión van juntas; pero la luz y las tinieblas
pertenecen a esferas diferentes. La oscuridad espiritual carece no sólo de luz, sino también de amor. Juan dice que cualquiera que aborrece a su hermano está ciego y anda dando traspiés en las tinieblas (1 Jn. 2:11; Jn. 11:10). De la misma manera que la luz y la justicia están estrechamente relacionadas, así las tinieblas y el desorden son hermanos gemelos. Los primeros términos pertenecen a Cristo, los segundos a Satanás, y los dos grupos son diametralmente opuestos.
Satanás se transforma en ángel de luz (11:14) para engañar a la gente. Ciega las mentes de los incrédulos de modo que no puedan ver la luz del evangelio. Como consecuencia, viven en completa oscuridad espiritual. Pero Dios hace que su luz brille en los corazones de los creyentes al darles, por medio de Cristo, el conocimiento espiritual de sí mismo (4:4–6).
[p 255] 15. ¿Qué armonía hay entre Cristo y Belial? ¿Qué tiene en común el creyente con el incrédulo?
El mero hecho de hacer estas dos preguntas retóricas y antitéticas, supone una respuesta negativa. Pablo continúa su secuencia de contrastes resaltando la absoluta imposibilidad de que se pueda esperar armonía entre Cristo y Belial. Usa el sustantivo griego sumfonesis para significar armonía o acuerdo. El nombre es paralelo a las expresiones tener en común y comu- nión, del versículo anterior (v. 14).
57 Referirse a Fee, «II Corinthians», p. 153.
58 William J. Webb, «Unequally Yoked Together with Unbelievers. Part 1 [of 2 parts]: Who are the
Unbelievers (ἄπιστοις) in II Corinthians 6: 14?» BS 149 (1992): 27–44. Véase J. D. M. Derret, «II Cor 6,14ff. a Midrash on Dt. 22,10», Bib 59 (1978): 231–250.
La elección de la palabra Belial, que en griego se escribe Beliar, ha sido causa de mucha discusión. Una cosa es segura: Pablo no la tomó prestada del Antiguo Testamento, donde di- cho término nunca ha sido personificado y significa alguien o algo impío o pervertido (p. ej, Dt. 13:14; 17:4; 1 S. 1:16; 10:27; 25:25; 30:22). A menos que el término se personifique, falta un equilibrio en el contraste de este versículo.59
Los escritos judíos personifican a Belial/Beliar como Satanás, el diablo, el principal de los demonios y el anticristo. Estos escritos incluyen los Testamentos de los Doce Patriarcas,60 los
libros apocalípticos (Jubileos, la Ascensión de Isaías y los Oráculos de la Sibila,61 y los Rollos
del Mar Muerto.62 Pablo enfatiza el contraste entre Cristo y Belial como los gobernantes
máximos de sus dominios respectivos, los de la justicia y la impiedad, la luz y las tinieblas, lo santo y lo profano. No sabemos, por qué Pablo elige la palabra Belial en vez de Satanás, el diablo, el demonio principal o el anticristo. Belial/Beliar63 debiera verse, quizás, como una
palabra amplia, que incluya todos estos nombres.
¿Qué es lo que Pablo quiere decir a los corintios? Les ha dicho que Cristo había muerto por ellos, que Dios había reconciliado al mundo consigo mismo, y que Pablo había sufrido diversas calamidades para promover la causa del evangelio (5:14–15, 20; 6:3–10). Ahora quiere que se decidan por Cristo y lo sigan; que rechacen a Belial y todo cuanto él representa. En términos paralelos, los corintios debían elegir la fe y no la incredulidad, la vida cristiana en vez de los caminos mundanos.
Por consiguiente, Pablo les pregunta: «¿O qué tiene en común el creyente con el incrédulo?» La repetición del versículo 14a es clara; pero en esta ocasión Pablo usa los nombres en singular. Dice que la vida del creyente no tiene arte ni parte en la vida del
incrédulo. Con estas palabras no está diciendo [p 256] que los creyentes no deben mantener ningún contacto con los incrédulos, porque, de serlo así, el creyente tendría que salir de este mundo (1 Co. 5:10). Pide a los creyentes que no participen en el estilo de vida de los
incrédulos. Denney comenta: «Para el creyente, lo más eminente e importante de este mundo es lo que los incrédulos niegan y, por lo tanto, cuanto más en serio se tome estas cosas, tanto más se guardará de entablar amistad con los incrédulos».64
16a. ¿Qué acuerdo puede tener el templo de Dios con los ídolos? Porque nosotros somos templo del Dios viviente.
Ésta es la última de las cinco preguntas retóricas que requiere una respuesta negativa. Pablo pregunta si existe algún tipo de acuerdo entre el templo de Dios y los ídolos. El templo es el lugar donde Dios decide morar, si bien es cierto que Dios no puede ser confinado a una casa hecha por manos humanas (1 R. 8:27; 2 Cr. 6:18; Is. 66:1–2; Hch. 7:49–50). Él está en todo lugar y revela su poder contra los ídolos, ya sean éstos el Dagón de los filisteos o el Baal de los cananeos (1 S. 5:1–5; 1 R. 18:21–40). Pero, ¿cómo entenderían los cristianos gentiles la frase templo de Dios? Los judíos decían que Dios moraba en el Lugar Santísimo del templo de Jerusalén; pero Pablo enseñaba a los corintios que Dios moraba en sus corazones y que del cuerpo de ellos ha hecho su templo (1 Co. 3:16; 6:19; véase Ro. 8:9).
59 Algunos comentaristas (Barrett, p. 198; Martin, p. 200), sugieren que el término hebreo λὥ ψλβ (beli ‘ol)
significa «no tener yugo», esto es, que vive sin el yugo de Dios (referirse a 6:14). Véase el Talmud Babilónico
Sifre Deut. 117 y Sanhedrin 111b. Aunque esta solución es ingenua, permanece la objeción de que el versí-
culo carece de equilibrio.
60 José 7:4; Judas 25:3; Isacar 6:1; 7:7; Leví 18:12–13. 61 Jub. 1:20; 15:33; Prof. Vit. 17:9–10; 21; Or. Sib. 2:167. 62 1QS 3:20–21, 23–24; 1QM 4:2; 13:2, 4; CD 12:2; 5: 18.
63 El intercambio de las letras l y r ocurre con frecuencia en muchas lenguas, especialmente las orientales. 64 Denney, Second Corinthians, p. 244.
El lugar Santísimo de Jerusalén no tenía estatuas y por eso era el hazmerreír de los genti- les, cuyos templos estaban llenos de ídolos. Es lógico de esperar que los judíos cristianos consideraran a los templos paganos una abominación y que, para ellos, entrar en sus terre- nos sería una transgresión de la ley de Dios. Pero los gentiles que se habían convertido a la fe cristiana, necesitaban comprender que ya no era necesario tener urnas ni participar en los sacrificios. Tenían que saber que tales sacrificios eran ofrecidos a los demonios y no a Dios (1 Co. 10:20). Concurrir a estos cultos los haría participantes de los demonios. Como pueblo de Dios, los corintios tenían que romper con su cultura pagana y servir a Dios de todo corazón, alma y mente. Pablo había enseñado a la gente que ellos eran el templo de Dios; les había recordado esta verdad (1 Co. 3:16; 6:19), y ahora se lo recuerda una vez más. Pablo da a en- tender que los ídolos paganos de los templos están muertos y dice enfáticamente: «Nosotros somos templo del Dios viviente».
En todas sus epístolas, Pablo refuerza su mensaje con citas del Antiguo Testamento. En ocasiones, usa pasajes de distintos lugares para formar una serie de versículos que se enlazan por medio de palabras clave (p. ej., Ro. 3:10–18; 9:25–29, 33; 10:18–21; 11:26–27, 34–35; 15:9–12). En 2 Corintios, cita por lo menos seis referencias al Antiguo Testamento; parece que todas ellas están enlazadas por la idea de que Dios es un Padre para su pueblo; y a éste se le pide que se guarde puro.
[p 257] Los pasajes están combinados y adaptados al hilo del pensamiento que Pablo desarrolla. No se puede presuponer que Pablo siempre pudo consultar de forma inmediata los rollos de la Escritura; más bien, tuvo que depender frecuentemente en su memoria.
16b. Como Dios dijo:
«Habitaré y andaré entre ellos. Yo seré su Dios,
y ellos serán mi pueblo».
Dios se dirige a su pueblo por medio de las Escrituras, y les hace promesas y les da instrucciones. La promesa que ahora nos ocupa presenta cuatro facetas: Habitará entre su pueblo, andará con ellos, será su Dios y los hará pueblo suyo. Las palabras de este texto son una combinación de dos pasajes bíblicos:
1. «Habitaré entre ellos» proviene del texto hebreo de Éxodo 25:8 y 29:45, donde Dios les dice a los israelitas que él habitará entre ellos.65 Una traducción literal diría: «Habitaré dentro
de ellos», como confirma Pablo con sus palabras «Somos templo del Dios viviente».
2. «Andaré entre ellos, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». Estas palabras provienen del texto griego de Levítico 26:12, aunque con pequeñas modificaciones como, por ejemplo, un cambio de la segunda persona del plural por la tercera persona del plural. La promesa de Dios consiste en que, el hecho de que habitará entre su pueblo, señala el establecimiento de una relación pacífica; y el hecho que andará entre ellos indica una actividad benevolente. Dios presta completa atención a toda clase de gente y a todo detalle (Mt. 10:30).
La segunda parte de esta frase, «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo», es una hebra de oro que Dios ha tejido en su Palabra desde el principio hasta el final. Sólo como simple men- ción, citaremos cuatro de entre muchas otras referencias: en estado incipiente, Dios da forma al comienzo de su pacto con las bendiciones de Génesis 17:7; lo consolida con la redacción de su pacto con Israel, en Éxodo 6:7; lo continúa en la profecía de Ezequiel 37:26–27; y lo con- cluye con Apocalipsis 21:3. Philip Edgcumbe Hughes ha delineado tres etapas de la continui- dad del pacto de Dios, por medio de la presencia de Cristo entre su pueblo: la encarnación
65 Furnish afirma que esta declaración no aparece en el Antiguo Testamento. Él la califica de «comentario
(Jn. 1:14), Cristo habitando en el corazón de los creyentes (Ef. 3:17), y Dios habitando con su pueblo en la nueva tierra (Ap. 21:3).66
Pero la Escritura no limita el poder que Cristo tiene de habitar en los creyentes. Enseña que el trino Dios mora en los corazones de los creyentes. Junto a Cristo, el Espíritu Santo y Dios el Padre habitan también en los creyentes (p. ej., Jn. 14:17; 1 Jn. 4:12). Dios está
siempre con su pueblo, desde [p 258] el momento de la creación en el huerto del Edén, hasta el huerto restaurado que aparecerá con la renovación de todas las cosas.
17. «Por lo tanto, salid de en medio de ellos, y apartaos», dice el Señor.
«No toquéis nada impuro, y yo os recibiré».
Dios exige lealtad total al pueblo de su pacto y, por tanto, les exige que se esfuercen en ser puros. Así como él es santo, espera que su pueblo también lo sea (Lv. 11:44–45; 20:7; 1 P. 1:15–16). Con variaciones, este tema aparece en toda la Escritura. Dios no se ha separado de su pueblo; sin embargo, sus hijos e hijas se han alejado en repetidas ocasiones y seguido los caminos del mundo. Dios es fiel a su pacto y cumple las promesas hechas a su pueblo. Además, espera que la otra parte del pacto guarde también las promesas que le ha hecho, y cumpla las obligaciones de su Palabra.
Pablo cita un pasaje del texto griego de Isaías: «¡Apartaos, apartaos, salid de ahí! ¡No toquéis cosa inmunda! Salid de en medio de ella y purificaos» (52:11; cf. Jer. 51:45). La última parte de esta cita, «y yo os recibiré», está tomada del texto griego de Ezequiel 20:34, 41, y de Sofonías 3:20.
El contexto del Antiguo Testamento se sitúa en el tiempo en que, gracias al decreto de Ciro, se les permitió a los judíos exiliados abandonar Babilonia. Pudieron llevarse con ellos los vasos que pertenecían al templo de Jerusalén. Dios los exhortó a salir de Babilonia, pero no a tomar con ellos nada impuro que perteneciera al culto a los ídolos. Su pueblo, castigado por el exilio pero libre ahora, tenía que ser puro y sin mancha. Así mismo sucede con los corintios, que habían salido del mundo de la idolatría pagana, pero que ahora tienen que ser un pueblo dedicado a su Señor y Salvador Jesucristo.
«Y yo os recibiré». La promesa se expresa en términos futuros, para indicar que el recibimiento que Dios otorgue a sus hijos dependerá de su obediencia. Los profetas del Antiguo Testamento esperaban la venida del Mesías; pero los lectores de la epístola de Pablo ya vivían en comunión con Cristo (1 Co. 1:9; 2 Co. 5:17). Esta cláusula va precedida por el mandamiento de no tocar nada espiritualmente inmundo. Por eso, si los seguidores de Jesús se guardan sin mancha de las influencias mundanas, Dios los aprueba y los recibe. Dios exige una clase de obediencia que se manifiesta en una total sumisión a él.
18. Y seré para vosotros como un padre,