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5.2 Waveguide loss measurement

5.5.4 Measuring the microscopic loss of a waveguide

5.5.4.1 Position modulation

yo.

En el caso de Elvira encontramos una primacía de los objetos tiránicos paternos quienes la han controlado, invadido y dominado desde la niñez. Estos objetos tienen vigencia a través del control y maltrato del marido. Elvira está regida por la parte destructiva de su mente que se somete a ese objeto tiránico Este estado de Elvira es el que podemos vincular a lo dicho por Freud (1938) sobre los efectos patológicos que sobre el yo tienen las demandas excesivas del superyó y del ello unidas y nos habla de

“un debilitamiento relativo o absoluto del yo que le impide cumplir sus funciones”, e inclusive de su parálisis funcional, y de cómo pueden inclusive llegar a “quebrantar y

modificar la organización del yo, de modo que su relación adecuada con la realidad

Tal vez esta idea de Freud (1938) es la que nos permite entender cómo las mujeres maltratadas se quedan bajo la dominación del objeto tiránico, sin poder tomar contacto con la realidad devastadora en que viven. Carecen en ese momento de la organización yoica que les permite percibir adecuadamente la realidad y rechazan a todo a que lo que intente mostrarles el carácter perturbado de su reacción. Bajo el dominio del objeto tiranico (parte del superyo tiránico), y del impulso de atracción hacia el objeto de deseo, de carácter impostergable, el yo destruido no puede darse cuenta de lo que está viviendo ni del peligro que corre quedándose al lado del objeto tiránico. Es esa perturbación o abolición del contacto con la realidad lo que condena a la mujer maltratada a su posible muerte. Nos preguntamos si ese quebrantamiento no lleva que se instauren delirios alrededor de la necesidad de proteger al objeto tiránico.

[…] y es que uno no le puede contradecir nada, porque se pone terrible.

Si llega y tiene eso en la cabeza y me dice que me acueste con él, me toca. Porque si le digo que no, se pone furioso y me pega. Es que éste embarazo, éste hijo yo no lo quería, pero me tocó acostarme con él, porque si no me pegaba.

Después cuando nos separamos, me dijo que él quería hablar conmigo y así fué como se enteró en donde vivíamos, porque él no sabía. Pero yo estoy aquí bien, pero yo no tengo familia a donde irme. En la comisaría me dicen que me vaya lejos para que él no me encuentre. ¿Pero para donde me voy? ¿Donde lo reciben a uno con 4 hijos? A uno solo tal vez le abren un campo, tal vez con uno, ¿Pero con 4? Es que por eso me preocupa, porque uno mientras está aquí no gana ni un peso. Cuando salga me tocará volver a la casa que tenía a vivir con él. ¿Porque donde más? Eso es lo que más me preocupa.

Una reacción distorsionadora adicional del yo se encuentra cuando en Elvira aparecen las necesidades y dificultades del compañero y ella está dispuesta a oponerse a todos y salvarlo. En ese momento el yo vuelve a quedar bajo la primacía del objeto tiránico ahora convertido en objeto necesitado. Es entonces cuando Elvira asume frente al compañero la misma posición de defensa que frente a sus hijos y, trata de protegerlo y asegurarse de que no sufra. Sin embargo, en algunos momentos la defensa de los hijos ante el riesgo de muerte por las agresiones del compañero implica ponerse en su contra, asumiendo el riesgo de que se vuelva contra ella.

Elvira, tiene contacto con sus emociones, pero está atrapada por el sentimiento de dolor y de protección hacia el objeto que abusa de ella y la maltrata. En ese momento una parte de Elvira funciona desde la parte adulta de la personalidad (compasión y cuidado), pero su parte sometida al objeto tiránico, no le permite diferenciar claramente el objeto que realmente necesita la protección (sus hijos) del objeto malo y tiránico

(marido) que abusa de ella y la maltrata. El sometimiento al objeto rige la relación y no permite que el yo ejerza la función de discriminación. Convertida en la protectora de todos, sin diferenciación de bueno y malo, Elvira se confunde.

Pero es difícil aceptar que las cosas se acaban, que tengo que volver a empezar de nuevo. Yo sé que Dios no me abandona, es que ni cuando yo a veces tenía ganas de quitarme la vida, es que yo pensaba que entonces si yo no estaba, entonces qué pasaría con mis hijos. Así que nunca lo hice; pero tenía días que no quería levantarme de la cama, pero mis hijos me hacían levantarme a trabajar, porque yo no quiero que después me digan que no hice nada, como mi mamá, que no hizo nada por nosotros. Yo quiero que mis hijos después me reconozcan todo lo que he hecho por ellos, así que por eso hago todo esto de volver a empezar.

Freud (1923) había descrito antes otras maniobras del yo para permanecer de acuerdo con las tres instancias. Se trataba de disimular los conflictos que el yo tenía con la realidad externa, con el ello y con el superyó, y fingir obediencia a la realidad, al ello y al superyó. Se muestra oficioso con los tres amos pero sucumbe ante tanta complacencia. Este es el caso de Elvira frente a las necesidades del objeto tiránico.

Cuando Freud (1925) habla de las inhibiciones y restricciones de las funciones

del yo, las vincula en primer lugar a una actitud de “precaución” del yo y en segundo

lugar a un “empobrecimiento de energía”. Diferencia claramente las inhibiciones del síntoma, y afirma que “el síntoma sería más bien un efecto de la represión” que rechaza “una carga instintiva iniciada en el ello” por exigencias provenientes del superyó, lo cual conduce a que la idea no se haga consciente. (p. 2836). En Elvira no vemos el proceso de represión sino el de inhibición y por eso no aparecen síntomas psicosomáticos, ni fobias, ni obsesiones. Solo vemos como el yo y el ello se repliegan cuando entra a dominar su mente el objeto tiránico.