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Además de la luz de la fe que iluminaba el al* ma de la Virgen, debemos recordar que la bien aventurada Madre del Hijo de Dios humanado fué enriquecida, en grado eminentísimo, con los dones del Espíritu Santo, y que recibió conocimientos es peciales acerca de los divinos misterios.
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ras : ó por la enseñanza de los maestros de ella, ó por la experiencia de los efectos que se pre sentan al alcance de nuestra inteligencia, para ele varnos de la experiencia de los efectos al conoci miento de sus causas. Más, ¿que es una ciencia? ¿ Es posible la ciencia de los divinos misterios, ó solamente podemos tener de ellos el conocimiento sobrenatural de la fe ? Hay ciertas verdades que son evidentes por sí mismas, y cuya existencia no se puede negar, sin caer en los mayores absurdos y contradicciones : de esas verdades, la razón Datural deduce otras verdades, que son, por lo mismo, con secuencias legítimas de las primeras, llespecto de las cosas divinas, los misterios, revelados inmedia tamente por Dios mismo, son las verdades funda mentales, de donde mana, dirémoslo así, esa serie de verdades religiosas, cuyo conjunto constituye la ciencia de la Teología, ó la ciencia de Dios. Y esa ciencia, como tudas las demás, se puede adquirir ó por la enseñanza, ó por la inducción.
La Virgen, ¿ poseyó la ciencia de los divinos misterios, ó tuvo solamente la fe de ellos? La V ir gen tuvo no solamente la fe sobrenatural de jo s mis
terios divinos, sino también la ciencia de ellos, y esa ciencia la adquirió por medio de la enseñanza y de la meditación. Más, ¿quiénes fueron los maes tros de la santa Virgen ? ¿quiénes le enseñaron la ciencia de los divinos misterios? ¿ quiénes la instru yeron en ellos ?
El primer Maestro y el Doctor principal, en cargado de instruir á la admirable Virgen en la ciencia de las cosas divinas fué el mismo Espíritu Santo, quien iluminó la mente de María, con luces extraordinarias, para que, por medio de ellas, ad quiriera el más perfecto y consumado conocimiento
de las cosas divinas, en cuya meditación se ocupa ba asiduamente la Virgen. E l Verbo Divino hu
manado, en cuyo trato y comunicación íntima, de Madre con su propio hijo, vivió la Virgen treinta y tres años, lié ahí cual fue otro de los maestros que le instruyeron en la ciencia de los divinos misterios. ¡ Cuánto no revelaría el Hijo divino á la Madre in maculada ! ¡ Qué lecciones tan maravillosas de cien cia divina no daría á la Virgen la misma Sabiduría divina encarnada, el Verbo Eterno de Dios Padre, que encontraba en María una criatura ansiosa de conocer á su Dios, para amarle, aumentando el amor á medida del conocimiento! ¡ Qué luz sobrenatural no iluminaría la mpnte de la Virgen en sus divinos coloquios con el Verbo humanado ! ¿ De qué habla ba la Sabiduría eterna ? \ qué rebelaba á la Virgen?
i qué secretos sobre la Divina Esencia le descubría ? ¿ qué lecciones sobre los insondables arcanos • de su providencia le daba? ¡ Ah ! ¿ Quién podrá compren derlo? ¡ Con razón la Virgen se llama, pues, María ó la sabia por excelencia, la iluminada, en todo lo que es ciencia de Dios y de sus divinos misterios !
Es indudable además, como lo han enseñado los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, que la Virgen trataba y comunicaba familiarmente con los espíritus celestiales, quienes no podían menos dé revelarle y manifestarle cuantos misterios alcanza ban ellos á ver y conocer en su contemplación in tuitiva de la Esencia Divina, en el cielo. De aquí dimanaba una luz y una claridad indecible para el alma de la Virgen.
En fin, María meditaba, asiduamente, en todos cuantos misterios le eran revelados: leía, con gran de atención constantemente, las Santas Escrituras, para cuya inteligencia recibía, á cada momento, lu ces especialísimas del Espíritu S auto; de tal modo, que nadie llegará á tener jamás un conocimiento más cabal ni más profundo de los Libros santos, que el <pie alcanzó en la lección y meditación de
ellos la Virgen María. La Escritura era objeto de sus meditaciones cuotidianas: había penetrado to dos sus arcanos, profundizado sus sentidos, alcan zado inteligencia exacta de tod^s sus profecías, y visto claramente todos sus secretos. A su lección acompañaba siempre la oración y los ruegos, pidien do é implorando, llena de humildad, las luces del Espíritu Santo, para entender lo que leía. Y esas oraciones, que salían de un corazón tan inocente, tan puro, tan humilde, ¿ no serían escuchadas por Dios? mejor dicho, ¿sería posible que Dios dejara de oír oraciones tan meritorias, como las de la Vir- * gen? Grande y muy copiosa luz debió, pues, ilus trar á la Virgen, para que entendiera el sentido mis terioso de las Divinas Escrituras.
No hubo, por tanto, en la Virgen, ni fue posi ble que hubiera, sombra alguna de ignorancia, ni la más pequeña nube de e rro r: así como era imposi ble que pecara, ó cometiera la más ligera imperfec ción, así también era imposible que cayera en el más insignificante error, en punto á las verdades re ligiosas y á los misterios divinos. Si esa ignorancia era respecto de las cosas, que la Virgen debía sa ber, para cumplir dignamente las obligaciones de su ministerio incomparable de Madre de D io s; se rá necesario preguntar, ¿de dónde provenía esa ig norancia? ¿cuál era la causa de ella? Esa ignoran cia no podía imputarse á la misma Virgen, porque eso sería hacer injuria á su perfección y santidad ; puesto que no puede menos de ser culpable la ig norancia de aquel que no conoce lo que está obli gado á conocer, podiendo conocerlo y saberlo.. . . ¿Imputaremos esa ignorancia á la Providencia di vina, cuyas obras son siempre perfectas? ¿Diremos que impone obligaciones, y niega los medios de cum plirlas? Si esto es respecto de la ignorancia, ¿ que no diremos respecto del error? Sería posible que el
error hubiese penetrado en esa alma, predestinada' para santuario de la Sabiduría Increada? ¡E l error, donde moraba la Verdad Eterna ! ¡ Sombras, en la misma claridad ! Tinieblas, con la luz ! ¡ Ah ! Ma* ría no tuvo ignorancia alguna! ¡ María no pudo errar jamás ! María no erró nunca!
¿ Ni cómo podía errar y padecer equivocación jamás la inmaculada Virgen? El error, las dudas, las equivocaciones, todos esos miserables extravíos del camino recto de la verdad no tienen otra causa en nosotros, sino la caída original de nuestros pri meros padres, y las deplorables consecuencias de ella en todos sus descendientes. En el estado de la j usticia original el error era imposible, ni podía em contrarse en quien estuvo enriquecido, como nues tro primer padre, con las gracias sobrenaturales de aquel dicl^sísimo estado. Y ¿quién se atreverá á dudar siquiera que á María le fué concedido el dón' de la justicia original, en un grado mucho más ex celente, que aquel en que fué otorgado á nuestros primeros padres? No hay gracia ni:dón alguno so brenatural concedido á alguna criatura, que no se haya concedido también, en grado superior y emi nentísimo, á la Virgen María. Si el error es pe na del pecado, ¿ María exenta de la culpa sufri ría la pena de ella? Errar, equivocarse es pro pio de quien obra impulsado por pasiones des arregladas, merced al trastorno moral, que experi mentamos en nosotros mismos por lá caída de Adán, nuestro primer padre: ¿ cómo podía errar la Vir gen, que en todas sus facultades conservaba y man tenía el orden primitivo de la justicia original ? Ni' error, ni equivocación, ni ignorancia anublaron ja más, ni por un momento, el esplendor clarísimo de aquella inteligencia inmaculada. La santa Virgen llevaba, en su mismo nombre misterioso, el presagio de su predestinación extraordinaria: María, la Vir-
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gen estuvo verdaderamente iluminada con lumbre de ciencia divina.
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