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9 Summary and conclusions

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Vamos á considerar ahora la especial luz de glo­ ria que ilumina á la Virgen en el cielo. Aquí, en la tierra María vivió vida de fe, vivió creyendo en los misterios que han dado la salud al m undo: en el cielo recibió el premio de gloría proporcionado por la Justicia divina á sus méritos incomparables.

La gloria es, según la doctrina del Apóstol, una corona de justicia que está reservada por el Justo Juez á los que, durante los días de la prueba en la vida mortal, han combatido heroicamente para cum­ plir la voluntad divina: es un premio, con que el mismo Dios galardona y remunera á sus escogidos, haciéndolos eternamente felices y bienaventurados. Para la Virgen hubo de llegar también la hora su-O O

prema, en la que Dios, como Juez justísimo, pre­ miara sus merecimientos: María en este mundo du­ rante los días de su vida mortal había pasado heroica­ mente el tiempo de su prueba, y á ese heroísmo su blime se le debía en la eternidad un premio digno de la infinita grandeza de Dios, y ese premio le fue con­ cedido. A las dos grandes humillaciones de la Vir­ gen correspondieron dos solemnes triunfos en el cie­ lo: i cuáles fueron esas dos grandes humillaciones ? Toda la vida de la admirable Virgen fuó una gran­ de humillación: anonadada ante sus propios ojos, te­ niendo siempre en lo íntimo de su conciencia la convicción de la nada de la criatura, glorificaba á

Diós en todo momento, y nunca ha sido Dios mejor glorificado.

A esa vida de profunda humildad correspon­ dió uua muerte también profundamente humilde. Y esta fue la segunda grande humillación de la Virgen.

La soberbia es siempre ciega y loca: más la humildad, por el contrario, tiene sus ojos clarísimos y muy recto el juicio de la razón : en la soberbia hay insensatez, así como en la humildad siempre se encuentra sabiduría. ¿ Qué es la humildad, sino el claro conocimiento de sí mismo ? \ Qué es la humil­ dad, sino el aprecio justo y equitativo de nuestros propios méritos y deméritos ? En su vida la Virgen ■se había profundamente humillado, dando siempre á

Dios la gloria de todos los portentos que había obra­ do en Ella : en su muerte se humilló heroicamente, eligiendo descender álas tinieblas del sepulcro, pa­ ra conformarse con la voluntad divina. Ya consi­ deramos que María no debía haber muerto, y que murió realmente y que su alma se separó de su cuer­ po dejándolo yerto y sin vida, por conformarse, co­ mo se conformó, llena de gusto y resignación, con los decretos divinos.

• A estas dos grandes humillaciones de María en el espacio de su prueba, correspondieron dos grandes triunfos en la gloria: el triunfo de.su al* iría y el triunfo de su cuerpo, que resucitó glorioso. Considerad aquel instante en que esa alma mmacu* lada partió de este mundo__ *¡Cuán pura, cuán brillante de gloria 1 ¡ Pica en méritos incompara* bles, hermosa con hermosura divina, la claridad su* ya eclipsa á la claridad de los ángeles y de los san* tos ! j Extasiadas de admiración las jerarquías ce* lestiales ponen en María sus ojos, para no apartarlos de Ella eternamente. Pero, \ el cuerpo virginal, que animaba aquella alma santa, no file, por ventura, el santuario donde se hizo hombre y habitó nueve meses el Verbo Eterno ? ¡ Ah ! La Jerusalén celes* tial clama porque sea glorificado ese cuerpo, el más santo, el más puro de todos los cuerpos 1 Ved aquí el seguÉtlo triunfo de la Virgen en la eterni* dad: y este segundo triunfo, si cabe, fue más admi­ rable que el primero, porque el alma gloriosa de la Virgen descendió á unirse con su cuerpo, á quien Dios acababa de glorificar también : el cuerpo y el alma gloriosos de la Virgen recibieron en el cielo el premio y galardón eterno, que correspondía á los méritos de la Madre del mismo Dios.

Más, i en qué consiste este premio ? El pre* mió, en que consiste la eterna bienaventuranza' de los escogidos en el cielo, es la vista clara de la Esen* cia D ivina: el gozar de esa vista, el estar eterna* mente unidos con Dios hace felices y dichosos á los escogidos en el cielo. San Pablo, ponderando lo momentáneo y leve do las tribulaciones de la tie* rra, por las cuales se alcanza la posesión de Dios en el cielo, dice, que no hay proporción alguna en­ tre los méritos y el premio, porque la felicidad que está reservada para los bienaventurados en el cielo es tanta que, lá misma ambición del corazón huma*

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no es imposible que llegue á imaginarla siquie­

ra : Nec in cor liominis as(1). Si esta es la

felicidad general y común que la misciicordia di­ vina tiene preparada para el arrepentimiento y la penitencia, ¿ cuál será la que se aparejó para remu­ nerar los méritos extraordinarios de la santa Vir­ gen ? Si al tardío acto de contrición le está prepa­ rado premio tan magnífico, ¿ quó corona reservó Dios pitra la santidad incomparable de la Virgen María ?

En cnanto á lo esencial, es claro que el premio de la Virgen no podía menos de ser el mismo que el de todos los bienaventurados, la visión de la Esencia Divina; pero en cuanto á la intensidad, di- rémoslo así, de esa visión, la Virgen ve y contem­ pla en el Verbo Eterno visiones inefables, de las que no pueden gozar ni los más encumbrados sera­ fines. María ocupa en el cielo un trono de gloria superior á todas las jerarquías de los ángeles y de los santos, y entre todas las puras criaturas María es la que en el cielo está más cerca de Dio». ¿ Có­ mo no había de recibir, pues, una iluminación ad­ mirable del Verbo Divino? Por esa iluminación María conoce en la misma persona divina del Ver­ bo Eterno todo cuanto ven y conocen todos los án­ geles y todos los santos, y lo ve y lo conoce más perfectamente que todos ellos. ¿Había de conocer la Soberana Esencia la Virgen en el mismo grado de perfección en que la conocen los predestinados, siendo su lumbre de gloria superior á la de todos los ángeles y santos juntos? ¿Quién puede compa­ rarse en santidad con la Virgen ? ¿Qué premio en el cielo es mejor que el premio de que goza la Vir­ gen ? La Virgen, coronada por reina de los cielos %

¿No verá en el Verbo Divino las maravillosas obras * 1 f

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de la gracia santificante la que fué Madre de la gra­ cia? ¿No gozará contemplando las obras de la sal­ vación y santificación de las almas, la que tanta par­ te tiene en la santificación de todos y de cada uno de los predestinados ? ¿ Será creíble que en el cielo se le haya ocultado algo del grán misterio de la En­ carnación á Aquella, por cuyo medio se verificó ese misterio en la plenitud de los tiempos ? ¡ Ah ! Allá en el cielo, contemplando cara á cara la Esencia Divina, habrá visto y conocido en el Verbo Eterno los arcanos de su misma extraordinaria predestina­ ción, los abismos de la inefable sabiduría divina le habrán sido descubiertos, y el misterio recóndito y escondido en el pecho de Dios se habrá manifesta­ do patentemente á los ojos de la Virgin en el éx­ tasis de su eterna bienaventuranza. Del Verbo de Dios habrán salido torrentes de divina claridad y de luz increa%i para iluminar á la Virgen, absorta en la contemplación de aquel piélago insondable de los atributos divinos. Y ¿ no merecerá llamarse María, es decir, la iluminada por excelencia, Aque­ lla que en la gloria eterna está como bañada, (si puede decirse así), en los mismos esplendores de la Majestad divina? ¿Qué otro nombre debía lie: var la Madre de Diosrf sino el de María ? Segunda comparación de Ricardo de San Víctor, la gota de agua que cae en un vaso de vino generoso, y la ba; ira de yerro caldeada, enrojecida y hecha un as­ cua de fuego, están más distintas, más separadas de los elementos en cuyas naturalezas se han trans­ formado, que la Virgen, de la santidad y gracia di­ vina. Y, ¿ no merecerá llevar un nombre significa­ tivo, un nombre misterioso que anuncie, resuma y compendie todas sus gracias, todas sus excelencias, la admirable, la santa, la extraordinaria Virgen Ma­ dre de Dios? Y ¿qué otro nombre debía ser ese si­ no el de María ? ¡ María, es decir, la clara, la ilumi­

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nada por excelencia: clara, con claridad sobrenafcu- ral, iluminada, con luz divina, con luz de fe, de gracia, de ciencia, de profecía y de gloria, brillan­ te con la lumbre de los siete maravillosos dones del Espíritu Santo, de que estuvo enriquecida su alma

inmaculada!!

D E PR E C A C IÓ N . '* ' * t '•» • *

A Vos acudo, á Vos vengo, á vuestro patroci­ nio me acojo, ¡ oh M aría! oh Virgen inmaculada, única esperanza de los pecadores: si Vos nos des­ techáis, ¿á quién acudiremos? Si Vos nos desampa­ ráis, $ qué será de nosotros ? Si Vos tan misericor­ diosa, tan compasiva, cerráis los oidos á nuestros clamores,¿quién nos escuchará benignamente? . . . A Vos acudo, á Vos vengo; vuestra misericordia imploro, oh M aría: no me desamparéis, no me de­ samparéis ! Si de vuestros pies rae levanto desam­ parado, i en quién pondré ya mi esperanza? Si Vos me destecháis, mostradme otra Madre mejor, mos­ tradme otra Virgen María mejor que Vos, y á Ella correré al in sta n te .., .Dadme otra Madre de Dios mejor que Vas, mostradme otro Dios más bondado­ so que vuestro Hijo, y á ese Dios acudiré á pedirle misericordia, al instante. . . . JJero, ¡ quién puede ser mejor que Vos? ¿ quiéu puede ser más misericordio­ so y compasivo que Jesucristo? A Vos vengo, pues, Madre admirable; á Vos acudo, Madre de la divi­ na gracia; á vuestro patrocinio me acojo, Madre de

misericordia.. . . ¡Oh vida nuestra, no me dejéis pe­

recer en manos de los enemigos de mi salvación eterna. Jamás ha salido burlado el pecador «pie de­ positó en Vos su confianza: en Vos la tengo yo de. positada y no pereceré eternamente.—Améu,

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LECCION VIGÉSIMA.

DIA V E IN T E DE MAYO.

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EXPLICACION D E L SIG N IFICA D O QUE T IE N E EL NOM BRE SANTISIM O D E M A R IA .---- M ARIA SIG N IFIC A IL U M IN A D O ­

R A .---- LA V IR G E N NOS IL U M IN A CON SU PA L A B R A Y CON SU EJEM PLO.

Hemos explicado la primera significación mis­ teriosa del nqmljre de María, que quiere decir la ilu­ minada; vamos, pues, ahora á considerar la segunda, porque aquel nombre dulcísimo significa no sola­ mente iluminada, sino también la iluminadora ó la que ilumina. ¿ Cómo ilumina la Virgen ? ¿ Con qué luces? María ilumina el mundo sobrenatural de las almas con la luz de su palabra y con la luz de su ejemplo, alcanzándonos además la gracia y dándo­ nos á Jesucristo, que, como canta la Iglesia, es la luz eterna que hizo brillar sobre el mundo la V ir­

gen inmaculada: Lumen oriundo

Jesum

Christum JDominum (1).

Consideremos separadamente cada una de es­ tas cuatro maneras de iluminación sobrenatural.

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