3.3 Lookup Protocol
3.3.1 Preprocessing Stage
Un par de curiosidades. En una ocasión el presentador del programa inglés The Alan
Titchmarsh Show acusó a Cesar Millán —más conocido como “Encantador de
Perros”— de maltratar a los animales. Mucha gente llamó quejándose contra el cuidador. Incluso Millán fue recibido por fanáticos ecologistas como un si fuera un criminal de guerra. En las primeras escenas de la película The Possession, El Origen
Del Mal[134], una niña enseña a su padre dos pancartas donde compara comer animales con el asesinato.
Estas anécdotas simplemente demuestran el lavado de cerebro que han ido haciendo los lobbies con la ayuda del Gobierno sobre las mentes de las personas. ¿Un señor que adiestra perros es realmente un criminal de guerra? ¿Una niña nos ha de decir que somos asesinos si comemos carne animal? Muchos niños hoy día piensan que la ingestión de animales es un crimen e intentan adoctrinar a sus padres con esto. ¿Pero qué tipo de criterio tiene una niña de once años? ¿Ha llegado a tal razonamiento por sus profundas conclusiones?
La educación del Gobierno nos lleva a este tipo de adoctrinamiento en masa. Claro que no es malo amar a los animales, ¡al revés! Pero lo que es aberrante es que de forma centralizada se criminalice a una parte de la sociedad contra otra creando conflictos, prohibiciones y pérdidas económicas injustificadas. Cualquier lobby tiene todo el derecho legítimo a defender una causa mediante la persuasión, concienciación, propaganda y educación. Pero no tiene ningún derecho a imponer al resto de la sociedad sus caprichos mediante la fría y coactiva maquinaria del Gobierno o a excluir socialmente a grupos de personas por pensar diferente al colectivo. Si hacemos esto, nos convertimos en tiranos.
Los estilos de vida, mientras no representen violaciones a la Vida, Libertad y Propiedad, son intocables. Son la esencia pura del ser humano. Resulta un oxímoron que grupos radicales de ecologistas, o gente aborregada por la propaganda del Gobierno, televisión, artistas de cine y cantantes “buenorros”, nos impongan su propio estilo de vida “humanitario” cuando el contrario no resulta un crimen. No solo lleva a la radicalización de todos, sino que anula la diversidad intelectual, libertad de expresión y acción, y fomenta la represión.
Un ejemplo del daño que puede causar la imposición de los derechos de los animales lo vimos en Cataluña con la prohibición del sacrificio de animales en perreras. Esta autonomía fue la primera en prohibir los sacrificios de animales domésticos[135]. Todos los grupos de presión “animal” se mostraron encantados con la ley. La organización Veterinaria.org cayó en la falacia del Leviatán afirmando que:
“A partir de ahora […] no morirán más animales en Barcelona en las instalaciones municipales…”[136].
El problema fue que las perreras quedaron desbordadas rápidamente. El nivel de higiene se hundió, los trabajadores quedaron saturados, el presupuesto de las administraciones locales se disparó (lo que significó más impuestos), y en definitiva, no sabían qué hacer con los perros. ¿Solución? Muchas perreras siguieron sacrificando animales de forma ilegal porque la situación era insostenible. Esto provocó denuncias de los lobbies acusando a las perreras y administración de no seguir la ley ya que se seguían matando perros, lo que creó más burocracia, multas y estado policial.
Cuando la crisis hizo impacto total en 2010, hubo un auténtico drama. Las perreras aumentaron su población canina en más de un 40% y la gestión fue imposible. Y de nada sirvió la construcción de una perrera en la ciudad condal que costó la escalofriante cifra de 9 millones de euros y solo pudo acoger a un máximo de 250 perros y 200 gatos. Ah, no es el único lugar donde se construyen perreras con precios de mansiones. En el distrito municipal de Fuencarral-El Pardo (Madrid) crearon una de 8,7 millones de euros, pero oiga, ¡tiene crematorio para las mascotas! Claro que no son peor que la perrera de Mieres (Asturias), que costó 400.000 euros y nunca se estrenó
llevando ya dos años cerrada.
Volviendo al tema de cómo perjudicó la regulación “pro animal” a todos, la propia ley atacó a los ciudadanos con mascotas incluso. Así leemos en ella que:
“Hay que destacar también que la presente Ley regula y limita la cría de perros y gatos por parte de particulares, con la finalidad de disminuir su número y evitar una proliferación indiscriminada sin ningún tipo de control, ya que en muchas ocasiones estos animales sufren las consecuencias del abandono”[137]. ¿Sabe para qué ha servido esta ley? Solo para aumentar el número de multas.
Imponer estilos de vida a punta de pistola, como ya hemos visto, no solo daña la sociedad y rompe la diversidad intelectual y la libertad, sino que ataca directamente a estilos de vida muy arraigados que hacen que el clima social aún se tense más. Esto es lo que ocurrió cuando se reguló la matanza del cordero a los musulmanes en nuestro país.
Muchos fieles lo vieron como un ataque directo a su estilo de vida, religión y cultura. A la vez, otros que no son religiosos ni amigos de los animales, estuvieron a favor de la medida por una simple razón de odio y racismo. Esa ley polarizó a muchos musulmanes. Más aún cuando la policía se dedicó a sabotear las fiestas porque los religiosos no tenían el permiso para matar al cordero[138]. En realidad no depende que maten al animal o no, sino que paguen al Gobierno para hacerlo. Si pagan, entonces es bueno.
Lo mismo es aplicable a las fiestas mayores de ciudades y pueblos donde hay implicados animales y se prohíben las tradiciones por tal “sufrimiento animal”. En Cataluña se prohibieron los toros (pero no los correbous que son lo mismo). Luego le siguieron otros lugares. En Maganenses de la Polverosa (Zamora), prohibieron tirar a una cabra del campanario por las fiestas patronales. En Sagunto (Valencia) se prohibió “La Suelta de Patos”, fiesta que consiste en lanzar patos silvestres en el dique del puerto y donde los participantes intentan atraparlos. El Ayuntamiento levantó la prohibición años después y tuvo una querella de una organización ecologista. Y así, a montones.
Usted puede pensar, al igual que yo, que tirar a una cabra desde un campanario es una salvajada. Tal vez tampoco le gusten las corridas de toros, como a mí. Pero recordémoslo, una cabra o un toro no tienen más derechos que los humanos. ¿Es que los animales han elegido a los ecologistas como defensores de los derechos que no tienen? Este tipo de amor animal tiene las mismas bases que el fundamentalismo religioso. No se basan en ningún tipo de racionalidad, es puritanismo radical. Es imponer mediante la fuerza las ideas de la fe de un grupo a otro que no tiene esta fe. Y como dijo el periodista y escritor H.L. Menken:
“El puritanismo es el temor enfermizo a que alguien, en alguna parte del mundo, pueda ser feliz”.
Los prohibicionistas ecológicos son personas tan limitadas que buscan la confrontación continua para apaciguar su conciencia. No hablan de negociar, de conseguir una sociedad mejor, más productiva o asentada en los valores de la compresión y fraternidad. Una minoría se cree por encima de los derechos de todos los hombres, la tradición, la cultura popular o directamente se creen profetas. Ese es el caso de David Attenborough, un conocido ecologista que llegó a afirmar que el ser humano es “una plaga sobre la Tierra” e hizo una llamada para que se controlara la natalidad a escala mundial.
El amor a punta de pistola no es amor, es violación. Las ideas si se imponen solo generan más odio, más tensión, más confrontación, menos diversidad y más pereza mental. No es algo nuevo, ya nos lo decía Martín Breton, que parece más sabio que el Gobierno, los grupos de presión y la mansa población de este país: respeta si quieres
ser respetado. De lo contrario, mataremos la convivencia para volverla la ley de la
jungla donde todos impondremos nuestras creencias a los demás por medio de los mandatos y prohibiciones del Gobierno. Algo que ya ocurre y solo nos trae más conflictos.