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Priority Five – Contribute to improving social, economic and environment outcomes for all

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Part 1 Strategic Intent

1.3 Contribution to Government priorities

1.3.5 Priority Five – Contribute to improving social, economic and environment outcomes for all

Las mejores tradiciones culturales humanas han dado mucha importancia a preparar a sus mejores hombres para convivir. Todas las culturas refinadas han creado unos modales y unas maneras de comportamiento que son un lenguaje de respeto y, al mismo tiempo, una solución que nos facilita saber lo que tenemos que hacer en las circunstancias más importantes y habituales de la vida: acogida, saludo, despedida, ofrecimientos, trato con autoridades... Si tuviéramos que improvisar, la mayor parte de las veces nos quedaríamos cortados y los demás no tendrían puntos de referencia para juzgar nuestras intenciones.

Además, como llevan tanta experiencia encima, suelen ser normas muy sabias y efectivas, que verdaderamente hacen la vida más agradable, dan calidad a las relaciones humanas, hacen más refinadas y nobles a las personas, y mejoran la vida social. Emplear bien este conjunto de pequeños usos constituye un verdadero arte. La urbanidad, la cortesía, los buenos modales y maneras, la etiqueta convierten a un hombre en un caballero o un «gentlemen». En estos usos hay una parte más convencional y caduca, ligada a caprichos históricos, y otra más perenne que responde a necesidades permanentes de la convivencia.

Los buenos modales dan brillo a la persona, facilitan el trato, hacen la vida agradable a los demás, y, además, son una garantía de caer bien, y, por tanto, de triunfo en la vida. En un conocido libro sobre los modales ingleses, Lord Avebury recoge la frase clásica de Lord Chesterfield «El deseo de ser grato es al menos la mitad del arte de serlo», y comenta: «Casi todos pueden llegar a ser agradables, si lo desean; y, por otra parte, nadie agradará a los demás si no tiene el deseo de hacerlo. Si no se adquiere ese don cuando se es joven, será mucho más difícil después. Muchos han basado su éxito externo en la vida mucho más en sus buenos modales que en sus méritos; y al contrario, muchos hombres honestos, con buen corazón y excelentes intenciones, se han ganado enemigos sólo por la dureza de sus modales. Ser capaz de agradar es, además por sí mismo una gran satisfacción. Inténtelo y no se arrepentirá»3. «Para triunfar en la vida, el tacto es más importante que el talento, pero no es fácil de adquirir por los que no lo tienen naturalmente. Sin embargo, algo se puede hacer pensando que es lo que los otros probablemente desean»4.

Conviene saber que los españoles tenemos en esto un defecto nacional. La sobriedad española en el trato social resulta excesiva. Esto se aprecia en cuanto se viaja un poco. Somos una singularidad en Europa y también en América, especialmente en la de habla española, que nos debería resultar tan próxima. Quizá no haya otro país tan sobrio en lo que se refiere a la manera de tratar. Por un lado, está el igualitarismo hispánico, que casi sería una virtud: la honda conciencia de que todos somos iguales, lo que lleva rápidamente a prescindir de diferencias. Decía Menéndez Pidal: «no hay pueblo que más íntimamente haya recibido la enseñanza cristiana respecto a la igualdad de todos los hombres ante los ojos de Dios»5. «A esta llaneza en los altos corresponde en el hombre

de clase inferior, hasta en el menesteroso, un sentimiento de dignidad, un porte lleno de nobleza»6.

Pero este escaso aprecio de las fórmulas de cortesía tiene también un lado negativo y es que, a personas de otros países, que no están acostumbradas a un trato tan directo, se les hace muy violento e incómodo. Hay que tenerlo presente, porque lo que a nosotros nos parece normal, resulta excesivamente brusco, y lo que nosotros consideraríamos exagerado o improcedente es lo normal en casi todo el mundo. A los ojos de la mayor parte de los países latinoamericanos, los españoles parecemos estar habitualmente enfadados. Comenta el novelista peruano Vargas Llosa: «Hay una manera de ser española, afirmativa y explícita, que a cualquier peruano le resulta desconcertante, hasta ofensiva... Todos los peruanos, a la hora de hablar —es decir, de sentir, de pensar— estamos impregnados del ritualismo y las escrupulosas formas indirectas, tan amadas de los quechuas»7.

En este punto, vamos a fijarnos en seis pequeñas virtudes del trato: la simpatía, la amabilidad, la cortesía, el interés, el agradecimiento y la deportividad.

La simpatía o cordialidad es el modo grato y alegre, con que tratamos a los demás cuando coincidimos. Nace de un corazón abierto y con buenos sentimientos para los demás, que se alegra con los encuentros. El gesto fundamental de la simpatía es la sonrisa: la primera expresión de acogida y la primera deferencia. Es un gesto extraordinariamente humano. que manifiesta la alegría del encuentro. Por eso, adquirir facilidad para sonreír es una estupenda costumbre y la mejor carta de presentación. Y se logra con la práctica, siempre que el gesto externo vaya unido a la buena intención del corazón de agradar y de querer. Se dice que un hombre de cincuenta años es responsable de su cara. No es responsable del color de sus ojos ni del tamaño de su nariz, pero sí de ese conjunto impreciso de rasgos que le dan una expresión amable o inhóspita. A los cincuenta años la cara —también la mirada— lleva las huellas de lo mucho o poco que se haya sonreído.

El gran escritor francés Saint Exupery recordaba emocionado algunas sonrisas que, en circunstancias muy especiales, fueron como un destello de humanidad, un extraordinario encuentro con lo humano: la sonrisa de un miliciano español cuando fue detenido en la calle sin documentos, durante la guerra civil; y la de un beduino berebere cuando, después de caer con su avión en el desierto, temía la muerte o el expolio. Aquellas sonrisas le hicieron sentirse en un mundo humano. «Las sonrisas derivan de tener razón, las negamos al animal, y son el alimento del amor» dice Milton en su Paraíso Perdido.

La amabilidad es también un pequeño arte. Se ejercita especialmente en los pequeños encuentros: en las esperas y en las salas de visita, en el trato con quienes nos hacen algún pequeño servicio: en el comercio, en los espectáculos, en el taxi, en la peluquería, en los servicios públicos, en el ascensor; con el portero, con el encargado... Se refiere sobre todo al modo de plantear las cosas, al tono de la voz y a los gestos: manifestando aprecio. Se opone a la frialdad o indiferencia, a la brusquedad o dureza, y al desprecio o insolencia. Necesita unos modales y un tono sereno, afectuoso; evita la altivez —ponerse por encima— y la tensión o violencia —exigir, reclamar—. Otros detalles son: saber

encontrar una disculpa cuando las cosas no salen bien; y no dar muestras de impaciencia, cansancio o disgusto si la otra persona se alarga o se equivoca.

Y un detalle muy interesante, porque es muy eficaz, es saber halagar un poco. Siempre caen bien los cumplidos. La vida lleva consigo muchos sinsabores, por eso se agradecen más los halagos. Comentar lo bien que están las cosas o algún aspecto de la persona, alabar su trabajo, su amabilidad o sus flores, darle la razón y resaltar lo bien que lo ha dicho, mencionar algo positivo que otros han dicho de él... No es una treta: no se trata de adular para aprovecharse, no es hacer algo injusto, sino algo justo. Se trata de destacar el aspecto bueno y simpático de las cosas y de las personas.

Aunque estas virtudes no se pueden distinguir con mucho rigor, la cortesía se refiere sobre todo al uso adecuado de las señales convencionales de deferencia y de respeto. Es cortés el que usa bien, con oportunidad y con gusto las costumbres que existen para saludar, presentarse y despedirse; pedir por favor las cosas, pedir permiso para interrumpir o para entrar, disculparse por las molestias que se causan. Se trata de usar con naturalidad y sin afectación los gestos de la cortesía: dar la mano, inclinar la cabeza, ofrecer el brazo, ceder el paso, y las fórmulas de cortesía, que son fórmulas estereotipadas para suavizar las peticiones o las órdenes: «por favor», «perdone», «discúlpeme», «le importaría...», «tenga la bondad», «hágame el favor»... Nadie a nuestro lado debe sentirse mal por falta de consideración o de respeto: hay que saber tratar a todos: no cortar la conversación y dejar a nadie con la palabra en la boca, no dar la espalda, saber presentar... Además están las señales de respeto que se utilizan con los superiores: autoridades y personas mayores. Ofrecer los lugares de más honor en la mesa, en la sala, en el coche. Y el uso de los tratamientos adecuados, empezando por el «usted». El respeto de protocolos y preferencias en las ceremonias y celebraciones: al invitar a comer o al aceptar una invitación. Y es una gran manifestación de cortesía, elegancia y dominio de sí mismo ser puntuales; llegar siempre con unos minutos de antelación a todas las citas y reuniones.

No hay que olvidar que, como decíamos, en España somos demasiado sobrios, por no decir duros, en las formas; y que prácticamente en todos los países del mundo, se utilizan muchas más fórmulas de cortesía. Por eso resulta tan bruscos los modos españoles: que, por ejemplo, inmediatamente tutean, apenas dan la mano, piden las cosas sin fórmulas, pueden irse sin despedirse o llegar sin saludar a todos... En los últimos años se han editado bastantes libros de protocolo y buenos modales; allí se pueden encontrar más detalles concretos de urbanidad, cortesía y hospitalidad.

También hay que ser corteses al volante, porque seguimos siendo personas que se relacionan con otras personas. En una vieja película de dibujos animados de la Warner Bross se veía al perro Pluto caminando por la acera lleno de amabilidad, saludando y cediendo el paso a los transeúntes. Hasta que subía al coche y puesto al volante sufría una transformación que recordaba la de Frankestein: no cedía su derecho a nadie, increpaba a los demás y armaba un escándalo con la bocina por una nimiedad... hasta que llegaba a su destino, se bajaba del vehículo y volvía a ser un amable ciudadano. La vieja película recogía un fenómeno muy real...

El interés es algo más que la cortesía. La cortesía se refiere sobre todo a los aspectos formales y externos. El interés trata de llegar al ser humano. Sería inhumano no llegar a tener ninguna relación humana con las personas con las que convivimos. Especialmente, con aquellas personas con las que coincidimos con frecuencia —peluquero, portero, subordinados...—, u otras con las que estamos un buen rato: compañeros de viaje, de estudios... En esto la mentalidad latina es distinta de la anglosajona: mientras que la anglosajona respeta la «privacy» y considera una intromisión pasar demasiado rápidamente a temas personales, en la mentalidad latina es una falta de consideración no intimar un poco con la persona con la que se coincide: es normal hablar del lugar de origen, trabajo, la familia, las preocupaciones y proyectos inmediatos. El conocimiento de las circunstancias de los demás suele ir unido a que frecuentemente se tenga que proporcionar alguna ayuda. Además, hay que tener un sexto sentido para percibir quién se siente mal, la persona que en un ambiente se siente aislada o incómoda o es dejada de lado. Como detalle muy concreto de interés por los demás es muy bueno acostumbrarse a tratar a cada uno por su nombre, también a las personas que nos prestan un servicio ocasional. Requiere un pequeño esfuerzo de memorización. Y, en el trato, no dejar a nadie aislado, no dar la espalda a nadie cuando se habla en un grupo, prestar atención a todos.

El agradecimiento es la reacción natural ante los servicios prestados. No es sólo una fórmula de cortesía, tiene que nacer también de un cierto pudor de que se preocupen por nosotros. Es fruto de una convicción profunda de igualdad, de no tratarse nunca como superior y de no sentirse excepción. Hay que agradecer de corazón los servicios que nos prestan sin sentirlos como algo obligado o suficientemente pagado con unas monedas. Los detalles humanos nunca se pueden pagar del todo, precisamente, porque una persona es siempre más que el servicio que nos presta. Por eso, hay que ser agradecidos a lo que hacen por nosotros, más todavía si percibimos ese fondo humano. La primera muestra de agradecimiento es, evidentemente, pagar bien; siendo, primero, escrupulosamente justos y, después, si es posible, espléndidos. Y, donde sea costumbre, ser generoso con las propinas. En el montante total de los gastos de un año, lo que se da en propinas no es nada y sin embargo, deja un halo de buen hacer. Además, es una muestra de aprecio por los demás, no dar trabajo innecesario; por ejemplo, cuando se está enfermo, con exigencias inoportunas; o con las tareas de limpieza, manchando por falta de cuidado, tirando papeles, colillas, etc. Hay que tener sensibilidad para saber lo que cuesta hacer las cosas a los que dependen de algún modo de nosotros.

Por usar una significativa expresión española hay que «quedar bien» en todas partes y dejar buena impresión; no por cultivar la propia imagen, sino por hacer la vida más agradable a todos. Que en todas partes, queden contentos de habernos tenido allí. Sonreír, halagar un poco, ser corteses, interesarse, ser agradecidos y rumbosos. Estas son las virtudes de la convivencia. Virtudes aparentemente modestas, pero que dan mucha calidad al trato social.

3. La conversación

«Es el hablar —dice Gracián— atajo único para el saber: hablando los sabios engendran otros y por la conversación se conduce al ánimo la sabiduría dulcemente. De aquí es que las personas no puedan estar sin algún idioma común, para la necesidad y para el gusto (...). De suerte que es la noble conversación, hija del discurso, madre del saber, desahogo del alma, comercio de los corazones, víncu​lo de la amistad, pasto del contento y ocupación de personas»8. Es la parte más importante del trato porque los hombres nos entendemos hablando.

Es difícil hacerse idea del aprecio de todos los humanistas por el arte de hablar, tanto de los clásicos grecolatinos (Sócrates, Platón, Séneca, Cicerón), como de los renacentistas (Vives, Castiglione), como de los ilustrados con sus salones. Y en España existe la noble y vieja tradición de las tertulias, reuniones amigables para hablar, comentar las noticias del día, ahondar en conocimientos. Se considera la más humana de las ocupaciones, la parte más importante de la convivencia y la actividad en que más se debe ejercitar un hombre culto. Cicerón en su De Officiis trata al mismo tiempo de la conversación y las maneras en la mesa unidas por el banquete; Baltasar de Castiglione se extiende en cómo tiene que ser la conversación del noble, lo mismo hace Giovanni de la Casa en el Galateo (1558) y d’Ortigue, que tiene un Art de plaire dans la conversation (1688); también los autores que tratan de los buenos modales, como Lord Chesterfield, se refieren al arte de agradar en la conversación, especialmente durante las comidas.

No se trata sólo de fórmulas de cortesía. Es que en la conversación es donde se forjan y se nutren las amistades, se consolida la vida familiar, se transmite un gran caudal de conocimientos y de información, se pone a prueba y se mejoran los argumentos, y se adquiere una visión enriquecida del mundo. Por eso, encontrar interlocutores para poder mantener una conversación se ha considerado siempre una tarea importante, y el tener la capacidad de intervenir se ha tenido como la aspiración de todo hombre culto, porque supone tener conocimientos y ser capaz de exponerlos; y esta ha sido, durante siglos, la forma principal de influir en sociedades mucho más elitistas y restringidas que las actuales. Como ya vimos, Gracián, en el Discreto (XXV), considera que el hombre ha de dividir su vida en tres partes: un tercio para hablar con los muertos (los libros), otro tercio para hablar con los vivos (la conversación) y el último para hablar consigo mismo y con Dios (meditación).

Hay que tener presente que el mundo actual ha cambiado radicalmente sus hábitos de ocio y que una parte importante de las necesidades que antes cubría la conversación — información y entretenimiento— ahora la cubre la prensa diaria y, sobre todo, la televisión, que es la gran protagonista del ocio moderno; y, de forma creciente, los videojuegos o similares. Pero conversar sigue siendo una necesidad humana y tiene su arte, tanto para pasar un rato entretenido en una fiesta, como para cultivar el espíritu en un diálogo.

Saber conversar con cualquiera y en cualquier circunstancia, es una excelente costumbre. Abre muchas puertas y permite conocer mucho mejor el mundo. Son

momentos especiales esos encuentros paseando por el campo, o en el deporte, las coincidencias en los viajes, en una sala de espera o en la habitación de un hospital, los servicios que nos prestan (el garaje, el peluquero, etc.). En los países de cultura latina, es más frecuente iniciar una conversación que en los países anglosajones. Se considera un detalle de simpatía y de humanidad, sobre todo cuando se coincide largo rato.

Hay otro género particular que es la conversación en las reuniones sociales y en las fiestas. Pero el género mayor de la conversación es la tertulia, la reunión que se convoca especialmente para conversar. Puede ser de dos tipos, la tertulia dedicada a hablar de las noticias y sucedidos del día, que es la tertulia entendida como pasatiempo, y la tertulia de intelectuales, destinada a ser un pequeño foro de comunicación y contraste de ideas. Es un medio casi necesario para la vida intelectual. La tertulia cultural aporta una riqueza y, sobre todo, permite un intercambio que no pueden proporcionar los medios de comunicación. Es también un excelente medio de fomentar una amistad basada en intereses comunes.

En cualquier género de conversación hay que poner​se en su sitio, ser positivo y tener buen humor. Siempre se agradece la amenidad, un moderado entusiasmo y el ingenio. Un buen conversador sabe dar juego: haciendo hablar a todos, dirigiéndoles hacia los puntos más interesantes, evitando que se alarguen y sacando partido a lo que se ha dicho. Aunque se agradece la espontaneidad, es muy útil, especialmente para las tertulias más serias, preparar un poco las cosas, pensar lo que se va a contar y almacenar sucedidos simpáticos y puntos de interés, suscitar cuestiones, pensar en lo que puede aportar cada uno.

Más fácil es decir los defectos de la conversación. El primero de todos es hablar demasiado de uno mismo; o caer en la tentación de presumir: «Sea franco y reservado. No hable mucho de sí mismo: ni de sí mismo, ni a favor ni en contra de sí mismo, pero deje que los demás hablen de ellos mismos lo que quieran. Lo hacen porque les gusta, y sacarán muy buena opinión de usted, por haberlos escuchado» (Lord Avebury)9.

Evitar convertir las conversaciones en torneos. Está bien el contraste de pareceres, es interesante y ameno, pero sin espíritu de competición o de contradicción. Lo que interesa es entretenerse o dar luz a un tema, no «derrotar» al «contrario». En un debate o en una conversación, no debe haber «contrarios», sino colaboradores en el empeño de aclarar un asunto o pasar un rato agradable. No hay que dejarse llevar por el pundonor, ni convertir la discusión en un asunto personal. Si teníamos razón, hay que dejar a la otra

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