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Priority Four – Increase research intensity and support research-driven innovation and a

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Part 1 Strategic Intent

1.3 Contribution to Government priorities

1.3.4 Priority Four – Increase research intensity and support research-driven innovation and a

«El hombre es por naturaleza un animal político» (Política 1252 b30-1253 a4). Es la famosa definición de Aristóteles. El ser humano no es un solitario, sino un ser que con- vive; que vive con otros en una comunidad humana, es un ser cívico o político. Es un aspecto esencial de la condición humana, que influye de manera determinante en la felicidad y realización de cada persona y en los procesos de acumulación y transmisión de la cultura, que es el humus que permite al hombre humanizarse.

No vamos a tratar aquí de la teoría de la sociedad, tema que corresponde a la filosofía política o, en sus aspectos más experimentales, a la sociología. Sólo nos interesa fijarnos en el aspecto humanístico; es decir en lo que tiene de arte personal el convivir y participar en la vida social. Aquí tratamos, en general, de los aspectos más importantes del ser humano que no aparecen en las enciclopedias.

Son dos arttes combinados. El arte de convivir se refiere a las disposiciones, habilidades y virtudes que hacen más grata la convivencia entre personas. El arte de participar se refiere al empeño y responsabilidad con que se asumen las inquietudes y tareas del bien común. Primero trataremos de la disposición de ser sociable. Después nos referiremos a las participación en la vida social.

Para ser sociable, es necesario adquirir una convicción y vencer algunos prejuicios. La convicción es que todo hombre es algo muy bueno, digno de aprecio. Como ya dijo Séneca: Homo sacra res1, el ser humano es algo sagrado. A esta disposición favorable hacia nuestros congéneres, le llamaban los clásicos «Filantropía», que significa etimológicamente «amor por el hombre» o por lo humano. También benevolencia, que significa «querer bien»: «La realidad confirma cada día —dice el humanista Juan Luis Vives— que el hombre fue creado por Dios para la sociedad, en esta vida mortal y en la otra que no tendrá fin. Por esto, como aglutinante de esa asociación le infundió un ánimo admirablemente dispuesto para la benevolencia»2.

Es una opción moral. No se trata de ser ingenuos, sino de apostar por un ideal humano: la construcción de una convivencia entre personas. No queremos ver en los demás enemigos y competidores, sino seres humanos con los que podemos compartir nuestra vida, ayudarnos y apreciarnos. Puede haber personas que tengan carencias irreparables. Puede que sea necesario protegerse de ellas. Pero no se puede abdicar del principio: no queremos vivir como fieras, queremos vivir como personas. Por eso procuramos extender un clima de respeto, de aprecio y de confianza. Fomentar la

convivencia. Este clima es, en sí mismo, educativo, hace mejorar a las personas, las hace más personas.

No se trata de una cuestión de utilidad, como a veces lo presenta la tradición liberal. El argumento liberal utilitarista es que si todos nos tratamos bien, todos obtendremos ventajas. Desde luego es verdad y se puede usar como argumento de apoyo. Pero resulta pobre. Lo que está en juego no es una ventaja, es una cuestión de principios: si somos personas, tenemos que lograr tratarnos como personas. Nuestra convivencia tiene que ser tal que salgamos enriquecidos con la comunicación de los bienes del espíritu y con la amistad.

Convivir significa, necesariamente, tender puentes, estrechar lazos, lograr entenderse con otros que, aunque son iguales en lo que tienen de personas, son también distintos. Por eso, el primer paso, es la empatía. Lograr entender a los demás, descubrir cómo son, qué sienten. Hacerse cargo.

Para comprender a los demás es necesario ponerse en su lugar. Ningún consejo mejor que éste que se considera la norma de oro de la moral y ocupa un lugar preferente en la tradición moral judeo-cristiana: amar al prójimo como a uno mismo; y no hacer a los demás lo que uno no quiere que le hagan.

Claro es que se necesita cierta experiencia, porque la situación de otras personas puede resultarnos muy ajena en sus condiciones de vida o de mentalidad. Pero esta formulación es muy didáctica. Uno tiene gran sensibilidad consigo mismo. Es perfectamente consciente de lo que le agrada y de lo que le ofende. Se trata de trasladar generosamente esa experiencia a los demás. Con una visión objetiva de las cosas, nos damos cuenta de que los demás son personas como nosotros: que merecen también el respeto y la consideración que a nosotros nos agrada, y que les hace daño lo que a nosotros nos hace daño.

En la vida humana, se producen muchas circunstancias que hacen a una persona más importante que otra, porque manda más, porque tiene más medios o conocimientos o cualquier tipo de méritos. Esto, claro está, influye en las relaciones humanas. No es lo mismo relacionarse con un igual que con el jefe. No es lo mismo estar en situación de mandar que de obedecer. El trato con una persona importante impone generalmente respeto. Y es justo que sea así.

Pero está considerado un gesto de gran humanidad, que el superior sepa no abusar de su condición y que conserve el sentido de la igualdad básica de la condición humana. Que sepa relacionarse con los demás sabiendo que son iguales en cuanto personas, que tienen las mismas necesidades básicas y que merecen respeto. Es de gran altura moral y muy elegante, saber prescindir de privilegios innecesarios y del impulso a ponerse por encima de los demás. Aunque también haya que proteger el respeto que merece la autoridad o el cargo que se ocupa.

Después de hablar de la convicción, es necesario hablar de los vicios que entorpecen o destruyen los lazos y las relaciones humanas. Porque hay que luchar contra ellos. Hay tres enemigos principales de la sociabilidad humana: el egoísmo, la prisa y la timidez.

El egoísmo es el excesivo amor de uno mismo y es el vicio que más daña la auténtica relación entre personas. Quien vive girando en torno a sí mismo no puede darse cuenta de lo que sucede a los demás. Esto afecta, como hemos dicho, al núcleo mismo de lo que significa convivir entre personas, que son igualmente personas.

Por eso, la verdadera convivencia exige una conversión moral; un desplazamiento de intereses, una visión objetiva de las cosas. Cuando una persona es egoísta, ve a los demás como competidores, y entonces se les odia; o como fuente de algún provecho, y entonces se les aprecia pero no como personas. Las quiere sólo interesadamente, como instrumentos, como peldaños, como objetos útiles. Esto atenta directamente contra el respeto que merece toda persona. Como formuló adecuadamente Kant, una persona nunca puede ser tratada sólo como un medio, porque es un fin. Los egoístas sólo se aman a sí mismos y, por eso, no tienen capacidad de darse a los demás y entablar una verdadera relación humana: no pueden llegar a tener ni verdadero aprecio, ni verdadera amistad, ni verdadero amor por otros, ni interesarse realmente por otros.

Aunque sea un vicio menor y muchas veces inadvertido, la prisa —y sobre todo la sensación de prisa— daña las relaciones humanas. Impide ver lo que sucede a nuestro lado, lo que espera y quiere la gente que nos rodea; no por mala intención, sino por atolondramiento. No hay tiempo para ser amables con los demás, para entretenerse con ellos: para saludar, para preguntar, para enterarse. Esto da lugar a muchas faltas de atención: olvidos, impaciencias, brusquedades. Por la prisa, no llegamos a saber cómo se llama la gente, qué les preocupa, qué les sucede: no tenemos detalles... Al cabo de un tiempo se descubre que vivimos aislados, haciendo cosas urgentes que, en realidad no son tan importantes, y que nos impiden una de las cosas más importantes de la vida, que es tratar a los demás. No es cuestión de dedicar mucho tiempo, sino de prestar a los demás la atención que merecen.

Siendo también un vicio menor, la timidez hace bastante daño a la convivencia. La falta de confianza en sí mismo, el temor de equivocarse, los pequeños complejos de no saber qué decir o cómo comportarse retraen. A veces, hay que vencerse, hacerse un poco de violencia para acercarse, presentarse, estar amables; y reprimir las ganas de quedarse en una esquina o de apartarse. Como tantas cosas en la vida, es cuestión de un poco de entrenamiento, de aprender, de poner un poco de interés y forzarse un poco. Al mismo tiempo, hay que evitar dar​le importancia a la timidez: y acostumbrarse a que no nos importe demasiado lo que los demás puedan decir o pensar. En realidad, todos tenemos muchas cosas que pensar y no damos tanta importancia a lo que sucede a nuestro alrededor. Hay que convencerse que no pasa nada si alguna vez no acertamos, quedamos un poco mal o, incluso hacemos un poco el ridículo. No hay que tener tanto miedo. Si no sabemos hacer las cosas con soltura y gracia, las hacemos sin soltura y sin gracia, pero con sinceridad y poniendo interés. Y con esto basta. La mayor parte de las personas agradecen mucho ese interés sincero.

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