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Pro XH Extended Observations

Chapter 3 Testing Procedures

5.2 Post-processing with Pathfinder Office

5.2.1 One base and H-Star Processing Methods

5.2.1.3 Pro XH Extended Observations

En el estado de Guerrero, el ámbito arqueológico ha sido poco atendida, a pesar de su vasto patrimonio (Cruz, 2007: 140). La documentación arqueológica principia con el inicio de la vida sedentaria hace más de 4,400 años; sin embargo, se han encontrado vestigios de hace 30 a 15 mil años antes de nuestra era. El territorio del estado se distiguió como parte del desarrollo olmeca que marcó las bases para las posteriores civilizaciones reconocidas como mesoamericanas (Cruz, 2007: 140). Hacia el año 200 a.C. entra en decadencia la cultura olmeca (Quiroz, 1998: 69). En el siglo X, se dan incursiones de nahuas y tarascos y finalmente la llegada y dominación de los mexicas en el siglo XV (llamados genéricamente chichimécas), condiciones que perdurarón hasta la conquista española (Cruz, 2007: 141).

Entre los ejemplos del patrimonio antropológico y cultural destacan los monumentos arqueológicos siguientes: la zona arquológica de Izcateopán, el Templo de los Jaguares, Municipio de Copalillo y el sitio arqueológico de Cuetlajuchitlán. Existen códices históricos que hacen referencia a la región como el Códice Humboldt, los Códices de Azoyu 1 y 2, el Lienzo de Tlapa, el Lienzo de Aztactepec y Citlaltepec y el mapa de Tepecuacuilco, entre otros, algunos se albergan en el Museo Nacional de Arqueología y Etnografía. Además, existen diversos códices locales. El Atlas Arqueológico reporta 186 sitios con evidencias prehispánicas (Jiménez y Villela, 2007: 281-288). La Costa Grande y Acapulco son zonas en dónde se han reportado más objetos olmecas y de cerámica teotihuacana. En los municipios de Acapulco y San Marcos en la época prehispánica se tuvo presencia de la cultura olmeca, teotihuacana, tolteca, yope, tlapaneca y nahua.

Acapulco y Yopitzinco eran señoríos que no estaban bajo el dominio de Moctezuma (Rubí, 2007: 337). Los yupines y tlapanecas pertenecían a la comarca de Yopitzingo, donde se hablaba la lengua tlapaneca (Quiroz, 1998: 58). Los Yopes habitaron en la Costa Chica, San Marcos y otras poblaciones.

En 1521, consumada la conquista de Tenochtitlán, Hernán Cortés envió diversas expediciones al sur con el objeto de localizar vetas de oro. Fue así que los españoles descubrieron en 1523 la bahía de Acapulco a la que denominaron Santa Lucía. En 1524 sometieron a los indígenas; el capitán Saavedra Cerón fue autorizado por Cortés para establecerse en esta región. En 1525 se estableció en Cacahuatepec la primera encomienda en la región. En 1531, algunos

españoles, entre los que destacaba Juan Rodríguez de Villafuerte, salieron de la Costa Chica para fundar el pueblo de Villafuerte en lo que hoy es Acapulco, tratando de someter a los indígenas e imponerles el pago de tributos (Estado de Guerrero, 2005).

Después de la conquista española en 1535, hubo tres rebeliones de los yopes. El último alzamiento fue cuando ya se había consumado la conquista en el altiplano, en 1937 y en las tierras del todo parecía estar en paz (Quiroz, 1998: 60). La rebelión pronto se extendió en gran parte de la Costa Chica. Enterado Cortés de los hechos destacó desde Acapulco a un contingente militar al mando del capitán Vasco Porcallo quien logró pacificar la región, mediante el casi exterminio del pueblo yope, pues quedaron con vida sólo las mujeres y los niños (Estado de Guerrero, 2005). Las armas pacificaron toda esta región de forma violenta. Junto con el abuso de los encomenderos, en los primeros cincuenta años de su “protección”, la población original se redujo al 1%. Hubo genocidio en la provincia de Ayacastla (Costa Chica). En 1522, la población que antes era de 323,000 quedó reducida a 1,807 cabezas de familia para el año 1582. Pero, al igual que los mexicas, y a pesar de la baja en la población los españoles tampoco lograron conquistar y someter a los Yopes. En el Virreinato de la Nueva España importó esclavos negros y mulatos que se establecieron a lo largo de la costa y trabajaban en minas e ingenios azucareros. Algunos arribaron a las zonas bajas de Acapulco. Después de las rebeliones Yopes en la Villa de San Luis (hoy San Luis Acatlán), unos pocos españoles se quedaron y se establecieron en haciendas de ganado y cacao. Los negros servían como capataces o vaqueros en las haciendas en dónde los indígenas estuvieron obligados a trabajar casi en calidad de esclavos (Quiroz, 1988, 60-81).

Después de la conquista española, se establecieron los gobiernos provinciales en siglo XVI, las regiones de Yopizinco y Acapulco integraron la alcaldía mayor de Acapulco (Rubí, 2007: 337).

La larga franja de la costa del Pacífico (Costa Grande, Costa Chica y el puerto de Acapulco), fue el punto históricamente clave para la empresa comercial española con Asia. El interés europeo en el estado en el principio del periodo colonial, se centraba en actividades como la minería (oro y plata) y ganadería (cría de ganado bovino y caprino), pero lo más significativo resultó ser el comercio con Asia, montado a través del Puerto de Acapulco. El camino entre Acapulco y la ciudad de México atravesaba el estado y era la ruta principal por la que se movían los bienes asiáticos entre 1573-1813.

Los originarios de las comunidades indígenas de Guerrero participaron en el comercio como cargadores y arrieros. Los nahuas y tlapanecos de La Montaña preservaron su autonomía y lograron una modesta prosperidad basada en la combinación de la agricultura de subsistencia con el comercio. Como arrieros los nahuas y tlapanecos viajaron entre la sierra y la Costa Chica para conseguir sal, cera, telas y bienes de Asia.

El nuevo sistema económico político tuvo impacto decisivo sobre las comunidades indígenas de Guerrero y abrió formas novedosas de inserción con la naciente formación social internacional. El comercio con Asia, la minería y la ganadería extensiva determinaron la articulación de las comunidades indígenas del territorio con las nuevas estructuras políticas, económicas e institucionales del poder colonial. El poder español requería del control directo y coordinado sobre la fuerza de trabajo indígena, sus tierras y el agua. Sumando al colapso demográfico registrado durante los primeros 100 años de presencia europea en México, la pérdida del manejo de los recursos internos de las comunidades indígenas debilitó la capacidad de reproducción cultural en el altiplano central (Good, 2007: 254-261).

En el Siglo XIX, en 1821, al consumarse la Independencia, Agustín de Iturbide creó la Capitanía General del Sur, de la cual también formó parte San Marcos. Legalmente este municipio fue erigido por el decreto del 29 de septiembre de 1885 (Estado de Guerrero, 2005).

Las estrategias económicas que permitían la reproducción de los pueblos indígenas en la colonia empezaron a desmantelarse después de la independencia, durante el Porfiriato y sobretodo después de la revolución mexicana. En Guerrero se asentaron las condiciones que generaron la profunda pobreza de la Montaña de hoy. Con el desarrollo económico y la introducción de las instituciones del estado nacional. La expansión de los caminos, la energía eléctrica, la escolarización y otras iniciativas del gobierno central, no obstante su presencia relativamente débil en el estado, tuvieron un impacto negativo. Hubo pérdida de las mejores tierras junto con la disminución del pastoreo, la arriería y el comercio entre la costa y la Montaña. Obligó a la mayoría de la población indígena a depender del trabajo asalariado migratorio: en la agricultura, la zafra en Morelos, en cultivos comerciales en el norte de México, la construcción de obras en los centros urbanos y el movimiento cada vez mayor hacia los Estados Unidos.

La gran mayoría de los pueblos de Guerrero no percibieron mejoría significativa en su condición social o económica ni recibieron los “beneficios” mixtos de los programas de beneficio rural promovidos por el estado nacional. Esto permitió que las comunidades conservaran una relativa autonomía, aunque en otras se fortaleció a los caciques locales que dominan las relaciones económicas y políticas y ejercen el control absoluto.

En 1946, el gobierno de Miguel Alemán empezó a promover Acapulco como centro turístico de prestigio. La expansión económica mexicana entre 1940-1976 alimentó el turismo nacional. La construcción de la carretera de cuota en 1958 llevó hacia Acapulco un número mayor de mexicanos de la clase media (Good, 2007: 257-259). Desde 1940 y 1950, los nahuas innovaron su tradición artesanal como la alfarerería y a partir de 1960 las pinturas sobre papel amate. En la década de los ochentas, ampliaron sus territorios comerciales a toda la república (alfarería, ceniceros, máscaras de madera y animales tallados, alcancías, macetas, joyería de piedras preciosas, hamacas, jícaras, sombreros de palma, entre otros). Lograron establecer redes comerciales de vendedores ambulantes por toda la república (Good, 2007: 268-269).

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