4.6 Efficient Hierarchical Reasoning
5.1.1 Problem Description
No hay mejor amor que el amor sin objet
o RUMÍ
Si el hombre no reconoce el verdadero objeto de su amor-su auténtica naturalezase verá irremediablemente sumido en la confusión. Todos los esfuerzos realizados para saciar su sed de Totalidad con objetos demasiado pequeños son infructuosos y baldíos. ¡Cuánta energía malgasta el espíritu en una sola noche!
TEILHARDDECHARDIN
Según el filósofo danés Sóren Kierkegaard, la edad moderna carece de pasión. Pero tal vez no se trate tanto de carecer de pasión como de desperdiciarla sin comprender su auténtica naturaleza y sin encauzarla en una dirección que pueda proporcionamos una satisfacción verdadera.
La pasión puede asumir dos formas netamente diferentes. Por una parte se trata de una explosión de energía inspiradora que nos transporta más allá de nosotros mismos. Pero también, por otra parte, podemos obsesionarnos con el objeto que despierta nuestra pasión y acabar esclavizados por ella. caso en el que se convierte en una fuerza que nos arrastra a la dependencia y el autoengaño. Y esto es algo que puede referirse tanto a las pasiones mundanas (como el amor, por ejemplo), como a la pasión-identifícación con un maestro o con una enseñanza espiritual. Así pues, la pasión puede encumbrarnos a los cielos o arrastrarnos a los infiernos de la obsesión y la autodestrucción.
No debe sorprendernos, pues. que nuestra cultura mantenga una actitud tan ambivalente hacia la pasión, considerándola alternativamente como una escalera que conduce a los cielos o como un abismo que nos arrastra a los infiernos. Es por esto por lo que, durante la mayor parte de la historia de Occidente, la pasión ha sido contemplada con cierta suspicacia y miedo como un impulso irracional o incluso un instinto animal que nos encadena a nuestra naturaleza inferior y nos arrastra al infierno y que, en consecuencia, nuestra cultura haya alentado su represión y haya tratado de ocultarla bajo la fachada de la civilización.
Pero, en su intento de desmarcarse de esa actitud represiva, la modernidad se ha ido al otro extremo y ha acabado glorificando la pasión romántica como la culminación de la vida. Y es que, en ausencia de cualquier experiencia de lo sagrado, el sexo y la aventura amorosa es lo más próximo a la trascendencia. No es de extrañar que, en tal caso, la publicidad y la música pop aspiren a saciar el hambre de espíritu con todo tipo de remedos. Según dicen, bastará con utilizar tal o cual champú para que nuestra vida cobre sentido y nunca más nos sintamos solos. Y es que las agencias de publicidad conocen muy bien el poder adictivo de la pasión.
Estas dos visiones opuestas de la pasión reflejan perfectamente la división interna existente entre los cielos (la dimensión expansiva y visionaria de nuestra naturaleza) y la tierra (su faceta sensorial y concreta). La glorificación e idealización de la pasión constituye un intento de elevarnos por encima de nuestra naturaleza terrenal y de las limitaciones y sufrimientos propios de la vida cotidiana, una actitud que acaba convirtiendo a la pasión en una simple manía carente de todo fundamento. Pero el intento opuesto de desdeñar la pasión como un instinto primitivo que acaba extenuándonos o destruyéndonos conduce a la depresión porque, cuando negamos o reprimimos la pasión, perdemos también el contacto con nuestra naturaleza expansiva y celestial, en cuyo caso cortamos las alas de la inspiración e impedimos el vuelo de nuestro espíritu.
Es evidente, pues. que necesitamos una visión más ponderada de la pasión, una visión que pueda llevamos más allá de las actitudes maníacas y depresivas en que se halla atrapada nuestra cultura. A fin de cuentas, la pasión es la experiencia de la energía de la vida en su estado más puro. No estaría, pues, de más que aprendiéramos a relacionamos más provechosamente con esta energía. Si la pasión es como la electricidad ¿cómo podemos utilizar esa energía para que nos dé luz y calor sin electrocutarnos? ¿La derrocharemos para hacer funcionar nuestros electrodomésticos (el secador de pelo o la tostadora) o la aprovecharemos para propósitos más elevados que estimulen nuestra vitalidad, nuestro despertar y nuestra sabiduría? ¿De qué modo podemos convertir a la pasión en el combustible del viaje que nos convierte en seres más plenamente humanos?
La pasión incondicional: La resonancia pura con la vida
La pasión suele aparecer en respuesta a alguien -un maestro, un amante, una estrella de cine, etcétera que alienta nuestro deseo de sentirnos más vivos. Y aunque a menudo cometamos el error de atribuir la fuente de la pasión a la persona de la que nos hemos enamorado, ésta dimana, en última instancia, de nuestra naturaleza esencial, de nuestra apertura básica a la realidad. Y es que el enamoramiento refleja la permeabilidad de nuestra naturaleza, una condición que implica el deseo de abrirnos y establecer un contacto profundo con el mundo, con los demás, con la naturaleza y con la vida en general. Nuestra naturaleza esencial
constituye una apertura a través de la cual lo que está fuera puede llegar hasta nosotros, atravesar nuestra habitual coraza defensiva y conmover profundamente nuestro corazón.
Éste es, precisamente, el motivo por el cual la pasión es una experiencia tan singularmente humana Normalmente cerramos a cal y canto todas nuestras puertas y ventanas, pero, cuando nos vemos sacudídos por la pasión, la realidad sortea todas nuestas defensas habituales y conmueve profundamente nuestro corazón.
La pasión es esencialmente incondicional, porque comunica nuestra vida interna con el exterior y nos hace resonar de modo inmediato con la vida. Y esta capacidad de resonar con la realidad constituye uno de los elementos fundamentales de nuestro ser. Cuando contemplamos un prado esmaltado de flores, nuestra boca emite el sonido primordial -¡Aaah!y lo mismo ocurre cuando un hermoso rostro o las palabras de un maestro espiritual llegan a lo más profundo de nuestro corazón. La pasión es, pues, la respuesta a algo que nos atraviesa y nos deja sin aliento.
La pasión condicionada: La obsesión y la esclavitud
La pasión es una presencia energetizada que experimentamos como un desbordamiento de sentimientos. Y puesto que habitualmente. no nos sentimos tan vivos, nuestra vida cotidiana parece entonces comparativamente pobre, de modo que no tardamos en extraer la errónea conclusión de que la causa de esa abundancia debe residir en el objeto de nuestra pasión («Ayer estaba solo y era infeliz. Hoy te he encontrado y, sin saber cómo, me siento lleno y vivo. Debe ser cosa tuya»). Es fácil ver las cosas de este modo y acabar creyendo que, para sentirnos completamente vivos, necesitamos a esa persona, ese trabajo, ese deporte, esa droga o esa casa en el campo. Pero debo decir que ése no es más que el primer paso en el camino que acaba convirtiendo a la pasión en una ilusión.
Pocas veces somos conscientes de que la pasión es una explosión interna que ilumina todo lo que nos rodea. Lo que vemos, en tal caso, no es tanto el resplandor mismo como el objeto iluminado, y eso distorsiona nuestra percepción. Así es como la pasión incondicional acaba convirtiéndose en una identificación con el objeto iluminado por nuestro propio resplandor, una identiticación que conduce a la obsesión y la dependencia y nos impide hacer otra cosa que no sea sino el pensar en el modo de poseer el objeto que despierta nuestra pasión.
En tal caso, el hecho de centrarnos exclusivamente en el objeto de la pasión es como utilizar una lupa para concentrar los rayos del sol. No es de extrañar que, en tal caso, la situación no tarde en calentarse y empiece a echar humo.
Por esto es tan importante que nos demos cuenta de que, cuando nuestra pasión se fija en otra persona, lo que realmente estamos haciendo es proyectar hacia el exterior nuestro propio resplandor -que. a partir de entonces, vemos reflejado en el otro-, sin comprender que ese resplandor es totalmente nuestro. Obviamente, también podemos reconocer la resplandeciente belleza de la persona a la que amamos pero. cuando idolatramos a esa persona o nos aferramos a ella. estamos cargándola de atributos que. en realidad, son nuestros. Y, como resultado de todo ello, la persona en cuestión se nos aparece más grande de lo que, en realidad. es... al tiempo que nosotros vamos empequeñeciéndonos. Por esto, cuanto más identificados y obsesionados estemos, más empobrecidos nos sentiremos, por lo que la pasión acabará convirtiéndose en algo sumamente destructivo.
Esto es algo muy frecuente en sectas destructivas como por ejemplo las de Jonestown o Rajneeshpuram. en las que un líder espiritual corrupto se aprovecha de las proyecciones y de la tendencia a la idealización de sus seguidores. Se trata de una especie de magia negra que transforma algo potencialmente positivo (la devoción del discípulo) en otra cosa sumamente destructiva (la esclavitud). Es como si el líder extrajera su poder de sus seguidores. al tiempo que les hace creer que todo dimana de él (digamos, de pasada, que la desgraciada historia de la comunidad de Jonestown acabó cuando con el líder repartió zumo de frutas envenenado a sus seguidores al tiempo que les decía: «Te devuelve la esencia que me diste. Cuando repartes tu esencia se convierte en un veneno»), Y es que los charlatanes siempre han esclavizado a las personas alentando su dependencia y su sensación de pobreza (recordemos, en este sentido, que Rajneesh desfilaba a diario ante sus devotos en uno de los muchos Rolls Royces que había comprado con sus donativos). Cuanto los seguidores se sienten vacíos, el único modo de sentirse bien consigo mismos consiste en nutrirse de la gloria reflejada por el líder, alentando entonces todo tipo de conductas autodestructivas para no desconectarse de la que imaginan como la fuente de sus sentimientos.
Las relaciones amorosas también pueden tener consecuencias extrañas y destructivas. ¿Cuántas veces hemos puesto en peligro nuestra integridad o nos hemos obligado a ser algo que no somos con el único objeto de conseguir la aprobación de la persona a la que amábamos? ¿Cuántos amantes han matado a su pareja porque «la querían mucho»?
La pasión y la transformación
Pero, como ilustra perfectamente el amor romántico que nació en la Francia del siglo xu, no debemos olvidar que. más allá de todos estos peligros, la pasión también es una fuerza extraordinariamente creativa y transformadora. Y es que súbitamente, en la oscuridad del medioevo, apareció un nuevo tipo de sentimiento que se expresaba en las canciones de amor de los trovadores y que se extendió muy rápidamente por las cortes de Provenza. El amor cortés fue una modalidad de amor parcialmente derivada de las canciones devocionales sufíes al Amado, lo divino en forma de Dios, el alma o el maestro espiritual, una modalidad de pasión que los trovadores secularizaron y dirigieron hacia un amado mundano, la Dama.
En su forma más pura, el amor cortés se atenía a reglas muy estrictas. Un caballero se enamoraba de una dama casada con otro noble, pero ese amor no se consumaba sexualmente y la pasión resultante se empleaba en alentar la transformación personal, cosa que ocurría, por ejemplo, cuando el caballero se veía obligado a pasar por todo tipo de pruebas -a través de las cuales iba perfeccionando su carácter para conseguir el amor de su señora. El amor cortés fue una de las principales fuerzas civilizadoras de la cultura medieval que valoró, por vez primera, a la mujer, e hizo posible que surgiera un nuevo ideal, el hombre amable.
Pero sólo es posible canalizar creativamente la pasión cuando se reconoce su potencial espiritual. Por esto, aunque el amor cortés era una versión secularizada de la devoción sufí al Amado divino, no obstante siguió conservando su impronta espiritual porque proporcionaba un camino de perfeccionamiento y forja del carácter. El hecho de que el caballero nunca pudiera poseer a su señora convertía a su pasión no correspondida en un poderoso factor de transformación que no acababa degenerando en la identificación sino que, por el contrario, maduraba en la devoción pura.
Como han reconocido multitud de tradiciones, la devoción incondicional -ya sea al amado, al maestro espiritual o a la verdad última— es un crisol poderoso que puede hacer auténticas maravillas con el alma y que ha servido para desarrollar prácticas devocionales encaminadas a orientar esa energía hacia fines espirituales. Puesto que no es posible poseer al objeto de devoción -Dios o el maestro la práctica espiritual nos obliga a renunciar a la identificación y acabar descubriendo la plenitud del amor como un tesoro que se halla oculto en
nuestro corazón. De este modo es posible salir de la pobreza que nos hace depender de los demás y abrirnos a
la riqueza, celebrar nuestra auténtica naturaleza y compartirla más plenamente con el mundo.
La devoción a un maestro -el rasgo fundamental de muchas tradiciones sagradas se asemeja al amor cortés en el hecho de no ser correspondido. Es cierto que algunos maestros tienen su propio tipo de devoción hacia sus discípulos, pero éstos no pueden aspirar a que su maestro les corresponda, les dé su aprobación ni les haga sentir bien. Los verdaderos maestros no prometen recompensa alguna y tampoco alientan la proyección y la idealización sino que, muy al contrario, instan de continuo a sus discípulos a volver la atención sobre sí mismos, con lo cual ponen fin a la tendencia del discípulo a la pasión condicionada y a ser buenos para conseguir así la aprobación, la alabanza o el afecto de su maestro. Es entonces cuando el discípulo puede comenzar a experimentar la cualidad transformadora del amor no correspondido.
El amor no correspondido
Cuando nuestro corazón se rompe son varias las alternativas que se nos presentan. Entonces podemos cerrarnos para no experimentar el dolor y el resentimiento que acompaña al hecho de no conseguir lo que deseamos, pero también podemos seguir prestando atención a lo que nuestro corazón realmente desea y permanecer abiertos, a pesar del dolor que ello comporta, en cuyo caso algo dulce como el néctar se derrama en nuestro interior. Como dice el maestro sufí Hazrat Inayat Khan: «el calor del amante. el efecto penetrante de su voz y la llamada de sus palabras dimanan del dolor de su corazón». Este es uno de los grandes secretos del amor. Así pues. en lugar de tratar de alejarse del dolor -un intento absolutamente inútil-, el amante puede servirse de él para transformarse, desarrollar su ternura y su compasión y, como descubrieron los trovadores, convertirse en un guerrero al servicio del amor.
Como la tristeza que impregna los más emocionantes poemas y canciones de amor, la devoción pura es una cualidad sumamente interesante. A ello se refirió Chógyam Trungpa con la expresión «verdadera esencia de la tristeza», una plenitud que surge como respuesta al amor que experimentamos por alguien a quien nunca podremos poseer. A fin de cuentas, la persona a la que amamos morirá, nosotros también moriremos, todo está abocado a la muerte y, aunque nos casemos, nuestro matrimonio también acabará desvaneciéndose más pronto o más tarde. En última instancia, no hay nada a lo que podamos aferramos, nada que pueda liberarnos definitivamente de nuestra soledad. Por esto, cuanto más amemos a nuestra vida, a nuestra pareja o a nuestro maestro espiritual mayor será también el sufrimiento que experimentamos cuando llegue el momento de perderlos.
La tristeza que brota de la ruptura de nuestro corazón posee una dimensión muy interesante que suele pasar inadvertida. No olvidemos que la misma etimología del término inglés que significa «tristeza» [satines.',] está ligada a las palabras satisfecho y saciado. algo que pone de relieve que la auténtica tristeza es una plenitud que desborda nuestro corazón. Como dice Trungpa: «esta tristeza es incondicional y aparece cuando nuestro corazón está completamente abierto y uno quisiera entregar su vida a los demás». De ahí. precisamente, es de
donde surge el deseo de atravesar todas las fronteras que nos alejan de los demás y salvar el abismo que separa nuestra vida interna de nuestra vida extema.
Todas nuestras ideas en torno al amor romántico se derivan del descubrimiento del poder de la pasión devocional del amor cortés provenzal. Lamentablemente, sin embargo, nuestra cultura ha perdido el significado sagrado original del amor apasionado y ya no comprende la dimensión devocional de la pasión..
Pero también hemos perdido el significado sagrado original del camino espiritual que nos lleva a entregar nuestra vida a un principio trascendente mayor que orienta nuestra vida. Cuando uno encuentra a un maestro que conmueve su corazón o cuando uno se enamora de un maestro o de una enseñanza, se ve obligado a salir de su pequeño y cómodo mundo de rutinas habituales. Pero, por más que uno se sienta atraído por un maestro o por una enseñanza, jamás podrá llegar a poseerlos de un modo convencional. Encontrar a un verdadero maestro supone acabar con la identificación condicionada y poner en marcha la pasión incondicional que nos permite convertir la pasión en un camino.
Cuando uno empieza a diferenciar la identificación de la devoción empieza también a comprender la naturaleza profunda de la pasión como antesala de la entrega. A fin de cuentas, el camino espiritual consiste en amar aunque uno tenga el corazón destrozado, porque la última enseñanza -que no es otra que la vida mismano tiene tanto que ver con el logro de algo como con la entrega. Asi pues, el camino espiritual es una especie d e «pérdida», algo que el ego vive con miedo y amenaza pero que nuestro ser, agobiado por el peso de las compulsiones egoicas, experimenta como un consuelo. Éste es el motivo que explica la ambivalencia que acompaña a la pasión, ya que renunciar a las viejas y limitadoras pautas de la personalidad es algo simultáneamente aterrador y excitante.
Del mismo modo que la llama de la pasión no correspondida del amor cortés purificaba el corazón de los trovadores, el amor no correspondido por un maestro espiritual puede alentar el deseo de fundirnos con la vida superior que representa. Y el único modo de hacerlo consiste en unirnos al maestro en el estado de despertar, para lo cual debemos consagrar nuestra vida a eliminar las barreras internas que impiden conectar con nuestra apertura, nuestra conciencia y nuestra autenticidad. Cuando dejamos de esforzamos en alcanzar bienes espirituales, el calor de la pasión incondicional puede comenzar a iluminar los rincones más ocultos de nuestra vida.
La pasión y la entrega
El objetivo último de la pasión, el verdadero deseo de nuestro corazón, es la entrega. La fruición de la búsqueda sexual tiene lugar en el instante de abandono total representado por el orgasmo al que los franceses denominan lupetile mort («la pequeña muerte»). De manera parecida, la fruición del camino espiritual consiste en trascender toda identificación y alcanzar la apertura completa y el gozo incondicional que nos lleva a experimentar la abundancia intrínseca de nuestro ser.
La pasión es una corriente de energía vital que nos atraviesa, como el río que acaba desembocando en el océano, el pasaje que conduce del mundo conocido del yo al mundo que descansa más allá del yo (y que se ve representado por un amante, un gurú, una enseñanza o la vida misma). Emergiendo como inspiración y culminando en la entrega, el camino de la pasión nos revela la esencia de la vida y de la muerte. En uno de sus poemas (traducido por Robert Bly), Goethe califica al impulso transformador
cia de la vida y de la muerte. En uno de sus poemas (traducido por Robert Bly). Goethe califica al impulsor