La reflexión intermedia sobre la esencia y la relevancia de la verdad nos lleva ahora de vuelta a nuestro tema principal: la Iglesia como lugar de la verdad. Pues la concepción de la verdad que acabamos de desplegar, de índole más filosófica, no es tan extraña a la tradición bíblica como a menudo se presenta. Sobre todo desde la teología liberal del último siglo y la teología dialéctica de nuestro siglo, las diferencias que sin duda existen entre la concepción filosófica y la concepción bíblica de la verdad suelen subrayarse de manera bastante unilateral. En realidad, ya el Antiguo Testamento se alimenta en considerable medida de las tradiciones sapienciales de los pueblos circunvecinos de Israel. En especial Gerhard von Rad, en su tardía obra La sabiduría en Israel[170], nos
ha vuelto a mostrar el sentido profundo de la tradición y la literatura sapienciales del Antiguo Testamento, largo tiempo descuidadas. También los sabios de Israel partían de la convicción de que existe un orden en las cosas. Solo el necio se dispensa a sí mismo, para su propia desgracia, de escuchar atentamente a los órdenes sustentadores de la vida. Pero a la Biblia no le basta con el conocimiento del mundo. Todo saber y toda sabiduría comienzan por el saber sobre Dios. El temor del Señor es el comienzo de toda sabiduría (cf. Sal 111,10; Prov 1,7; 9,10; Eclo 19,20). Pues la sabiduría de Dios se refleja en último término en los órdenes del mundo, y solo a la luz del conocimiento de Dios deviene del todo real y al mismo tiempo enigmático el conocimiento del mundo. Lo específico de la concepción bíblica de la verdad y la sabiduría radica en que la Biblia piensa de manera concretamente histórica. El Dios bíblico es un Dios de los hombres, que quiere hacerse presente entre estos a la manera humana. Así, la Biblia pregunta por el lugar concreto en el que, tanto en el mundo como en la historia, nos encontramos concretamente con la sabiduría de Dios. Eso puede acontecer, sin duda, siempre y por doquier. En este sentido, la Biblia no niega nada de la sabiduría de los pueblos. Pero es más clarividente que esta en lo tocante a las tergiversaciones y peligros de la sabiduría, al rechazo humano de esta a consecuencia de la necedad, o sea, la vanidad, la cerrazón y la malicia del corazón humano. Para salir al paso de tal necedad humana, malgastadora de sabiduría, Dios, según el testimonio de la Biblia, preparó a la Sabiduría [la mayúscula señaliza su personificación] un lugar especial. Hizo que habitara de modo especial en un pueblo y en una tierra. Le preparó en Israel un lugar de reposo, le permitió residir en Jerusalén sobre el monte Sion. Solo Israel puede gloriarse de la plenitud de los dones de la Sabiduría. Sobre todo en el capítulo 24 del Eclesiástico, la Sabiduría es identificada con la Torá. En esta identificación se expresan el concreto interés por el mundo, el poder sobre la historia y la tendencia encarnatoria del Dios de la Biblia.
El Nuevo Testamento hace suyos estos rudimentos veterotestamentarios y los lleva a su cumplimiento. Para el Nuevo Testamento, Jesucristo es la Sabiduría de Dios en persona (cf. 1 Cor 1,24). «En él se encierran todos los tesoros del saber y el conocimiento» (Col 2,3). Es sobre todo el Prólogo de Juan el que, con ayuda del término
lógos (palabra), asume la tradición sapiencial veterotestamentaria. Así como el Antiguo
Testamento dice que la Sabiduría existía ya antes de la creación del mundo, el Prólogo de Juan afirma que la Palabra estaba junto a Dios ya al comienzo, más aún, que la Palabra
desde siempre la vida y la luz de toda realidad. Al llegar la plenitud del tiempo, la Palabra eterna se encarnó en Jesucristo y vivió entre los hombres «llena de gracia y verdad» (cf. Jn 1,1-4.14). Porque en él se ha manifestado la verdad, la sabiduría del Logos mismo, Jesús puede decir en el Evangelio de Juan: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).
Esta afirmación es inaudita tanto en el horizonte del Antiguo Testamento como, con mucha mayor razón, en el de la filosofía griega. La novedad frente al Antiguo Testamento consiste en que Jesucristo no solo es promesa de la verdad definitiva, sino cumplimiento definitivo de esa promesa. La novedad frente al pensamiento griego radica en que Jesucristo no se limita a revelar la verdad; como Jesucristo encarnado, terreno, más aún, crucificado, él es la verdad en persona. Esta sabiduría concreta y terrena de Dios no podía sino parecerles necedad a los griegos (cf. 1 Cor 1,22-25).
Tal agudización histórico-salvífica y cristológica de la comprensión de la verdad es decisiva para nuestro tema y para la fundamentación de la tesis, a juicio de muchos no menos escandalosa y necia, de que la Iglesia es el lugar concreto de la verdad. Pues el acercamiento de Dios al mundo ha acontecido en Jesucristo de una vez por todas. Pero no termina con Jesucristo. Antes bien, en Jesucristo y a través de Jesucristo es presencia permanente en el mundo. Si no hubiese sido acogida y atestiguada en la fe, la verdad de Dios no habría llegado definitivamente al mundo en Jesucristo, sino que habría caído, por así decir, en el vacío. Por eso, el testimonio de fe de la comunidad de los creyentes, es decir, de la Iglesia constituye un elemento esencial de la revelación misma. Solo en la Iglesia y a través de ella llega a su meta la revelación de Cristo. Solo en y a través de la Iglesia logra persistencia y eficiencia en el mundo. Sin la Iglesia y su testimonio no sabríamos nada de Jesucristo. Sin la Iglesia tampoco existiría la Sagrada Escritura. Esta surgió en la Iglesia y para la Iglesia; fue la Iglesia la que la recopiló, conservó y transmitió. Así, la verdad de Jesucristo se actualiza y transmite de un modo humano- histórico, no solo a través del ministerio anunciador de la Iglesia, sino a través de toda su vida y acción.
La Sagrada Escritura misma atestigua con énfasis que la verdad y la sabiduría de Dios, realizadas históricamente en Jesucristo, se revelan a través del anuncio apostólico y eclesial (cf. Ef 3,5-11 y passim). Según la Carta a los Efesios, por mediación de la Iglesia se hace manifiesta en el mundo y en la historia la multiforme sabiduría de Dios (cf. Ef
3,10). De ahí que la Iglesia pueda ser calificada en 1 Tim 3,15 de columna y base de la verdad. Los primitivos padres de la Iglesia defendieron enérgicamente este testimonio de la Escritura contra el gnosticismo y su exégesis subjetivista de la Escritura. De acuerdo con Ireneo de Lyon, la Iglesia es el valioso vaso en el que el Espíritu Santo ha vertido lozana la verdad y lozana la conserva. «Donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y la gracia; pero el Espíritu es la verdad»[171]. «La verdadera gnosis es la doctrina de los apóstoles y el antiguo edificio
doctrinal de la Iglesia para el mundo entero»[172]. La predicación de la Iglesia es, a tenor
de los padres, la «regla de la verdad» (Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Agustín y otros). Sería interesante seguir esta idea a lo largo de la posterior historia de la teología. Volvió a cobrar actualidad a raíz de la controversia con los reformadores y su teología escriturística. El concilio de Trento les contrapuso la tesis del Evangelio predicado en la Iglesia como la única fuente de toda verdad salvífica. En el lenguaje del último concilio podemos formular esta idea como sigue: la Iglesia es el sacramento universal de salvación, o sea, signo e instrumento de la verdad. Es la casa y la tienda de campaña de la verdad, el lugar, emblema e instrumento de la verdad y sabiduría de Dios en el mundo.
Si la Iglesia es sacramento del diálogo de Dios con los seres humanos, entonces ella misma es un sacramento dialogal. De ahí que no pueda desempeñar el servicio a la verdad que le ha sido encomendado de forma monológica, sino solo dialógicamente. En efecto, la verdad de Dios, confiada a la Iglesia en toda su plenitud y en su concreción, no es, al fin y al cabo, una verdad distinta de la verdad cuyas huellas y fragmentos se encuentran por doquier en el mundo, en la sabiduría y en las religiones de los pueblos, así como en el arte y la ciencia de los hombres. Así, la Iglesia puede y debe comprender más profundamente su propia verdad y articularla de forma más adecuada a los tiempos en diálogo con la verdad, la sabiduría y la ciencia del mundo. A la inversa, considerando la verdad, la sabiduría y la ciencia del mundo en el horizonte de la verdad eterna de Dios, que se ha manifestado en Jesucristo de manera concreta y plena, la Iglesia puede darles una perspectiva más profunda y ordenarlas a la meta última de sentido del ser humano. Lo que el mundo y los hombres necesitan, cabalmente en una época como la nuestra que se olvida de la verdad, es una orientación y perspectiva espiritual semejante. En la actual avalancha de informaciones se necesitan más que nunca personas sabias con suficiente sagacidad para lo humanamente esencial. Solo de este modo podremos protegernos de
las absolutizaciones ideológicas de determinados aspectos y ámbitos parciales de la realidad y mantenernos libres para la verdad siempre mayor. Así, la Iglesia, justo en cuanto abogada de la verdad de Dios, es al mismo tiempo abogada de la libertad humana frente a las ideologías totalitarias. Según el Evangelio, la verdad hace libre a la persona (cf. Jn 8,32). Por eso es falaz contraponer teología que se preocupa por la verdad y teología de la liberación. Precisamente la orientación a la verdad es verdadera teología de la liberación.
Así pues, a modo de recapitulación podemos decir: la verdad manifestada de manera definitiva y plena en Jesucristo y permanentemente presente en la Iglesia sale sin cesar a la luz en su inagotable novedad mediante el diálogo entre la Iglesia y el mundo. De este diálogo sobre la verdad de la realidad, encarnada en Jesucristo, depende la salvación del mundo.