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En este tercer caso, el punto de partida vuelve a ser el modelo general de las “dos historias”, sólo que aquí “suele” haber una “yuxtaposición” y una “errancia”, apunta Zavala, de dos o más reglas del discurso, sean éstas de carácter literario o extraliterario. Como no queda suficientemente claro qué tipo de reglas discursivas pueden yuxtaponerse, el autor pone como ejemplo la forma en que algunos relatos de Borges, en cuanto a reglas genéricas clásicas, contienen reflexiones filosóficas de naturaleza alegórica y sus cuentos policíacos poseen un trasfondo político y metafísico al mismo tiempo. Además, algunos de sus relatos tienen la estructura de una reseña biográfica o bibliográfica “… sin por ello dejar de ser parodias de géneros más tradicionales, como la parábola bíblica o la subliteratura dramática” (Zavala, 2006: 29). Ahora, una cuestión importante es el hecho de que cuando Zavala está señalando esa “naturaleza errática e intertextual”, se está refiriendo a una especie de “simulacros posmodernos” que carecen de un “original” al cual “imitar”. Esta noción, la de simulacro, en la textualidad del posmodernismo resulta básica para la comprensión de muchos de los sentidos de estos textos y además refleja, de manera más general, una postura ante la realidad y la manera en la que ésta es representada – como bien explica Zavala, la idea ha sido expresada por Baudrillard cuando dice: “El momento crucial se da en la transición desde unos signos que disimulan algo a unos signos que disimulan que no hay nada” (Baudrillard, 1978: 14)—. Como puede verse, aquí nos volvemos a enfrentar a prácticas de intertextualidad (cuestión que desarrollaré en el siguiente capítulo por tratarse de un procedimiento destacado en el posmodernismo), a relaciones entre originales y copias; entre discursos primigenios y lecturas posteriores a través de pastiches y palimpsestos; sólo que en un juego de

simulación.

En este punto, Zavala menciona que dentro de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX, existen numerosos ejemplos de autores que yuxtaponen aspectos de estructuras clásicas y modernas, en un proceso textual de hibridación genérica. Así, para él, Martha Cerda, Francisco Hinojosa, Dante Medina, Guillermo Samperio y Augusto Monterroso, son claros ejemplos. Pero, ahora, ¿cómo funcionan esos cinco elementos estructurales del relato dentro del paradigma posmoderno? En

primer lugar:

El tiempo puede respetar aparentemente el orden cronológico de los acontecimientos, mientras juega con el mero simulacro de contar una

historia. Se trata de simulacros carentes de un original al cual imitar, pues

borran las reglas de sus antecedentes en la medida en que avanza el texto hacia una conclusión inexistente (Zavala, 2006: 29).

Creo que con esta reflexión acerca del cómo se usa el manejo del tiempo del relato como una apariencia, una ilusión de que se está contando una historia, queda mucho más clara en la relación de este tipo de estructuras narrativas con sus predecesoras modernas y clásicas, aspecto que se confirma con un espacio que se construye de forma tal que muestra “realidades virtuales”, “… es decir, realidades que sólo existen en el espacio de las página a través de mecanismos de invocación” (Zavala, 2006: 30). “Realidades”, además, que adquieren forma sólo a través del “proceso de lectura” y mediante la “intercontextualidad” que cada lector “articula” imaginariamente. El proceso intercontextual se da por una superposición de contextos provenientes de distintos textos y discursos, conocidos por el lector, aún de manera no consciente.

La suma de las estrategias espacio-temporales del relato, confluyen en personajes que “aparentan” ser convencionales, “… pero en el fondo tienen un perfil paródico, metaficcional e intertextual” (Zavala, 2006: 30). En un juego similar, el narrador suele ser extremadamente evidente, incluso solemne, para ser tomado en serio, practica la auto-ironía y en ocasiones llega a ocultarse del todo (como en los cuentos ultracortos). Bajo esta ironía y falsa seriedad se esconde una “intención” discursiva: “… la voz narrativa suele ser irrelevante, en el sentido de que la interpretación del cuento es responsabilidad exclusiva de cada lector(a)” (Zavala, 2006: 30).

De este modo, y como una práctica del posmodernismo que resulta ser clave para la interpretación y muy rica para un análisis, el final, dice Zavala, es “aparentemente” epifánico, aunque irónico. Esto porque las epifanías, sucesivas o finales, son “estrictamente intertextuales”, a la manera de un juego constante que

recrea mensajes epifánicos de textos modélicos, sea de la modernidad o de la

literatura clásica. Así, la combinación de estos elementos, apunta Zavala, parecen formar parte de una obra en permanente construcción (ese work-in-progress del

último Joyce), aparentando ser piezas de un “meccano”, que poseen la capacidad de ser articuladas de manera diferente en cada lectura, “… incluso por un mismo lector, que interpreta cada fragmento desde perspectivas distintas en diferentes contextos de lectura” (Zavala, 2006: 30). A manera de resumen general:

El cuento posmoderno es rizomático (porque en que en su interior se superponen distintas estrategias de epifanías genéricas), intertextual (porque está construido con la superposición de textos que podrán ser reconocidos o proyectados sobre la página por el lector), itinerante (porque oscila entre lo paródico, lo metaficcional y lo convencional), y es

anti-representacional (porque en lugar de tener como supuesto la

posibilidad de representar la realidad o de cuestionar las convenciones de la representación genérica, se apoya en el presupuesto de que todo texto

constituye una realidad autónoma, distinta de la cotidiana y sin embargo

tal vez más real que aquélla) (Zavala, 2006: 30).

Lo “metaficcional”, como práctica favorecida en los relatos posmodernos, también será comentada en un apartado posterior. Ahora bien, para concluir con esta parte, el autor menciona que esta clase de textos, en vez de ofrecer una representación o una

anti-representación de la realidad (a la manera clásica o moderna), ofrecen la

“presentación de una realidad textual”, ya que, la autoridad –otro aspecto que será retomado en la metodología de análisis desde la perspectiva pragmática de Doležel— en vez de estar en el autor o en el texto, se desplaza hacia las competencias del lector, haciendo que cada lectura sea única, en un complejo proceso que combina la lógica “dramática” del texto clásico y la “compasiva” del moderno, en ocasiones, en cada fragmento del texto. Por último: “El sentido de cada elemento narrativo no es sólo paratáctico o hipotáctico sino itinerante. Esto significa que la naturaleza del texto se desplaza constantemente de una lógica secuencial o aleatoria a una lógica intertextual” (Zavala, 2006: 30).

Antes de seguir hacia algunas reflexiones hacer acerca de la intertextualidad posmoderna y del uso que en los relatos del posmodernismo se da de la metatextualidad, me parece importante señalar que todas las prácticas y todos los rasgos, en cada clase de relato, que señala Lauro Zavala, describen, en conjunto, un tipo de texto acaso ideal, modélico y no siempre se podrán identificar y rastrear en comjunto en un mismo relato. De hecho, y aún más en el caso del texto posmoderno, un relato que reuniera todas estas características sería casi imposible. Tal vez existan

relatos clásicos que puedan coincidir en la totalidad con la tipología; pero tanto en los modernos, como en los posmodernos, sólo algunos procedimientos serán validos, utilizados y privilegiados dentro de la realidad textual. En este nivel, lo que se rescata, es un modelo bastante aceptable para el estudio de los relatos de la contemporaneidad.

5. La intertextualidad y la metaficción: dos prácticas discursivas privilegiadas en