6. Aboriginal Education and Training Programs
6.4 Programs Offered Within Aboriginal Communities
período cartesiano y, con precauciones similares, por Bayle. Como Fontenelle, este gran escéptico «el Padre de la m oderna incredulidad», como lo llamó José de Mais- tre, se encuentra a caballo de los dos siglos y pertenece a ambos. Como Fontenelle, tenía una triste opinión de la hum anidad, no tenía fe en esa bondad de la naturaleza hum ana que iba a convertirse en dogma típico de la edad de las luces. Pero Bayle no estaba impresionado por los descubrimientos de la ciencia; no se interesó por Galileo ni por Newton, y mientras que la parte más importante de la obra de Fontenelle consistió en la interpretación de los avances positivos del conocimiento, la de Bayle fue enteramente subversiva.
El principio de las leyes naturales inmutables se halla íntimamente relacionado con el crecimiento del deísmo, que es una de las características de este período. La fun ción de la divinidad se limitaba prácticamente a haber puesto en marcha la máquina de la naturaleza, la cual, una vez regulada, escapaba a cualquier interferencia por parte de Dios, aunque la existencia de éste podría ser ne cesaria para su conservación. Una opinión tan claramen te opuesta a la creencia corriente no hubiese podido tener éxito, como lo tuvo, sin una amplia crítica de la teología aceptada. Y esta crítica fue la que realizó Bayle. Sus obras fueron una escuela de racionalismo durante cerca de se tenta años. Proveyó a los pensadores del siglo x v i i i, tanto ingleses como franceses, de un amplio bagaje de argu mentos subversivos y contribuyó a que la moralidad se emancipase tanto de la teología como de la metafísica.
Este movimiento revolucionario intelectual, que se propagó en los salones tanto como mediante los libros, hizo tambalearse la Doctrina de la Providencia que tan
elocuentemente había expuesto Bossuet. Significaba la
entronización de la razón —la razón cartesiana— ante
cuyo severo tribunal habían de presentarse tanto la his toria como cualquier doctrina. Se introdujeron nuevas reglas de crítica, nuevas normas de demostración. Cuan do Fontenelle observaba que la existencia de Alejandro Magno no podía ser estrictamente demostrada y no era más que altamente probable10, lo que hacía era dar un aviso de que la tradición iba a obtener poca indulgencia entre las manos de hombres entrenados en los métodos analíticos cartesianos.
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Que la disputa sobre antiguos y modernos haya sido de batida independientemente en Inglaterra y en Francia muestra que la controversia era un incidente inevitable en la liberación del espíritu humano de la autoridad de los antiguos. Hacia fines de siglo, el debate en Francia atrajo la atención de los ingleses y condujo a una batalla literaria menos importante, pero no menos agria que la que tenía lugar en Francia. El Ensayo de sir William Tem ple, las Reflexiones de Wotton y la sátira de Swift, Batalla de los libros, son las tres obras sobresalientes del episodio, a pesar de que éste se recuerde mayormente por su co nexión con la magistral exposición de Bentley acerca de las cartas fabricadas de Phalaris.
El debate literario en Francia no podía dejar de refle jarse al otro lado del canal; pues quizá nunca siguió el mundo literario inglés con mayor interés o llegó a apre ciar más las producciones de los grandes escritores fran ceses de la época. Al describir el café de Will, que fre cuentaban Dryden y todos aquellos que decían estar
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interesados en literatura, Macaulay dice: «Había una fac ción a favor de Perrault y los modernos y otra a favor de Boileau y los antiguos». En las discusiones sobre este tema, un notable francés que había vivido por mucho tiempo exiliado en Inglaterra, M. de Saint Evremond, debió tom ar parte constantemente. Los pasajes dispersos en que consisten los escritos de Saint Evremond son aburridos y superficiales, pero manifiestan una mente muy cultivada y un considerable sentido común. Su jui cio acerca del Paralelo de Perrault es que el autor «ha des cubierto los defectos de los antiguos mejor que ha mos trado la ventaja de los modernos; su libro es bueno y capaz de librarnos de una gran abundancia de errores». No era un partidario. Pero su amigo, sir William Temple, animado por las irreverencias francesas hacia los anti guos, entró en liza con mayor valor que discreción.
Temple estaba mal preparado para la controversia, aunque su Ensayo acerca del saber antiguo y moderno (1690) no merece el desprecio de Macaulay, quien des cribe su tema como «ridículo y despreciable hasta la sa ciedad»11. Y hay que confesar que el resultado más útil del Ensayo fue la respuesta que provocó en Wotton. Pues W otton tenía un mayor acerbo de conocimientos y una inteligencia más juiciosa que cualquiera de los de más partícipes en la controversia, a excepción de Fonte- nelle, y su conocimiento de la Antigüedad era incluso superior al de este último. Su obra destaca como la con tribución más sensata y falta de prejuicios al debate en su totalidad. Acepta el razonamiento de Fontenelle «res pecto a la fuerza relativa del genio hum ano a lo largo de las diferentes edades del m undo y de la fuerza igual del entendim iento hum ano absolutamente considerado en todos los tiempos desde que el saber empezó a ser culti
vado por la humanidad». Pero ello no es incompatible con la tesis de que en determinados aspectos los anti guos llegaran a superar a todos los que les siguieron. No es necesario explicar la superioridad de los antiguos mediante la hipótesis de que poseían un genio especial que floreció en su época y que se extinguió con ellos, quedando después la Naturaleza exhausta. Hay una explicación diferente. Pueden haberse dado circuns tancias especiales «que podrían haberse acoplado con aquellas edades que superaron a la nuestra, y con aque llas cosas en las que los antiguos nos superaron y que no se han dado en ninguna otra edad ni en ninguna otra cosa».
Pero hemos de empezar nuestra investigación distin guiendo radicalmente dos campos de actividad mental: el del arte que incluye la poesía, la oratoria, la arquitec tura, la pintura y la escultura, y el de la ciencia, que in cluye las matemáticas, las ciencias naturales, la fisiología y todas las ciencias dependientes de éstas. En el caso del prim er grupo hay lugar para una amplia variedad de opiniones; pero la superioridad de los griegos y los ro manos en poesía y en estilo literario puede admitirse sin prejuicio para la igual capacidad mental de los m o dernos, ya que puede ser explicada en parte por el genio de sus idiomas y en parte por sus circunstancias políti cas -p o r ejemplo, en el caso de la oratoria12, por la nece sidad práctica de la elocuencia-. Pero en lo referente al otro grupo, el saber no es una cuestión de opinión o de gusto y es posible dar un juicio definido. Wotton procede entonces a pasar revista sistemáticamente al terreno de la ciencia y muestra con facilidad, con mayor amplitud y precisión que Perrault, la superioridad de los métodos modernos y los enormes avances que se han realizado.
5. E l PROGRESO DEL SABER: FONTENELLE 131 En cuanto al futuro, Wotton se expresa con precau ción. No es fácil decir si el saber avanzará en la era próxi ma en proporción a su avance en ésta. Él teme que pueda haber un retroceso porque el saber antiguo tiene aún de masiada influencia en los libros modernos y los estudios de física y matemáticas tienden a ser descuidados. Pero termina sus Reflexiones con la consideración de que alguna época futura, aunque tal vez no la próxima, y en un país que posiblemente ahora no tenemos en cuenta, quizá se logre lo que nuestros grandes hombres desearían que se lograse; es decir, se lleve el conocimiento real, sobre los cimientos coloca dos en nuestra era, a la más alta perfección posible a la que pue da ser elevado por los mortales en este estado imperfecto.
La distinción, sobre la que Wotton insistía, entre cien cias que requieren tiempo para su desarrollo y las artes imaginativas que pueden alcanzar la perfección en un corto espacio de tiempo, había sido admitida por Fonte- nelle, cuya argumentación en este punto difiere de la de su amigo Perrault. Pues éste sostenía que en literatura y arte, tanto como en ciencia, las generaciones posteriores pueden, mediante las ventajas del tiempo y de una m a yor experiencia, alcanzar un nivel más alto que sus pre- decesoras. Fontenelle, por el contrario, mantenía que la poesía y la oratoria tienen un campo restringido y que por tanto tiene que llegar un m omento en el que alcan cen un punto de calidad que no pueda ser rebasado. Su opinión personal era que la elocuencia y la historia ha bían alcanzado la mayor perfección posible con Cicerón y Tito Livio.
Pero ni Fontenelle ni Wotton llegaron a plantearse el problema suscitado -n o muy claramente, es cierto, por Perrault-. ¿Hay progreso en las diferentes clases de lite
ratura y arte? ¿Se benefician y se enriquecen con el avan ce general de la civilización? Perrault, como hemos visto, lanzó la sugerencia de que la experiencia acrecida y el es tudio psicológico permitiría a los modernos penetrar profundamente en los abismos del alma hum ana y, por tanto, llegar a una mayor perfección en el tratamiento del carácter, los motivos y las pasiones de los hombres. Esta sugestión permitía ser ampliada. En la introducción a su Revuelta del Islam, Shelley, al describir sus propias experiencias intelectuales y estéticas, escribe:
La poesía de las antiguas Grecia y Roma y de la moderna Italia, y de nuestro propio país, ha sido para mí, al igual que la natu raleza externa, una pasión y una alegría... He considerado la poesía en su sentido más amplio; y he leído a los poetas y a los historiadores y a los metafísicos cuyos escritos me han sido ac cesibles -al mismo tiempo que me he inclinado sobre el bello y majestuoso escenario de la tierra- como fuentes comunes de aquellos elementos que el Poeta tiene como labor dar vida y combinar.
Y añade una nota:
En este sentido puede haber algo como perfectibilidad en las obras de ficción, a pesar del reconocimiento hecho a menudo por los defensores del progreso humano, de que la perfectibili dad es un término aplicable sólo a la ciencia.
En otras palabras, todas las mejoras de la experiencia hum ana, de una edad a otra, todas las aventuras espe culativas del intelecto proveen al artista, en cada gene ración sucesiva, con material cada vez más abundante para el tratam iento estético. A m edida que los años pa san, la vida en su más amplio sentido ofrece más y más material «que el Poeta tiene como labor dar vida y com