IMPACT AND OUTCOMES
5.5 Progression
Luego de haber mencionado varios aspectos importantes relacionados con la credibilidad del testimonio, es importante mencionar que el establecimiento eficaz de este procedimiento, impide la presencia de falsas denuncias relacionadas con casos de abuso sexual infantil. Sin embargo, esta problemática es más común de lo que se cree, pues actualmente, con el objetivo de conseguir distintos fines, los padres obligan a los niños a recrear ciertas situaciones que nunca han sido reales. Este es el caso del denominado
síndrome de alienación parental (SAP), el cual ha venido permeando varias situaciones, en donde el diagnostico de abuso sexual es difícil de dictaminar, pues la única fuente de confianza es el testimonio de la persona que supuestamente ha sido abusada. Aguilar (2004), citado por Segura y Sepúlveda (2006) define el SAP como un trastorno caracterizado por un conjunto de síntomas que resultan del proceso, por el cual un progenitor transforma la conciencia de sus hijos, mediante distintas estrategias con objeto de impedir, obstaculizar o destruir sus vínculos con el otro progenitor.
Para hablar del síndrome de alienación parental, es necesario mencionar de manera muy breve un proceso fundamental desencadenante del mismo, el divorcio. Desde un modelo evolutivo de crisis, podemos concebir la separación como un proceso que transcurre en diferentes niveles relacionados entre sí, los cuales se ubican de manera temporal y contextual en función de las múltiples cuestiones que deben resolverse en cada uno de sus estadios. Giddens (1989), citado por Cartujo (2000), distingue hasta seis “procesos de divorcio” (emocional, legal, económico, coparental, social y psíquico) que una pareja debería afrontar indefectiblemente para completar su ruptura. Estos procesos deben ser abordados, y en todos caben la posibilidad de que se presente el conflicto cuando no se obtienen los resultados esperados. Este puede ir expresándose de manera alternativa en cada proceso, al mismo tiempo que van creándose las diferentes soluciones. También es posible que uno de ellos adquiera una especial superioridad conflictiva sobre los demás, impidiendo la resolución de los otros y provocando que el tiempo de elaboración de la ruptura se extienda más de lo debido. Así, según Cartujo (2000), “la ruptura emocional suele iniciarse mucho antes de llegar la separación física y puede prolongarse una vez finalizado el proceso legal. Este va íntimamente asociado al económico, mientras que el social y el psicológico suelen ser los últimos en resolverse” (p. 26).
Kaslow (1998), citado por Cartujo (2000), expone un modelo explicativo de las fases por las cuales atraviesa una ruptura (divorcio). La primera etapa se denomina, pre- divorcio, un periodo de deliberación y desaliento, la cual hace referencia al deterioro de la relación y al aumento de la tensión que conducen a la ruptura. Según Kaslow (1984), citado por Jiménez (2001), este tiempo también se denomina divorcio emocional. Se caracteriza por la reflexión, planteamiento y toma de decisiones, caracterizado especialmente por sentimientos de ansiedad, y temor. La persona pasa por las etapas de desilusión, insatisfacción, ansiedad e incredulidad a la desesperanza, miedo, angustia, vacío, culpabilidad, ira, y falta de autoestima; lo que puede generar discusiones que afectan la relación hasta el punto de alejarse física y emocionalmente.
La segunda etapa denominada divorcio, según Kaslow (1984), citado por Jiménez (2001), se caracteriza por diversos conflictos de intereses, en donde la separación puede ser negociada o consensuada. El divorcio legal es un periodo de compromisos legales (legitima la separación y regula sus efectos), acompañado por sentimientos de depresión, desapego, desesperación, autocompasión, donde se negocia, grita, y amenaza. La segunda fase hace referencia al divorcio económico (conlleva el reparto de los bienes y la búsqueda de garantías que salvaguarden la subsistencia de ambos conyugues y de sus hijos), tiempo acompañado por confusión, tristeza, soledad y venganza. La tercera fase se denomina divorcio co-parental y problemas de custodia, en donde hay quejas y duelo, se comunica la decisión a los demás y se reinicia con el mundo de trabajo; aparece la preocupación por los niños, ambivalencia, embotamiento e indecisión. La cuarta fase se relaciona con el divorcio de comunidad (reestructuración funcional y relacional ante la familia, las amistades y la sociedad en general), donde se restablece la rutina y se exploran nuevos intereses con optimismo, resignación, excitación, curiosidad, indecisión, arrepentimiento y tristeza.
La tercera etapa se denomina, post-divorcio, que según Kaslow (1984), citado por Jiménez (2001), es un periodo de exploración y reequilibrio. En este momento, se trata de divorcio psíquico, donde existe la consecución de independencia emocional y elaboración psicológica de los efectos de la ruptura. Se caracteriza por sentimientos tales como, aceptación, auto confianza, energía, autovaloración, integridad, exaltación, independencia, autonomía. Se busca construir una nueva identidad, se culmina el divorcio psíquico, se presenta una mayor comodidad en el ambiente social, y se instaura un nuevo estilo de vida. La participación de los hijos en el proceso de ruptura de sus padres supone una serie de repercusiones importantes. Sin embargo, esta participación no es del todo pasiva. En algunos momentos, adquieren un rol activo, tanto en las disputas legales como en las familiares. Saposnek (1983), citado por Cartujo (2000), describe algunas estrategias que le permiten a los hijos enfrentarse a los aspectos más impredecibles, incontrolables y dolorosos del divorcio, las cuales serán mencionadas a continuación. Inicialmente, ante el miedo a ser abandonados, los niños de todas las edades suelen intentar que sus padres se reconcilien y vuelvan a vivir juntos; luego de la ruptura, las ansiedades ante las separaciones pueden expresarse mediante dificultades para alejarse de uno y otro padre cada vez que se produce el intercambio correspondiente a las visitas; una forma más de garantizar el afecto de al menos uno de sus padres, es probándole su lealtad mostrando su rechazo hacia el otro padre; otra forma es esforzarse para proteger la autoestima de sus padres, debilitada tras la ruptura, en donde se aseguran de no ser emocionalmente abandonados por ellos; en niños mayores y adolescentes son posibles los intentos de manipular la ruptura para obtener ventajas inmediatas. Así, Según Rodríguez (1995), citado por Segura y Sepúlveda (2006) se considera que la familia es la primera fuerza (en el tiempo y por su trascendencia) que interviene modulando las experiencias infantiles
determinando conductas y participando en la personalidad progresiva, es en ella donde nos tenemos que centrar para dar explicación a las conductas y comportamientos de nuestros menores.
El modelo tradicional de familia en los últimos años ha sufrido grandes cambios, tanto en sus estructuras como en sus interacciones, existiendo en las últimas décadas un enorme incremento de separaciones y divorcios, que hacen necesaria la creación de instrumentos procesales por parte del ordenamiento jurídico. El problema surge no por el hecho de que los padres, responsablemente, decidan poner fin a su vida en común, sino cuando se hacen participes a sus hijos e hijas de los conflictos que ha generado la separación (Segura y Sepúlveda, 2006).
Existen cambios importantes en las relaciones entre padres e hijos posteriores a la separación; así, según Hetherington y Colletta (1979), citado por Cartujo (2000),
En el caso del progenitor que ejerce la custodia, parece innegable que la ruptura produce cambios en las interacciones afectivas, en la eficacia de la autoridad o en el reparto de funciones del hogar que pueden incidir en peores niveles de comunicación, menores exigencias de maduración y pautas normativas más inconsistentes que oscilan entre la permisividad y la rigidez (p. 44).
En cambio, con lo que respecta al padre que no ejerce la custodia, según Heley (1990), citado por Cartujo (2000),
Se ha dado prioridad a los efectos de los diferentes modelos de “régimen de visitas”, encontrándose, que los sistemas en éstas son frecuentes y regulares suelen estar positivamente relacionados con mejores niveles de ajuste en los hijos cuando existe una buena relación paternofilial previa” (p. 45).
La mayoría de las veces, suelen aparecer diferencias más notables en el grado de ajuste de los niños que de las niñas, pues se ha encontrado que continúan viviendo mayoritariamente con el padre del sexo contrario, en donde se presencian mayores disputas, e igualmente son confrontados con pautas inconsistentes y reciben más sanciones negativas. Sin embargo, parece que los niños experimentan más beneficios cuando la madre inicia una nueva relación de pareja, mientras que las niñas responden de manera desfavorable. Según Cartujo (2000), “los niños pueden encontrar en ello un complemento del padre y una amortiguación de la relación diádica con la madre, mientras que para las niñas puede suponer una intrusión en dicha relación” (p. 45).
Luego de realizar un esbozo general acerca del divorcio como proceso, es necesario abarcar de manera profunda el síndrome de alienación parental, el cual es propuesto por Gardner (1985), citado por Cartujo (2000) como,
Un desorden que surge principalmente en el contexto de las disputas legales sobre la custodia de los hijos. Su manifestación primaria es la campaña de denigración de un hijo hacia uno de sus progenitores, una campaña que no tiene justificación. El hijo está esencialmente preocupado por ver a un padre como totalmente bueno y al otro como lo contrario. El “padre malo” es odiado y difamado verbalmente, mientras que el “padre bueno” es amado e idealizado (p. 80).
Este concepto incluye el “lavado de cerebro” (niño persuadido a aceptar y elaborar el discurso del progenitor-custodio), lo que implica que uno de los progenitores, de forma sistemática y consciente, programa a los hijos en descalificación del otro (Cartié, 2005).
Gardner (1992, 1998b), citado por Cartujo (2000), describe una serie de síntomas primarios que usualmente aparecen juntos en los niños afectados por el SAP, tales como, a) campaña de denigración. El niño está obsesionado con odiar a uno de los padres. Esta denigración a menudo tiene la cualidad de una especie de letanía; b) débiles, absurdas o frívolas justificaciones para el desprecio. El niño plantea argumentos irracionales y a menudo ridículos para no querer estar cerca de su padre; c) ausencia de ambivalencia. Todas las relaciones humanas, incluidas las paternofiliales, tienen algún grado de ambivalencia. En este caso, los niños no muestran sentimientos encontrados. Todo es bueno en un padre y todo es malo en el otro; d) fenómeno del “pensador independiente”. Muchos niños afirman orgullosamente que su decisión de rechazar a uno de sus padres es completamente suya. Niegan cualquier tipo de influencia por el padre aceptado; e) apoyo reflexivo al progenitor “alienante” en el conflicto parental. Habitualmente los niños aceptan incondicionalmente la validez de las alegaciones del padre aceptado contra el odiado, incluso cuando se les ofrece evidencia de que aquel miente; f) ausencia de culpa hacia la crueldad y la explotación del progenitor “alienado”. Muestran total indiferencia por los sentimientos del padre odiado; g) Presencia de argumentos prestados. La calidad de los argumentos parece ensayada. A menudo usan palabras o frases que no forman parte del lenguaje de los niños; h) extensión de la animadversión a la familia extensa y red social de progenitor “alienado”. El niño rechaza a personas que previamente suponían para él una fuente de gratificaciones psicológicas.
Además de los descritos por Gardner, según Waldron y Joanis (1996), citados por Cartujo (2000), existen otros indicadores importantes para la identificación del síndrome de alienación parental, tales como, las contradicciones, las cuales se caracterizan por las contradicciones entre las propias declaraciones del niño y en su narración de los hechos
históricos. Un segundo indicador se presenta cuando el niño tiene información inapropiada e innecesaria sobre la ruptura de sus padres y el proceso legal. Un tercer indicador aparece cuando el niño muestra una dramática sensación de urgencia y fragilidad. Todo parece tener importancia de vida o muerte. Un cuarto indicador surge cuando existe una marcada ausencia de pensamiento complejo acerca de las relaciones. Un quinto indicador emerge cuando el niño demuestra un sentimiento de restricción en el permiso para amar y ser amado.
Algunos comportamientos y estrategias obstaculizadores del progenitor alienante son: a) rehusar pasar las llamadas telefónicas a los hijos; b) organizar varias actividades con los hijos durante el periodo que el otro progenitor debe normalmente ejercer su derecho de visita; c) presentar al nuevo conyugue a los hijos como su nueva madre o su nuevo padre: d) interceptar el correo y los paquetes mandados a los hijos; e) desvalorizar e insultar al otro progenitor delante de los hijos; f) hablar de manera descortés del nuevo conyugue del otro progenitor; g) impedir al otro progenitor el ejercer su derecho de visita; h) implicar a su entorno (su madre, su nuevo conyugue) en el lavado de cerebro de los hijos; i) amenazar con castigo a los hijos si se atreven a llamar, a escribir o a contactar con el otro progenitor de la manera que sea (Segura y Sepúlveda, 2006).
En determinados casos, según Fariña (2001), citado por Segura y Sepúlveda (2006), es fácil apreciar como el niño adquiere un papel protector del progenitor al que siente como más débil, “el perdedor o el abandonado”, ejerciendo una función defensora que no le corresponde. Esta función puede llevarle incluso a rechazar cualquier contacto con el otro progenitor, justificando su postura ante todas las instancias que le pide explicaciones. Según Castells (1993), citado por Segura y Sepúlveda (2006) los menores envueltos en una situación de ruptura familiar conflictiva sufren una aguda sensación de shock, de miedo
intenso tenido todo por un sentimiento de profunda confusión, lo cual según Hill (1993), citado por Segura y Sepúlveda (2006) desencadena consecuencias negativas a nivel psicoemocional y conductual. Estos menores presentan con frecuencia sentimientos de abandono y culpabilidad, rechazo, impotencia e indefensión, inseguridad, así como estados de ansiedad y depresión, con conductas regresivas, disruptivas y problemas escolares.
Además, se ha encontrado que ante la simple presencia física del progenitor rechazado, se manifiestan reacciones de ansiedad, crisis de angustia, y miedo a la separación, además de alteraciones a nivel fisiológico en los patrones de alimentación y sueño, conductas regresivas y de control de esfínteres. Los menores viven el momento de las visitas con un fuerte estrés, se observa respiración acelerada, enrojecimiento de la piel, sudoración, elevación del tono de voz, temblores, finalizando en desbordamiento emocional, no pudiendo estar delante del progenitor rechazado con serenidad y normalidad. A menudo se presentan pesadillas, así como problemas para mantener o conciliar el sueño. Pueden sufrir trastornos alimenticios derivados de la situación que viven y no saben afrontar, ingiriendo alimentos compulsivamente o no alimentándose, hechos que el progenitor alienador suele utilizar para cargar contra el otro, haciendo ver que estos síntomas son debido al sufrimiento del menor por no querer ver al progenitor rechazado por el daño que este les ha producido (Segura y Sepúlveda, 2006).
Entre los trastornos de conducta derivados del SAP se encuentran las conductas agresivas, pues se observa en los menores problemas de control de impulsos; conductas de evitación, una serie de conductas que despliegan los menores para evitar enfrentarse a la visita, como por ejemplo somatizaciones de tipo ansioso; utilizar lenguaje y expresiones de adultos, son verbalizaciones que son un claro reflejo de la fuerte conflictividad que viven y de la postura que han tomado en el conflicto, que es al lado incondicional del progenitor no
rechazado, dependencia emocional, que es la manifestación de miedo a ser abandonados por el progenitor con el que conviven, pues tienen que odias a uno para ser querido y aceptado por el otro, lo cual crea una fuerte dependencia emocional para el menor; dificultades en la expresión y comprensión de las emociones, que es cuando los menores expresan sus emociones centrándose excesivamente en aspectos negativos y mantiene una actitud rígida ante los puntos de vista del progenitor rechazado; exploraciones innecesarias, que se basa en que muchas veces pueden darse denuncias falsas por maltrato hacia los/as menores, por consiguiente estos se van a ver expuestos a numerosas exploraciones por parte de diversos profesionales, las cuales, además de ser innecesarias, producen una fuerte situación de estrés. También hace que adopten un rol de victimas de algo que no han sufrido pero que debido a la campaña de denigración del progenitor alienado, y a la autonomía de pensamiento, toman como algo real, teniendo unas consecuencias devastadoras para su desarrollo psicológico (Segura y Sepúlveda, 2006).
Cabe mencionar que esta sintomatología se incrementa en la medida en que el niño o la niña son presionados para participar en actos legales derivados del conflicto de la separación, en donde sus sentimientos son utilizados como argumentos o armas arrojadizas; esta negativa expresada los padres pueden utilizarse para descalificarse mutuamente (Segura y Sepúlveda, 2006).
Gardner (1992, 1998a), citado por Cartujo (2000), plantea tres tipos de alienación (ligera, moderada y severa) con diferentes intensidades de manifestaciones sintomáticas. En el tipo ligero, la alienación es relativamente superficial y los niños básicamente cooperan con las visitas, aunque están intermitentemente críticos y disgustados. No siempre están presentes los ocho síntomas primarios. Durante las visitas su comportamiento es básicamente normal. En el tipo moderado, la alienación es más importante, los hijos están
más negativos e irrespetuosos y la campaña de denigración puede ser casi continua, especialmente en los momentos de transición, donde los hijos aprecian que la desaprobación del padre es justo lo que la madre desea oír. Los ocho síntomas suelen estar presentes, aunque de forma menos dominante que en los severos. El padre es descrito como totalmente malo y la madre como totalmente buena. Los hijos defienden que no están influenciados. Durante las visitas tienen una actitud oposicionista y pueden incluso destruir algunos bienes paternos. En el tipo severo, las visitas pueden ser imposibles. La hostilidad de los hijos es intensa que pueden llegar incluso a la violencia física. Gardner describe a estos hijos como fanáticos involucrados en una relación de folie a deux con su madre. Los ochos síntomas están presentes con total intensidad. Si se fuerzan las visitas, pueden escaparse, quedarse totalmente paralizados, o mostrar un abierto y continuo comportamiento oposicionista y destructivo.
De acuerdo con Gardner (1992), Dunne y Hedrick (1994), Walsh y Bone (1997), Vestal (1999), citados por Cartujo (2000), existen varios motivos por los cuales los padres “alienantes” pretenden alejar sus hijos del otro. Los más importantes son, incapacidad para aceptar la ruptura de pareja, intentos de mantener la relación a través del conflicto, deseos de venganza, evitación del dolor, autoprotección, culpa, miedo a perder los hijos o a perder el rol parental principal, deseos de control exclusivo en términos de poder y propiedad, de los hijos. Este progenitor puede estar celoso del otro o intentar conseguir ventajas en las decisiones relativas al reparto de bienes o pensiones económicas.
En los progenitores alienantes (sea padre o madre) se evidencia la idea de que “el fin justifica los medios”, son creativos en las maniobras de exclusión que utilizan, son al mismo tiempo ingenuos. Son sobreprotectores de los/as hijos/as antes y después de la separación. Presentan una identificación patológica con los/as niños/as. En casos extremos
pueden desarrollar una relación simbiótica con el niño o la niña y rasgos paranoides, pueden ver alrededor de ellos solo maldad y malevolencia, especialmente proveniente del progenitor odiado (Segura y Sepúlveda, 2006).
Las técnicas para conseguir la alienación pueden ser muy diversas y abarcan un amplio espectro de estrategias que van de lo más “descarado” a lo más “subliminal”. Así, según Waldron y Joanis (1996) citados por Cartujo (2000),
El progenitor “aceptado” puede simplemente negar la existencia del otro progenitor o etiquetar al hijo como frágil y necesitado de su continua protección, generando una estrecha fidelidad entre ambos. Puede transformar las diferencias normales entre los padres en términos de bueno/malo o correcto/incorrecto, convertir pequeños comportamientos en generalizaciones y rasgos negativos, poner al hijo en medio de la disputa, comparar buenas y malas experiencias con uno y otro, cuestionar el carácter o estilo de vida del otro, contar al niño “la verdad sobre hechos pasados”, ganarse su simpatía, hacerse la víctima, promover miedo, ansiedad, culpa, intimidación o amenazas en el niño (P. 85).
Cabe mencionar que el papel que juega el progenitor alienado es fundamental en la dinámica familiar. Waldron y Joanis (1996), citados por Cartujo (2000), encuentran que puede ser un padre que haya abandonado o desee abandonar al hijo. A pesar de sus furiosas