3 Project Implementation ‐ Strategic Asset Management (SAM)
3.6 SAM Project ‘establishment’ phase
Hacia la calle 22 con séptima, frente a Terraza Pasteur pero del otro lado de la calle escuchamos una voz de mujer amplificada por un micrófono. Una mujer morena y con acento costeño cantaba un vallenato. Sostenía el micrófono conectado a un amplificador de pilas y frente a sus pies tenía su maleta para que le dieran plata. Le grabamos un video sin pedirle permiso. Después le contamos sobre la tesis que estamos realizando y nuestras intenciones de visibilizar a los músicos callejeros de Bogotá, pero dijo que ella pertenecía a la “universidad del talento” y que ellos “ayudan a la ciudad por su lado y nosotros por el nuestro”, como quien dice no estar interesada en trabajar con nosotros. No le insistimos. Le preguntamos dónde queda esa universidad y nos dijo “la universidad del talento la encuentran en el día a día”. Después la buscamos en google, twitter, youtube y facebook. No encontramos tal universidad.
99 Mujer cantando vallenato.
Caminamos hacia el oriente por la calle 19 y pasamos la estación de Transmilenio de las Aguas. Iber, un hombre del pacífico colombiano que toca marimba, nos dijo que además de tocar en la Avenida Jiménez con décima y en la calle 85 con 15, también suele tocar ahí frente a esa estación. Pero ese día ni rastros de él. Entonces subimos al Chorro de Quevedo para encontrarnos con Sunne, como habíamos acordado.
3. Sunne
Estaba a la entrada del Chorro por la calle 11 conversando con un grupo de gente. Tenía ropa muy similar a la vez que uno de nosotros lo conoció en el parque de los periodistas: chaqueta de cuero con parches de bandas y jeans entubados. Ese día Sunne le pidió prestada la guitarra para tocar un bolero. Era broma. Tocó algo como rock fusionado con blues y también cantó. Entonces uno de nosotros, le contó sobre la tesis que estamos haciendo. A Sunne le interesó y le dio el número para que se vieran otro día y lo grabaran.
“Grabemos frente a la fuente que ahí es donde siempre toco”, dijo. Sacó su guitarra y se sentó en las escaleras frente a la fuente que hay en el centro del Chorro. A un lado estaban dos mujeres jóvenes conversando y al otro, dos hombres tomaban chicha y hablaban. No le importó que no conociera a ninguno de los dos pares y se sentó en medio. Ellos siguieron apenas lo miraron unos segundos y conversando indiferentes ante su presencia. Pero pasados unos segundos de haber empezado a cantar, ya era el objeto de atención de los que tenía al lado y otras personas se acercaron a él mientras nosotros grabábamos con la cámara. Canta en
100 español, con una voz chillona, similar a las de heavy metal. No solamente hace solos con la guitarra, también silbando. Toca canciones propias, nunca de otros, dice que hay que ser auténtico y proponer lo que uno mismo crea. Cuando terminó la primera canción los parches de ambos lados aplaudieron. Empezó a conversar con las mujeres y estas le preguntaron si tocaba en alguna banda. Dijo que sí, que en una de thrash metal pero ahí no canta, solo guitarra.
Sunne.
Llegó de Chile hace dos años, donde estuvo uno y medio viviendo en casa de unos familiares. Llegó hasta Bogotá por tierra, tocando solo composiciones propias en los buses, y desde entonces no ha vuelto a tocar en el espacio público a cambio de dinero. Según él, en Bogotá no es rentable la música callejera: “La gente es muy miserable, por estar todo un día tocando solo te dan unas cuantas monedas”. Por eso cuando toca en la calle lo hace para su disfrute personal y el de los que lo escuchan. Esa es su única remuneración como músico callejero y lo que lo motiva a seguir tocando.
En varias ocasiones ha tenido problemas con la Policía por tocar en la calle hasta altas horas de la noche y consumir alcohol, pero hasta ahora no lo han llevado a la UPJ. Su lugar predilecto para tocar es el centro de Bogotá, principalmente el Chorro de Quevedo, pues le queda más cerca a su casa. Dice que en el centro donde están ‘los personajes’, como él los llama. Vive solo, pero su mamá, que vive en Yopal, le paga el arriendo de la habitación, le hace mercado y financia sus estudios de música en la escuela Fernando Sor. Lo único es que jamás le da dinero en efectivo porque cree que es para gastarlo en drogas. De hecho, la razón por la que Sunne
101 entre risas, de hecho se la pasa riéndose, incluso contagia. Nos despedimos de Sunne y este nos recomendó que bajáramos otra vez a la séptima y camináramos hasta la plaza Bolívar, pues allá seguramente hay más músicos.
4. Guillermo
Llegando a la plaza, en la calle 11 con séptima, estaba un hombre sentado en el andén tocando tiple y armónica al mismo tiempo. A juzgar por sus canas y arrugas, se ve de edad avanzada. Solo hasta que nos acercamos a hablarle nos dimos cuenta de su ceguera. Por eso tenía el tarro donde le echan dinero amarrado a un pie. Incluso había que hablarle muy de cerca porque también tiene problemas de oído. Se llama Guillermo. Le contamos sobre nuestro proyecto de visibilizar a los músicos callejeros, por lo que después de grabarlo le pedimos un número de teléfono para contactarlo después. Nos dijo que el único número que conoce es el fijo de la pensión donde vive, en el barrio las Cruces, pero que la dueña de la pensión nunca lo pasa al teléfono. “No me quiere porque siempre me demoro en pagarle”. De la música es de lo único que recibe ingresos y no es suficiente para estar al día con el arriendo de su habitación. Nos dijo entonces que la única forma de contactarlo era volviendo a ese mismo lugar, la 11 con séptima, cualquier día entre semana a las cinco de la tarde, siempre y cuando no llueva. Todos los días su ‘compañera’, como él la llama, lo lleva desde la pensión hasta ese lugar y por la noche vuelve y lo recoge.
Guillermo.
102 5. Gildardo
Seguimos caminando por la séptima ahora de sur a norte. Llegando a la calle 19 frente a unos
locales cerrados, estaba parado un hombre tocando la popular Let it be de los Beatles en su
saxofón. Al lado de la canasta donde le ponen dinero tenía a la venta unos discos con el título de “Montenegro Sax y su grupo Fascinación”. Se llama Gildardo Montenegro y es el líder de ese grupo que toca principalmente en eventos sociales privados como cumpleaños, matrimonios y celebraciones empresariales. Pero a la calle sale como solista para hacer dinero adicional aparte de las presentaciones en eventos privados con su grupo. Su música predilecta es el jazz, pero los casi veinte años que lleva trabajando como músico le han enseñado que si quiere vivir de eso tiene que tocar canciones conocidas por mucha gente. Sin embargo, dice que al salir a tocar a la calle tiene motivaciones más allá de recibir dinero a cambio: “Es muy diferente tocar en la calle a tocar en un recinto cerrado, porque en la calle uno toca para todo el mundo mientras que en un recinto cerrado solo es para los que están invitados”.
Gildardo.
A los 46 años, considera ha tenido éxito como músico porque ha podido sacar a su familia adelante, es decir, pudo comprar una casa para su esposa y dos hijos y pagarles universidad a ellos. Es oriundo de Bogotá. Nunca ha tenido problemas graves con la Policía, solamente le dicen que se mueva de un lugar a otro por si algún vecino llama a quejarse o está incomodando el paso de la gente. El lugar que prefiere para tocar es el centro de la ciudad, pues ahí es donde pasa más gente todos los días. Gildardo no considera que tocando en la calle haga resistencia al mercado, sino que es más bien otra forma de ganarse la vida haciendo música, sin intermediarios.
103 6. Cantante de salsa
Regresando a la calle 22 frente a Terraza Pasteur, ya era de noche y la cantante de vallenato fue sustituida por uno de salsa, que también trabajaba con amplificador y micrófono. Después de grabarlo con la cámara le contamos sobre nuestra tesis pero nos interrumpió diciendo que no tenía tiempo para hablar porque necesitaba plata. Que lo buscáramos después. “Necesito plata, necesito plata”, nos repitió mientras hacía un gesto con la mano como de estar llevando comida a su boca.
104 7. Ricardo
Pasamos la torre Colpatria, y por la misma cuadra del Planetario pero en la séptima un hombre de pelo lago y crespo, que quizás tendría entre unos 50 y 60 años, amenizaba la recién llegada noche tocando unas melodías andinas en la quena. Pero no estaba pidiendo plata por tocar música: frente a sus pies había extendido un tapete sobre el cual tenía maracas, quenas, flautas, collares, pulseras y otras artesanías a la venta. Todo lo hizo con sus propias manos, incluso la quena que está tocando. Ricardo lleva más de 30 años trabajando en artesanías. Viajó por Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina pagando todo con el dinero que recibía por sus trabajos hechos a mano. Desde hace siete años tiene un local en Terraza Pasteur donde también vende artesanías, sino que como a las seis de la tarde cierran todo el recinto, Ricardo saca algunas de sus artesanías para venderlas en la calle y ganarse unos pesos de más. Dice que toca para alegrar a la gente que pasa por la calle y para que se animen a comprar alguno de sus instrumentos. Sin embargo, no considera que haya tenido éxito como músico, sino más como manufacturero, pues con las cosas que hizo a mano pudo viajar por varios países del continente.
Ricardo.
105 8. Joaquín
Al día siguiente regresamos al centro por la séptima en busca de más músicos callejeros. El primero que encontramos fue Joaquín, que ni siquiera estaba tocando sino que lo vimos caminar con violín en mano cerca de la calle 19. Le comentamos sobre nuestra tesis, entonces paró su caminata y empezó a tocar, dejándose grabar sin problema. Su violín nada más tiene una cuerda y esos casi tres minutos que duró tocando, ningún transeúnte le echó dinero en la maleta que puso frente a sus pies. Le pedimos un número de teléfono para contactarlo después pero nos dijo que en la pensión donde vive en el barrio Las Nieves casi nunca está, entonces nos dio el número de celular de su hija que no vive con él para que le avisáramos a ella cuándo lo íbamos a volver a grabar. Después de varios intentos en los días posteriores, nunca nadie contestó ese celular.
106 9. Carlos y Javier
Desde unas cuadras atrás se veía un círculo de personas amontonadas en la Avenida Jiménez cerca rodeando a un hombre sentado en una batería junto a otro que estaba maquillado y con peinado chistoso, como una especie de payaso pero sin nariz roja. Este último hacía malabares con unas pelotas y entretenía a la gente haciendo chistes. Mientras tanto el baterista lo acompañaba tocando diferentes ritmos. Mientras hacían un descanso alcanzamos a hablar un rato con ellos. Carlos y Javier se conocieron estudiando Licenciatura en Artes Dramáticas en la Universidad del Valle. El año pasado estuvieron viajando en Ecuador haciendo dinero solamente con su performance. Este año planean subir hasta el Caribe colombiano, por lo que esperan no quedarse más de una semana en Bogotá. Para ellos, su forma de resistir al
mercado es no aceptando contratos de nadie. “Le queremos mostrar a la gente que el espacio
público también es para divertirse. Es algo que nos pertenece a todos, solo que no nos damos cuenta”, dice Carlos, el que hace chistes y malabares. Cuando les preguntamos sobre la diferencia de tocar en el espacio público de Bogotá con respecto a otras ciudades, Carlos nos dijo que en la capital la gente se ríe más pero paga menos. Al terminar su performance Carlos grita imitando la voz de un ebrio “¡Gracias Medellín!”
107 10. Grupo a cargo de Alejandro Aristizabal
Después caminamos hasta la Plaza Bolívar pero no encontramos más músicos sino hasta cuando estábamos regresando. Desde unas cuadras antes se escuchaban vientos e instrumentos de percusión. Carlos y Javier ya se habían ido y ahora una media luna de personas se aglutinaba en la 14 con séptima. Estaban frente a una ‘papayera’, conformada por platillos, redoblante, tambora, charrasca, clarinete, bombardino (similar a la tuba) y un saxofón. Había muchos tomando fotos o grabando con celular. Otros simplemente observaban. Pero los únicos dos que bailaban eran dos hombres que a juzgar por su estado físico eran habitantes de calle. Además de los músicos ellos también eran parte del show. Bailaban y se perseguían el uno al otro como si fueran a pelear, aunque solo estaban jugando.
Es un grupo de música caribeña conformado por músicos de diferentes regiones del país. De los siete músicos, cuatro son de la Costa Atlántica, dos de Bogotá y Alejandro Aristizábal, el encargado de convocarlos para tocar, es de Medellín. Han tocado también en eventos organizados por la Alcaldía, pero les gusta tocar más independientes, o sea como músicos callejeros, pues la relación con el público es más directa. “Cuando tocamos en tarima yo me siento como separado del público. Eso no me pasa cuando tocamos en la calle por nuestra propia cuenta”, dice Alejandro.
108 11. Samuel
En el centro vimos nuevamente a Guillermo, el hombre ciego que toca tiple y armónica al mismo tiempo, y a Gildardo, el saxofonista, pero no paramos a grabarlos esta vez. De noche no encontramos más músicos por el centro, ni por el Parque Nacional, hasta que llegamos al túnel para entrar a la Universidad Javeriana por la calle 41, debajo de la séptima. Un hombre de pelo largo estaba sentado tocando una guitarra electroacústica conectada a un amplificador. Con un pedal grababa la guitarra de acompañamiento para reproducirla y sobre esa pista punteaba velozmente. Como ese túnel es un poco estrecho las personas pasaban y apenas alcanzaban a ver unos segundos del espectáculo, pues no podían impedir el tránsito de los demás. Sin embargo, algunos se hacían contra la pared y se detenían a ver un rato el solo de guitarra.
Samuel.
Samuel, de 33 años, interpreta un género musical conocido como jazz gitano. Dice que se enamoró de ese tipo de música poco después de que entró a estudiar a la Escuela Fernando Sor, razón por la cual vive en Bogotá desde los 17, pues antes vivía en Cali con sus padres. No siempre toca él solo, pues dice que casi todos los fines de semana se presentan en el barrio Usaquén acompañado por una mujer en la caja peruana y un hombre en el clarinete.
Así que acordamos ir a grabar a Samuel con los otros dos miembros del grupo Radio Tamarindo un domingo al mediodía en Usaquén.
109 3.2. Tarde de clarinetes, percusión y guitarra en Usaquén
Todos los fines de semana se presentan cuenteros en la plaza de Usaquén y las calles aledañas están habitadas por vendedores de artesanías. También es un lugar que frecuentan muchos músicos callejeros que quieren hacer dinero.