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La abundancia de dinero en nuestra tierra hoy por hoy, es una cosa increíble, y sería un bien si no fuera producida casi en su mayor parte de causas ficticias, y, pena da decirlo, no viene ella de trabajo nacional, sino de causas que son más bien síntomas de decadencia que de prosperidad.

Esas causas que producen la abundancia ayudan a disminuirla y acabarán con ella en un porvenir tal vez no muy lejano. Las fuentes de riqueza de todo país son la agricultura, la industria y el comercio. Todas las demás profesiones extraen de esas tres fuentes, los recursos que las sostienen.

La primera causa del aumento del medio circulante es el dinero conseguido por empréstitos. Refiriéndonos sólo a Antioquia, ¿no sería más conveniente atenerse a sus rentas comunes para atender a la terminación de sus obras más importantes, que adeudarse? Muy cierto es que a los individuos, lo mismo que a las naciones, se les presentan casos en que fatalmente tienen qué recurrir al crédito y que con esto salvan situaciones difíciles, o se hacen negocios que reportan grandes beneficios; empero, esos son casos de excepción, que en nada amenguan el peligro de las deudas.

Esa multitud de grandes y costosas obras en que está empeñado nuestro departamento, no todas son de inmediata necesidad ni de inaplazable terminación, pero sí de funestas consecuencias en un porvenir no muy lejano. El halago de los grandes sueldos que ganan en las vías de comunicación en que ahora está empeñado el gobierno departamental, ha puesto en grave peligro todas las industrias, y sobre todo ha

restado brazos a la agricultura, de tal manera que esas vías que nos deben salvar de este encarecimiento de vida, por la facilidad y baratura de los transportes, sean las mismas que den muerte a lo mismo que ellas debe darles vida. El problema de la agricultura ha interesado siempre muy poco a los colombianos. Todas las preocupaciones han sido y son para la ciudad, sin darnos cuenta de que al campo es a donde se debe mirar siempre, por ser el lugar de donde ha de venir la vida del mañana, la verdadera vida. Entre el caos de conflictos que ha planteado la falsa civilización moderna, no ha de quedar en pie sino la cuestión agraria, que es la que hay qué resolver antes que cualquier otra. Los problemas nacionales cada día se definen más y se concretan, sobre todo para las personas de espíritu humanista y justiciero, y el de la agricultura y su fomento es el más interesante. La tierra da para todos y para todo cuando se la trata como es debido, cuando se intensifican sus cultivos y se vulgariza por todas partes la ciencia.

IMPREPARACIÓN

La impreparación de nuestros legisladores y dirigentes es una cosa vieja. Sin hacer hincapié en los miles desaciertos que se han cometido en el régimen interno, en el corto lapso de cuarenta años, poco más o menos. Colombia ha perdido casi la tercera parte de su antiguo territorio. Querida y pobre Patria! No ha sido –hay qué creerlo- ni la traición ni la falta de patriotismo lo que ha ocasionado la mutilación de nuestro gran territorio, sino la supina ignorancia de la sociología, de la historia, de la Economía Política, etc., etc.

Colombia entra apenas al rol de las naciones civilizadas y qué hora tan grave y también tan hermosa! Su situación privilegiada la dará una grandísima importancia, y también la pondrá en gravísimo peligro, pues la lucha comercial tendrá como teatro el océano Pacífico, inevitablemente.

La historia de la cultura humana envuelve en sí la historia de las fuerzas fundamentales del espíritu humano, y juntamente la de las obras literarias o artísticas en que aquellas fuerzas se han manifestado siguiendo diversas direcciones. Así también, en la misma naturaleza y según la diferencia de épocas y de razas, han tenido lugar fenómenos sociales y económicos en el mundo, independiente del querer de los hombres.

El germen de toda civilización occidental estuvo en los países que ocupan la cuenca del Mediterráneo, no debido a la voluntad de sus habitantes sino a sus circunstancias geográficas.

En esa estrecha cuenca floreció la brillante civilización de Egipto, Fenicia, Grecia, Roma. La emigración y el comercio fueron las causas que de manera más poderosas influyeron en el desarrollo de esos pueblos. La idea de la grandeza del mundo existían en la mente de muchos filósofos. Aristóteles, Estrabón, Eratóstenes, Platón dice en su “Phedon”: “Nosotros todos, los que llenamos el espacio entre el Phaso y las columnas de Hércules, no poseemos sino una pequeña parte de la tierra agrupada alrededor del Mediterráneo como hormigas y ranas en derredor de un charco”.

Muchos siglos permaneció el “Mare Nostrum” dueño de la civilización, del comercio y de las artes, pues nadie se aventuraba a llegar siguiera a las columnas de Hércules, en donde se leía la célebre inscripción “Non plus ultra”. Una casualidad, como en casi todas las cosas de la vida, cambió la faz del mundo. Coleo de Samos, en viaje para Egipto, fué llevado de Gades y arrastrado hasta el océano. “Una mano divina –dice Gerodoto- guiaba a Coleo de Samos”. La faz del mundo se cambió. El terrible “Mare Mágnum” atrajo a los pueblos todos y fenicios y griegos, asates, catalanes, mallorquines, franceses, genoveses, portugueses y españoles llegaron al cabo, y de uno y otro apostadero, al continente americano. El mundo cambió de ruta y las naciones que quedaron aisladas del nuevo rumbo decayeron por la fuerza inevitable de los acontecimientos.

El porvenir pertenece al Pacífico, inevitablemente. Estados Unidos, que deben su grandeza a la notable preparación de sus hombres en ciencia social, comprendieron desde mucho há la necesidad de hacerse a puntos estratégicos en las costas del Pacífico, y de allí sus actividades con respecto a Panamá y a todo lo vecino al canal.

Tiempo, mucho tiempo hace que los americanos del Norte han hecho explorar toda nuestra costa occidental, compran terrenos, levantan planos, explotan minas, conocen palmo a palmo sus bahías. En la hermosa costa del Pacífico, en una extensión de 1.175 kilómetros, sólo tiene Colombia dos puertos: Buenaventura y Tumaco, abandonado casi, pues no tiene más obra importante que un hotel, que se sepa, sin ninguna de las comodidades de los puertos modernos y en manos de traficantes ignorantes el primero, y el

segundo casi destruido por el mar, clamando inútilmente por que el gobierno evite males y preste atención a un punto tan decisivo para la patria: el Chocó, aislado, olvidado, con la mirada rapaz del águila norteña sobre él, y nuestro Congreso prestando toda su atención al nombramiento de designados sin que haya votado sumas para el arreglo de esos puertos, sin que se haya adelantado o principiado el cable que debe ir a la Bahía de Solano, una de las más maravillosas bahías del mundo. Esta salvadora idea del cable es antioqueña, y creo que nunca se llevará a efecto, pues el solo hecho de ser antioqueña hará que sea rechazada por los leaders de la carrera séptima.

Con su carretera al mar Caribe y su cable a la bahía de Solano, Antioquia ayudará a salvar a Colombia en el gran conflicto en que se verá envuelta cuando Estados Unidos y Japón exterioricen su rivalidad en guerras terribles que darán al vencedor el dominio del vasto mar de Balboa.