Peter Mooney* and Marco Minghini † *Department of Computer Science, Maynooth University,
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Los años previos a la guerra civil constituyen el primer gran momento crítico de Miguel Hernández: vivía por primera vez la llama del amor y la consolidación de la amistad en general. Es su segunda etapa literaria.
Si se pudiera reducir o sintetizar la poesía de este poeta habría que clasificarla de poesía amorosa: ningún poema de Miguel Hernández queda al margen del sentido amoroso. El sentimiento pasional es el eje sobre el que gira su poesía.
En la obra del oriolano se distinguen varios enfoques sobre la concepción del amor: el despertar sexual, el amor-lamento y el amor-ilusión, el amor-dolor, el amor-alegría y el amor- fraternidad, el amor-odio y, por último, el amor-esperanza.
a. El amor sexual y la pugna religiosa. Aquí se encuentra el amor relacionado con el sexo. En sus primeras poesías se produce una dualidad religión-sexo. Su poesía religiosa viene marcada por la oposición entre espiritualidad y sexualidad. Miguel Hernández sabe que la atracción carnal y la consumación sexual son impulsos irreversibles. Es el ímpetu desbocado de su sangre joven.
b. El amor-lamento y el amor-ilusión de tradición literaria. Librado de la mordaza religiosa, el enamorado poeta necesitaba depurar su lenguaje y buscar un nuevo instrumento expresivo. Impera todavía el amor abstracto cuyas fuentes son el amor bucólico y el amor cortés. Aquí también notamos su lectura de autores románticos.
En este momento cabe destacar la metáfora de la herida, que se convierte en Miguel Hernández en símbolo de la existencia. La única poesía que le interesa es la que respira por la herida.
c. El amor-dolor que va de la tradición a la realidad. El poeta oriolano conoce en 1934 a una joven modista de diecisiete años llamada Josefina Manresa de la que se enamora. Ante este lance Miguel Hernández reelabora la poesía religiosa del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz en clave erótica y, asimismo, se deja influir por la petrarquista idealización del amor. De ambas tradiciones nacerá El rayo que no cesa (1935), su primer gran libro de sonetos amorosos. Nos encontramos ante un amor vivido como tortura, no por no ser correspondido, sino por no poder ser gozado sexualmente.
La crisis personal que le conduce a lo pagano (a mediados de 1935) se ve reflejada en su poesía amorosa: el poeta se busca a sí mismo y reconoce su dependencia de otra persona (la amada).
La experiencia del rechazo (por el amor sexual imposible con Josefina Manresa o por la relación acabada con Maruja Mallo) provoca que el vitalismo de la poesía hernandiana genere el dramatismo de esta etapa: las ganas de vivir se han transformado en ansias de amar que chocan con una moral provinciana que rechaza el goce erótico produciendo la vena trágica, la llamada pena hernandiana.
En algunos poemas el poeta resume su nueva cosmovisión, en la que la vida sencilla se fundamenta en la yuxtaposición de trabajo y amor. En este sentido, destacó el uso como símbolo del toro: en libertad como impulso genital, fuerza, virilidad, y el toro en la plaza, como valor trágico que evidencia la muerte y el dolor.
Miguel Hernández y J. Manresa se casan en 1937. Busca el nuevo brote amoroso en su mujer y en la descendencia; el vientre femenino ampara e identifica a los hombres, a la naturaleza. Acaba de recibir la noticia del primer embarazo de su esposa y escribe una preciosa “Canción del esposo soldado”.
En los instantes en que, con el poeta ya en definitiva prisión, parece vencer el odio y el resentimiento, desde la cárcel de Torrijos nos llegan las “Nanas de la cebolla”, en las que conjuga ternura y violencia. Están dedicadas a su segundo hijo. El poeta ha recibido una carta de su mujer en la que le dice que tan solo se alimenta de pan y cebolla.
El amor, como esencia de la vida y la muerte, se convierte en la poesía de Miguel Hernández en semilla de dorados frutos. Este es fundamento de todo cuanto existe y se proyecta e infunde en todo.
e. El amor-odio. En el tramo final de la guerra aún quedan atisbos combativos, pero son más transcendentes los desgarrados poemas de afligido tono humano. En este momento, el hombre es una amenaza para el hombre. Este, capaz de hacerse germinal raíz y planta, se animaliza, esgrime sus garras y afila sus dientes: la guerra y el hambre han generado el odio; sobra el paisaje. El poeta oriolano recoge esta herida de amor-odio, que repudia, pero la muestra para que los demás reflexionen. Ejemplos de este cambio lo vemos en El hombre acecha o Viento del pueblo.
f. El amor-esperanza. Al estallar la guerra civil, Miguel Hernández se encuentra con una realidad desmesurada y amenazante. Para poder combatirla el poeta debe empequeñecerla y hacerla vulnerable. El poeta asume la triste realidad y la hace suya; solo oímos su voz y su estado. He aquí la grandiosidad de su poesía última: anhelo de vida ante tanta muerte y miseria.
Con Cancionero y romancero de ausencias nos introducimos en un verdadero diario poético sobre la vida del escritor, en una realidad determinada que lo oprime personal, social o históricamente; se trata del intimismo como elemento de la historia. Se poetiza de nuevo lo cotidiano; el echar mano de la imagen más emotiva posible de su propia experiencia personal adquiere una potencia emocional suplementaria.
Durante su estancia en la cárcel, Miguel Hernández se vuelve hacia sí mismo, hacia su mundo interior y personal. En este sentido, hay que entender Cancionero y romancero de ausencias como el diario de una vida fatídicamente abocada a la extinción. La ausencia es la base de esta obra pero ello no es obstáculo para que el poeta supere su amargura y culmine con un canto de esperanza y victoria de sus ideales.
En esta última producción hernandiana el amor se entiende como amor esperanza. Sus poemas están protagonizados por su mujer (como esposa y como madre) y por sus hijos (el que falleció a los diez meses y el que le sobrevivió).