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3.3 TQM implementation and organizational performance

6.1.3 Quality of the measurement models

No todos los botánicos del siglo xviii tendrán confianza en dotar a su ciencia de una nomenclatura universal, ni subrayarán con tanto entusiasmo las ventajas que cabría esperar de ella. Especialmente escéptico se muestra Daubenton en la entrada del término «botánica» de la Enciclopedia. Después de algunas consideraciones generales, el infatigable colaborador de Buffon introduce una división tripartita en el seno de la botánica: nomenclatura, cultivo y propiedades de las plantas, y en línea con la dimensión práctica del intendente del Jardín del Rey, declara su prioridad por esta última. La ignorancia de los nombres se suple satisfactoriamente señalando los objetos con el dedo, lo que no ocurre con las propiedades, cuya ignorancia no se suple. El hombre podría perseverar sin conocer el nombre de las plantas, pero de la ignorancia de sus propiedades no podría prescindir sin riesgo para su vida. La aplicación más elemental del sentido común favorece la conclusión del naturalista de Montbard:

10 D. Monceaud (1758), La physique des arbres, París: H. L. Guérin y L. F. Delatour, p. ii (cursiva nues- tra).

«Nos hemos alimentado de frutos, nos hemos vestido con hojas y cortezas, hemos levantado nuestras cabañas con los árboles de los bosques antes de haber dado nombre a los manzanos y a los perales, al cáñamo y al lino, a las encinas y a los olmos, etcétera. El hombre se ha visto obligado a satisfacer sus necesidades más apremiantes por el solo sentimiento, e independientemente de todo conocimiento adquirido: se disfruta de un perfume de flores con solo aproximarse a ellas, se reconoce su olor sin inquietarse por el nombre de la rosa y del jazmín.»11

La primera lección que proporciona la historia es que la nomenclatura tiene un carácter accesorio con respecto al conocimiento de las propiedades, lección que arroja además sobre el panorama actual de la botánica un diagnóstico poco prometedor. Daubenton aprecia, en efecto, un «defecto de conducta» en el estudio de la botánica, en la que el gusto por las discusiones terminológicas ha invertido la jerarquía natural de los intereses propios de esta ciencia. Las pretendidas ventajas que la botánica obtiene de la nomenclatura no son tales. Se insiste, por ejemplo, en que la nomenclatura ha permitido distinguir miles de plantas, pero lo cierto es que solo ha introducido mayor confusión. Las estimaciones sobre el número de especies, amén de exigir revisiones periódicas conforme se exploran nuevas regiones del globo, están sujetas a apreciaciones particulares y a los caprichos siempre pasajeros de la moda. No hay un criterio unívoco cuya firmeza de aplicación impida el surgimiento de nuevos sistemas de designación. Daubenton está convencido del motivo de esta deficiencia elemental. «Se ha querido hacer una ciencia de la nomenclatura de las plantas, cuando no puede ser sino un arte, y solamente un arte de memoria»12. Por

«ciencia de la nomenclatura», Daubenton entiende un lenguaje de designación

11 L. J-M. Daubenton (1751), «Botanique», en Encyclopédie ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, Diderot y d’Alembert (eds.), París: Chez Briasson, David, Le Breton y Durand, 17 vols, 1751- 1765, cita en vol. 1, p. 340 (cursiva nuestra). Con el término «propiedades», Daubenton se refiere a todos los usos, también los de recreo.

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capaz de anticipar la representación a lo representado, capaz de pintar con palabras el original cuya presencia se desconoce, y de hacerlo mediante el uso de una simple frase.

Conviene aclarar este extremo. Con la frase diagnóstica no se pretende, según Daubenton, proporcionar una descripción del objeto, sino ofrecer solo una imagen de la diferencia específica o génie particular, ignorada en las unidades taxonómicas mayores. Ahora bien, ni siquiera esta comodidad de método logra conceder a la frase la función que se le quiere dar. Sirva como ejemplo el sistema de Tournefort. El autor de los Elementos de botánica ordena el reino vegetal en catorce clases. La disposición y el número de los pétalos nos informan de la clase a la que la planta elegida pertenece; solo hay que esperar al fruto para conocer el género que le corresponde. Las plantas que guardan semejanza por su flor y por su fruto integran un mismo género, y si la semejanza se hace presente en hojas, tallo y raíces, tales plantas serán además representantes de una misma especie. Es cierto que el sistema de Tournefort proporciona un alivio a la memoria, ya que esta puede fácilmente descender de las clases a los géneros y de los géneros a las especies, pero no es menos cierto que, con todas sus ventajas, este sistema no logra suplir las carencias de la frase. Dicho de otro modo: toda vez que el conocimiento de la frase sea anterior a la presencia del objeto, aquella no podrá arrogarse el derecho de ofrecerse como sustituto de este. El nombre tiene la capacidad de evocar lo que ya nos es conocido, pero no puede convocar en nuestra memoria la presencia de lo que no hemos visto con anterioridad. Toda propuesta nomenclatural que reúna esta aspiración está condenada al fracaso, y ello porque la frase no puede capturar la esencia de la cosa, ni el signo podrá nunca contener lo designado.

Detrás de la manía nomenclatural, Daubenton advierte un presupuesto esencialista falso. La polisemia y equivocidad de los lenguajes empleados se ofrece como prueba irrefutable: «Todas las tentativas que se han hecho para reducir la nomenclatura de las plantas a un cuerpo de ciencia, han vuelto el conocimiento de las plantas más difícil y más defectuosa de lo que sería si solo nos sirviéramos de los ojos para reconocerlas o si no empleásemos más

que un arte de memoria sin ningún aparato científico»13. En la pretensión de

constituirse en un «cuerpo de ciencia», Daubenton señala el defecto general de las nomenclaturas. No obstante, imagina por un momento la posibilidad de llevar una de tales nomenclaturas a su punto de perfección, pero lo hará solo para ilustrar mejor sus conclusiones. El fruto sería inútil. Obra maestra del ingenio humano, pocas personas lograrían memorizar una a una las miles de frases que la compondrían, y su conocimiento seguiría sin aportar el menor dato sobre las propiedades de las plantas: la nomenclatura y las diferentes aplicaciones de la botánica no tienen nada en común14. Por lo demás, Daubenton no rechaza por

completo la posibilidad de constituir una nomenclatura universal, pero supedita este objetivo a un cambio de orientación. La nomenclatura no puede pretender constituirse en una ciencia, sino en «un arte de memoria», y en un arte además «sin ningún aparato científico». Según esta caracterización, toda nomenclatura capaz de ofrecerse como una «suerte de memoria artificial»15 valdrá tanto como

cualquier otra, y los naturalistas no tendrán más que ponerse de acuerdo en aquella que prefieran emplear. Daubenton llega a esta conclusión alarmado por la multiplicación de nombres superfluos surgidos con ocasión de cada nuevo método. Mejor es un «arte de memoria» que una «ciencia vana y perjudicial»16.

Daubenton no reparó en la posibilidad de convertir la nomenclatura en un conocimiento a medio camino entre la ciencia y el arte. La contribución será obra de Linneo. Con anterioridad a la reforma introducida por el padre de la nomenclatura binomial, los botánicos habían advertido la necesidad de reunir el gran número de especies en géneros, y dar a cada género un nombre. Linneo respetó este proceder y preservó con ello el valor científico de todas

13 Ibídem, p. 342.

14 No obstante, Daubenton se complace imaginando un sistema que fuera capaz de hacer corres- ponder las propiedades de las plantas con las características genéricas. Un sistema así concebido sería un descubrimiento «más provechoso para el género humano que el del sistema del mundo» (p. 342), pero las esperanzas de conseguirlo son pocas, y su consecución sería siempre provisional, ya que las técnicas de cultivo y los episodios de naturalización transforman diariamente las propiedades de las especies. 15 Ibídem, p. 341.

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las nomenclaturas precedentes. El nombre podía conservar aún la impronta atávica de un origen supersticioso o idólatra, pero las especies que pasaban a integrar un género, lo hacían solo después de que el botánico las hubiera sometido al escrutinio de una paciente observación. Especies del mismo género eran aquellas que, caracterizadas por compartir ciertos rasgos comunes, y estar más próximas por sus semejanzas que alejadas por sus diferencias, podían ser nombradas con el mismo nombre.

En cuanto a la característica específica, esta venía determinada por una diferencia de organización. El botánico que creía encontrarse en presencia de una nueva especie buscaba el adjetivo que mejor la caracterizase, al que hacía preceder del nombre de género apropiado. Con frecuencia, el adjetivo elegido era insuficiente, en cuyo caso el botánico no dudaba en añadir tantos otros adjetivos como fueran menester. Así fue como cada uno ideó por su cuenta una nomenclatura polinomial, nacida como respuesta al déficit de información que resultaba de la elección de un único adjetivo. Dos inconvenientes resultaron de ello: en primer lugar, las diagnosis sobrecargaron la memoria de los naturalistas y volvieron enojosa la tarea de nombrar; en segundo lugar, introdujeron un elemento de provisionalidad en los sistemas de designación, dado que muchas descripciones se hacían tomando como modelo ejemplares mutilados o en mal estado. Si Bauhin, Gessner o Tournefort deseaban caracterizar la especie a través del nombre, lo que les obligaba a renunciar al binomio siempre que este resultara insuficiente, Linneo buscará tan solo una forma de hacerse entender. La elección de un nombre trivial (nomina triviala) en sustitución de la frase permitirá de una vez por todas burlar los dos inconvenientes mencionados.

Con razón, Rousseau atribuirá a Linneo el mérito de haber creado nombres de verdad, «pues no es nombrar una cosa haberla definido». Definir es fijar el significado de una palabra o explicar la naturaleza de una cosa; nombrar es decir el nombre de esa cosa para hacerse entender: «Una frase no será jamás un verdadero nombre ni podrá desempeñar su función»17. Si hablar consistiera en

definir no habría lenguaje, o el lenguaje se convertiría en un encadenamiento inútil e interminable de definiciones. Adán empezó dando un nombre a los animales del paraíso. En ese punto terminó su tarea. No era científico, no le interesaba la definición. Linneo, el llamado «segundo Adán», dividió su trabajo en dos: creó definiciones y dio nombres. Como primera palabra de la definición, Linneo introdujo el nombre del género al que la planta correspondía, y añadió a continuación aquellas palabras destinadas a determinar su diferencia específica. Como primera palabra del binomio, puso el nombre de género y a este le hizo seguir de un nombre trivial. Fue así como el príncipe de los botánicos convirtió la nomenclatura en un producto a medio camino entre la ciencia y el arte. El binomio seguía siendo un primer paso en la clasificación, pero se convertía al mismo tiempo en un recurso mnemotécnico destinado a facilitar la circulación de conocimientos entre los botánicos. Producto intermedio entre la ciencia y el arte, el nombre ya no estaba sometido a la rigidez estricta de los métodos ideados por los naturalistas anteriores, ni a la espontaneidad de la praxis artística. En un punto intermedio, el nombre adquirió, por decirlo así,

Gagnebin y Marcel Raymond (eds.) (1969),Œuvres Complètes, 5 vols., París: Gallimard (1959-1995), vol. 3, p. 135.

O. C. IV, p. 1206. Pasado un siglo, Alphonse de Candolle defenderá el espíritu de la nomenclatura bino- mial linneana en términos muy parecidos a los de Rousseau. En el «suplemento» de 1883 a sus Nouvelles remarques sur la nomenclatura botanique (Bale-Lyon, Même Maison), redactadas 16 años antes con oca- sión del Congreso Internacional de Botánica celebrado en la capital francesa, el botánico suizo defiende la aportación de Linneo de algunos usos bárbaros de nuevo cuño: «Una tendencia que reaparece bajo diferentes formas es la de mezclar con un nombre ciertas consideraciones de otra índole. Antes de Lin- neo los nombres de especies eran a la vez un nombre y una enumeración de caracteres. Al separar estas dos cosas, Linneo ha hecho un gran servicio. Un nombre es un nombre; los caracteres son caracteres; la sucesión de los nombres es sinonimia. Mezclar ideas tan diferentes produce una suerte de confusión y de largas frases […]. Si olvidamos esta regla, pronto estaremos tentados de expresar en el nombre o con el nombre la historia filogenética del grupo, pues es actualmente una de las ideas que causan preocupación. Sin embargo, habría que comprender que un nombre no es ni claro ni cómodo cuando se le complica con diferentes ideas. Los pueblos bárbaros introducen la genealogía en su forma de nombrar: Ali hijo de Mahomet, hijo de Joseph. Otros se sirven de epítetos, o lo que es lo mismo, de caracteres: Pie ligero, Gran jefe de barba larga, etcétera. Los pueblos civilizados, por el contrario, quieren nombres que a menudo no pre- senten ningún sentido y no sean más que nombres. Es un progreso. Es tan manifiesto, que no se advierte ninguna contrariedad cuando un individuo de gran talla tiene Petit como nombre de familia […]. Los procederes simples son un progreso».

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una consistencia dúctil, y fue esa ductilidad la que favoreció su introducción en los libros de botánica, en los jardines y en los museos. Linneo —anota el profesor Drouin— «puso en red la multitud de naturalistas dispersos a través del tiempo y del espacio y los transformó en un sujeto colectivo»18.

4. Frente al modelo homogeneizador de la nomenclatura

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