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3.3 TQM implementation and organizational performance

6.1.4 Quality of the structural model

La sistematización de la nomenclatura binomial ejerció desde su nacimiento un efecto saludable en el progreso de la botánica. Su éxito fue fulgurante. Como un meteorito, el uso del binomio vino a iluminar el mundo de la historia natural, pero al querer anidar en todos los rincones, proyectó también algunas sombras. Como todos los proyectos de homogeneización tan comunes en el Siglo de las Luces, la nomenclatura binomial tuvo que sortear el obstáculo de las sensibilidades patrias. En las tierras descubiertas por los naturalistas europeos, se produjo un desencuentro. Al querer llevar a todas partes una forma única de nombrar, los naturalistas tuvieron que desplazar los nombres nativos para dejar lugar a los propios: el espacio de la nomenclatura no admitía saturaciones, y los nombres locales no podían convivir con los nombres universales.

Con el pretexto de que la naturaleza era un espacio sin fronteras, los europeos querían extender sobre ella una especie de gasa léxica, uniforme y perfectamente lisa. Los nombres indígenas eran barbarismos para el oído ilustrado del europeo. Como la música, como la danza, como el resto de manifestaciones culturales que habían encontrado su fermento lejos de las costas europeas, el nombre nativo podía también ser olvidado. La costumbre de grabar en la corteza de los árboles el nombre de quien había sido el primero en visitar ese lugar, era como tomar posesión de la naturaleza, como una declaración de intenciones léxicas: la naturaleza debía ser nombrada por el héroe, por aquel que la había

18 J-M. Drouin (2003), «Les herborisations d’un philosophe: Rousseau et la botanique savante», en Rousseau et les sciences, París: l’Harmattan, pp. 76-92, cita en pp. 88-89.

descubierto. Ese acto de apropiación, perfectamente justo y natural para su protagonista, constituía para el nativo un acto de bandidaje, una usurpación feroz que precipitaba el fin de su pueblo. Este cariz dramático se percibe en la obra del criollo mexicano José Antonio Alzate. El primero de mayo de 1788, la Real y Pontificia Universidad de México daba la bienvenida a la primera cátedra de botánica en las provincias españolas de América. Aquel acto inaugural, en el que una coreografía de papayas y fuegos de artificio debía ilustrar la sexualidad de las plantas, suponía en México la carta de presentación de la botánica linneana. Alzate reaccionó: ni la sistemática ni la nomenclatura del genio sueco podían reflejar la historia depositada en los nombres nativos. Linneo agrupaba en un mismo género las plantas venenosas y las alimenticias, volvía a separar lo que los nativos primero y los criollos después habían distinguido durante largas series de generaciones. El abolengo de los nombres indígenas, su ascendencia ilustre, no era nada para una nomenclatura bruñida con una mezcla de latín y griego. Con excepción de algunos barbarismos suaves de fácil latinización, Linneo había prescrito el olvido de todo lo demás, y Alzate no estaba dispuesto a favorecer ese desvarío.

Desde las costas de México, la voz de Alzate reúne cierta familiaridad con el tono y la intención de los manuales elementales de botánica: la ciencia de las plantas es, también para el erudito criollo, la ciencia del pueblo. Como Saint- Pierre, también él está convencido de que la historia natural es un libro abierto en el que todo hombre o mujer puede leer. Por eso percibe la nomenclatura europea como una amenaza. En su Carta satisfactoria de 1788, Alzate escribe: «La botánica no es de aquellas ciencias que solo se versan entre ciertas clases de gentes, debe ser (esta es su utilidad) una ciencia de doctos e ignorantes ¿No se tendría por fatuo al que llegase al mercado y le pidiese a una verdulera medio real de Phisalis angulata? […] Querer sustituir idiomas es extravagancia […]. Al nopal se le llama Cactus opuntia; a la biznaga, Cactus coronatus; al nopalillo, Cactus phillantus; al pastle, Phormium parasaticum {parasiticum}; al cacomite, Syssirinchium palpifolium; al tabaco, Nicosiana {Nicotiana} fructicosa, al sumpantle, Eritrina corallodendron. ¿Será poco trabajo olvidar los nombres

Fernando Calderón Quindós

patrios para conservar voces semigriegas o semibárbaras? La memoria es una potencia muy limitada, ¿para qué se intenta recargarla?»19. Alzate prefiere los

nombres locales —más instructivos respecto de las propiedades médicas y alimenticias—, a los insulsos nombres de importación europea. Frente a las aspiraciones universalistas de la botánica metropolitana, frente al aparato científico de unas «voces griegas forjadas entre los hielos»20, frente a la sesuda

legislación del nombre impuesta por el nuevo Adán, Alzate enarbola el estandarte del genio popular, de la experiencia acumulada, de la aplicación de un sentido práctico para el que el signo debía ser siempre indicio de lo designado.

Para el botánico Vicente Cervantes, adversario de Alzate, el idioma botánico de los «antiguos mexicanos» era un idioma «muy bueno para hablarlo en plazas y corrillos con indias herbolarias y verduleras», pero muy inapropiado para hablarlo en «academias de literatos»21. No era esta, sin duda, la opinión de

Alzate. Los nombres nativos tienen la virtud de actuar como fieles consignatarios de la utilidad de las plantas, y Alzate pertenece a esa tradición de naturalistas que, como Buffon o Daubenton en Francia, entienden la botánica como una ciencia eminentemente práctica. Pero más allá de las consideraciones que son típicamente científicas, el testimonio de Alzate interesa en la medida en que constituye una defensa de la idiosincrasia del pueblo mexicano en particular, y de los pueblos americanos en general. En una época en la que Europa aspiraba a englutir las diferencias y ejercer sobre lo exótico un efecto disolvente, Alzate se resiste. El polígrafo mexicano reconoce en esa nomenclatura botánica un elemento pernicioso, y opta por el repliegue. La nomenclatura binomial se impondrá a pesar de Alzate, pero su protesta sirvió al menos para que Europa revisará su percepción de «lo otro», y abdicara finalmente de esa actitud mezquina y alicorta para la que negar lo ajeno suponía siempre un ejercicio de autoafirmación. Mucho tiempo después, cuando la antropología irrumpa por

19 J. A. Alzate, «Carta satisfactoria dirigida a un literato», en Roberto Moreno (ed.) (1989), Linneo en México. Las controversias sobre el sistema binario sexual 1788-1798, México: UNAM, p. 24.

20 Ídem, p. 25.

fin en el escenario de la cultura europea para deshacer sombras y prejuicios, el hombre «civilizado» comprobará que los pueblos «salvajes» ordenan y nombran, que el pensamiento lógico, objetivo y riguroso, no es privativo de las naciones «desarrolladas». Claude Lévi-Strauss lo pondrá de manifiesto en su El pensamiento salvaje (1962). Sus estudios de campo en la selva tropical amazónica y los de muchos de sus colegas entre poblaciones de navajos, guaraníes o haunóo confirmaban sus intuiciones: la exigencia de orden es una exigencia universal, aun cuando cada pueblo establezca sus propias reglas, su particular protocolo de designación y orden22. Por consiguiente, como afirma

el biólogo Dennler y subscribe el propio Lévi-Strauss, conservar el recuerdo de los términos indígenas de la fauna y de la flora de un país es un acto de piedad y de honestidad, y al mismo tiempo es un deber científico23.

22 Cf. C. Lévi-Strauss (1964), El pensamiento salvaje, México: FCE, pp. 69-70: «Nunca y en ninguna parte, el ‘salvaje’ ha sido, sin la menor duda, ese ser salido apenas de la condición animal, entregado todavía al imperio de sus necesidades y de sus instintos, que demasiado a menudo nos hemos complacido en imaginar y, mucho menos, esa conciencia dominada por la afectividad y ahogada en la confusión y la participación. Los ejemplos que hemos citado, otros que podríamos añadir, testimonian a favor de un pensamiento entregado de lleno a todos los ejercicios de la reflexión intelectual, semejante a la de los na- turalistas y los herméticos de la Antigüedad y de la Edad Media».

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