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Chapter 2: Literature Review

2. Chapter Overview

3.9 Quality, Validity, Reliability and Trustworthiness

Wittgenstein piensa que la filosofía en general, como él la practica y recomienda hacerla, carece de lo que habitualmente se le ha atribuido sin más, a saber, una relación temática con el mundo. La filosofía no habla sobre el mundo o trata de él (T § 6.13), ni tampoco se lo representa o lo imagina. No se dedica a conocerlo ni a intuirlo; no puede ser, por eso, una ciencia (T § 4.111-4.112) pero tampoco es una imagen o visión del mundo. Tenemos una imagen del mundo, según Wittgenstein, pero no se la debemos a la filosofía; ella proviene y forma parte, más bien, del modo

humano de vida. “No tengo mi imagen del mundo porque me he persuadido de su corrección; tampoco porque estoy convencido de que es correcta. Ella es, más bien, el trasfondo heredado contra el cual distingo entre lo verdadero y lo falso” (Certeza § 94). Sin embargo, a pesar de no referirse al mundo como tema de ninguna de las maneras señaladas, la filosofía no se interesa en otra cosa que en el mundo, o en la realidad, como dice Wittgenstein (Diario 16. 6. 15; 24. 7. 16; cf. T § 2.0121). Pero se trata de un interés oblicuo que no convierte a lo interesante en objeto de

discurso, de consideración teórica o de representación. Ya en los trabajos de su primera juventud expresa Wittgenstein esta convicción básica, que no abandonará nunca: la filosofía no es una ciencia (Diario 2.12.16) y tampoco “ofrece imágenes de la realidad” (NL 106).

Una de las varias razones por las que la filosofía está en una relación peculiar con la realidad, relación que Wittgenstein caracteriza, de preferencia, negativamente, es que la filosofía no dice nada, como lo pone el Tractatus (T § 4.11-4.1121; cf. IF § 128), y no tiene otra función que esclarecer lógicamente los modos regulares como nos representamos las cosas, modos que se hacen patentes en el lenguaje. La filosofía, propone Wittgenstein, se ocupa de la lógica del lenguaje, o también, de la gramática de los modos de representación, que abren ciertas posibilidades a las operaciones con signos lingüísticos y excluyen otras. Wittgenstein compara el asunto de las investigaciones filosóficas con la descripción de los varios elementos de un sistema de medición.

Debo hacer una observación general sobre gramática y realidad. Hablando toscamente, la relación de la gramática de las expresiones con los hechos que describimos mediante ellas es la que hay entre la descripción de los métodos de

medición y las unidades de medida, por un lado, con las mediciones de los objetos que se miden con estos métodos y unidades de medida, por el otro. Ahora bien, podría describir la forma y el tamaño de esta habitación indicando su largo, ancho y altura en pies o hacer lo mismo dando las dimensiones en metros. También podría ponerlas en micras. En cierto sentido se puede decir que la elección de la unidad de medida es

arbitraria. Pero en un sentido importantísimo no lo es. Para hacer tal elección hay razones muy importantes tanto en el tamaño y la irregularidad de la forma como en el uso que hacemos de la habitación: no medimos sus dimensiones en micras y ni

siquiera en milímetros. Esto significa que no sólo la oración que expresa el resultado de las mediciones sino también la descripción del método y de la unidad de medida nos dicen algo sobre el mundo en el que esta medición tiene lugar. Y esta es,

precisamente, la manera en que la técnica de uso de una palabra nos da una idea de verdades muy generales sobre el mundo en el que se la usa; estas verdades son, en efecto, tan generales que no le llaman la atención a la gente y tampoco, lamento decirlo, a los filósofos.

(ConfF 448-449)

Las investigaciones filosóficas son, por eso, conceptuales, no fácticas (T § 6.1222, 6.1232-33); su manera de expresarse, descriptiva y no explicativo-hipotética. Es una actividad que no arroja más resultado que el de poner claramente de relieve lo que ya nos era familiar en tanto que hablantes. Si no podemos evitar darle un nombre al

producto de la actividad filosófica tendríamos que llamarlo, desde cierto punto de vista, la liberación del filósofo, que se deshace de las torturas que lo han venido acosando debido a su incomprensión de los instrumentos de que se vale. Desde otra perspectiva, el producto de la filosofía es la mayor claridad o el incremento de lo que el filósofo logra ver de manera precisa (OFM III § 85). Mediante la actividad filosófica, en efecto, llegamos a saber expresamente lo que ya sabíamos tácitamente[2] y este paso de lo consabido al saber nos permite encontrar la salida de una situación que nos aprisiona y tortura. Donde había oscuridad, enredo y confusión, la filosofía ilumina, desenreda y precisa lo que, en todo otro respecto, se queda como estaba. Esta caracterización de la filosofía dedicada a la lógica del lenguaje que hemos formulado aquí es singularmente constante en la obra de Wittgenstein.

Sin embargo, si entramos en una explicación de lo que Wittgenstein entiende por lógica del lenguaje, el asunto de la filosofía, es preciso asociarla estrechamente al cambio en la manera de pensar que lleva al filósofo a convertirse en el crítico de su Tractatus Logico-Philosophicus. Pero el concepto del papel meramente esclarece-dor de la filosofía se mantiene, en lo principal, estable a través del cambio. Wittgenstein seguirá negando que la filosofía pueda tener un carácter científico, teórico o

raciocinante, o un alcance representativo; seguirá asignándole la función de iluminar los conceptos y sus relaciones internas, esto es, le atribuirá las características que ya encontramos en la obra más temprana. Pero la concepción del asunto filosófico por excelencia, de la lógica del lenguaje, cambia de manera muy importante.[3] Esta

transformación del asunto, como no podía dejar de ocurrir, termina por afectar

decisivamente también a la idea de la actividad filosófica, en particular, en el aspecto de los procedimientos necesarios para cumplir con aquella misión de introducir la claridad donde no la hay. ‘Esclarecer’ la forma lógica como se lo entiende en el

Tractatus y ‘esclarecer’ los usos lingüísticos, la función de sus reglas y el papel de los elementos integrantes de diversos juegos de lenguaje, por ejemplo, son ocupaciones profundamente diferentes en más de un respecto.

La historia del proceso que lleva a Wittgenstein desde su primer libro hasta la

redacción de las Investigaciones filosóficas ha sido escrita a menudo y algunas de las

versiones de esta impresionante transformación intelectual son bastante

convincentes. El estudio que David Pears le dedicó recientemente a la continuidad del

cambio en la obra de Wittgenstein[4] arroja mucha luz sobre la manera de trabajar del

filósofo y sobre el carácter de las transformaciones que poco a poco sufren los asuntos de que se ocupa. El tema que nos interesa aquí en este momento, sin

embargo, el de la lógica del lenguaje, no está en el foco principal del trabajo de Pears, que explica la transformación de la manera de pensar de Wittgenstein

concentrándose sobre todo en los temas de la psicología filosófica, llamada en

inglés,[5] de preferencia, ‘filosofía de la mente’.[6] Aunque la obra de Pears enseña

mucho sobre la transición entre los períodos temprano y tardío y, en este sentido, resulta indispensable para el estudio de la historia del desarrollo del filósofo, no aclara igualmente bien todos los aspectos del proceso. Desde luego, la unidad de la obra de Wittgenstein no podrá ser finalmente establecida más que examinando lo que le

ocurre a lo largo del período crítico entre el Tractatus y las Investigaciones a la

cuestión de la lógica del lenguaje o de la gramática filosófica. Necesitamos, por eso, una historia del proceso por el que pasa el con-cepto de lógica del lenguaje. En este capítulo propongo una comparación entre la concepción tractariana y las

observaciones posteriores acerca de la lógica. Para completar el tratamiento del tema discuto en el Apéndice VI las consideraciones finales del filósofo sobre la lógica en Sobre la certeza. Esta presentación, muy esquemática y apoyada principalmente en tres etapas de la historia de la obra de Wittgenstein bastante alejadas en el tiempo, no tiene pretensiones históricas, por cierto. Es parte del tema de este ensayo, dedicado a proponer una caracterización del pensamiento tardío de Wittgenstein. En el Tractatus la relación entre el mundo y el lenguaje en general es reproductiva o representativa; el lenguaje ‘repite’ simbólicamente a la realidad, o es la representación pictórica del mundo. La relación entre los dos términos, en tanto mimética o

representativa, refleja también, indirectamente, la unidad formal de los mismos, una condición de que el lenguaje pueda, en efecto, representar al mundo. En contraste con esta duplicación ambigua del mundo en el lenguaje, la lógica, en el sistema del Tractatus, constituye el momento unívocamente unitario de aquella dualidad. El mundo y el lenguaje tienen la misma forma: la relación representativa presupone esta

identidad lógica. Por eso la lógica, a diferencia del lenguaje cuya forma es, no es relativa a nada ni representa algo diferente de ella. Allí donde el lenguaje es, de manera directa, la imagen o pintura del mundo, la lógica, que es lo mismo a los dos lados de la división de lenguaje y mundo, es enfáticamente unitaria en varios sentidos. En cuanto forma a priori, permanece inalterada por el cambio de las cosas; en cuanto carece de contenido, no es afectada por la variedad de lo real. Es, también,

independiente de nosotros, los hablantes, y del mundo determinado que habitamos. La filosofía que, investigando el lenguaje y su ‘relación’ con el mundo, se refiere indirectamente a la forma común en que se basa aquella relación, no trata de hechos o circunstancias del mundo; sino sólo de la lógica.

Es importante dejar establecido que, de acuerdo con la posición de Wittgenstein en el Tractatus, la forma del lenguaje y del mundo está a salvo de toda alteración por el ‘medio’ o ‘elemento’ al que conforma, tanto en el caso del lenguaje como en el del mundo. Esta identidad constante de la forma lógica está implicada por las condiciones que la metafísica tractariana pone a la posibilidad del significado. Sólo si el lenguaje y, en particular la oración, tienen la misma articulación de la realidad pueden tener

contenido. Todos los mundos posibles tienen que tener la misma forma y también todos los lenguajes, y esa forma es la que se muestra y no puede ser violada ni por nosotros ni por suceso alguno. Este es un aspecto esencial de la autonomía de la lógica propuesta en el Tractatus; la tal autonomía, sin embargo, desaparece en el pensamiento tardío de Wittgenstein y esta desaparición compromete al primer

concepto wittgensteiniano de lógica de manera decisiva. La forma lógica, “diese feste Form” (esta forma rígida), será sustituida en la segunda época por “das Phänomen der Logik” (el fenómeno de la lógica), una ‘entidad’ completamente diferente de aquella forma. El fenómeno de la lógica, en efecto, pertenece exclusivamente al aparato del lenguaje, no al orden de las cosas consideradas aparte de éste. La lógica se genera en el funcionamiento del lenguaje, lo sirve y no puede ser ‘encontrada’ o vista por la filosofía, que esclarece el uso del lenguaje, más que en éste, considerado en su

relativa autonomía respecto del mundo y en su relación con una forma determinada de vida humana.

La lógica es sublime en el Tractatus, no sólo por su unidad sin resquicios y su

necesidad, características que la colocan por encima de las cosas particulares y las situaciones determinadas del mundo, sino porque ella constituye la base en que se funda la dualidad de mundo y lenguaje, con la que comienza la determinación de las cosas particulares y la posibilidad de hablar de ellas. Wittgenstein dice: “Esto al menos está claro,…que no hay en la lógica la dualidad de algo como descripción y realidad” (OF § 180; cf. T § 6.13; IF § 81). El Tractatus como empresa filosófica que pone de manifiesto oblicuamente esta unidad, comparte algo de aquella

sublimidad de la lógica. En contraste con otras actividades humanas dedicadas a las cosas u ocupadas con ellas, y de otras formas de discurso, que versan sobre temas o tratan de sus respectivos objetos, la filosofía tractariana también está libre de la dualidad tema-elucidación del tema. No habla acerca del mundo, no se refiere a la existencia o inexistencia de las cosas, a la verdad o falsedad de las proposiciones de la ciencia, no propone teorías, no resuelve problemas enunciando soluciones

discursivas. Sólo esclarece la manifestación de la unidad formal de la que dependen las posibilidades de ser y de significar y, con ellas, la diversidad determinada de los hechos que conocen las ciencias, la de las cosas que producen la naturaleza y las actividades de los hombres y a las que se refiere el lenguaje ordinario (NL 106-107).

Esta concepción de la lógica, que la convierte en el fundamento de la metafísica,

aunque exclusiva del Tractatus en su versión sistemática, tiene antecedentes en los

escritos anteriores de Wittgenstein y prolongaciones posteriores; la encontramos parcialmente vigente, en particular, a lo largo de todo el período en que el filósofo discute críticamente su primera filosofía.

Más tarde y habiéndose liberado ya del compromiso con su primera posición filosófica sistemática, calificará Wittgenstein de ‘primitiva’ a su pasada manera de pensar. Si ‘primitivo’ quiere decir aquí algo así como parmenídeo-platónico, la evaluación no deja de tener sentido. La concepción de la lógica, en particular, como una forma rígida unitaria que garantiza la posibilidad del sentido y de la verdad, podría ser parte de uno de los grandes sistemas de la metafísica tradicional. Para los lectores del siglo XX, desde luego, que dan por descontado que ‘lógica’ es el nombre de cierta disciplina

filosófica tradicional o teoría,[7] el uso ma-terial[8] de la palabra para designar, no un

discurso, un saber o un cálculo, sino la forma última de todo cuanto es, resulta algo desconcertante. El mismo Wittgenstein, al comentar críticamente su concepción de la lógica del Tractatus, llama la atención sobre la sustancialización de la lógica en su primer libro diciendo: “El pensamiento está rodeado por un halo.—Su esencia, la

lógica, presenta un orden, en efecto, el orden a priori del mundo, esto es, el orden de las posibilidades, que tiene que ser común al mundo y al pensamiento. Pero parece que este orden tiene que ser en extremo simple. Anterior a toda experiencia, él penetra a la experiencia de parte en parte; tal orden debe estar libre de toda turbiedad empírica o inseguridad.—Tiene que ser del más puro cristal. Pero este

cristal no parece ser una abstracción, sino algo concreto, en verdad, lo más concreto de todo, como quien dice, lo más duro” (T § 5.5563; cf. IF § 97 y OFM I § 8). Wittgenstein no sólo critica su posición anterior sino que se la describe al lector en términos irónicos, como para acabar de persuadirlo de que a comienzos del siglo XX todavía se hacía filosofía de esta clase. Pues, a pesar de que en estos tiempos se cultiva y enseña la historia de la filosofía, la idea de la unidad del ser y el logos se le ha vuelto remota y extraña a los contemporáneos por obra de una educación centrada en los conceptos y los contenidos de las ciencias particulares. Una prueba de ello se puede encontrar en la reacción de extrañeza, desconfianza y relativa incomprensión con que los filósofos que le habían enseñado lógica a Wittgenstein recibieron el

Tractatus, el libro que convertía a la lógica en el fundamento metafísico del lenguaje y el mundo.

Que la lógica fuera, más que cierta clase de discurso nuestro destinado a formular las leyes de la inferencia o las del pensamiento, que fuera la estructura formal gracias a la que el lenguaje articulado puede, al ‘repetir’ la articulación de lo real, reflejar al mundo como los espejos a las cosas (T § 4.014); que en la lógica se expresara desde sí misma, esto es, sin intervención nuestra, “la naturaleza de los signos necesarios por naturaleza” (T § 6.124), ¿quién podía entenderlo hoy así, de buenas a primeras? Para Wittgenstein la verdad era eterna y universal cuando formuló esta teoría y la lógica, válida para cualquier mundo, para todo lenguaje y todo pensamiento. Las

Investigaciones filosóficas resumen (IF § 97) la antigua idea de lógica que

Wittgenstein había, en gran parte, abandonado cuando escribe este libro, y califican de quimeras, ideales e ilusiones (IF §§ 94, 96, 97, 108, 110) a los caracteres

atribuidos por ella al pensamiento y a las leyes de la verdad. El rígido aislamiento de la lógica, que alienta poderosamente en aquella primera concepción de su naturaleza, va a ser uno de los rasgos suyos que Wittgenstein sacrificará por completo en sus

obras posteriores. “La lógica es trascendental”, había dicho Wittgenstein (T § 6.13), y, con todo lo que es valioso y necesario, “tiene que estar fuera del mundo” (T

§ 6.41). En particular, las ideas tardías quiebran aquella exaltada separación de la lógica y recomiendan la investigación de sus funciones en el lenguaje, de sus diversas aplicaciones prácticas habituales, de sus papeles en nuestro comportamiento como usuarios de símbolos. Cuando hacemos demostraciones matemáticas, por ejemplo, cuando calculamos o inferimos, se hacen patentes aquellas relaciones entre

elementos lingüísticos que llamamos lógicas y que se caracterizan por su regularidad y su forzosidad para nosotros.

Para Wittgenstein después de la crítica de su primera posición, la tarea de la filosofía es la clarificación de las posibilidades lógicas de las operaciones efectivas del lenguaje cotidiano. En vez de buscar la naturaleza de la proposición como tal desde el

supuesto que la concibe como algo raro y escondido detrás de las oraciones que usamos ordinariamente, Wittgenstein se dispone a estudiar estas oraciones mismas sin suponerles esencia o fundamento alguno (IF §§ 102, 108, 120, 134; GF VI § 77). Ya no será el lenguaje el que depende o se funda sobre la lógica sino ésta la que está envuelta sin resto en las operaciones del lenguaje, en medio del cual habrá que buscar los diversos fenómenos lógicos que ayudarán a disolver las perplejidades del pensar. Ahora, gracias a la investigación del funcionamiento efectivo del lenguaje (IF §§ 107-108), dice Wittgenstein, “vemos que lo que llamamos ‘oración’ y

‘lenguaje’ no es la unidad formal que yo imaginaba sino la familia de estructuras más o menos relacionadas unas con otras.—Pero ¿qué pasa con la lógica ahora? Su rigor parece ceder aquí.—Pero en este caso, ¿no desaparece la lógica del todo?” (IF § 108).

La respuesta de Wittgenstein a su propia pregunta por la posible desaparición de la lógica con el cambio de su manera de pensar es negativa y no se deja esperar. Ya en

las mismas Investigaciones filosóficas toma forma el nuevo enfoque de la lógica del

lenguaje. Este se caracteriza, en primer lugar, por el abandono de toda exigencia ideal

respecto de lo que la lógica debería ser (IF § 98, 100-101, 107-108), y por la

aceptación sin condiciones del ámbito de la lógica, el fenómeno espacial y temporal del lenguaje tal cual lo encontramos operando en la comunidad que lo usa (IF §§ 107- 108; cf GF VI §§ 76-77). Si queremos decir con Wittgenstein, como antes, que la lógica es la esencia del pensamiento, habrá que agregar ahora que esta esencia se