Chapter 4 METHODOLOGY RESEARCH
4.4. Questionnaire Development
Leandro Nicolás Mavrich*
Quisiera empezar haciendo una breve referencia al título de este artículo. Originalmente había pensado llamarlo “Reflexión en torno a prejuicios sobre la socialización del ajedrez”. Opté por modificarlo en vistas de que el térmi- no “prejuicio” tiene una serie de connotaciones negativas que no se condicen con el espíritu de indagación que me motiva a escribir estas líneas. Se trata, más bien, de una invitación a pensar sobre el imaginario colectivo que prima a la hora de hablar de ajedrez.
A fin de establecer un punto de partida diré que el Pro- grama Nacional de Ajedrez Educativo se propone como objetivo implementar el ajedrez en todas las escuelas pú- blicas del país de todos los niveles. Con esto en mente me propongo indagar en algunos aspectos de la gestión de esta línea de acción de cara a la sociedad.
El ajedrez presenta una muy buena imagen en lo que a su apreciación social se refiere. En términos generales puede decirse que se encuentra bien conceptuado. Es decir, se lo considera y por sobradas razones, como una actividad muy beneficiosa. Al tener esto presente resulta paradójico observar que esta misma cualidad puede ser uno de los principales obstáculos a la hora de su difu- sión. Existen una serie de preconceptos con respecto al grado de “inteligencia” requerido para practicar este no- ble juego. A su vez, en gran parte por tradición, su prác- tica está asociada a las clases sociales más pudientes. Si se parte de lo expuesto en el párrafo anterior puede establecerse cierto paralelismo entre esta línea y el Pro- grama Nacional de Coros y Orquestas Infantiles y Juve- niles para el Bicentenario. En primer lugar, ambos deben combatir la idea de que se ocupan de actividades reser- vadas para sectores sociales donde la cultura parecie- ra estar emparentada con el poder adquisitivo. Por otro lado, la idea referida al grado de inteligencia necesario para practicar tanto la música como el ajedrez es un obs-
táculo a vencer. En el caso de la enseñanza del ajedrez esto se manifiesta en dos versiones igualmente nocivas y peligrosas: por un lado, muchos adultos no incentivan la práctica en los niños, niñas y jóvenes por estimar que no tienen la suficiente capacidad para “entender” el juego; en el extremo opuesto del espectro muchos otros, ge- neralmente padres, confunden un entusiasmo natural de sus chicos por el juego con facultades mentales superio- res a la media y declaran automáticamente que se trata de verdaderos genios por el solo hecho de que juegan al ajedrez.
Es cierto que en el ajedrez, en tanto deporte –y especí- ficamente en el alto rendimiento– existen jugadores con aptitudes innatas, más comúnmente llamadas talento. No obstante, es preciso tener en cuenta que lo mismo ocurre en cualquier otro deporte. Tomemos por ejemplo el fútbol: nadie niega que existen jugadores cuyo éxito deportivo se debe, más allá de su entrenamiento, a cier- tas condiciones naturales. Sin embargo, aquí no se trata de formar futuros deportistas de élite, sino de que nues- tros niños y jóvenes se saquen provecho de la práctica de una determinada disciplina. Con esta perspectiva en mente, resulta paradójico pensar que a un padre, cons- ciente de los beneficios de la práctica deportiva, se le ocurriría negarle una pelota a sus hijos por no verle ap- titudes para la alta competencia. Ahora bien, el mismo adulto es capaz de negarle un juego de ajedrez a su hijo o hija en pos de “algo más apropiado para él o ella”. Una de las principales tareas de quienes nos propone- mos promover este juego–ciencia y procurar que benefi- cien a la mayor cantidad de chicos es combatir este tipo de ideas. En tal sentido, en mi rol docente suelo utilizar una analogía con otro juego muy tradicional en nuestro país: el truco. En términos de aprendizaje resulta mucho más complejo ensenar a jugar al truco que al ajedrez. El primero posee más cantidad de reglas y casos particu- lares a considerar.
Es de destacar que el ajedrez no hace distinciones de ningún tipo entre quienes lo practican. Esto permite la coexistencia de distintas edades, géneros, etnias y cual- quier tipo de diversidad que pudiera pensarse. Incluso, para reafirmar este punto, cabe señalar que desde hace
Finalmente, quisiera señalar que, por el contrario a lo que comúnmente suele pensarse, el ajedrez es una actividad sumamente popular, dato que quizás algunos de nues- tros dirigentes y referentes políticos no tengan debida- mente en cuenta. Incluso puede afirmarse sin temor a equivocarse que se encuentra entre los deportes más difundidos y practicados del mundo. Para esto basta considerar que la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) cuenta con poco más de 150 países miembros afiliados y que solo en su ranking internacional (ELO) hay más de 180 mil jugadores registrados. A esto debe sumarse la enorme cantidad de aficionados que nunca participaron en un torneo internacional para acceder a este ranking. Si se toma en cuenta que esta base de jugadores aficionados es ampliamente superior, por el propio carácter piramidal de relativo perfeccionamiento en cualquier disciplina, puede uno hacerse una idea un poco más clara de aquello a lo que se refiere el lema de la FIDE cuando proclama “Gensuna sumus”, es decir, “Somos una familia”.
*Es jugador, instructor, profesor y árbitro de ajedrez. Fue subcampeón argentino en la categoría sub 20 y sub 10 y campeón de la Provincia de Neuquén. Es profesor de matemática y física en el Nivel Secundario e integra el equipo provincial de Políticas Socioeducativas como coordinador del Programa de Ajedrez Educativo. un tiempo se promueve desde el Programa la integración
de alumnos con disminución visual, parcial o total, y otro tipo de discapacidades. Para esto se distribuyen juegos especialmente adaptados.
Otro preconcepto fuertemente arraigado, y que debe tra- bajarse intensamente, incluso en el ámbito docente, es el que se refiere al clima de “concentración y seriedad” que se pretende imponer en las aulas. Uno de los objeti- vos específicos que se plantean desde el Programa es la inserción de lo lúdico dentro del ámbito áulico. Se busca capitalizar al ajedrez como recurso pedagógico para de- sarrollar operaciones del pensamiento o, incluso, traba- jar contenidos específicos desde un juego. Para tal fin el ajedrez resulta óptimo. Es particularmente ilustrativa de este punto la frase de Von der Lassa, un célebre jugador alemán, quien afirmaba que “el ajedrez es en esencia un juego, en su forma un arte y en su exposición una ciencia”. Respecto a sus virtudes artísticas podríamos hablar largamente y no lograríamos agotar el tema. Bas- ta decir que ha fascinado por su belleza a generaciones de ajedrecistas a lo largo de cientos de años de historia. Quiero destacar fuertemente la virtud de combinar el evi- dente atractivo de lo lúdico con la posibilidad de incor- porar elementos propios del ámbito científico como son las distintas operaciones del pensamiento involucradas en el aparentemente simple hecho de jugar una partida de ajedrez.
No quisiera finalizar sin referirme a un tema que resulta con- troversial en el ambiente ajedrecístico. Se trata de la sus- tancial diferencia porcentual que hay en el grado de partici- pación de los hombres en comparación con las mujeres en la práctica del ajedrez. Sin pretender ahondar en un tema tan rico y complejo quisiera mencionar que dicha proble- mática no es ajena al Programa de Ajedrez Educativo y que, en tal sentido, se buscó darle una respuesta a partir del Torneo Interprovincial Femenino de Ajedrez, donde la Provincia de Neuquén tuvo el placer de oficiar de anfitriona. Esta acción busca generar las condiciones de posibilidad para la igualación del acceso a un bien cultural como es el ajedrez. Naturalmente, con esto no se pretende dar por cerrada ni zanjada la problemática pero sí constituyó una intervención concreta en respuesta al desafío planteado.