• No results found

3.3 Elements studied with modal coordinates

3.3.1 Rails

Datos de los cinco rasgos de personalidad más Importantes

percentil 96 ~ concienzudo

percentil 79 ~ extrovertido

percentil 25 ~ neurótico

En mi opinión, el equilibrio puntuado es una teoría mejorada para explicar la historia fósil y, por tanto, satisface los criterios necesa­ rios para ser una ciencia progresiva. Es decir, según el crecimiento acumulativo del gradualismo darwiniano, los rasgos útiles se con­ servan y los inútiles se descartan, basándose en la confirmación o el rechazo de conocimientos comprobables. Pero el equilibrio pun­ tuado no sustituye al gradualismo darwiniano: sólo lo modifica con el fin de describir e interpretar con mayor precisión algunos capí­ tulos de la historia fósil. El equilibrio puntuado puede proponer muchas cosas, pero desde luego no un nuevo mecanismo para interpretar el cambio evolutivo. Es, en cambio, una nueva descrip­ ción. Considerarlo de tal forma nos ayuda a resolver la paradoja del paradigma. Su condición de paradigma nuevo se limita a este nivel: se trata de una contribución nada trivial a la ciencia, pero no equivale en importancia al paradigma darwiniano.

£1 paradigma darwiniano

A diferencia de la mayoría de los grandes personajes, que, sometidos a un estudio histórico exhaustivo, pierden su aire fabu­ loso, cuanto más sabemos de Charles Darwin mayor altura cobra su figura. Hoy existe todavía una «industria Darwin», de tamaño con­ siderable y en constante crecimiento, que constituye uno de los mayores corpus de bibliografía de la historia de la ciencia. El Pro­ yecto Correspondencia de los Archivos Darwin de la Biblioteca de la Universidad de Cambridge, que promete seguir incólume otro par de décadas, da fe del enorme interés que despierta el «sabio de Down» en la comunidad histórica.41 El director de dicho proyecto, Frederick Burkhardt, me ha informado de que, empezando por 1859, contaremos con un volumen de correspondencia de Darwin por año entre esa fecha y 1882. El conjunto completo, que quedará concluido en algún momento del siglo xxi, alcanzará ¡treinta volú­ menes!

En 1985, David Kohn publicó The Darwininan Heritage [El patri­ monio darwiniano], un exhaustivo manual de 1.138 páginas que evalúa el estado de la industria Darwin al cumplirse un siglo de la muerte del naturalista. La bibliografía, de ochenta páginas, contie­ ne 3.200 entradas de obras del propio Darwin. Kohn inicia su obra con una introducción que, muy apropiadamente, titula «A High Regard for Darwin» [Una gran consideración por Darwin] y en la que declara: «Lo que caracteriza a la comunidad actual es su creen­ cia en la importancia de Darwin. La alta consideración por Darwin es su principio central»42.

Tres tendencias históricas contribuyen al renacimiento darwi­ niano: 1) cambios producidos en la historia de la ciencia a princi­ pios de la década de 1960 en virtud de los cuales a los científicos se les empezó a contextualizar dentro de su cultura; 2) cambios en el estudio de la biología, especialmente la fructífera aplicación del darwinismo tras su síntesis moderna; y 3) cambios en la cultura en general que propiciaron que la educación diera mayor importan­ cia a las ciencias físicas y biológicas: la reintroducción de Darwin y de la teoría evolutiva funcionó como respuesta a los ataques de los

creacionistas en particular y al miedo al Sputnik en general. Por todo ello, Darwin emerge como un héroe de mayores proporcio­ nes de las que tuvo en vida o en el siglo posterior a su muerte en 1882. Esta imagen heroica y mítica alimenta la industria Darwin y continúa respaldando el paradigma darwiniano.

1. La evolución de la historiografía darwiniana. La contextualización de Darwin por parte de los profesionales de la historia de la ciencia lo ha elevado a un plano muy alto y, al mismo tiempo, le ha/otorga­ do el lugar que le corresponde dentro de nuestra cultura. Este pro­ ceso, sin embargo, ha requerido tres décadas para consolidarse y la celebración de sendas efemérides en 1959 (centenario de la publi­ cación de El origen de las especies) y 1982 (centenario del fallecimien­ to de Darwin).

La primera fase despegó lentamente y con considerables malen­ tendidos, porque antes a Darwin se le tenía habitualmente por un científico de primera línea, pero por un pensador de segunda.43 Jacques Barzun, por ejemplo, decía de él que era un «gran recopi­

lador de datos», pero un «pobre uncidor de ideas, un hombre que no pertenece al grupo de los grandes pensadores»44. Gertrude Himmelfarb afirma que Darwin era «intelectualmente limitado y culturalmente insensible»45. Esta denigración de Darwin hasta el extremo de reducirlo a una figura circunstancial y prácticamente casual dio pie a diversas reacciones que le elevaron a un estatus al que por su obra le habría resultado difícil llegar. Por ejemplo, en

The Triumph of the Darwinian Method [El triunfo del método darwi­

niano] , libro que tuvo una gran acogida, Michael Ghiselin se revela tan triunfal como exagerado, y se convierte en acusada antítesis de Himmelfarb y Barzun: «En 1859 se inició la que finalmente acaba­ ría siendo la mayor revolución de la historia del pensamiento»46. La visión de Ghiselin es tan generosa que acaba formulando pre­ guntas excluyentes como «¿Era Darwin sólo un naturalista y un buen observador o un teórico de primera línea?», que obligan al lector a concluir lo segundo, puesto que resulta evidente que no era sólo lo primero.

Esta comprensible reacción es la consecuencia de dos formas de prejuicio histórico que han afectado al desarrollo de los estu­ dios darwinianos: uno es el enfoque whig de la historiografía, que consiste en ordenar en secuencia lineal caracterizaciones interesa­ das inclinándose siempre por las que favorecen el objeto del estu­ dio; el otro se esfuerza en juzgar el valor de las ideas del pasado a la luz de modelos de entendimiento actuales. En el caso de Ghiselin, imponer modelos filosóficos del siglo xx a un caso del siglo xix deriva en el encasillamiento y reorganización de la obra de un pen­ sador en categorías de significado que corresponden a la moderni­ dad. En esta tergiversación incurre precisamente cuando llega a la conclusión de que Darwin aplicaba el moderno método hipotéti- co-deductivo, que, de nuevo, plantea al lector una alternativa excluyente: «Esta declaración de confianza en el poder del moder­ no método científico hipotético-deductivo para revelarnos el pasa­ do contrasta acusadamente con el punto de vista de los “inducti­ vos”, que creen que hay que aceptar los hechos “tal como son”»47. Una vez más nos vemos obligados a concluir que o bien Darwin era un inductivo puro, algo que sabemos que es imposible (porque nadie practica cientia en un vacío cultural), o bien que era un «adelantado a su tiempo» y un pensador hipotético-deductivo. Ghiselin, naturalmente, opta por lo segundo y concluye: «El cor- pus de la bibliografía darwiniana constituye un sistema unitario de ideas interconectadas»48; Triumph termina con una declaración aún más tajante que la que figura en su introducción: «Queramos o no, la época pertenece a Darwin»49.

El propio Darwin confunde a los historiadores en este punto. En su Autobiografía afirma haber «trabajado según los auténticos principios de Bacon»: «sin ninguna teoría, recogí los datos al por mayor». Por sus primeros cuadernos, los que recogen sus estudios de la década de 1830 sobre transmutación, el hombre, la mente y la moral, por no mencionar elaboraciones teóricas previas sobre los arrecifes de coral mientras viajaba a bordo del Beagle, es eviden­ te que en efecto trabajaba según auténticos principios baconianos. Libre e inteligentemente especuló y teorizó sobre gran número de

temas importantes que hasta mucho después no serían sometidos a su verificación o rechazo empíricos. En una carta enviada a Henry Fawcett el 18 de septiembre de 1861, en respuesta a una polémica sobre si los geólogos debían limitarse a recoger muestras de roca y clasificarlas o si también tenían que teorizar sobre su origen y desa­ rrollo, Darwin hizo la siguiente declaración, que refleja su trabajo científico con mayor honradez: «Hace unos treinta años se decía que los geólogos tenían que limitarse a observar, sin teorizar, y recuerdo bien que alguien dijo que, si seguíamos así, los hombres que bajan a la gravera acabarían contando las piedras y describien­ do sus colores. Qué raro se me hace que existan personas que no se dan cuenta de que, si se quiere que valga para algo, toda observa­ ción tiene que ser a favor o en contra de algún punto de vista»50.

Cuando, en la década de 1980, maduró la industria Darwin, especialmente en las obras de profesionales de historia de la cien­ cia diestros en el arte de la contextualización, se hizo patente que el desarrollo intelectual e ideológico de Charles Darwin era mucho más complejo (y tenía menos coherencia lineal) de lo que sus pri­ meras obras revelaban.51 Para ser fieles a la verdad, sin embargo, preciso es decir que la historia de la ciencia ha experimentado cambios muy considerables desde 1959. Hemos aprendido a equili­ brar historia anacrónica e historia diacrónica (el estudio del pasa­ do desde la perspectiva del presente o del transcurso del tiempo). También hemos encontrado un funcional término medio entre la historia interna y externa de la ciencia (quienes ven la ciencia como un progreso firme e inevitable hacia la verdad y quienes con­ sideran que es una tradición cultural ligeramente distinta del mito y la religión). Robert Richards, historiador de la ciencia, da en el clavo al situarse entre la postura interna y la externa y señalar que: «las ideas encuentran su vinculación histórica sólo cuando las filtra un pensamiento arraigado en la carne, un pensamiento guiado por causas lógicas, el apoyo de las pruebas y todo el legado de dile­ mas y conceptos científicos, pero también por emociones, senti­ mientos religiosos, actitudes clasistas e, incluso, actitudes edípi- cas»52. El holandés R. Hooykaas, otro historiador de la ciencia, cree

también que la medida justa del anacronismo y el diacronismo se alcanza cuando el historiador es capaz de encontrar el equilibrio entre las dos:

Para juzgar con equidad, el historiador tiene que aproximarse al pensamiento, observación y experimento de los antepasados con comprensión y disponer de una imaginación lo bastante poderosa para «olvidar» lo que ha llegado a saberse después del período que está estudiando. Al mismo tiempo, debe ser capaz de cotejar los puntos de vista del pasado con los actuales, a fin de que el lector moderno entienda el caso y a fin de que la historia sea algo realmen­ te vivo, de mayor interés que el que pueda suscitar el mero estudio de lo antiguo.53

Con Darwin damos por fin con un equilibrio entre desarrollo inte­ lectual y contexto cultural, entre lo que Darwin puso en marcha y lo que su cultura creó.

2. La evolución de la biología darwinista. En la ciencia biológica, la importancia de buena parte de la obra darwinista en general y de la selección natural y sexual en particular ha aumentado significati­ vamente desde que, a mediados del siglo xx, es decir, un siglo des­ pués de la publicación de El origen de las especies, llegara a comple­ tarse su síntesis moderna. En la década de 1950, Darwin y el darwinismo surgieron con más fuerza que nunca. Hemos, por así decirlo, «redescubierto» a Darwin porque lo necesitamos.

Dentro de la industria Darwin, esta necesidad contribuye a explicar el éxito del libro de Michael Ghiselin. Pero, a medida que este ámbito del conocimiento científico maduraba, las interpreta­ ciones internas se veían contrarrestadas por obras históricamente más precisas sobre la influencia de Darwin en sus coetáneos. De hecho, sería difícil encontrar una visión que se oponga más tajan­ temente a la de Ghiselin (sin volver a la rama Barzun/Himmel- farb) que la de Peter Bowler en The Non-Darwinian Revolution [La revolución no darwiniana]. Por ejemplo, donde Ghiselin afirma que «El origen de las especies [...] tuvo un efecto inmediato y supuso

un cambio de perspectiva cataclísmico, pues puso en tela de juicio ideas que hasta entonces parecían esenciales para la concepción que el hombre tenía del universo»54, Bowler responde que «com­ parativamente, las partes de las teorías de Darwin que hoy la biolo­ gía reconoce como importantes tuvieron pocas consecuencias en el pensamiento imperante a finales del siglo xix»55. Para Bowler, rechazar el creacionismo y el esencialismo fue revolución, pero no

darwinista, porque no fue una revolución evolucionista^, sino del desarrollo:

Sugiero que es poco razonable creer que una teoría que no consi­ guió impresionar a los científicos de la época pudo en cambio desencadenar una gran revolución cultural. Uno se inclina a sospe­ char que, una vez que aceptamos este punto, la interpretación tradi­ cional de la revolución darwinista es un mito basado en una imagen distorsionada de la incidencia de Darwin tanto en la ciencia como en el nacimiento del pensamiento moderno.56

Son estos prejuicios los que han influido en la obra histórica de biólogos como Ghiselin y, en especial, de Ernst Mayr, cuyas obras

Gmwth ofBiological Thought [Crecimiento del pensamiento biológi­

co]57 y Torward a New Phihsophy ofBiology [Hacia una nueva filosofía de la biología]58 son, a pesar de las afirmaciones en sentido contra­ rio, descaradamente anacrónicas y están escritas desde la postura interna de la filosofía de la ciencia. Mayr afirma, por ejemplo, que «existe darwinismo, pero no newtonismo, planckismo, einsteinis- mo o heisenbergismo», y que, en razón de «su excepcional estatus [...] sería difícil refutar la afirmación de que la revolución darwi- niana fue la mayor de todas las revoluciones intelectuales de la his­ toria de la humanidad»59. Parece complicado superar tanta alaban­ za, pero el propio Mayr va más allá cuando analiza a Darwin, el hombre. Charles Darwin era «brillante», «audaz» y un «observa­ dor», «teórico de la filosofía» y «experimentador» tan agudo que, «hasta la fecha, el mundo ha sido testigo de semejante combina­ ción una sola vez, lo cual da fe de la singular grandeza de Dar-

win»60. Además, e increíblemente, Mayr se atreve, para perplejidad del historiador, con la siguiente declaración: «La mayoría de los estudiantes de historia de las ideas creen que la revolución darwi- niana fue la más fundamental de todas las revoluciones intelectua­ les de la historia de la humanidad. Si revoluciones como las que iniciaron Copérnico, Newton, Lavoisier o Einstein afectaron a una rama particular de la ciencia, la revolución darwinista afectó a todos los hombres pensantes»61.

A mí me sorprende que un hombre del calado y la cultura de Emst Mayr, cuyo Growth ofBiological Thought devoré con entusiasmo cuando daba mis primeros pasos en el estudio de la historia de la ciencia, pueda caer en una afirmación históricamente tan inge­ nua. El decano de los historiadores de la ciencia actuales, J. B. Cohén, por ejemplo, hace una importante distinción entre revolu­ ciones científicas y revoluciones ideológicas, y demuestra que las revoluciones de Copérnico, Newton, Lavoisier y Einstein cruzaron con creces los confines de su particular disciplina científica.62 Asi­ mismo, la historiadora Margaret Jacob no sólo ha recurrido al tér­ mino «newtonismo», sino que aporta una oportuna descripción de su repercusión en erconjunto de la cultura europea en el siglo pos­ terior a la muerte de Newton y demuestra que fue mucho más allá de los límites de las ciencias físicas (extendiéndose, por ejemplo, al ámbito social de las teorías económicas y sociológicas).63

Es importante destacar, sin embargo, que no es necesario restar­ le méritos a Darwin para defender a otros científicos y revoluciones y para clarificar cuáles fueron sus efectos relativos. Independiente­ mente de los demás gigantes sobre cuyos hombros descansamos, nuestro respeto a Darwin ha aumentado a la par que han evolucio­ nado la biología evolucionista y la historia de esta disciplina, dando pie a una visión más amplia y clara de la naturaleza y de la naturale­ za de la ciencia.

3. La evolución de la cultura darwinista. En la década de 1920, la presunta degeneración de la fibra moral de Estados Unidos se vin­ culó cada vez más con la teoría de la evolución de Darwin. «Derra­ mar veneno en las gargantas de nuestros hijos no sería nada com­

parado con la condenación que sufren sus almas con la enseñanza de la evolución», proclamó en 1923 T. T. Martín, uno de los segui­ dores de William Jennings Bryan, un orador fundamentalista.64 Los fundamentalistas unieron sus fuerzas para acabar con la dege­ neración moral extirpando el cáncer desde su raíz: la enseñanza de la teoría de la evolución de Darwin en los colegios públicos. Flori­ da aprobó una ley antievolución en 1923. Dos años más tarde, Ten- nessee promulgó la Ley Butler, que impedía a «los profesares de todas las universidades, escuelas normales y otras instituciones de enseñanza públicas del estado [...] enseñar cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre tal y como la enseña la Biblia y que enseñe en su lugar que el hombre desciende de un orden inferior de animales»65.

Que la Asociación de Libertades Civiles recusara la ley dio pie al famoso proceso de Scopes, que se saldó con la presunta victoria «moral» de los señores Scopes, Darrow y Mencken, que dirigieron la atención del país a la cuestión de si la ley podía regular el conoci­ miento y la «verdad» científica. Las consecuencias, sin embargo, fueron las contrarias a lo que cuenta la leyenda. El proceso generó tal polémica, que los editores de libros de texto y las juntas estatales de educación terminaron, por puro nerviosismo, expurgando de los manuales tanto la teoría de la evolución como al propio Dar­ win. Después de comparar los textos de antes y después de la expurgación, Judith Grabiner y Peter Miller llegaron a la siguiente conclusión: «A tenor del contenido de los libros de biología de enseñanza secundaria rechazados a partir del proceso de Scopes, los evolucionistas de finales de la década de 1920, que creían haber vencido en el foro de la opinión pública, salieron de hecho derro­ tados en su campo de batalla original: la enseñanza de la evolución en los institutos»66. Basta una rápida ojeada al índice de contenidos y los de nombres y temas de los libros de la época para comprobar que «Darwin» y «evolución» habían desaparecido del mapa.

Normalmente, las tendencias históricas de esa naturaleza no cambian de la noche a la mañana, pero este caso fue la excepción: todo dio un vuelco la noche del 4 de octubre de 1957, día en que la

Unión Soviética lanzó al espacio al Sputnik I, y que marcó el inicio de la Guerra Fría en el espacio y de la carrera científica y espacial. Ante el pánico promovido por el Sputnik, los máximos responsa­ bles de educación de la ciencia en Estados Unidos reintradujeron la teoría de la evolución y a Darwin en el programa de los institu­ tos. En 1961, el Estudio del Programa de Estudios de Ciencias Bio­ lógicas de la Fundación Nacional de Ciencias publicó sus directri­ ces para la enseñanza de la biología, que a partir de entonces tenía que incluir a Darwin y sus teorías.

En resumen, hacía falta un ídolo de la ciencia y Darwin daba el perfil. Las invectivas de los creacionistas y, en las décadas de 1970 y 1980, su petición de contar con «el mismo tiempo» de docencia en

Related documents