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gico debate público sobre la clonación de animales y, en particular, sobre qué prácticas son aceptables y cuáles no.5

Renunciando vergonzosamente a toda lógica y con un recurso conspicuo a la retórica del miedo, el Consejo comparaba la clona­ ción con los peores males de la historia del hombre (la declaración es tan flagrante que recojo a continuación una cita extensa, no vaya el lector a pensar que estoy exagerando):

En el curso de la historia humana nuestra especie ha desarrollado prácticas y comportamientos contrarios a los intereses de la supervi­ vencia, el desarrollo y la prosperidad de los individuos que forman parte de la civilización. Entre tales intereses se encuentran la servi­ dumbre involuntaria o esclavitud, la tortura, el empleo de gas vene­

noso y de armas biológicas y la experimentación con seres humanos sin su consentimiento. Las sociedades se esfuerzan por evitar otras prácticas destructivas como el trabajo infantil, la degradación del medio ambiente, la guerra nuclear y el calentamiento global.

La clonación de ovejas y monos despierta el espectro de la clona­ ción humana. La característica fundamental de esta actividad consis­ te en transformar a los seres humanos en mercancías, en devaluar la relación de las personas entre sí y con su cultura. Así como la 13a Enmienda proscribía la esclavitud y otras leyes han prohibido la tor­ tura, el trabajo infantil y demás formas de explotación, ha llegado el momento de prohibir la clonación humana. Apelamos, por tanto, a Estados Unidos, a las naciones del mundo y las Naciones Unidas para que declaren la clonación de seres humanos una actividad inmoral e ilegal.6

Traducción no tan libre: desde el punto de vista de la moral, la clo­ nación equivale a la esclavitud, la tortura, la guerra química y bioló­ gica, el trabajo infantil y a todas las formas de explotación. Al pare­ cer, la opinión del Consejo refleja la del pueblo americano en su conjunto. Según una encuesta realizada por la cadena CNN y la revista Time a 1.005 adultos, la frenética semana en que los medios de comunicación se hicieron eco de la clonación de Dolly (la revis­ ta la publicó en su número del 10 marzo), el 93 por ciento de los estadounidenses se oponen a la clonación de seres humanos y el 65 por ciento están en contra de la clonación de animales. Resulta, además, particularmente interesante que sólo el 7 por ciento afir­ maran que sí se clonarían, lo cual contradice el temor a que la clo­ nación se propague en cuanto la tecnología lo permita.7

No quiero incurrir en el error de simplificar en exceso los dile­ mas éticos que plantea esta polémica y coincido con la opinión del Comité Nacional de Bioética de que, en una democracia madura, la discusión franca de los temas controvertidos es vital para el buen funcionamiento del sistema (incluso he participado en ese debate en las páginas de opinión del diario Los Angeles Times, donde Patrick Dixon, que defiende la postura conservadora, y yo publica­

mos dos artículos contrapuestos)8. Reconozco que entre los funda- mentalistas de la clonación humana se pueden encontrar opinio­ nes tan extremas como las del Consejo de Genética Responsable (Richard Seed, el físico nuclear de Chicago que en 1997 anunció su intención de clonar un ser humano antes de que la legislación pudiera imperdírselo, constituye un buen ejemplo de renuncia temeraria a los principios de la ciencia y la racionalidad: su caso, a mi entender, no es otra cosa que una búsqueda personal de la inmortalidad o, cuando menos, de la notoriedad)9. Por ese motivo me atengo de corazón al sabio consejo del Libro de los Proverbios: «En la multitud de palabras no falta el pecado, mas quien refrena sus labios es prudente» (10:19). No tengo nada particularmente nuevo que añadir a los razonados argumentos y respuestas que han ofrecido los dos bandos de la polémica, todo se ha dicho ya en el torrente de libros y artículos que nos ha inundado en los dos últi­ mos años.10 Pero, en lo que atañe a la ciencia, los críticos de la clo­ nación han incurrido en dos malentendidos, uno en lo particular y otro en lo general, que me parecen especialmente interesantes por lo que revelan de nuestros miedos más profundos: el mito de la iden­

tidad exacta y el mitorfe jugar a ser Dios.

El mito de la identidad exacta

En la polémica sobre la clonación de seres humanos se produce una coincidencia de opiniones particularmente extraña: la mayo­ ría da por supuesto que la clonación de un ser humano significa la creación de una persona idéntica a él, como si los genes lo fueran todo y el entorno no tuviera la menor influencia. Resulta irónico que esta falacia clásica del determinismo genético la esgriman como argumento contra la clonación aquellos que tradicional­ mente abrazan el determinismo del entorno en asuntos relaciona­ dos con el medio ambiente. ¿No tendría que ser su argumento exactamente el contrario, esto es: «Clonen cuanto quieran, que jamás van a crear dos personas iguales porque el entorno es mucho más importante que la herencia»? Incontables citas llenan las páginas de los artículos que he leído en los últimos años, pero

basta con reflejar aquí una sola. Pertenece a Jeremy Rifkin, el incansable rey de los fundamentalistas que se oponen a la ingenie­ ría genética, el mayor determinista en temas medioambientales que jamás haya existido: «Hacer una fotocopia de una persona es un crimen horrendo. Es poner a un ser humano una camisa de fuerza genética. Por primera vez, hemos tomado los principios del diseño industrial -control de calidad, predictibilidad- y los hemos aplicado al ser humano»11.

Las investigaciones realizadas en genética conductual y psicolo­ gía evolucionista -dos de las disciplinas que con mayor firmeza defienden la influencia de los genes- demuestran precisamente que el entorno interactúa con la herencia para modelar la conduc­ ta y la personalidad. La interacción comienza cuando los genes codifican las reacciones bioquímicas y éstas regulan los cambios fisiológicos, que a su vez controlan los sistemas biológicos, que a su vez modifican las acciones neurológicas, que a su vez influyen en los estados psicológicos, que a su vez son la causa de las conductas; por su parte, la conducta interactúa con el entorno, que a su vez cambia la conducta, que a su vez influye en los estados psicológi­ cos, que a su vez alteran las acciones neurológicas, que a su vez transforman los sistemas biológicos, que a su vez modifican los cambios fisiológicos, que a su vez transfiguran las reacciones bio­ químicas. Y todo dentro de un complejo bucle de retroalimenta- ción interactiva entre los genes y el entorno a lo largo del creci­ miento y la vida adulta. Dos ejemplos bastarán para respaldar mi opinión de que la identidad exacta es un mito.

1. En su libro EntwinedLives [Vidas entrelazadas] (1999), sobre hermanos gemelos, la doctora Nancy Segal, especialista en psicolo­ gía evolucionista y en genética conductual, aporta una cantidad ingente de datos, producto de la investigación, que revelan que los genes influyen en nuestra conducta y en nuestra personalidad de innumerables maneras que no podemos pasar por alto por más tiempo. De la comparación de hermanos gemelos educados por separado con hermanos gemelos educados juntos, mellizos (no idénticos) educados juntos, hermanos educados juntos y pseudo-

gemelos (niños adoptados genéticamente distintos) educados jun­ tos, se deduce que los gemelos educados por separado guardan más parecido en casi todos los parámetros estudiados que los suje­ tos de los grupos de comparación (lo cual incluye ciertas similitu­ des asombrosas que van desde lo sublime, como el hecho de que Harold Shapiro y su hermano gemelo sean presidentes de Univer­ sidad, a lo ridículo, como la preferencia por la misma pasta dentí­ frica: en concreto, una de la marca Vademecum). Pero lo que más me impresionó del libro de Nancy Segal fue comprobar hasta qué punto pueden ser distintos dos gemelos. Incluso en características como la altura y el peso, que son hereditarias en un 90 por ciento, me sorprendió lo diferentes que muchos gemelos idénticos pue­ den llegar a ser (el libro ofrece una generosa selección de fotogra­ fías). Y, cuando se trata de rasgos que sólo son hereditarios en un 50 por ciento, resulta evidente hasta qué extremo el entorno es importante.12

Tal vez sea una tendencia personal mía ver el vaso siempre medio lleno (soy por naturaleza una persona optimista), pero cuando leo que el 50 por ciento de las variaciones de personalidad, inclinaciones religiosas y preferencias sociopolíticas son atribuibles a la genética, pienso: «¡Demonios! Así que tengo un 50 por ciento de posibilidades de hacer lo que me plazca». Nancy Segal y otros especialistas en el estudio de gemelos han revelado que la herencia es mucho más decisiva de lo que hasta hace poco se creía y que estos estudios se asientan en bases científicas muy firmes (a dife­ rencia de lo que, en la primera mitad del siglo xx, ocurría con la eugenesia). Pero la doctora aclara asimismo que de su trabajo puede deducirse lo siguiente: «Que haya influencia genética no quiere decir que el comportamiento esté predeterminado, sino que la facilidad, inmediatez y magnitud del cambio conductual varían de un rasgo a otro y de una persona a otra»13. Esa variedad es la causa de que la identidad sea única y singular, incluso entre dos gemelos idénticos.

2. En la versión cinematográfica de la novela de Ira Levin Los

vado doctor Josef Mengele, que ha salido de su escondite en las junglas de Sudamérica con el plan de crear una raza superior: el primer paso consiste en la clonación del propio Führer (a partir de muestras de sangre y de tejido recuperadas después de su muerte). Cuando comprende el alcance del proyecto de Mengele, Lieber- man, el cazador de nazis que interpreta Laurence Olivier, le pre­ gunta a un colega científico si de verdad es posible clonar a otro Hitler (o a siete u ocho) y exclama: «¡Es algo monstruoso!». El científico le explica que la técnica también podría emplearse para hacer el bien pero que, en cualquier caso, los genes sólo son la mitad de la historia: «¿No le gustaría vivir en un mundo lleno de Mozarts y Picassos? Naturalmente, no es más que un sueño. No sólo habría que reproducir el código genético del donante, sino también su entorno mental»14. De hecho, el problema con que se encuentra Mengele a lo largo de la película es duplicar la peculiar y compleja historia familiar de Hitler.

Finalmente, la tarea resulta patentemente imposible porque los acontecimientos históricos son muy contingentes, con lo cual quiero decir que constituyen una coyuntura de sucesos que no se atienen a nin­

gún plan previo. A su vez, las contingencias interactúan con necesida­ des, o circunstancias restrictivas que impelen a un curso de acción determi­ nado15. Rebobinemos hasta su comienzo las circunstancias

históricas que rodearon la vida de Hitier, pongámoslas en marcha otra vez y las posibilidades de que un cabo austríaco termine su vida como Führer de Alemania en un búnker de un Berlín destro­ zado por las bombas tras una guerra con más de cincuenta millo­ nes de muertos son prácticamente nulas. En el curso de una vida, e incluso tan sólo de una infancia, el número y la complejidad de las circunstancias es tan imposible de computar que no hay forma posible de duplicar la vida de una persona y mucho menos la histo­ ria cultural de una época. Además, el pasado está gobernado tanto por contingencias como por necesidades: los tantas veces peque­ ños, aparentemente insignificantes y normalmente inesperados sucesos de la vida se conjugan con las grandes y poderosas leyes de la naturaleza y las tendencias de la historia. Como el pasado, que

abarca todas y cada una de nuestras historias personales, se cons­ truye a base de contingencias y de necesidades, combino, para expresar su interdependencia, ambos conceptos en un solo térmi­ no: contingencia-necesidad, que quiere decir: coyuntura de sucesos que

impele a un curso de acción determinado a raíz de las restricciones impues­ tas por las condiciones previas. En El 18 de brumario, Karl Marx lo

expresó mejor en una cita que se ha hecho clásica: «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen como quieren; no la hacen en las circunstancias elegidas por ellos mismos, sino en las circunstancias con que se encuentran, y que el pasado les otorga y transmite directamente»16.

Clonar el entorno de Hitler requeriría no sólo reproducir las circunstancias transmitidas por la Europa de las décadas de 1910 y 1920, ente ellas la Viena de finales del siglo xix, el Múnich impe­ rial, la Gran Guerra, que Hitler fuera gaseado en las trincheras y sufriera una ceguera temporal, su posterior recuperación en el hospital en el que formuló muchas de sus ideas sobre los judíos, el torbellino político de 1918 y 1919 -que influyó en su ideología-, los años de artista muerto de hambre y neófito de la política trans­ curridos entre cervecerías y cafeterías, y la incipiente formación del partido nazi, con todas sus disputas y traiciones internas antes de la llegada al poder. ¿Dónde sino en un guión de Hollywood podría reproducirse esa secuencia con el detalle suficiente para obtener a la misma persona?

Por examinar un solo acontecimiento crucial, recordemos la llegada de Hitler al poder: Ron Rosenbaum demuestra «lo preca­ rio y contingente que fue la consecuencia final, hasta qué punto la fatídica decisión de Hindenburg de entregar la cancillería a Hider fue producto de factores impredecibles del azar y la personalidad, de rumores y accidentes, y no el producto inevitable de abstraccio­ nes históricas»17. O remontémonos a la caprichosa infancia del Führer, que fue el primer hijo que tuvo su madre (o, para ser exac­ tos, el primero que sobrevivió), la cual lo mimó y lo favoreció en detrimento de dos hermanos mayores de un matrimonio anterior de su padre; no obstante, como esos hermanos le llevaban bastan­

tes años, Hitler no tardaría en convertirse en el primogénito con tres hermanos pequeños. ¿Qué quiere decir esto?

Según los estudios de Frank Sulloway sobre la importancia del orden de nacimiento entre hermanos, la personalidad -también en los casos de las personas de más carácter- está extraordinaria­ mente determinada por la dinámica familiar: «Normalmente, las ideologías conservadoras son propias de los primogénitos. Entre los conservadores, los primogénitos gravitan hacia las ideologías más estritas, como el fascismo»18. El tortuoso camino de Hitler -primogénito, conservador, autoritario- hasta convertirse en un ideólogo del fascismo es muy contingente y complejo. ¿De verdad es posible reproducirlo? Parece improbable. O, remontándonos otra generación: tenemos la confusa genealogía de Alois Hitler, con su madre, María Shicklgruber, y su misterioso padre, que pudo incluso ser judío. Sería necesario clonar también a la entregada madre de Hitler, a su severo padre, para lo cual habría que clonar también a los padres de éstos y el entorno en que crecieron y su cultura, etcétera. Reunamos todos los ingredientes y obtendremos a una persona única, ni más ni menos importante que cualquiera de nosotros. Adelante, clonemos un millar de Hitlers, me apuesto todo el dinero de Las Vegas a que ninguno de ellos llegaría a ser un nuevo Führer de Alemania, capaz de impulsar otro régimen mili­ tar y político tan monstruoso como el nazi.

El mito de jugar a ser Dios

Aun así, por polémico que pueda parecer, si lo comparamos con otros dilemas éticos, incluso el asunto de los fundamentos genéticos o medioambientales de la identidad ocupa un segundo o tercer lugar en la jerarquía de temores del ciudadano. El miedo principal es el de la manipulación científica del genoma humano. En la primera conferencia que concedió tras hacerse pública la clo­ nación de Dolly, fue este peligro precisamente el que con mayor rotundidad expresó el presidente Clinton: «Son muchos los deta­ lles de la clonación que todavía desconocemos, pero hay algo que sí sabemos: todo descubrimiento relacionado con la creación del

hombre no afecta sólo a la investigación científica, sino también a la moral y el espíritu»19. De hecho, antes incluso de que el Comité Nacional de Bioética remitiera su informe a la Casa Blanca, Bill Clinton prohibió la financiación con fondos públicos de toda investigación relacionada con la clonación de seres humanos y soli­ citó al sector privado la misma medida. El mismo año, cuando Richard Seed, el físico rebelde de Chicago, anunció su intención de convertirse en el primer ser humano clonado, Clinton organizó otra conferencia de prensa e instó al Congreso a prohibir la clona­ ción de seres humanos (y no sólo su financiación con fondos públi­ cos) antes de que Richard Seed pudiera llevar a cabo la suya: «Per­ sonalmente creo que la clonación humana plantea dilemas muy profundos relacionados con nuestros preciados conceptos de fe y humanidad»20.

¿Qué tienen la espiritualidad y la fe que ver con todo esto? A juzgar por la encuesta realizada por Time y por la CNN que ya hemos mencionado, mucho. El 74 por ciento de los encuestados contestó afirmativamente a la pregunta: «¿La clonación de seres humanos va contra la voluntad de Dios?»21. ¿Cómo puede nadie pretender saber cuál es la voluntad de Dios? Por lo que dice la Biblia, naturalmente, pero ni siquiera la Biblia deja claro qué es justo y moralmente correcto, así que los dirigentes religiosos no se ponen de acuerdo a la hora de responder a los interrogantes que suscitan la clonación y la ingeniería genética. Tras pasar la criba a un corpus considerable de bibliografía religiosa sobre el tema, parece que la mayor objeción es que, en palabras de Albert Morac- zewski (que se hace eco de la instrucción Donum Vitae, que el papa pronunció en 1987), la clonación «pondría en peligro la identidad única y personal del clon (o clones) y también la de la persona cuyo genoma se duplique». Los gemelos no cuentan porque nin­ guno de ellos es «el origen ni el hacedor del otro», explicó este teó­ logo católico, según la idea de que crear a otro es algo que única­ mente Dios puede hacer.22 El 6 de marzo de 1997, el Comité de

Vida Cristiana de la Convención Baptista del Sur aprobó una reso­ lución para instar al Congreso a «ilegalizar la clonación humana» y

apeló «a todas las naciones del mundo» a hacer un «esfuerzo por evitar la clonación de seres humanos». Por último (sólo por hacer gala de diversidad ecuménica), el judío Fred Rosner, especialista en bioética, escribió que se puede considerar que la clonación constituye «una intromisión en los dominios del Creador»23.

Así pues, el debate se reduce a lo siguiente: miedo a que la cien­ cia se introduzca indebidamente en el territorio de la religión. Es, en realidad, un tema que nos ronda desde hace décadas, desde

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