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Partiendo de lo expuesto por Vila (1995), Favoretto (2014), Kotler y Sosa (1999) y Díaz (2005) se afirma que el rock producido y consumido en Argentina durante los setenta, se entiende como un movimiento cultural que sirvió de espacio simbólico de resistencia a uno de los grupos sociales más perseguidos durante la dictadura militar: los jóvenes. De esta manera, para Bourdieu (1990) las manifestaciones culturales como el rock pueden ser utilizadas para la reproducción de las estructuras dominantes (cultura hegemónica), sin embargo, es innegable que existen prácticas sociales emprendidas por sectores subalternos que tienden a emprender acciones para limitar a los dominantes, lo que se conoce como resistencia (Friedheim y Maretto 2009). Así, el consumo cultural del rock nacional en la década de los setentas puede interpretarse como una forma de resistencia por parte de la juventud argentina que terminó siendo “la marca fundamental que permite construir identidades enfrentadas con algunos aspectos centrales de esa cultura. La resistencia se da así por la trasgresión, ya presente en los orígenes del movimiento”. (Díaz, 2005)

Lo que comenzó como una década que no vislumbraba a los jóvenes como parte importante del sistema social se fue convirtiendo en la época dorada del rock argentino, principalmente por la capacidad contestataria de los líderes del movimiento (sujetos militantes), que a través de una serie de actos performativos, expuestos durante conciertos y recitales73, transmitían un mensaje

de lucha y resistencia contra la opresión.

Estos actos performativos pueden ser identificados en los materiales audiovisuales de la época, pero también en las conductas desafiantes que músicos como Litto Nebia, Charly García y Luis Alberto Spinetta, emprendieron alrededor de la década que nos ocupa, pues a pesar de

73 Para Favoretto, los conciertos se convirtieron en lugares de disidencia, donde oponerse a las medidas represivas adoptadas por la dictadura era una manifestación de solidaridad, pero estos actos performativos y en general el am- biente vivido dentro de recitales y conciertos no eran difundidos prácticamente por ningún medios de comunicación, lo que nos habla de un consumo cultural limitado por estas circunstancias, además de que cuando se llegaba a difundir alguna información relacionada con el rock esta era tergiversada por los medios oficiales. (Favoretto, enemigos íntimos)

74 Durante el mismo periodo y pese a la continua vigilancia por parte de las autoridades, la cantidad de conciertos se incrementó, siendo el Luna Park y el Estadio de Obras Sanitarias dos de los recintos con mayor afluencia de jóvenes rockeros. Estos actos eran vistos más como una práctica social-contestataria que musical, como una especie de acto político encubierto (Favoretto, 2014 y Vila, 1987). “Como los espacios para las actividades políticas se hallaban total- mente clausurados, los conciertos brindaron un nuevo ámbito donde los jóvenes podían masificarse, desafiando el individualismo impuesto por la política del régimen”. (Favoretto, 2014)

75 Durante la década de los setentas, era común que la militancia de cualquier partido político considerara al rock como un instrumento al servicio del imperio (Estados Unidos e Inglaterra). “No sólo no aceptaban como válida la interpelación rockera, sino que su caracterización de los rockeros era desdeñosa y peyorativa” (Vila, 1995: 254)

que sus obras frecuentemente estuvieron dentro de las “listas negras”, no dejaron de producir e incluso fue precisamente en ese tiempo cuando se convirtieron en los líderes (junto con otros más) del movimiento de rock nacional.

En este sentido, el rock nacional se desarrolló como lugar para la resistencia principalmente en los recitales ofrecidos por los músicos antes mencionados y por muchos otros, que convir- tieron la asistencia a éstos territorios simbólicos de la contracultura en una especie de ritual donde el simple hecho de asistir representaba un poderoso mensaje: la rebeldía y el desafío a las autoridades, comportamientos vinculados a los actos performativos a los que los rockeros con- tinuamente recurrían para avivar el espíritu contestatario característico del rock en ese periodo74.

“En 1975 y 1976 ir a recitales y escuchar discos con grupos de amigos, se convierten en actividades privilegiadas para un amplio sector de jóvenes que, sin mucha conciencia de ello, intentan salvaguardar su identidad la cual es cuestionada por el proceso militar. (…) en los recitales, a la manera de rituales, el movimiento se festeja a sí mismo y corrobora la presencia de un actor colectivo”. (Vila, 1995: 255)

Por ello, la importancia del consumo cultural del rock como espacio para la resistencia es fundamental para entender la construcción de una identidad juvenil, pues la situación altamente represiva de la Argentina en los setenta trató por muchos medios de negar la existencia de una cultura juvenil con sus respectivas manifestaciones. Bajo este contexto y más allá de los esfuer- zos por parte de los partidos políticos de incluir a los jóvenes75, la apropiación del rock resultó

ser el mejor lugar para desarrollar y proteger los recién creados lazos identitarios de los jóvenes, pues estaba desarrollando de forma excepcional su liderazgo al frente de un movimiento de oposición que influyó en distintos sectores sociales argentinos. (Vila, 1987)

Así, además de considerarse como un movimiento cultural, el rock nacional podría entrar, de acuerdo a lo señalado, la categoría de movimiento social, debido a su capacidad para generar identidad y también como agente contestatario al régimen militar y por ser apropiado por parte de los consumidores y de sus intérpretes como un espacio alternativo (fuera de la militancia a algún partido político) para la resistencia. (Kotler y Sosa 1999)

A pesar de la censura, el rock sobrevivió como música para la resistencia

Es en este consumo, que crece exponencialmente la cantidad de intérpretes y canciones que de una u otra forma, fueron reflejo de la situación social que se vivía en Argentina, por lo que a pesar de la censura, el rock fue encontrando ciertos espacios de expresión, como las revistas especializadas e incluso algunos programas de radio y de televisión, mismos que ayudaron al crecimiento paulatino de ese espacio de resistencia a las medidas autoritarias y a la violencia (Correa, 2002)

Bajo este argumento, el consumo cultural del rock como espacio de resistencia conjuntó los elementos para desarrollar una ideología propia que reunió a una multiplicidad de subgéneros, tendencias y fusiones bajo el denominativo de rock nacional, cerrando sus filas, fomentando la identidad colectiva y superando las divisiones internas, por lo que:

“Si bien fue desplazado por la fuerza a una posición marginal, pudo funcionar como un es- pacio de reconocimiento mutuo y de resistencia. Ante la imposibilidad de mantener sus or- ganizaciones sin censura, los jóvenes conformaron un movimiento musical con una tradición de enfrentamiento al sistema, como ámbito de sostén de identidad, en un período histórico en el que toda expresión era cuestionada” (Favoretto, 2014: 3)

Es importante destacar que no sólo se trató de un movimiento de resistencia contra la dicta- dura, sino también contra aquellas instituciones (medios masivos, música comercial, izquierdas peronistas y no peronistas) que no interpelaban a los jóvenes en la misma forma que lo hizo el rock, pues si algo ha caracterizado a éste es precisamente sus temáticas individualistas, cuestión que por ejemplo, las izquierdas no ofrecían. Por ello, los consumidores se convirtieron también en sujetos militantes que usaron al rock como un interpelador mucho más efectivo que las viejas instituciones políticas, consolidándose como un espacio para el desarrollo de un “no- sotros” que conformó una identidad juvenil muy distinta a la de generaciones anteriores (Vila, 1995: 249), constituyendo en sí un acontecimiento, derivado de una ruptura generacional, pero también institucional.

3.5.2.3 Artistas y canciones primordiales para entender

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