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El término *”semillas del Verbo” se aplica a ciertas teogonías y cosmogonías prehispánicas; pero casi nunca se aplica a los métodos utilizados por los *indígenas para transmitir dichas verdades a sus descendientes.
Algunas huellas de dicha metodología, aunque ya mezcladas con métodos de evangelización, se encuentran en los modos que hoy se usan para transmitir la *religiosidad popular de padres a hijos.
Conviene confrontar esta práctica con la pedagogía evangelizadora de Jesús, a fin de constatar su riqueza y también sus limitaciones.
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En el Evangelio de Marcos están delineadas con más claridad las distintas etapas de esta pedagogía.
Lo primero que hace Jesús es generar en la masa “una buena impresión”, el “asombro”, una “buena fama” (Mc 1,22.27.45); la simpatía hacia su persona. En los primeros siglos de la Iglesia se dio a este momento el nombre de martirio o precatecumenado (OICA 11,3). Hoy día aunque se siguen empleando estos vocablos, la mayoría de los documentos lo llama etapa del “testimonio” (EN21, 24,41; DP 351; AG 11), o de la presencia de la caridad (AG 11).
Es una proclamación silenciosa pero clara y eficaz de la Buena Nueva. Es como una “evangelización global”. Fruto de éstas son los simpatizantes.
Jesús escoge a algunos de estos simpatizantes y los convoca a estar con él (Mt 3, 13-19.31-35; 6,7-13). En esta segunda etapa, los elige para hacerlos “su familia”, su comunidad.
Documentos posteriores llamarán precatecumenado a éste momento (OICA 11,13); pues en él, integrando un grupo de simpatizantes (OICA 11), se prepara la siguiente etapa, llamada catecumenado.
Así Jesús convive con este grupo realizando la tarea más larga de su vida pública: adherirlos a su manera de ser, de pensar, de actuar (Mc 4-14,21).
Los documentos describen esta tercera etapa desde distintos ángulos: la llaman *catecumenado (OICA 13,19; AG 14); noviciado (OICA 13-19); etapa del anuncio explícito y de la adhesión del corazón (EN 22-23), momento de la Buena Nueva del Reino (EN 22) y del anuncio del kerygma que suscita la fe y la conversión (CT 18-19; DP 337,358).
Este dinamismo de conversión tiene que ser traducido a gestos sacramentales que sostienen dicha adhesión por la gracia que confieren (EN 23). Al celebrar en signos mistéricos la Ultima Cena, su vida, muerte resurrección, Jesús introduce la cuarta etapa de su pedagogía evangelizadora: la entrada al signo o sacramento de salvación que es la Iglesia (EN 23,28,47; AG 14; OICA 20-34), que es el ingreso a la comunidad cristiana (EN 23; CT 18).
La resurrección lleva a los apóstoles a volver sobre su experiencia vivida al lado de Jesús. Confiesan que Jesús de Nazaret, muerto y resucitado es el Mesías, el Señor. Escriben este credo como evangelio. Ordenan así su experiencia. Para ello se les ha develado el misterio, el sacramento, Jesucristo. De ahí que a esta quinta etapa se le considera como mistagogia (AG 14-15; OICA 35 y 6,4).
Poco a poco este momento se va reduciendo a “sumas teológicas”, en las que se encuentra la doctrina de Jesucristo en forma organizada, sistemática y ordenada (CT 18; 21,25,19); los catecismos resumen, aún más, dicho credo.
Este es, pues, una etapa propiamente catequética.
Los apóstoles culminan el proceso evangelizador: salen a hacer discípulos a todos los pueblos de la tierra (Mc 16, 12-20). Es la sexta etapa, la del apostolado (EN 24), la misión (DP 360).
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2. Pedagogía evangelizadora de la religiosidad popular.
“La religiosidad popular es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente así mismo” (DP 450).
La religiosidad es en sí simpática a las grandes mayorías. Sus *signos les dicen mucho; causa asombro a propios y extraños la fuerza de convocatoria que tiene; congrega multitudes.
Si en ocasiones aparece débil la fuerza convocadora de la liturgia, no es el caso con las distintas manifestaciones religioso-populares. Se podría afirmar que las dos primeras etapas del proceso, las cumple con creces la religiosidad popular. La parte débil de la religiosidad se da en relación con la etapa tercera.
La repetición anual de la misma celebración, sea del *calendario popular, sea de alguna *verdad central, poco cambia la vida individual y colectiva del pueblo. La fiesta, que es el mensaje más fuerte, sea como denuncia de una situación o como anuncio de una nueva realidad, es pasajera. El pueblo no sostiene este clamor más allá del *novenario. La convocación a celebrar la fiesta no encuentra elementos que sostengan la continuidad del mensaje ahí anunciado, de manera que al menos un núcleo de gente sostuviera y acrecentara en ella y en el pueblo la conversión vivida. El pueblo regresa casi siempre a la negación de lo que anunció en dicho acontecimiento festivo.
Esta etapa es la que más necesita ser asumida, compenetrada y dinamizada por parte del *agente de pastoral, *promotor de la religiosidad (DP 457-458), con la metodología de Jesús.
Así como el proceso de *fe tiene que aprender mucho de las dos primeras etapas del proceso de la religiosidad, así éste debe aquí enriquecerse de aquellas riquezas del catecumenado, como son: la comunidad, los análisis de la realidad, la Biblia, que impulsan a un cambio; son elementos de la pedagogía de Jesús que enriquecerán esta tercera etapa del proceso de religiosidad e incidirán a su vez, en forma positiva, en la revitalización de los sacramentales.
Tratar de descubrir el misterio de Jesucristo, que se encuentra en los misterios en los que cree el pueblo, ha sido sobre todo en los últimos años, tarea de éste y de sus agentes. En algunas diócesis, él *católico ya es más consciente de lo que cree, celebra y practica, más aún, está ordenando y sistematizando su religiosidad.
Algunos artículos de este vocabulario son fruto de esto y a su vez pretenden ayudar a realizar en otros esta cuarta etapa.
La conversión al apostolado con su práctica transformadora es otra etapa débil en el proceso evangelizador de la religiosidad.
Si se enriquece la tercera etapa, tendrá como consecuencia un compromiso apostólico.
BENJAMÍN BRAVO.