Traducido a la lengua española de la edición hecha en Roma por la Sagrada Congregación de Propaganda Fide en 1886 y anotado en parte por el presbítero Anastasio Machuca Diez, cura de la Real Casa de Campo. 2a. ed. Madrid: Librería Católica de Gregorio del Amo, 191 l,p. 28.
82 \&lle, A Op. cit.,p. 128.
el centro de la filosofía católica postridentina sobre el cono cimiento y la voluntad en el hombre:
Es el hombre animal racional, y por tanto posee un doble apetito, sensitivo y racional, que naturalmente se inclina a su propio bien sensible y racional, ftro como todo conocimiento es fruto de un proceso cuyo principio ha de buscarse en los sentidos, acaece que el apetito sensitivo inmediatamente se mueve a conseguir eso que se le representa como bueno aun antes de que la razón dicte si ha de ser aceptado o no. Claro está que, objetivamente considerado este movimiento de la concupiscencia no es un mal, sino sólo en cuanto es ocasión de pecado o incitación a él, disminuyendo así la libertad moral del hombre. 84
De este defecto y de sus consecuencias estaban libres los primeros padres, obedeciendo en ellos con “ toda perfección la naturaleza inferior al imperio de la razón” . Es curioso este tipo de interpretación inductivista y dualista del pecado: el bien deseado es un bien conocido por los sentidos, en pugna con el bien conocido y deseado por la razón. Esto es lo que la fisiología, la psicología experimental y todas las disciplinas modernas em pezaron a criticar, al mostrar que esta relación entre conciencia y organismo no era ni mucho menos tan transparente ni tan volun taria, ni tan claramente polarizad^ ni tan ingenua. Pues si la cosa parecía de principios — el pecado original— , al momento de empezar a enunciar ya se discuten los mecanismos históricos y las ideas sobre la naturaleza humaná según modelos bien distin guibles. En este caso estamos hablando de una noción de sujeto individual, aislado y responsable único de su culpa personal, compuesto de dos elementos: el instinto y la voluntad racional.
3. El tercer don de Dios al hombre antes del pecado original era la inmortalidad. Este tema es el fundamento filosófico que debía ser protegido de las invasiones de la experimentalidad científica sobre el hombre; y era, como hemos dicho, el funda mento de toda moral religiosa aceptable, desde el punto de vista católico.
Esta concepción del pecado y la naturaleza humana que rige la pedagogía católica de este período, repetida desde el Catecismo
de Trento, hasta el manual de Restrepo Mejía y los de las comu-
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5 nidades religiosas, asignaba un papel bastante problemático a la infancia, y a las técnicas de formación:Todos, dice David, se han descarriado, se han hecho igualmente inútiles; no hay quien obre bien, no hay uno siquiera”. Pbrque léese en el Génesis, “los sentidos y los pensamientos del corazón humano están inclinados al mal desde su niñez”; de modo que de aquí puede colegirse que nadie por sí mismo tiene gusto de obrar bien sino que todos estamos inclinados al mal; y son innumerables las pasiones malas de los hombres, estando prontos y siendo arrebatados por sus ardientes deseos a la ira, al odio, a la soberbia, a la ambición, en suma, a toda clase de pecados [...] Pero no es sólo la natural tendencia al mal, que se manifiesta particularmente en la niñez, sino la ceguera que hace amar el mal como si fuese el bien, y que impone la educación, la autoridad, la vigilancia, pues “pegada está la necedad al corazón del niño y se requiere la vara, que arroja fuera la necedad del joven” (Proverbios 22, 15).85
Esta “vara” , tal como aparecía en el Evangelio, fue interpre tada por el magisterio eclesiástico en dos sentidos: uno ético general, que comparte con los textos tradicionales de sabiduría de todas las religiones: como una “ ley universal del aprendizaje vital” , basado en el ensayo y error, en el aprendizaje por expe riencia, en el golpe y porrazo. Pero también le fue dada una interpretación institucional histórica, un sentido pedagógico es trecho, como fundamento de una concepción que hace del castigo una vía necesaria para la formación no sólo moral sino intelectual del niño en la escuela. Se discutirá esto en detalle en un capítulo posterior. Lo que interesa por el momento, es mostrar cómo sobre la visión de los textos de sabiduría popular se fueron privilegiando las aplicaciones técnicas del poder pastoral, del catolicismo insti tucionalizado: los principios universales se actualizaban en una decisión técnica, y la aparición del saber pedagógico desde fines del siglo XVI implicaba desatar un nudo que nunca antes había sido puesto en cuestión: la articulación e interdependencia de los métodos de enseñanza y formación de la infancia, con las técnicas de pastorado espiritual — liturgia, sacramentos, predicación, catequesis— ; y con las técnicas de formación de una interioridad — oración, disciplina, confesión y autoexamen— . En el fondo, era
negociar una nueva forma de relacionar la idea de salvación sobrenatural con la de felicidad y bienestar natural por medio de la educación, bandera del Estado moderno.
Desde el punto de vista exclusivamente religioso, la noción que contrabalanceaba los efectos del pecado original era la noción de gracia santificante, “ la piedra angular de toda la enseñanza católica” , como decía un texto escolar de 1936. Noción que servía para unir los actos externos, sociales, con los internos, íntimos, del niño-creyente y del pastor-maestro. Los Programas de instruc ción religiosa primaria y normas prácticas para los maestros, aprobadas
por la Conferencia Episcopal Colombiana de 1936, divulgaban esta
advertencia:
1. Désele una importancia extraordinaria a la exposición sencilla, ordenada y exacta de la doctrina de la gracia, téngase presente que toda la obra de Jesucristo y de la Iglesia gira alrededor de la gracia y que la grandeza del cristianismo estriba en los misterios sublimes de la misma.
Añadiendo las siguientes recomendaciones a los maestros: 2. Procúrese grabar profundamente estas ideas: a. Dios por medio de la gracia santificante, divinizó al hombre para que pudiera honrar debidamente a su criador para hacerlo digno de recom pensa eterna, b. El hombre perdió la gracia, Jesucristo la resti tuyó, dejó a la Iglesia el poder de cohferirla e instituyó los sacramentos que son los modelos o medios divinos de dar la gracia a los hombres.
3. Con frecuencia recuérdese que la gracia santificante es la raíz o fundamento de la perfección o santidad y que de su aumento progresivo depende nuestra santificación o perfec cionamiento.
Igualmente se reiteraba en 1937: “Como todos los medios sobrenaturales de salvación, y por consiguiente de educación, giran alrededor de la doctrina de la gracia, hagan que los pro fesores expliquen esta doctrina con cuidado especial” .86
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86 Rerdomo, Ismael; Arzobispo de Bogotá. “Circular sobre educación de la niñez”. Marzo de 1937. La Iglesia. Bogotá: 1937, p. 207. O: “Con las cualidades nativas que son un verdadero encanto, coexisten en él tendencias desordenadas cuyo germen no puede ser atribuido sola mente a influencias exteriores ni hereditarias, y en las cuales el dogma católico reconoce las consecuencias de una decadencia original [...]
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Esta gracia, esta teología de la gracia, ha sido bastante polémica tanto dentro la misma Iglesia como desde el punto de vista de los cristianos reformados. Sin entrar en detalles, la idea de gracia como un don que se da o se quita, se obtiene o se pierde, y referida a cada individuo, no al conjunto general de los creyentes o mejor a toda la naturaleza humana, ha sido denunciada como una ocasión de comercio espiritual, una especie de bien que es susceptible de volverse una mercancía de intercambio, y un uso teológico que fundamenta la jerarquización y la exclusión: perder la gracia es quedar también fuera del orden institucional. 7 Pero esto es laberinto de otra investigación. Lo que tenemos acá, por lo menos en lo relativo al Catecismo de Trento, es la definición del pecado original como desobediencia, con las implicaciones obvias que se derivan en dirección a una teología cuyos valores centrales son la verdad y la virtud, sostenidas por la autoridad de Dios, del magisterio eclesiástico, del Estado — católico— , de la jerarquía sacerdotal y de los padres y maestros. La gracia, en cuanto administrada por la institución, era la única puerta de salida. Así, sobre la pareja pecado-gracia, quedó fundamentada una noción dualista de la infancia, mala y buena, pecadora e inocente a la vez, merecedora ambivalente de castigo y misericordia. Máxime si consideramos la otra tradición positiva procedente del Nuevo Testamento; aquella que con Marcos (10, 13-15) hacía de la88
infancia el lugar privilegiado del reino de Dios. Junto a la vara
Lo que hace posible esa dirección educativa es que el niño es una actividad reflexiva, perfectible y dirigible, y que por otra, está soco rrido en la tendencia al bien, por una fuerza misteriosa y constante: la gracia divina”. Bruño, G. M. Manual de pedagogía para uso de las escuelas católicas. París: Librería de la Viuda de Ch. Bouret, 1911, p. 3; y Hermanos de las Escuelas Cristianas. Guía de las Escuelas Cris tianas. Bogotá: Librería Stella, 1951, p. 29.
87 “El sistema se llama cristiano [...] cuando establece que el hombre nace imperfecto e inclinado al mal por el pecado original, que su fin primero es el perfeccionamiento o recto desarrollo de sus facultades, y su fin último conocer, amar y servir a Dios; y que por la gracia es elevado a un estado sobrenatural, en el cual le corresponde como fin último la posesión de Dios en la vida futura. Este sistema es el que ha civilizado al mundo y el único verdadero.” Restrepo Mejía, M. y L. Op. cit. T. I, p. 4.
8 8 “La Iglesia podría repetir en un sentido mucho más profundo que Juvenal: ‘Se debe al niño grande reverencia’. En el niño, en efecto,
del Antiguo Testamento, las bendiciones del Nuevo Testamento. Entre uno y otro, el resultado institucional fue una ambigua actitud, que gracias al modelo de organización eclesial como
sociedad perfecta, t e r m i n ó por estar más cerca de la desconfianza
veterotestamentaria, que de la afectividad del hijo del carpintero:
En efecto, el niño, aún más, el mismo infante que se halla en la cuna, posee inclinaciones desagradables: no tiene sin duda, con ciencia de ellas, pero existen; y si no se toman precauciones, se desarrollarán para desgracia suya. Pero aparecen en él otras buenas; le toca al educador discernirlas, ayudarlas, disciplinarlas, y en tanto como sea posible, desarrollarlas. El mismo trabajo debe cumplirse en la voluntad, en cuanto aparezca, libre de inclinarse al bien o al mal, seguirá más fácilmente en el porvenir la dirección que a menudo le habrá sido impresa.90
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muestra la fe una creatura de Dios, que lleva impresa en su alma la imagen de la Divinidad y disfruta de la participación de la naturaleza divina [...] la sensación [...] de la inocencia del niño y su inefable candor, la acrecienta la fe recordándonos las palabras del Divino Maestro ‘En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos...’ (Mt. 18, 3-6).” “Pastoral Colectiva de 1940”. En: Conferencias episcopales de Colombia 1908-1953. T. I, Bogotá: El Catolicismo, 1956, p. 437.
89 “La Iglesia se entiende como la exclusiva portadora de la salvación para los hombres; actualiza el gesto redentor de Jesús mediante los sacramentos, la liturgia, la meditación bíblica, la organización de la parroquia alrededor de tareas estrictamente religioso-sagradas. El Papa, el obispo y la estructura jerárquica de la Iglesia en general consdtuyen los ejes organizadores de la comprensión de la Iglesia... ella es esencialmente clerical en el sentido de que sin clero ordenado nada decisivo puede acontecer en la comunidad. El mundo no tiene consistencia teológica: debe ser convertido, pues solamente en la mediación de la Iglesia llega al orden de la Gracia (ordo gratiae) [...] En esta visión, prácticamente se identifica la Iglesia con el Reino de Dios; pues solamente en ella se encuentra historización. Está alejada del mundo por cuanto se siente fuera de él, aunque en función de él. Esto no implica que la Iglesia no se organice en el mundo, por el contrario, dado que solamente por medio de ella pasa la salvación y lo sobrenatural, se crean obras marcadas con el título explícito de ‘católico’: sindicatos, escuelas, prensa, universidades [...] La iglesia se construye aparte del mundo y con duplicación de servicios.” Boff, Leonardo. Iglesia: carisma y poder. Bogotá: Indo-American Press Ser vice, 1982, pp. 17-22.