• No results found

Recommendations

La argentinidad de Canciones Tristes es una característica que parece atenuarse en las obras más recientes de Fresán o que, por lo menos, en estas empieza a compartir el escenario con otros rasgos fundamentales que nos permiten encauzar esta ciudad imaginaria dentro del contexto del espacio y de la arquitectura postmoderna. Me refiero a los aportes masivos de la cultura pop y de la nueva sociedad global que definen un espacio cuyas características distintivas llegan a ser la volatilidad y su atmósfera esquizofrénica y delirante.

La idea de la ciudad postmoderna, de una especie de feria itinerante que Fresán lleva consigo en todas sus narraciones, está presente en casi toda la producción del escritor.

Si en Mantra nos encontramos con una fuerte presencia de directores de cine y estrellas de lucha libre mexicana que pueblan no solo el D.F. sino también Canciones Tristes, en

Jardines de Kensington la ciudad literaria se traslada al Reino Unido y se convierte en la meta

de peregrinaje de músicos, artistas, y escritores de la cultura pop. Fresán, como veremos, en

El fondo del cielo, llega al extremo de convertir su espacio imaginario en un planeta, por lo

que se trata de una novela de ciencia-ficción que nos restituye una proyección futurista de un mundo cada vez más virtual. De todas maneras, en este párrafo me quiero centrar particularmente en Vidas de santos, donde se estrena la dislocación pop y postmoderna de Canciones Tristes, y en otra colección de relatos donde esta tendencia llega a su cumbre máxima, La velocidad de las cosas (1998), la que se considera la obra maestra de Fresán, su libro más conocido y difundido. Se trata de una recopilación de relatos “enloquecidos”, delirantes, de difícil comprensión pero conectados uno con el otro. La velocidad de las cosas es la obra fresaniana que mejor expresa la idea de “delirio postmoderno” y que al mismo tiempo conjuga la presencia de víctimas y perseguidos de toda la historia del siglo XX con referencias masivas a la cultura pop. En los catorce relatos que componen la colección, encontramos a un jerarca nazi fanático de un escritor judío y a un aficionado a 2001: A

space Odyssey, cazadores de ballenas o de huesos, coleccionistas de hoteles y traficantes de

libros, un redactor de necrológicas y una niña fea que quiere conectarse con otros planetas, etcétera.

En las dos colecciones, la presencia de Canciones Tristes se hace obsesiva, llegando a ser el verdadero epicentro de toda la narración, el imán que atrae todas las historias. De hecho, la ciudad se convierte en la sede del misterioso Hotel de Todos los Santos de la Tierra (ese lugar místico y siniestro) o en la localidad donde tuvo lugar una legendaria batalla donde se martirizó a un héroe de la historia mexicana; es también el pueblo donde aparece una versión caricatural, pop y hasta blasfema de Jesús Cristo con anteojos oscuros, o el lugar que da nombre a un ciclo narrativo de un supuesto escritor; puede encontrarse en

Florida o Iowa (en su versión anglófona se funda también la University of Sad Songs) y hasta en México30, etcétera.

Utilizando las palabras de Fresán, Canciones Tristes, ya desde esta obra “no es un sólido, es un gas” (Fresán, 2005: 269) que se mueve ligero y libre, o, mejor dicho:

Canciones Tristes parece todos los lugares y ninguno, moviéndose a lo largo y ancho del atlas como la copa enloquecida de un médium borracho. (Fresán, 2005: 159)

Canciones Tristes se hace polifacética, volátil, atemporal. Hasta parecería renunciar a su argentinidad, ya que empieza a moverse “por todo el atlas”. Sin embargo, vuelve a ser también un pueblo de la Patagonia (Fresán 2012 A: 74), aunque se trata de una Patagonia enloquecida:

Vivíamos, además, en un sitio al que calificarlo de enloquecido sería hacerle un favor […]. Vivíamos en una ciudad de la Patagonia llamada Canciones Tristes donde por una u otra razón parecían converger las actitudes y los hechos más insólitos, como atraídos por el imán invisible pero real de lo absurdo. (Fresán, 2012 A: 363)

En La velocidad de las cosas Fresán vuelve a decir que Canciones Tristes “no aparece en ningún mapa” (Fresán, 2012 A: 522) pero al mismo tiempo afirma que:

Canciones Tristes está en todas las partes del mundo y todas las partes del mundo están en Canciones Tristes. […] Yo soy, apenas, un extranjero que se quedó a vivir en Canciones Tristes porque cada lugar que conoció -no importan su latitud o longitud- inmediatamente fue devorado por Canciones Tristes.

Así llevo años viajando por Canciones Tristes. (Fresán, 2012 A: 574)

Es evidente, entonces, que la deslocalización de este lugar “devorador” ha llegado a su máxima expresión, desorientando el lector perdido en los laberintos de narraciones donde Canciones Tristes aparece y desaparece continuamente en todas partes y en todas las épocas. En muchos aspectos, esta ciudad puede representar un McOndo-enloquecido, una

30 El narrador del cuento “Apuntes para una teoría del escritor” comenta:

No recuerdo el año pero sí que –por esa vez– Canciones Tristes estaba en México (Fresán 2012 A:

ciudad globalizada fuera de control en la que los rasgos de la nueva metrópolis latinoamericana enunciados en el prólogo de la antología se encuentran exacerbados y exasperados. Fresán juega con el paradigma de la globalidad y de la virtualidad fundando un espacio volátil, inestable, ubicuo e inalcanzable que, por otro lado, se conforma como una ciudad-escaparate del pop, un emporio de lo postmoderno, una ciudad esquizofrénica donde los prodigios nacen mucho más del delirio que del encanto.

Related documents