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el afán que movía a la

población en un momento

en que los actores que

confluyeron para hacerlo

posible coincidieron desde

distintas perspectivas en la

forma y en el método para

alcanzar ese objetivo común

IV. Resistiendo y construyendo

E

l impacto alcanzado por este esfuerzo comunitario, los beneficios económicos y sociales percibidos por la población, el

fortalecimiento de la organización comunitaria, la visión de la problemática local y regional motivaron también a la población a cuestionar a los poderes locales y el control que ejercían contratistas, finqueros y el Estado mismo.

Por otro lado, la participación de las comunidades de forma cada vez más activa y organizada en la solución de sus problemas, en el ámbito de la política partidista y en el cuestionamiento de las formas de contratación y la exigencia de mejores condiciones de trabajo en las plantaciones de la Costa, fueron vistos como una amenaza seria para la contratación de mano de obra y para los intereses de finqueros y contratistas.

Problemas que en una sociedad democrática se resuelven por la vía del consenso, en Guatemala desembocaban en el llamado, por parte de la oligarquía y de los poderes locales, a la actuación de las fuerzas del orden. El área ixil y otras áreas del norte del Quiché no pudieron escapar a ello: la presencia del Ejército en ella durante la segunda mitad del siglo XX no es sino producto de este fenómeno. Alrededor de 1968 se documenta por primera vez la presencia de la Policía Militar Ambulante en la zona, por problemas de índole laboral en la finca San Francisco, lo que confirmaría que fueron los finqueros y los contratistas los que introdujeron al Ejército.

Antes de que se instalara la represión como tal en el norte de Quiché, el Estado empezó a utilizar formas sutiles para lograr la sustitución,

competencia o simplemente el control de determinados proyectos y actores en el norte de la región.

Por ejemplo, con el fin de neutralizar el trabajo que habían venido realizando las cooperativas en el departamento, pero sobre todo los resultados obtenidos, primero se tildó a las cooperativas de “comunistas”, y en algunos momentos a las comunidades mismas; luego se creó “una red de cooperativas regionales (…). Creadas (…) sin promoción educativa alguna, con más dinero que asociados, (…) hicieron una competencia desleal en el terreno económico a las cooperativas pobres del pueblo y en varias ocasiones las pusieron en peligro de quiebra”.25 A partir del Plan Nacional de Desarrollo 1971- 1975, se creó el sector público agrícola para dar asesoría técnica al pequeño productor, y se asignó a las cooperativas el papel de centralizar el crédito. Dicha labor de intermediación no fue más que “una medida para neutralizar y cooptar a las cooperativas, las cuales gradualmente perdieron sus márgenes de autonomía para convertirse cada vez más en instrumentos de la política oficial”26. El apoyo financiero con que se llevó adelante este trabajo fue facilitado por la Agencia Internacional de Desarrollo (AID).

Pero lo que finalmente terminó por paralizar el movimiento y destruyó gran parte de la región fueron la violencia y la represión del Estado, que en el marco de su política contrainsurgente se desataron a partir de 1976 y que se iniciaron con la desaparición y detención de dirigentes de manera selectiva.

3. La respuesta del Estado y

los poderes tradicionales

25. Diócesis del Quiché. El Quiché: el pueblo y… Pág. 76. 26. Centro de Estudios Integrados de Desarrollo Comunal –CEIDEC–. Guatemala, polos de desarrollo: el caso de la desestructuración de las comunidades indígenas. México, 1988. Págs. 130-131. método para alcanzar ese objetivo común, y cuyo

éxito descansó en la comunidad como centro y eje motor del movimiento. La toma de conciencia de la realidad y la alternativa esperanzadora de que era posible cambiarla a pesar de las limitaciones que les imponía el sistema fue el combustible que lo dinamizó.

Como movimiento tenía poco que ver con el socialismo. Más bien se asentaba en el proceso propio de los pueblos indígenas, en el camino de la información y consulta permanente, en la decisión y la acción común, y desde luego en la renovación y revitalización de la organización y en la transformación de la realidad para lograr una vida mejor. A esto hay que agregar que para el período abordado (1960-1976), en el que las comunidades lograron estos cambios, la guerrilla como tal no existía en el área ixil ni en otras partes del norte del departamento de Quiché. Sin embargo, el

movimiento fue calificado de “comunista” por parte del Estado y del Ejército guatemalteco.

Una referencia testimonial muestra de manera sintética los objetivos que perseguían:

En el año 1958, los grupos de la comunidad me nombraron directivo […] de ligas campesinas, […] directivo de Acción Católica y dirigente de la cooperativa. Éramos cuatro personas. Empezamos a organizar a la gente en las ligas [con la] misión de mejorar el pueblo y [de] exigir al Gobierno que haga la carretera, drenaje y el mejoramiento del camino. Empezamos a afiliar a la gente y llegó a 400 personas de la liga24.

E

l proyecto de cambio para la solución de sus problemas y satisfacción de sus necesidades que venían construyendo las comunidades del norte de Quiché —como ya se dijo antes, por medios pacíficos, en el marco del Estado de derecho y sin acudir a la violencia— empezó a chocar con los intereses de los grupos de poder local y con el modelo de desarrollo que se planteaba desde el Estado militar. No hubo una discusión sobre sus objetivos y la búsqueda de consensos; la respuesta fue la violencia de Estado, que encontró en el calificativo de subversivos la excusa para proceder a la destrucción de lo que se venía construyendo. Esto dio como resultado una progresiva, rápida y profunda militarización del área rural. Sobre todo de aquellas zonas consideradas por el Estado y el Ejército como áreas de conflicto, que era necesario controlar para desarticular las formas de organización que habían surgido y que representaran oposición a los poderes locales y al nuevo modelo que se estaba reacomodando hacia nuevas formas de acumulación.

El calificativo de comunistas, que se había empleado con las personas que apoyaron

los cambios realizados con la revolución de 1944, surgió de nuevo en los años setenta dirigido especialmente hacia los líderes y lideresas comunitarias, de cooperativas, de radios comunitarias y de iglesias o religiosos, que con su esfuerzo habían iniciado y estaban logrando la consolidación de una propuesta propia y autónoma del Estado. Para el norte de Quiché esta propuesta partía de la ruptura de la exclusión y olvido histórico que había vivido toda esa región por parte del Estado.

La primera acción pública ejecutada por la guerrilla en el área ixil, como fue la ejecución del finquero Luis Arenas, “el Tigre de Ixcán”, en la finca La Perla en Chajul, de su propiedad, el 7 de junio de 1975 por el EGP1, contribuyó a la presencia militar en un momento en que la guerrilla como tal no tenía presencia realmente en la región. Por otro lado, el terremoto del 4 de febrero de 1976 provocó un cambio en la coyuntura del país; el proceso de reconstrucción quedó bajo la coordinación del Ejército, labor que le permitió aumentar su presencia en el país y disponer de los recursos humanos, materiales y financieros para la reconstrucción. Ambos factores abonaron a favor de la estrategia contrainsurgente.

La guerra:

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