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Entrevista a Eduardo Conti, realizada el 3 de Mayo de 20114.

Entrevistador: ¿Cómo podría describir el barrio en su infancia? Eduardo Conti: Yo vivía en calle Rodríguez, a media cuadra de la Ave-

nida Alem (Barrio Napostá). La calle era asfaltada, terminaba en 12 de Octubre y de ahí para el lado del barrio Palihue era toda una zona de tierra, una zona donde todavía el progreso no había llegado, no había llegado la obra sanitaria, sólo el agua corriente. Todo lo que uno puede contar de la juventud siempre es lindo, tengo muy buenos recuerdos. El barrio era tranquilo, uno se acuerda de aquellos tiempos donde en el verano la gente salía a la noche con las sillas a sentarse y nosotros que éramos chiquilines jugábamos a la escondida, las cosas tan elementales que uno tanto disfrutaba.

E.: ¿Qué estudios realizó?

E.C.: Estudié el primario en la escuela N°4, en calle Lamadrid, luego en la Base naval, en la Escuela de Aprendices Operarios, después seguí el curso de Técnico Mecánico en la Escuela Fábrica, en calle Sarmiento, en frente a la plaza. Por último empecé Ingeniería hasta que me sobrepasaron las actividades que tenía en la fábrica. Yo deje Ingeniería en tercer año.

E.: ¿En qué momento y dónde comenzó a trabajar?

E.C.: Yo empecé a trabajar en la Base Naval, cuando estaba en la escuela de aprendices operarios, allí hice mis primeras armas. Cuando salí de la Base Naval con un grupo de personas de Punta Alta creamos una fábrica de máquinas fresadoras: hacíamos una máquina fresadora vertical de banco.

En principio, la parte de fundición se hacía en Buenos Aires, en las instala-

ciones de “C.A.T.I.T.A”5, una empresa importante donde se hacía un tipo de

fundición determinada para máquinas-herramientas.

4 AMUNS, entrevista N°421 a Eduardo Conti, realizada el 3 de Mayo de 2011.

5 C.A.T.I.T.A: Compañía Argentina de Talleres Industriales del Transporte y Afines. Desde la

década del 30 construyó tranvías, carrocerías de ómnibus, modificó los coches articula-

dos Bimingham del Midland y fabricó piezas de fundición de todo tipo. Luego del cierre de esta Compañía, en el mismo galpón se instaló luego la fábrica Citröen y, hoy en día está ocupado por una empresa de grúas pesadas.

Luego, cuando se fundó Metalúrgica Bahía Blanca, ingresé a trabajar ahí. Me llamaron y una vez que entré estuve a cargo de la jefatura de la parte de mecánica.

También trabaje durante dos años instalando ascensores en edificios.

El primer ascensor que instalamos fue en el edificio Mario Salvadori6,

ubicado en la primera cuadra de calle San Martín. E.: ¿Cómo podría describir el lugar de trabajo?

E.C.: Cuando yo inicié, Metalúrgica se estaba construyendo, por lo tanto

es diferente a cuando uno va a trabajar a una fábrica estable que fun-

ciona hace varios años. Nosotros íbamos avanzando junto con la cons-

trucción. Eran 70 hectáreas rodeadas en toda su periferia por eucaliptus. La empresa era de SIAM Buenos Aires, allí se iba a poner el aeródromo también aunque al final la idea quedó en la nada.

Las instalaciones tenían una separación clara entre unas y otras. Por un lado mecánica, por otro electricidad, por otro fundición, expedición.

Contaba además con una oficina de compras en la cual nosotros co-

municábamos todo lo que necesitábamos. También había una oficina técnica donde trabajaban 10 o 12 dibujantes. Entre la oficina técnica y

fundición había una serie de locales, de los cuales uno era el de electri-

cidad, otro era el taller de herramientas y también había uno destinado a la carpintería. En esta última se hacían los embalajes. En momento de pleno apogeo trabajaban 450 personas en la fábrica, de las cuales 350 eran efectivas.

La línea líder eran los surtidores de SIAM. El surtidor no se fabricaba y se iba: El surtidor se fabricaba, luego “pesas y medidas” hacía toda la revisión del mismo, lo precintaban y luego antes de salir cada una de las empresas contratistas [YPF, SHELL, ESSO] hacía sus controles de verificación. Se trabajaba a contra reloj, entonces cuando se cargaban se llenaban 3 o 4 semirremolques para despachara a Buenos Aires, a

medida que cada surtidor pasaba la inspección iba a expedición, se em-

balaba y se cargaba. Se empezaba a la mañana y a la noche salían los 3 o 4 semirremolques para Capital Federal. Una vez que partían se llevaba

a cabo la operación contable.

En cuanto a la jerarquización en la fábrica, había dos estamentos: “Inge-

niería de Producción” era uno y el otro era “Ingeniería de costos”.

6 El edificio mencionado se encuentra ubicado en San Martín 28, frente a la Plaza Rivada-

Nosotros recibimos las primeras máquinas-computadoras en Bahía Blanca, eran dignas de haberle sacado una fotografía, porque era algo totalmente nuevo a lo que nadie estaba acostumbrado. Eran grandes

como un escritorio, tal vez más grandes. Se ponían cartones, se carga-

ba la información y el cartón era perforado. Llegaron a Bahía Blanca porque allá en Buenos Aires ya eran obsoletas, habían estado en SIAM Avellaneda7.

Además de surtidores se fabricaba toda la línea SIAM de panadería, eran las máquinas más modernas que incluso hoy en día ya no se fabrican,

como por ejemplos las amasadoras de alta velocidad, los hornos rotati-

vos de 20 metros.

E.: ¿El desarrollo técnico de esos proyectos era local o venía de SIAM Buenos Aires?

E.C.: El desarrollo técnico de las máquinas de panadería, la línea vieja e histó-

rica era de SIAM. La línea moderna, en cambio, era la línea Century (EE.UU).

7 En Avellaneda se encontraba la planta madre de SIAM. Esta comenzó a funcionar a fines

de la década del 20 ante la necesidad de DI Tella de reunir la producción en un centro neurálgico, ya que se encontraba dispersa en distintos talleres. Fue así como nació esta fábrica metalmecánica de grandes dimensiones.

Los hornos eran de varias procedencias, por ejemplo el rotativo era inglés.

E.: ¿Cómo recuerda las repercusiones políticas dentro de la fábrica? E.C.: Recuerdo que hubo algunos problemas sindicales, hubo una revo-

lución, no recuerdo bien el año, en la cual fueron cuatro soldados, se

apostaron ahí con una ametralladora, estuvieron unas horas y se fue-

ron. Era más intimidación que otra cosa.

E.: ¿Cómo consiguió el trabajo?

E.C.: Cuando construí esa máquina-herramienta [la fresadora] junto con un grupo de personas con quienes compartía una manera de pensar,

compartía ideas, se me abrió la posibilidad y se me dio el pase para po-

der entrar a Metalúrgica Bahía Blanca. Yo entre “por la puerta grande” por haber fabricado esa fresadora. El puesto al que entré yo era en parte un puesto de línea. Estaba en la parte técnica y en la parte de control de

calidad. No tenía horario, no debía marcar cartón, no tenía que identifi-

carme. En otras palabras: entraba y salía cuando quería.

El puesto que yo tenía era un puesto que venía complicado. En aquél tiempo era todo más complicado, no teníamos ninguna información hasta que no llegaba la cartera. Ésta llegaba todos los días. Era una cartera con candado donde adentro estaban todas las quejas, todos los problemas que se había tenido con los productos, a diferencia de los tiempos actuales donde la información es inmediata, en aquellos años había que esperar esa cartera para enterarse de todo.

E.: ¿Cómo eran las condiciones de trabajo?

E.C.: En líneas generales eran buenas. En aquellos años, Metalúrgica Bahía Blanca era muy distante, al contrario de lo que pasa hoy cuando uno ve los galpones y parece cerca, estando ubicados en cercanías a Puerto Galván. Había una cantidad importante de gente trabajando, se trabajaba en turnos de 8 horas. Dentro de la fábrica se había hecho una cooperativa, ésta se encontraba en frente de la fábrica, contaba con un comedor donde comía todo el personal. Esta fábrica era manejada por

los propios obreros.

En cuanto a la fábrica en sí, el sistema con el que contaba era bastante moderno; por ejemplo los sanitarios se encontraban en una especie de altillo dentro del propio galpón, cada un cierto número de metros había uno, por lo tanto los obreros no tenían que salir del taller para ir

al baño. Por otro lado, el sistema de calefacción funcionaba a partir de estufas que se alimentaban con aceite quemado, eran estufas de gran tamaño, hechas con los desperdicios de los motores eléctricos de SIAM. La fábrica también contaba con un servicio médico, el doctor asistía día por medio y atendía ahí mismo en algunos casos. Toda esa atención médica estaba a cargo de la fábrica.

En cuanto a los trabajadores, se nos daba la ropa, lo cual era un gran logro obtener eso, porque eran pocos lugares donde eso se daba.

E.: ¿Cómo era la relación con los patrones?

E.C.: La relación era buena. El presidente del Directorio era Mario Zunti-

ni, un señor oriundo de Bahía Blanca. Mientras estuvo él la relación era muy directa. No estaba todos los días porque iba y venía a Buenos Aires; pero cuando venía hablaba con todos de igual a igual; no había ningún

tipo de problema en hablar directamente con él. E.: ¿Estaba usted sindicalizado?

E.C.: No, yo estaba en el staff y no tenía horario. Cada uno tomaba las cosas como propias, había una especie amor propio, donde cada uno lo tomaba como un desafío y quería resolver las cosas. Eran otros tiempos, no se “pateaba” el problema hacia un tercero, si no que se intentaba resolver en el momento.

E: ¿Cómo recuerda la presencia sindical en el establecimiento?

E.C.: Yo recuerdo que había 3 delegados, uno estaba en carpintería, otro en mecánica y el último en fundición y si mal no recuerdo uno en el depósito. La incidencia del sindicato estaba con la administración, no con nosotros. Con nosotros no había relación.

E.: ¿Recuerda alguna medida de fuerza importante?

E.C.: No, no recuerdo. Si hubo no fue nada importante. Solo recuerdo que cuando había problemas hablaba el presidente del directorio y nos

arengaba, nada más que eso. Zuntini nos motivaba a que no desper-

diciemos, siempre nos decía: “ustedes cuiden los centavos que nosotros

E.: ¿Los dirigentes gremiales tenían contacto con los trabajadores? E.C.: No, no había reuniones particulares de un sector con otro. En ese tiempo honestamente eso no existía; era completamente diferente.

E.: ¿Cómo era el control de la disciplina interna?

E.C.: Había una entrada que contaba con un tarjetero, por lo tanto toda la gente debía entrar por ahí y cada uno marcaba su tarjeta. Cada una cantidad de minutos sonaba una chicharra, quien estaba entrando y/o saliendo en ese preciso instante a la fábrica iba a control, eso significaba que el personal de maestranza los revise.

E.: ¿Cómo eran los sueldos?

E.C.: Ese dato no lo tengo bien presente, pero puedo decir que en líneas generales no había disconformidad con los sueldos. No había paros, sí era una fábrica que andaba con muchos problemas económicos por ser la fábrica subsidiaría más chica que tenía SIAM.

Trabajar en Metalúrgica Bahía Blanca era algo preciado, porque era algo seguro: en determinado día se cobraba, había un horario de entrada, uno de salida, estaba todo organizado.

E.: ¿Los trabajadores eran oriundos de Bahía Blanca o venían de otros lados?

E.C.: Había de todos lados. En la oficina técnica había españoles, tam-

bién llego a haber húngaros, italianos. Hubo una segunda inmigración de españoles y allí entraron varios a la fábrica.

E.: ¿Esos extranjeros tenían alguna formación técnica específica?

E.C.: Si, muchos eran dibujantes.

E.: ¿El común de los trabajadores que formación tenía?

E.C.: Había muchos técnicos, mucha gente que venía de talleres “La Piedad”; sobre todo los que trabajaban en máquinas. En las líneas de

montaje había gente mayor que había adquirido experiencia en diferen-

E.: ¿Usted trabajó hasta que la fábrica cerró? ¿Por qué cerró?

E.C.: Si, yo trabajé hasta cuatro meses después que la fábrica cerró. Nosotros fabricábamos una línea particular que eran los surtidores. El holding al ver que en la fábrica más chica de SIAM se fabricaban los sur-

tidores y, siendo que la maquinaria más grande estaba en Avellaneda y en otras dependencias, se preguntaron ¿cómo no vamos a poder hacerlo nosotros? Entonces fue el mismo holding el que hizo fuerza para que se cierre la fábrica.

Cuando se cerró, como estaba en la parte técnica donde se fabricaban las máquinas de envoltura, me ofrecieron llevarme a SIAM Avellaneda. Yo no acepté porque no conocía a nadie y acá en Bahía Blanca era “ca- beza de ratón” y allá hubiera sido “cola de elefante”.

Cuando cerró, nosotros nos quisimos quedar con la fábrica, pero se lle-

varon todo para Avellaneda y otra parte de las cosas las tiraron.

E.: ¿Cuándo cierra la fábrica, en la década del 60, cómo se componía la industria metalúrgica en la ciudad de Bahía Blanca?

E.C.: En ese momento era grande, había muchas fábricas. Se fabricaba mucha maquinaria para la industria agrícola y para ello funcionaban aproximadamente 7 u 8 fábricas. Había una competencia muy grande.

Había empresas donde la gente estaba esperando en la puerta que ter-

minen de hacer un carro y se lo llevaban con la pintura fresca. Se tra-

bajaba a contra reloj, había mucha demanda. La industria metalúrgica específicamente dedicada al agro acá en nuestra ciudad tuvo muchos

altibajos, porque primero Bahía Blanca era líder en la zona, había talle-

res grandes, hoy en día no, las industrias líderes están en Tres Arroyos. Hoy quedan pocas empresas que se dediquen, no hay una línea líder. El agro aquí en Argentina es líder mundial, por lo tanto los trabajos se van perfeccionando todos los días, como hacíamos en Metalúrgica Bahía Blanca, al no hacerse eso aquí la industria descendió muchísimo.