Mc. 04/10-12 Mt/13/10-15 Lc/08/09-10 También Mc debe darnos explicaciones
«Estos versículos son de los más difíciles del nuevo testamento desde el punto de vista doctrinal» reconoce G. Nolli.
El versículo 12, además, representa un «suplicio» para todos los intérpretes. Se han escrito sobre él centenares de páginas.
He masticado todas diligentemente, despacio. El efecto no ha sido el deseado. He quedado con mi hambre de claridad.
Mientras tanto se ha operado un imprevisto cambio de escena. Aquí Jesús se encuentra en un lugar solitario con los discípulos (y los doce tienen toda la pinta de haber sido colocados allí de una manera postiza). En realidad, como aparece por la narración de las parábolas siguientes, permaneció en la barca hasta el fin de la jornada. Sólo al caer de la tarde ha dejado la multitud pasando a la otra orilla (4, 35).
Y después se le pide una explicación acerca de las parábolas, mientras que hasta ahora el Maestro sólo ha contado una.
Evidentemente "el dicho" de Jesús fue pronunciado en otra circunstancia, y se refería en general a toda su enseñanza, y no sólo a las parábolas. Mc lo ha puesto en este lugar -más bien con poco acierto- para introducir la explicación de la parábola del sembrador (en efecto el v. 10 se vincula perfectamente con esa explicación -comenzando desde el v. 13-, basta con poner «parábola» en singular).
La cita de Isaias (1), como la refiere Mc pertenece al targum (2). Utilizando este texto en arameo y traduciéndolo al griego, ha terminado complicando las cosas, haciendo a ciertas expresiones más ásperas de lo que ya eran de por sí.
De todo, pues, se puede culpar a Mc, menos de haber inventado estos versículos.
Precisamente su no-claridad, las dificultades que presentan, el significado que ni siquiera es entendido por el autor, constituyen, paradójicamente, una prueba de su autenticidad. Existen dificultades que no se resuelven
Cierto, las dificultades son numerosas.
Cristo anuncia la presencia del reino. Y empieza dando con la puerta en las narices a algunos. Se presenta como sembrador, que no «discrimina» los terrenos. Pero aquí discrimina a las personas. Invita a la conversión. Pero obra de manera que ciertos individuos no se conviertan, les
impide el arrepentimiento.
Dice que es médico. Y desarrolla su actividad haciendo ciegos y sordos. Es la palabra. Y parece que se sirve de las palabras para no dejarse entender.
Ahora, no tengo la pretensión de resolver estas dificultades, bastante sólidas. Tanto más que otros con una pericia mayor que la mía no lo han conseguido.
Es más, creo que lo primero que hay que hacer es precisamente admitir y aceptar estas dificultades, sin «quitarlas» como hacen ciertos estudiosos.
Es pueril desembarazarse de estas frases, bajo el pretexto de que no son auténticas. Es necesario dejarlas ahí, como están. En su aspereza. En su no-comestibilidad inmediata. En su «irresolución». Nunca se ha dicho que todas las dificultades deben quedar resueltas. Para caminar, quizás tengamos necesidad también de dificultades no resueltas.
Paradójicamente, es necesario comenzar por no entenderlas.
Al quererlas hacer digeribles a toda costa, se termina por desnaturalizarlas. Con toda probabilidad su función está precisamente en permanecer allí como peso indigesto, interrogante atormentador, provocación continua.
Son un muro contra el que está bien que nuestra presunción vaya a topar regularmente. Siempre debe haber algo que no esté a nuestro alcance. Sirve para medir nuestra pequeñez.
Es necesario entender que no se entiende. He ahí el punto de partida.
Cierto, el reino de Dios no es una cosa fácil. Se puede hablar de él sólo con imágenes.
Cristo, por eso, se sirve de parábolas. Algo simple. Historietas más bien comunes, elementales. Cuando ciertos estudiosos afrontan argumentos arduos, se ponen a escribir libracos
pesados, con un lenguaje duro para la mayor parte de los lectores. Con el resultado de que las cosas, siendo ya difíciles en sí, se dicen de manera difícil.
Jesús, por el contrario, para introducirnos en el misterio del reino, se sirve de un lenguaje popular. «Cuando hacía teología, se contentaba con contarnos una historia frecuentemente
bastante banal, pero infinitamente más rica que nuestros libros más doctos y más pesados» (A. Maillot).
Obviamente, la realidad permanece difícil. Pero al menos lo sabemos... fácilmente. O sea, se nos informa de ello con medios simples.
¿Y si la explicación de la parábola fuera una parábola?...
Y, sin embargo, quiero arriesgarme y acercarme un poco a estos versículos. Así, desprovisto, como estoy.
Para abrir esa puerta cerrada, lo intentaré con dos llaves: - «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios»: - «...a los que están fuera..."
Y añadiría un tercer elemento: participación.
Dado, ante todo. El reino, pues, no es conquista, sino ofrecimiento, propuesta. Es posibilidad, sin duda. Pero incluso esta posibilidad es dada.
«Todo conocimiento de Dios es un puro don, un milagro de Dios» (E. Schweizer). El hombre resulta radicalmente incapaz de entender los misterios del reino de Dios. La llave le es dada por aquel que la tiene en posesión.
A los que están fuera no les es dado. ¿Por qué? Porque permanecen fuera.
Paradójicamente, la llave es dada sólo desde dentro. Esto es lo que no quieren entender. Ellos se hacen la ilusión de descifrar el texto-parábola con los instrumentos que tienen a disposición: oído, inteligencia, estudio del lenguaje. Y no caen en la cuenta de que es necesario ante todo «simpatizar» con el autor, familiarizarse con él, estar con él, fiarse de él. He aquí por qué he introducido la llave supletoria que he llamado participación. Con
Jesús no se toleran posiciones neutrales (o, peor, de hostilidad preconcebida). Si no se participa, no se comprenden los secretos del reino. Podríamos explorar todos los rincones, afrontar y resolver todas las dificultades del texto. Y nos volvemos a encontrar a oscuras. No es cuestión de investigación, sino de "dejarse agarrar" por él sin oponer resistencia. La línea de demarcación entre los que están dentro y los que están
fuera, no es la comprensión, sino la participación. Mejor, la comprensión deriva como consecuencia del «participar». Sólo si se «toma parte» (o sea, si nos separamos de nosotros mismos, de las propias seguridades, de la propia suficiencia) se está en
disposición de entender. La distancia impide la comunicación. Quien se conforma con ser espectador, y no se deja comprometer personalmente, no ve nada de lo que pasa.
Pero, «los que están fuera» pueden siempre convertirse en «los que están dentro». Basta con que enfilen la puerta única: «La de la fe en la que el hombre crucifica la propia inteligencia y las propias ideas religiosas. Es la puerta ante la que debe morir el hombre natural para que nazca el hombre espiritual. Todas las otras puertas son falsas» (A. Maillot). El paso del umbral, sin embargo, no depende de nuestras capacidades.
Es necesario "nacer de lo alto" (Jn 3, 3), para que nos sea dado conocer el misterio. Sé que haré horrorizarse a los expertos. Pero, como no pertenezco a su casta puedo arriesgar tranquilamente el prestigio que no tengo.
Luego, puede suceder que también ésta sea una parábola. La más difícil de todas. Jesús, queriendo explicar las parábolas, debiendo justificarse de su «hablar en parábolas», cuenta otra parábola.
La parábola del que está fuera. Y para ver, ve. En cuanto a escuchar, escucha. Pero con todo su ver, no discierne nada. Con todo su escuchar, no comprende nada.
Estando fuera, a distancia, ve moverse a alguien allá dentro. Pero no distingue, no «reconoce». Percibe sonidos. Pero no capta el significado de las palabras.
Bastaría entrar... Fácil ¿no?
la alegría de «hacerse dar».
¡Prefiere permanecer fuera antes que admitir que no está dentro!
¿Y si el misterio del reino de Dios fuese, en el fondo, el misterio de las contradicciones del corazón del hombre?
¿Y si con esta parábola Jesús nos invitara a pedirnos explicaciones a nosotros mismos?
O, todavía más, ¿fuese él quien nos pide explicaciones de ciertas posturas nuestras de cerrazón? En este caso ya no es sólo Mc el que cambia la escena, sino Jesús que invierte los papeles. Sucede. Sucede que el que pide explicaciones se ve obligado a darlas...
Quiere que entren aquellos que no vuelven la espalda Algunas simples precisiones suplementarias.
1. Cristo no se dirige a la gente en parábolas, y a los «suyos» claramente. En ciertas circunstancias habla a todos en parábolas. Sólo que a los suyos les es «dada» la
posibilidad de comprender porque han decidido estar con él, han aprendido su lenguaje, toman sus posiciones, aceptan ser partícipes. Entienden el reino porque están dentro. Para los otros las parábolas son «enigmas».
O sea, para unos las parábolas sirven de iluminación. Para los otros permanecen oscuras. En el primer caso, la «posición» ayuda a entender la parábola y la parábola aclara la posición. En el segundo caso, es la posición de extrañeza en que uno se mete, lo que no sólo no
resuelve, sino que agrava la oscuridad. Entonces las parábolas son... sólo parábolas. 2. Las parábolas no trazan una línea de demarcación entre personas superdotadas intelectualmente e idiotas, sino entre creyentes y no creyentes. «No son los sagaces los que entienden, sino los más confiados» (A. Maillot). La separación está entre aquellos que se mantienen rígidos y los que se abandonan.
3. También los discípulos, con mucha frecuencia, no entienden las parábolas. O las entienden parcialmente. A menudo tienen los ojos cerrados, son «insensatos y tardos de corazón» (Lc 24, 25). Sólo con la pascua se abrirán totalmente sus ojos, se desbloquearán sus oídos y se ablandará su corazón.
«...Entonces se les abrieron los ojos» (Lc 24, 31).
4. Las dos expresiones «a fin de que» (v. 11) y «para que» (v. 12), me parece que no expresan una acción explícita de Dios sino que indican la consecuencia inevitable de la postura de aquellos que «eligen» quedarse fuera. Dios no hace otra cosa más que levantar acta de las decisiones que se derivan de la libertad del hombre. Incluso cuando éste se pone en disposición de no entender, de no ver, de no oír, de no convertirse.
El quiere dar. A aquéllos, naturalmente, que no cierren las manos.
El quiere que todos entren. Todos aquéllos, se entiende, que no vuelvan la espalda. 5. Algunos traducen el «para que no se conviertan», por «a menos que no se conviertan». También yo estoy de acuerdo. Me encuentro en el a menos.
En el fondo, para ofrecer a alguno la posibilidad de convertirse, se pueden también sacrificar las exigencias de la gramática. Jesús, por lo demás, ha sacrificado tantas cosas... Si la conversión es un milagro, ¿por qué el milagro no puede tocar también la traducción de una palabra? Una pequeña derogación de las leyes de la gramática...
1. «Le preguntaron sobre las parábolas (v. 10).
Si se trata del sembrador, no tenían necesidad de explicaciones. Lo habían entendido hasta demasiado bien. Tan bien que... no querían saber más...
El hecho es que no lograban aceptar aquella imagen. Tenían en la cabeza la idea de uno que pone las cosas en su lugar, ponen en su puesto a los malos, aniquila a los enemigos, va de triunfo en triunfo.
La imagen del sembrador, que pasa a través de terrenos ingratos, es muy clara, pero inadmisible. Piden, entonces, explicaciones, con la esperanza de que... él entienda. Entienda que
ellos querrían otra cosa, preferirían algo distinto.
Las cosas más difíciles de entender son las que no van con nuestros gustos.
Me ocurre, con frecuencia, discutir, debatir, profundizar, porque no quiero saber de eso. La explicación enmascara con mucha frecuencia la cerrazón.
2. Alguno puede «estar fuera» porque ha permanecido dentro mucho tiempo. Quiero decir que, a fuerza de estar dentro por costumbre, posición adquirida, seguridad, se nos pone «fuera» del don. Los fariseos se hacen casi necesariamente «separados», o sea «fuera». Más desafortunados que aquellos que ven y no distinguen, oyen y no comprenden, son los que ya no tienen nada que ver, nada que aprender.
Más desafortunados que aquellos que están fuera, son los que están dentro... desde el exterior. Hay quien tiene miedo a entrar. Pero existe quien se mueve dentro, con tanta
desenvoltura que da miedo.
3. Lo opuesto de aquellos que están fuera, no son los que están dentro. Sino aquellos que «están con él».
El, entre otras cosas, tiene la costumbre de «salir» continuamente.
CONFRONTACIONES
Por dónde pasa la línea de demarcación
Los de fuera no son excluidos por un racismo religioso, justificado en nombre de la libertad de Dios, sino que son aquellos que en el evangelio de Mc rechazan reconocer en Jesús la presencia operante del reino de Dios. Y entre éstos pueden estar incluidos
también los discípulos que no comprenden la parábola: son los discípulos que no captan el significado de los gestos de Jesús y pueden convertirse ellos mismos en aquellos que tienen el corazón endurecido, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. Con otras palabras, la línea de demarcación entre aquellos a quienes se les ha dado el misterio del reino y los de fuera, pasa por el corazón de cada hombre y por el interior de cada comunidad (R. Fabris, o. c.)
¡Jesús es el «anti-hijo» de Dios!
Cristo no es el hijo de Dios tal cual los hombres esperan. Allá donde los hombres esperan un rey, un brujo, aparece un sembrador. Allá donde esperan hechos espectaculares, desbarajustes, milagros, se encuentran frente a sementeras, abrojos, solazo. Allí donde están a la espera de un general, nace un niño. Allí donde esperan un vencedor, encuentran solamente el cadáver de un ajusticiado. En relación a los esquemas humanos, ¡Jesús es el «anti-hijo» de Dios! Quiero decir, con esto, lo contrario de lo que se esperaba (A. Maillot, o. c.). «Seguir» y «comprender» SEGUIR/COMPRENDER Queremos llamar la atención
anterior que discípulo es aquel que se separa de la multitud y se decide por el seguimiento: ahora nos dice que el discípulo es aquel a quien es dado comprender. Pero ¿por qué comprende? Precisamente porque está dentro y no se ha quedado «fuera», porque se ha decidido y está en comunión con Cristo. Precisemos: no una comunión genérica con el recuerdo de Jesús (la comunión no es simplemente un hecho de memoria), sino comunión con el Cristo vivo hoy y hablando en la comunidad. Sólo el que está inserto en la
comunidad puede comprender. El secreto del reino de Dios se capta desde dentro. Para quien vive en la comunidad, la palabra de Jesús (que ahora se anuncia en la iglesia) es una
parábola que aclara, para quien permanece fuera es un enigma que deja perplejo (B. Maggioni, o. c.).
No basta el cosmético de la sonrisa
Ciertos teólogos tienen tendencia a dejar de lado la puerta real, para hacer que los hombres pasen a la iglesia por la escalera de servicio. Se vuelve a hablar a los hombres como si pudieran entender por sí mismos. Se facilitan e incluso se eluden los problemas de la fe. Se prestan a todo tipo de compromiso con tal de hacer entrar a los hombres en el reino. Se sostiene que basta que éstos vean y así estén en disposición de distinguir; si es necesario se degradará, se «desmitificará». Siempre hay tiempo de ver. Se creen que cuando oyen, están ya en disposición de entender por su cuenta. Si es necesario, se adaptará a los gustos del día lo que se precisa entender. El evangelio se hace sirena. Se le quiere sin misterio. ¡Pero no se conseguirán sino hijos de la gehenna! Más exactamente no se ganarán... porque, afortunadamente, el hombre de fuera ha aprendido la lección de Ulises. Tiene buenos algodones en las orejas. Y se mofa de nuestras gracias un poco marchitas. El carmín para los labios de la apologética, los polvos de la seducción, el perfume violento del actualismo, el cosmético de la sonrisa, no consiguen sino evidenciar las arrugas y el ridículo.
Sí, la iglesia debe hablar un lenguaje claro. El latín, igual que cierta jerga teológica, no traduce en modo alguno el misterio del reino de Dios. La iglesia debe hablar el lenguaje de todos. Pero no debe olvidar que es la depositaria de un misterio que es inaccesible al hombre desde fuera.
Este misterio se hace accesible únicamente por la fe, que es otro misterio.
He aquí por qué nuestra oración principal sigue siendo ésta: ¡Ven, Espíritu creador! (A. Maillot, o. c.).
Pues tal ha sido tu beneplácito
Jesús se llenó de gozo en el Espíritu santo y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito...» (Lc 10, 21). ...
1) El texto auténtico de Is es éste: "Ve y di a ese pueblo: escuchad bien, pero no entendáis, ved bien, pero no comprendáis. Haz torpe el corazón de ese pueblo y duros sus oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure" (6, 9-10). El contexto es distinto. Se trata de un desafío irónico, donde la orden no quiere expresar más que el resultado efectivo de la misión profética.
2) Traducción-perifrasis en arameo del texto de las Escrituras, en uso en las sinagogas, para la predicación, después de la vuelta del exilio.
(·PRONZATO-3/1.Págs. 190-198)
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