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Splice Mappings Using the Different Variants

B. THE VARIANTS’ INFLUENCE ON THE MAPPING

1. Splice Mappings Using the Different Variants

Un asombro por motivos diversos

La primera etapa del ministerio de Jesús se terminaba con la decisión de los fariseos de eliminarlo (3, 6).

También la segunda etapa, que ya ha tenido un momento crítico cuando la familia ha ido a hacerse cargo de él porque estaba «fuera de sí», y que se caracterizó sobre todo por la jornada de las parábolas y por la jornada de los milagros, se concluye con un rechazo: los compatriotas de Nazaret desconocen a Jesús (6, 1-6).

El episodio adquiere toda su gravedad también, porque sucede inmediatamente después de un milagro de resurrección.

No se nombra a Nazaret explícitamente. De todos modos la palabra patria indica, no tanto

el lugar de nacimiento, cuanto el de permanencia prolongada, comenzando desde los años de la infancia.

Admitido que la casa de Jairo estuviese en Cafarnaún, la distancia recorrida debería ser de unos cuarenta kilómetros.

La presencia de los discípulos no es casual. Cuando se encuentren frente al fracaso,

deberán recordar lo que ocurrió a Jesús en su propio pueblo y el trato que recibió de los «suyos». «Vino a su casa, y los suyos no le recibieron» (Jn 1, 11).

El incidente se abre y se cierra bajo la enseña del asombro.

Los nazaretanos, desde el principio, oyendo a Jesús enseñar en su sinagoga, quedan maravillados de su doctrina (v. 2).

Al final Jesús «se maravilló de su falta de fe» (v. 6).

La maravilla podía ser el sentimiento que los introducía en la comprensión del misterio. Pero la han sofocado inmediatamente, como sintiendo vergüenza de haber ido demasiado lejos... Y en su lugar ha entrado el escándalo (v. 3).

El estupor de Jesús, por el contrario, expresa una especie de duda a... creer en tanta incredulidad, a ver una tan obstinada ceguera, a admitir una cerrazón tan mezquina y por

esos motivos «familiares». Y contiene, quizás, también una cierta contrariedad unida al disgusto. Notemos que el estupor, normalmente, es el sentimiento al que están aferrados los

testigos ante los prodigios hechos por Cristo, y que desemboca, casi siempre, en alabanza a Dios. Aquí es Jesús quien está cogido por el estupor ante aquel milagro al revés, representado

por la incredulidad.

Examinando la postura de los habitantes de Nazaret debemos destacar todavía dos cosas: -Intuyen la explicación exacta y no son capaces de sacar las consecuencias.

-Hacen la pregunta justa, pero dan una respuesta precipitada.

Frente a la sabiduría de aquel paisano suyo, que no había frecuentado las escuelas de los rabinos, y frente a los milagros de los que habían oído hablar (dada la cercanía a Cafarnaún), se dejan escapar inconscientemente la explicación: «...le ha sido dada» (v. 2). La verdad está precisamente en ese dada. Pero sería necesario partir de ahí; ellos, sin embargo, rozan apenas la verdad y se vuelven atrás.

"¿De dónde le viene esto?" (v. 2). Luego admiten «esto». Reconocen encontrarse frente a algo excepcional. Si se hubiesen atenido a esta pregunta, si se hubiesen puesto a buscar el «dónde», habrían llegado lejos. Pero han preferido permanecer atrapados (¡el escándalo es una trampa!) en su pequeño pueblo.

«¿No es éste?...» (v. 3).

la cual gira todo el evangelio de Mc.

Sólo que van a buscar la respuesta excesivamente cerca, y muy de prisa. Dice con mucha agudeza E. Schweizer: «la reacción justa, pertinente, es una

interrogación, la interrogación oportuna se refiere a la persona de Jesús. Pero el problema no queda abierto, sino que encuentra una respuesta prematura en el encasillamiento de Jesús dentro de categorías conocidas».

Es el equívoco de siempre. La prisa de «cerrar» los problemas fastidiosos con lo que ya se sabe, en vez de dejarlos abiertos en una postura de búsqueda y de sufrida espera hacia aquello que aún no se conoce.

Se tiene necesidad de tapar deprisa las corrientes que se abren en nuestro espíritu, a lo mejor recurriendo a materiales que tenemos al alcance de la mano y que aseguran un cierre definitivo. Así se liquidan los problemas en vez de resolverlos.

Se habla de disponibilidad, pero en realidad se está «dispuesto» solamente a colocar lo inesperado en categorías preexistentes.

La crisis de rechazo, en ciertos casos, denuncia la incompatibilidad de la «programación» en base a nuestras exigencias, no en base a las exigencias de la verdad.

En términos evangélicos, la instalación es lo opuesto al deseo.

El encasillamiento cierra, asegura (¿qué se puede esperar de esa gente? ¿qué puede salir de esa familia? Todos sabemos qué tipo es...). Mientras el deseo mantiene abierta la herida y se la deja hurgar por una pregunta fastidiosa.

Así pues, los habitantes de Nazaret se plantean la pregunta exacta, pero se dan prisa para buscar la respuesta en una dirección equivocada (la familia de Jesús).

«La raíz de la incredulidad es precisamente este incapacidad de acoger la manifestación de Dios en lo cotidiano» (R. Fabris). Añadiría: la incapacidad de reconocer a Dios cuando se pone el vestido de todos los días.

Tengamos presente esto. No ocasiona escándalo el hecho de que Jesús haya ejercido la profesión de carpintero, que era bastante honorable (1). Entre otras cosas, muchos rabinos ejercían un oficio. La actividad manual no era en absoluto deshonrosa. Los artesanos, especialmente, gozaban de la más alta consideración.

No. El escándalo deriva del hecho de que Jesús no coincidía con sus imágenes, no entraba en sus esquemas en lo que se refiere a Dios. Y después estaba la «mancha» de una familia insignificante. Y pongamos también una discreta dosis de envidia. Y, sobre todo, el hecho de que ya habían decidido que no había nada que esperar en aquella dirección...

«Y sólo en su tierra carece un profeta de prestigio» (v. 4).

Jesús se refiere a un proverbio popular. Bultmann cita este dicho antiguo: «un profeta no es acogido en su patria, y un médico no consigue curaciones entre personas conocidas». Lo ha encontrado en un papiro.

Lagrange insinúa que Jesús parece haberse olvidado de que poco antes (quizás un par de días antes) fue rechazado también por los gerasenos (y consiguientemente no sólo en la propia tierra), y se adentra en justificaciones sutiles. Quizás se le escapa que Jesús habla de «desprecio» (o, más exactamente, de «no ser honrado»).

Los gerasenos, en el fondo, le han rendido honor a Jesús y a su grandeza, precisamente manteniéndolo a distancia.

Estos le temían. Aquellos no lo toman en consideración. Para los gerasenos se trata de un profeta que molesta. Para los nazarenos se trata de un ser insignificante. «Y no pudo hacer allí ningún milagro...» (v. 5).

Observa V. Taylor: «este pasaje es una de las afirmaciones más libres de los evangelios,

recompuesto...».

El motivo es obvio: por su falta de fe.

Pero es necesario estar atentos: no hay nada que hacer con un elemento psicológico, por lo que si falta la confianza por parte del enfermo, la acción del médico se frustra y las curas resultan ineficaces.

Es otra cosa: «al margen de un contexto de fe, el milagro resultaría vacío de significado y no se podría ni siquiera hablar de milagro» (J. Delorme).

Los milagros, en efecto, no son gestos espectaculares destinados a impresionar a la gente y a forzar la adhesión en relación con Jesús. El milagro es siempre una respuesta a la fe, se puede «leer» solamente a la luz de la fe, y constituye una llamada a la fe (una llamada dirigida al corazón).

«A excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos» (v. 5). La limitación no es suya. Es el límite que le impone la desconfianza de su paisanos. No es que en Nazaret no haya «logrado» hacer milagros.

Es que en aquella gente la fe no fue «lograda».

"Y recorría los pueblos del contorno, enseñando..." (v. 6).

Según Mc esta fue la última vez que Jesús enseñó en una sinagoga. De ahora en adelante el evangelio se anunciará siempre al aire libre.

«Y se maravilló de su falta de fe» (v. 6).

Y nosotros, lectores, nos vemos obligados a reflexionar, con Jesús, acerca de este

inquietante enigma. Que puede afectarnos también a nosotros, no sólo a los paisanos de Jesús. El rechazo de los nazaretanos, en efecto, es símbolo y preludio de un rechazo mucho

más vasto. Quizás también el mío.

Nota acerca de «el hijo de María» y sus hermanos

Mc usa la expresión "el hijo de María" (v. 3). El hecho es sorprendente, porque contrasta con el uso hebreo que no designa nunca un hombre con el nombre de la madre, aun cuando el padre haya muerto (como puede ser el caso de José).

«Cuando un semita recuerda sólo a la madre de un hombre y no al padre, intenta ofenderlo, como un hombre insignificante, sin pasado ni porvenir» (G. Nolli). En boca de los nazaretanos, pues, podía sonar como un insulto.

Y si no es así, y la expresión es de Mc, podría constituir un testimonio indirecto de la concepción virginal de Jesús (es significativo, entre otras cosas, «que los hermanos» de Jesús no se indiquen nunca expresamente como hijos de María).

La hipótesis no se puede excluir.

Pero de todos modos se sostiene que Mc ha escrito «el hijo del carpintero» y que algún amanuense lo ha modificado por «el carpintero, el hijo de María...».

Sin embargo la expresión no aparece en ninguna otra parte del nuevo testamento.

Más dura, por el contrario, es desde la antigüedad la discusión acerca de los hermanos de Jesús. Se han marcado sobre todo tres posiciones:

-Según algunos (Elvidio -380 d.C-, Tertuliano, Joviniano, etc.), se deben entender hermanos de sangre.

-Otros los consideran hijos de un matrimonio precedente de José (Epifanio -382-, Orígenes, Eusebio, Ambrosio, Clemente y Cirilo de Alejandría, Hilario, etc.). -Jerónimo -383- traduce «hermanos» por «primos» y sostiene que serían los hijos de María- una hermana de la Virgen- mujer de Cleofás.

Es necesario tener presente que en el lenguaje hebreo y en el arameo el término

general e incluso a los compatriotas.

Pero Mc escribe en griego y en esa lengua existe un término específico para indicar los primos. ¿Por qué, entonces, usa adelphos, hermanos?

La hipótesis más plausible es que se trata de un título honorífico adoptado por la iglesia primitiva para indicar «los parientes masculinos de Jesús, que constituían un grupo con personalidad propia junto a los apóstoles (Hech 1, 14; I Cor 9, 5) y gozaban de una altísima estima» (J. Blinzler). Se habría preferido, pues, traducir a la letra «los hermanos de Jesús», como eran llamados sus primos en la iglesia aramea.

Acerca de los pasajes evangélicos (Mt 1, 25, Lc 2, 7) que normalmente se citan para sostener la interpretación opuesta -verdaderos hermanos de sangre- nos detendremos con ocasión de la «lectura» de esas páginas.

Será sólo oportuno recordar que este asunto divide netamente todavía hoy la exégesis católica de la protestante.

Todos los exegetas católicos concuerdan en afirmar que los hermanos del Señor son parientes en segundo grado (primos).

Todos los protestantes, por el contrario, sostienen que se trata de hijos de María y José. Existen después otros que se refugian en un argumento de «conveniencia doctrinal». Es típica, en esta línea, la posición de V. Taylor:

"El hecho de que Jesús tuviese hermanos y hermanas subraya la realidad y perfección de la encarnación". Personalmente, al ser hijo único, tendría motivo para considerarse ofendido, porque según el ilustre estudioso no sería un hombre «completo».

Nota aún J. Blinzler: «Lo que determina claramente la postura de los estudios

protestantes es la convicción profundamente radicada de que la tesis católica no es el fruto de una investigación sin prejuicios acerca de los documentos históricos, sino de la doctrina de la virginidad perpetua de María, que todo católico está obligado a creer». El autor, en su importante estudio, pretende precisamente deshacer este prejuicio, con un análisis histórico y linguístico muy aquilatado.

Sin adentrarme más en la cuestión, quisiera sólo recordar que en los relatos de la

infancia referidos en los evangelios de Mt y Lc, Jesús es presentado como hijo único de María. Y, en relación al problema planteado por Mc, cito la conclusión del estudio de J. Blinzler: «Los así llamados hermanos y hermanas de Jesús eran sus primos y primas. Para Simón y Judas, su parentesco con Jesús venía por su padre Cleofás, que era hermano de san José y como él un descendiente de David; el nombre de su madre no es conocido. «La madre de los hermanos del Señor, Santiago y José, era una María, distinta de la madre del Señor; ella (o su marido) estaba emparentada con la familia de Jesús, pero no se puede saber de qué parentesco se trataba...

«...Como puede deducirse del silencio de los evangelios acerca de José después de Lucas 2, el padre putativo de Jesús murió pronto. Después de su muerte, la Virgen con su hijo se habría unido a la familia de su (¿o de sus?) parientes más próximos. Los hijos de esta familia (¿de estas familias?), crecidos al mismo tiempo que Jesús, fueron llamados por la gente sus hermanos y hermanas, porque no había en arameo ningún otro término

conciso para nombrarlos.

«La iglesia primitiva ha recuperado el término, y lo ha mantenido también en griego, para honrar así a los parientes del Señor, que mientras tanto se habían convertido en miembros eminentes de la iglesia; y porque se trataba de un medio óptimo para distinguirles clara y cómodamente de otros muchos homónimos que existían en la iglesia primitiva"

1. Dios crea siempre dificultades. Algunos no creen, porque no lo ven. Otros -como en este caso- porque lo ven.

La invisibilidad puede ser un obstáculo para unos, la visibilidad impedimento para otros. Hay quien no acepta a un Dios demasiado «diverso» y lo quisieran más al alcance de la mano, controlable .

Y los que lo rechazan porque sería «como ellos», lo conocen incluso demasiado bien. Y él, obstinado, esperando que la ceguera de los hombres se cure, en vez de desclavar aquellos párpados, cerrados, con algún relámpago espectacular.

Decidido a continuar tendiendo la mano como un mendigo, en vez de abatir la puerta. Y su única reacción es el estupor frente a tanta incredulidad.

Queda mal cuerpo, es verdad. No porque lo echen fuera, sino porque ellos están tan mal allá dentro. Jesús ¿no has entendido aún que los hombres prefieren renunciar a Dios antes que a la

imagen que se han fabricado de Dios?

2. Y pensar que él no ha ido a Nazaret para encontrarse con sus familiares. Los otros son quienes se los han hecho encontrar. Con el fin de ponerlo en un aprieto, para no tenerse que preocupar de él.

Es una astucia practicada todavía hoy por ciertas personas religiosas.

Te ponen delante algo (un articulo del código, una idea, una batalla que combatir en su nombre), que tendría que ver con Jesús. Pero a él no te lo dejan ver en absoluto.

Jesús es presentado siempre a través del album de familia, o a través de las «cosas que le importan». Y, sin embargo, es él quien me importa.

Todos dispuestos a darme explicaciones acerca de él. Y resulta que él es la explicación.

3. El incidente de Nazaret puede pasarnos a todos.

Diría -por experiencia- que hemos de considerarlo normal. Aquella iniciativa, aquella propuesta, aquel libro...

Y caes en la cuenta de que te encuentras cerrada precisamente aquella puerta que estabas seguro de encontrar abierta de par en par.

Allí donde era lícito esperarse coraje, participación, descubres indiferencia o incluso hostilidad.

Contabas con una mano fraterna. Y tropiezas con la desconfianza, el cálculo. Amigo, he probado varias veces lo que tú pruebas en esas circunstancias. Así pues, puedo hablar sin echarte un sermón.

Las lamentaciones están fuera de lugar.

Es inútil estar atormentándose con los «por qué» y desgranar la serie de los «no es justo». No, amigo. No es justo.

Pero es buena señal.

Esa es la señal, indiscutible, de que las cosas van bien.

La incomprensión, la torpeza, la mezquindad de esas personas valen para aclararte a ti mismo las cosas.

El fracaso en tu casa es garantía de fecundidad en otra parte. No te digo que sea el precio a pagar. Es algo mejor.

Es la seguridad. Seguridad de que aquello es válido.

Agradece a los «tuyos» que te rechazan. En el fondo te regalan el billete para ir a otra parte.

Quedarse en Nazaret puede ser hermoso desde un punto de vista afectivo. Pero te empobrece. Y. sobre todo, empobrece a aquellos que están más lejos.

Amigo, no te quedes lloriqueando ante esa puerta cerrada. Date la vuelta, y mira el mundo «abierto» ante ti.

Responde a la mezquindad de cierta gente... ocupándote de otra cosa.

El hecho de sentirse en el exilio, extraño en tu propia casa, es desagradable, no lo niego. Pero te ofrece la posibilidad de sentirte en tu casa en todas partes.

Pon el corazón en paz. No te reclamarán atrás. Aunque hayas hecho milagros en otra parte. No esperes aquella señal que no llegará nunca.

Camina hacia adelante por tu camino. Encontrarás tantas personas que no te esperan,

no te conocen, pero con las que es posible celebrar, sin complicaciones, el rito del encuentro. Y que no te venga a la cabeza decir que éstas te «pagan con creces» la afrenta de Nazaret. En Nazaret nadie te ha hecho una afrenta.

No te han tomado en serio, eso es todo. Y tu deberías, por tanto, sentirte ligero.

4. Se comete una gran injusticia con los "pocos" sanados de Nazaret. Algún comentarista dice: nada excepcional. Y parece leer, entre líneas, que por una cierta lógica del relato hubiera sido mejor que no hubiera habido ni siquiera esos. Posiciones claras, en suma. Pero aquí se juega expeditamente con la piel de los otros.

Esos milagros -aunque «limitados» en el número- están entre los más importantes del

evangelio, porque afectan a personas que se rebelaron contra la hostilidad y desconfianza general. La mayor parte de los nazaretanos tenía todas las de ganar «cerrando» aquel asunto.

Alguno, sin embargo, pensó que tenía todas las de ganar teniendo abiertas las propias llagas ante Jesús, el carpintero.

Y tuvieron razón estos últimos.

Estos han tenido el mérito de dejar hablar (a los paisanos-teólogos) y de dejar hacer (a Jesús). Existe la inteligencia que pretende llegar hasta él.

Pero, quizás, se llega más seguro a través de las propias desgracias. En el primer caso se puede explicar, discutir.

En el segundo, se tiene la posibilidad de contar.

Los habitantes de Nazaret ante la pregunta «¿quién es éste?» han respondido muy de prisa. Pocos han sabido esperar. Justo el tiempo preciso para ser curados...

CONFRONTACIONES El verdadero antropomorfismo

El antropomorfismo no consiste tanto en el representarse a Dios como si fuese un

hombre, cuanto más bien en representarse a Dios sirviéndose de un concepto de divinidad que el hombre puede fabricarse (J. Pohier, Quand je dis Dieu, Paris 1975).

Han preferido conservar el ídolo

Se han fabricado una imagen de Dios, y si Dios se manifiesta como ellos lo quieren, bien. De otro modo, lo rechazan... Su Dios era un ídolo y han preferido conservar el ídolo (F. Chalet). El mendigo

Dios es aún el pobre que va sin ruido por la hierba del mundo, el menesteroso