Chapter 2 Review of the literature ·············································································
2.4 Relevant theories for this study ················································································
Uno de los cambios socioeconómicos más importantes de la segunda mitad del siglo XX ha sido la entrada masiva de mujeres al mercado laboral y este proceso de entrada todavía no ha concluido. No dudamos que la participación laboral de las mujeres ha sido fundamental para la autonomía económica porque el empleo es, la mayoría de las veces, la fuente prin- cipal (y única) de obtener ingresos necesarios para la adquisición de bienes y servicios que necesitamos. Sin embargo el acceso de las mujeres al mercado no se ha hecho en igualdad y las desigualdades laborales son uno de los ejemplos más claros y universales de discrimi- nación contra las mujeres. Hemos de decir que cuando abordamos el análisis laboral desde un enfoque de género lo hacemos desde nuestro punto de vista, desde el punto de vista europeo. Así, cuando hablamos de empleo, de manera explícita o implícita, hacemos refe- rencia al empleo asalariado que está muy generalizado en nuestro entorno pero que no es ni mucho menos tan general en el sur. Para muchas personas, la palabra “empleo” evoca la imagen de un trabajador que tiene un empleador y cobra un sueldo regular. Sin embargo, la mayoría de trabajadores y trabajadoras de los países más empobrecidos están fuera del marco de la relación que se establece entre un empleador y un empleado/a.
Este concepto de empleo “occidental” y con ello también la distinción y relaciones entre trabajos remunerados y no remunerados a las que nos hemos referido anteriormente, se ajusta mucho más a la experiencia de mujeres occidentales de clase media con horarios laborales claramente definidos que a la de muchas mujeres del sur (y también del norte). Es decir, que la producción académica sobre el trabajo no remunerado y su relación con el mercantil se ha basado en un concepto de empleo que corresponde fundamentalmente a la economía formal de los países ricos.
Además, en el discurso de algunos organismos internacionales sigue habiendo una vi- sión instrumental del empleo de las mujeres que se puede observar en esta afirmación del Banco Mundial: “Las personas valoran el empleo por los ingresos y beneficios que proporciona, así como por sus contribuciones a la autoestima y la felicidad. Pero algunos tipos de empleo tienen repercusiones más amplias para la sociedad. El empleo de las mujeres puede cambiar la manera en que las familias gastan su dinero e invierten en la educación y la salud de los hijos”. (Banco Mundial 2012)
Tener un empleo es crucial para la mayoría de mujeres y hombres y lo es en primer lu- gar porque es fuente de recursos económicos. Pero en sociedades como las nuestras, el empleo es mucho más que una fuente de ingresos y su falta va más allá de la ausencia de renta: genera pérdida de identidad, frustración, depresión, etc. A pesar de la enorme diversidad de mujeres como de regiones, sí que hay unas características que pueden con- siderarse comunes a la inmensa mayoría de los casos y que señalamos a continuación:
• la brecha de actividad se ha ido cerrando pero persiste
• los modos de participación en el mercado de mujeres y hombres siguen siendo distintos Menor participación laboral de las mujeres
Queremos apuntar que desde la economía, en los últimos años han proliferado los estu- dios centrados en el “techo de cristal”, es decir, en la escasa presencia de mujeres en los equipos de dirección. Sin minusvalorar este tipo de análisis, señalamos que se trata de estudios centrados en una “pequeña élite”. Además, como es obvio, una mayor partici- pación de las mujeres en los consejos de dirección de las grandes empresas no implica que vaya a cambiar su estrategia y se produzcan, por ejemplo, mejoras en las condiciones laborales de las trabajadoras de sus empresas (puede ser una condición necesaria pero desde luego no suficiente). Hoy en día, un problema mucho más generalizado y preocu- pante para las mujeres es que están atrapadas en lo que se denomina “suelo pegajoso” que puede entenderse como las fuerzas que mantienen a las mujeres atrapadas en la base de la pirámide económica.
Atrapadas en ese suelo pringoso están sin duda casi todas las mujeres que trabajan en la economía informal. El concepto de empleo informal engloba las relaciones de empleo que no se rigen por regulaciones económicas formales y/o protecciones legales y sociales básicas. El empleo informal tiende a ser una gran fuente de empleo más para las mujeres que para los hombres en la mayoría de las regiones en desarrollo. Además, las mujeres se concentran en los segmentos más marginales y explotadores del trabajo informal, es decir, la segregación ocupacional que existe en los empleos formales se reproduce tam- bién en los informales. En algunos contextos, los ingresos son tan bajos que inclusive la existencia de salarios múltiples no es suficiente para empujar al hogar por encima de la línea de pobreza. La vulnerabilidad laboral de las mujeres es, como veremos más ade- lante, muy elevada y esto significa que a menudo trabajan por cuenta propia o sin percibir sueldo, en empresas familiares o en el campo.
La diferencia de calidad entre el trabajo formal y regular y el informal (o no estándar) re- presenta una de las principales fracturas en la estructura del empleo hoy, particularmen-
• mayor concentración en pocos sectores de servicios y muchas veces relacionados con los cuidados (segregación horizontal)
• escasa presencia de mujeres en puestos de dirección (techo de cristal/segregación ver- tical)
• mayores tasas de desempleo (no siempre) y menor protección en situación de desem- pleo
• mayor peso del empleo parcial que a veces se entiende como una especia de instrumen- to de conciliación
• mayor peso del empelo informal, especialmente en el Sur • mayor peso de la temporalidad
• desigualdades en formación
• diferencias en experiencia y antigüedad
• segregación ocupacional, es decir, menor valoración de los puestos ocupados por las mujeres
Segregación ocupacional (la importancia de los estereotipos)
Mayor precariedad
te en el sur pero cada vez más también en los países de renta alta. Los y las trabajadoras en empleos informales suelen ganar menos, tienen ingresos más volátiles, carecen de acceso a servicios públicos básicos y protección, y mayor riesgo de pobreza en compa- ración con los trabajadores en empleos formales. Además, contrariamente a lo que se pueda pensar, las crisis también afectan a los empleos informales, con la particularidad de que la pérdida de empleo no está protegida.
Ya hemos señalado con anterioridad que estas desigualdades no pueden entenderse sin tener en cuenta lo que sucede con los trabajos domésticos y de cuidados no remunerados y a su vez, las desigualdades laborales de las mujeres tienen repercusiones que se pro- longan más allá de su vida laboral porque se traducen en menores pensiones, carreras laborales interrumpidas, etc. Difícilmente se podrán igualar las condiciones de empleo de mujeres y hombres sin igualar sus condiciones generales de vida y, muy especialmen- te sus condiciones de vida en el hogar (Maruani 2004)
Volvemos a resaltar que lo importante es que las personas vivan bien. No sabemos qué es vivir bien y el concepto de vida buena puede cambiar mucho de un sitio a otro, de unas personas a otras pero pensamos que casi siempre significa poder disfrutar de una vida larga y saludable, tener acceso a una educación de calidad, disponer de recursos necesa- rios para lograr un nivel de vida digno, poder participar en la vida de la comunidad, tener seguridad, es decir, poder vivir en un entorno libre de violencia, tener la garantía de los derechos humanos, etc.
Tener empleo significa tener ingresos necesarios para mantener el nivel de vida pero la calidad de vida depende no solo de los ingresos: incide por ejemplo el tiempo de ocio, también está relacionado con las condiciones laborales, con la posibilidad de expresar la propia opinión, con la satisfacción con el trabajo, etc. Por tanto no todos los empleos valen, es más, tener empleo hoy en día ni siquiera significa tener necesariamente autono- mía económica y una muestra de ello es la presencia (muy importante en el Sur y cada vez mayor en el Norte) de trabajadores/as pobres. La OIT propuso en 1999 usar el concepto de “trabajo (empleo) decente” para fijar las características que debe agrupar una relación laboral que cumpla los estándares laborales internacionales. El trabajo decente supone que hombres y mujeres disponen de oportunidades para realizar una actividad productiva que aporte un salario justo, seguridad en el trabajo y protección social, ofreciendo mejo- res perspectivas de desarrollo personal e integración social y garantizando los derechos de participación y asociación, así como la igualdad de oportunidades y de trato para todos y todas. (Hernandez, Gonzalez y Ramiro 2012)
Además del empleo, la protección social puede ser clave para el bienestar de las perso- nas y puede desempeñar un papel esencial para liberarlas del miedo a la pobreza y a la penuria. Precisamente para alejar esos miedos, las políticas públicas no deben limitarse a proporcionar servicios esenciales a las personas sino que deben facilitárselos de tal modo que éstas puedan contar con ellos en el futuro. Esto lleva por ejemplo a reflexionar sobre las formas de organización política, administrativa… más adecuadas para garanti- zar esa seguridad. En estrecha relación con esto, en 2010, la OIT empieza a utilizar el con- cepto de piso de protección social. El piso de protección social se define como un conjunto integrado de políticas sociales diseñado para garantizar a toda persona la seguridad de los ingresos y el acceso a los servicios sociales esenciales, prestando especial atención a los grupos vulnerables y protegiendo y empoderando a las personas a lo largo del ciclo de vida. El piso de protección social incluye las garantías de (OIT 2011b):
- seguridad básica de los ingresos, mediante diversas formas de transferencias so- ciales (en efectivo o en especie), tales como pensiones, prestaciones, apoyo a los ingresos y/o garantías y servicios relativos al empleo para las personas desem- pleadas y los trabajadores pobres, etc.
- acceso universal y asequibilidad a servicios sociales esenciales en los ámbitos de la salud, el agua y el saneamiento, la educación, la seguridad alimentaria, la vivien- da y otras esferas definidas en las prioridades nacionales.
El piso de protección social puede ser un instrumento para el empoderamiento de las mujeres. El objetivo del Piso de ampliar la protección social básica a las personas ac- tualmente excluidas del mismo y a la economía informal ofrece grandes posibilidades de subsanar algunas de las desigualdades de género existentes. La ausencia de ayudas pú- blicas y privadas para hacer frente a las responsabilidades familiares implica que para un elevado número de mujeres la economía informal sea la única que proporcione trabajos remunerados con la suficiente flexibilidad, autonomía y proximidad geográfica al hogar para permitirles combinar una actividad remunerada con las obligaciones familiares no remuneradas.