El oppidum de Alesia no estaba demasiado lejos de La Tène. La gran tradición celta de los trabajos en metal había permanecido viva en la última fortaleza del desdichado Vercingetórix. Ambos nombres —La Tène y Alesia— son como el alfa y omega —el principio y el fin— de la expansión céltica.
A Julio César le costó todavía un poco pacificar las Galias. A base de dureza y de matanzas llegó a imponer la pax romana. Aquella guerra había durado diez largos años y convenía borrar sus huellas. César cambió de táctica, pensando probablemente en Roma y en su futura carrera política. Se trocó en simpático y generoso. Abrió a los galos la posibilidad de ingresar como mercenarios en las legiones romanas. Incluso creó para ellos una legión ex profeso, llamada «la Alondra», que pronto se haría famosa. Practicó —dice Maurois— la política que diecinueve siglos después seguiría Lyautey en Marruecos, la llamada «política de los grandes caídos», que consiste, para el conquistador, en apoyarse en la nobleza del país conquistado, y que permitió a la Inglaterra victoriana controlar, con cuatro gatos, un subcontinente inmenso como la India.
Roma se sentía inclinada a conceder los derechos de ciudadanía a los pueblos que iba asimilando. En el año 51 a.C. había terminado la campaña de las Galias, y en el año 42 se procedió a su anexión a Italia. Más tarde vino la división administrativa en provincias. En Lyon y en Lutecia (sede de la tribu de los parisii) se fundaron ciudades romanas. Las costumbres, y sobre todo las leyes de Roma, invadieron lo que había constituido el indómito y extraño mundo galo.
Sin embargo, bajo las cenizas continuaban ardiendo los rescoldos. En el año 13 a.C. hubo un levantamiento de algunas tribus galas, que Druso pudo reprimir sin mayores sobresaltos; y en el año 21, ya de nuestra era, las tribus de las Galias volvieron a mostrarse inquietas. Eran pueblos
que durante siglos habían sido libres como el aire y a los que costaba mucho inclinarse bajo el yugo de las leyes y de la administración.
En el año 43 de nuestra era, las legiones romanas completaron la conquista y ocupación de la Bretaña, y tres años después dio comienzo la conversión del Danubio en frontera militar fortificada del Imperio. Desde la provincia del Ilírico, Roma controlaba los movimientos de los grupos célticos establecidos en el centro de Europa. El emperador Augusto mandó ocupar una gran zona colindante con el Danubio para establecer una faja de seguridad entre romanos y germanos. En el año 44 de nuestra era murió Burebistas, rey de Dacia, que había sometido toda la Transilvania occidental, alcanzando los Cárpatos septentrionales, el Haemo —en los Balcanes—, y Olbia, en el mar Negro. En tiempos de sus sucesores, este extenso reino fue disgregándose. Uno de ellos, Decébalo, luchó contra los romanos a finales del siglo I de nuestra era. Finalmente, Trajano convirtió a la Dacia en provincia romana.
Entre los años 60 y 61, los celtas bretones, celosos de sus antiguas libertades, se lanzaron furiosamente contra los ocupantes romanos; pero la desproporción de fuerzas no dejaba ningún resquicio a la esperanza. Prácticamente fueron exterminados. Seis años más tarde, un general romano, nacido en Aquitania y de ascendencia gala, Víndex, que gobernaba la provincia lionesa, se sublevó contra Roma. Las legiones del Rin, bajo el mando de Virginio Rufo, marcharon hacia el sur para pacificar aquella zona, y en Vesontio —actualmente Besanzón— chocaron ambas fuerzas, en lucha fratricida. Parece ser que Víndex, viendo la derrota de los suyos, se quitó la vida con su propia espada.
Como ya hemos dicho anteriormente, la expedición de Julio César a las Islas Británicas no tuvo trascendencia alguna, ni dejó huella. Posteriormente, bajo Calígula, empezó la verdadera conquista de Gran Bretaña, continuada por Vespasiano. En el año 86 de nuestra era comenzó la construcción de un limes defensivo fortificado en tierras de Escocia, entre el Clyde y el estuario del Firth of Forth, al estilo del que se había establecido en Germania, desde el Rin al Danubio. Dicha línea defensiva o muralla fue terminada entre los años 122 a 143, en los días del emperador Adriano y de Antonino Pío.
Julio Agrícola —cuyos avatares nos han sido transmitidos por Tácito8— había sido designado gobernador de Gran Bretaña en el año 78, y aplicó su notable capacidad al empeño de infundir la cultura romana. Sin embargo, debe decirse que la romanización, en las Islas Británicas, fue mucho menor que en las Galias.
En el siglo IV, los romanos se vieron obligados a defenderse de los furiosos ataques de los pueblos pictos del norte de Escocia, que en el año 306 llegaron hasta la ciudad de Londres. Hasta principios del siglo V, los pictos mantuvieron sus incursiones depredadoras, que cesaron al producirse la invasión de grupos sajones germánicos, llegados a las Islas Británicas.
La invasión de los sajones provocó corrimientos y migraciones de los grupos célticos, principalmente los britones, que se trasladaron a la península armoricana, es decir, a Bretaña. Los pictos, por su parte, bajo el caudillaje de Vortigern, huyeron al País de Gales, fundando el reino de los Kyry. Los celtas dumnones, de Cornualles, y los cornovernos, de Lancaster, pasaron el canal y se dirigieron también a Bretaña.
En el siglo IV, los pictos se establecieron en parte de Irlanda (el Ulster), unificando el país y organizando hasta siete reinos o grupos. La tradición señala al de Meath como el más importante.
Algo antes, allá por el siglo II, los goidelos, de Irlanda, a los que los romanos llamaban
escotos, habían llegado a Bretaña, hasta la desembocadura del Loira. Con el tiempo, algunas de
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estas tribus se dirigieron a Gales, a Cornualles y a la isla de Man, robusteciendo la población y la sangre celta de aquellos parajes. En Escocia fundaron un estado que acabó absorbiendo a los pictos que permanecían por allí y a los caledonios.
Irlanda fue, sin duda alguna, el último baluarte del mundo céltico. Con la propagación del cristianismo y con la llegada de san Patricio la isla se convirtió en un gran centro religioso. Como veremos en el capítulo siguiente, los monjes irlandeses influyeron grandemente en el oeste y el norte de Europa. Las escuelas monásticas mantuvieron la llama viva del antiquísimo arte de La Tène, en la pintura, la escultura y la orfebrería.