La estrategia operativa de la IAP se conforma por procesos de naturaleza dialéctica, dinámica y permanente. Estos procesos suponen que la población involucrada en la investigación, se moviliza, organiza y mantiene en un proceso permanente de reflexión para acercarse a la realidad, identificar sus problemas y actuar en los mismos. Es decir, para conseguir la participación efectiva en programas de desarrollo, la sociedad debe de implicarse
en un trabajo constante de investigación y cuestionamiento de la realidad concreta que pretende cambiar.
Los principios metodológicos sobre los que giran la IAP, hacen referencia a las características del denominado „elemento externo‟: investigador popular, promotor social, intelectual orgánico o educador popular. Esta persona al trabajar en favor de los intereses del pueblo, define su quehacer en función de las luchas de los sectores populares:
Principios metodológicos de la IAP
Autenticidad y compromiso. Contribución que los investigadores profesionales han de hacer desde su
disciplina específica a las causas de las clases o sectores populares.
Antidogmatismo. Remite al hecho de asumir en el trabajo una posición flexible para producir con el
pueblo los conocimientos genuinos que respondan a sus intereses.
Restitución de la información. Se refiere a la devolución sistemática, organizada, enriquecida y sin
arrogancia intelectual del conocimiento producido a los propios sujetos.
Retroalimentación. Remite a la necesidad de integrar en los informes las reacciones, respuestas,
reflexiones y sugerencias en relación con la información restituida.
Equilibrio de acción – reflexión. Articulación del conocimiento construido en un contexto particular
con los conocimientos producidos en contextos más amplios (Gajardo, 1985).
De acuerdo con Montero (2004, 2005, 2006) esta posición ontológica de asumir a la comunidad como un ente activo y a sus miembros como actores con el derecho de tomar decisiones sobre los asuntos que les conciernen y sobre el destino o la condición de su acción, es ejemplificado en los trabajos de Santiago, Serrano-García y Perfecto (1983) cuando establecen como guía de trabajo de la psicología comunitaria los siguiente supuestos:
La comunidad tiene el derecho a decidir qué tema se va a intervenir-investigar y cómo desea que esto se haga.
La comunidad es quien más se ve afectada por cualquier tipo de intervención- investigación. Por lo tanto, nadie tiene el derecho a intervenir-investigar sin su consentimiento.
La comunidad posee recursos para realizar sus propias intervenciones-investigaciones sin necesidad de que vengan extraños a realizar dicha tarea.
El rol el profesional en este trabajo debe ser de facilitador y no de experto.
Así, de acuerdo con sus raíces, la investigación, desde esta perspectiva metodológica, debe de prepararse considerando las condiciones del contexto en que se pretende desarrollar. Para ello, según De Shutter, debe contemplar los siguientes aspectos:
Delimitación geográfica y selección específica de la comunidad, los sectores sociales y grupos o familias con quienes se trabajará.
Revisión teórica de los posibles problemas a ser investigados en la comunidad, de los cuales habrá de reunirse información cualitativa y cuantitativa.
Formulación de propuestas provisionales que respondan a los problemas más generales de la población (De Shutter, 1986).
Los procesos operativos que se tienen en cuenta para realizar el estudio en su momento práctico, son en general, los siguientes:
Establecer contacto con las distintas instancias para conocer su interés en el proyecto y detectar los planes de asistencia y desarrollo que tienen para la comunidad.
Establecer contacto con las instancias que trabajen en la comunidad para determinar con precisión los mecanismos de colaboración y delimitar las zonas de estudio.
Determinar con la comunidad el universo de estudio, dando prioridad a sectores marginados o grupos vulnerables con los que se quieran realizar o ya se realicen acciones de intervención socioeducativa.
Iniciar una relación de carácter informal con los grupos con los se pretende trabajar para darles a conocer el sentido que tiene la presencia en la comunidad de los agentes externos.
Establecer reuniones con los miembros de la comunidad para reflexionar con respecto a la pertinencia del proyecto y la importancia de su participación en función de sus criterios e intereses.
Iniciar acciones con las personas implicadas para realizar un diagnóstico situacional de las condiciones específicas en que se encuentra la comunidad, en relación con los factores histórico-culturales y político-sociales.
Definir los objetivos específicos de la investigación, de acuerdo con los aspectos más importantes que se identificaron en relación con las inquietudes y problemas que plantearon las personas de la comunidad.
Determinar las prioridades de los miembros de la comunidad para plantear el problema que será investigado.
Seleccionar las técnicas para recoger la información de acuerdo con las habilidades de los participantes y las características de la población.
Recoger la información con la estrecha colaboración de la población implicada en la investigación.
Codificar y procesar la información recogida considerando la pertinencia de no perder la continuidad en la dinámica de trabajo con los miembros de la comunidad que participan en la investigación.
Analizar los resultados con técnicas sencillas que den preferencia a la participación de los implicados en la investigación.
Interpretar la información ya analizada en función del sentido común y los saberes populares de las personas involucradas y, preferentemente, de los mismos sujetos que la proporcionaron.
Integrar las conclusiones de la investigación, incorporando las sugerencias de los participantes, con el propósito de programar las acciones más adecuadas para dar solución a la problemática investigada (De Shutter, 1986; Fals-Borda, 1972, 1980, 1992, 2001; Freire, 1968/1982, 1987; Gajardo, 1985; Schmelkes, 1991; Montero, 2006).
Implicaciones metodológicas
La modalidad de investigación presentada, representa una alternativa metodológica que considera la efectividad de los procesos de desarrollo, en función del cúmulo de conocimientos que se produzcan de la realidad en cuestión. Dichos conocimientos, deberán generarse con la implicación decidida de los mismos interesados, si lo prioritario en el desarrollo es trascender la situación de exclusión de los sectores más afectados por la desigualdad que engendra el sistema imperante (Blanco y López, 1991; Martín-Baró, 1998; Montero, 2006).
Así, la IAP pretende descubrir la realidad social que tratan de cambiar los sectores populares, así como establecer las condiciones para transformar las situaciones que determinan la realidad específica de dichos sectores. Para ello, integra procesos de carácter democrático en la producción de conocimientos, con la finalidad de construir estrategias que permitan diagnosticar, planificar, ejecutar, supervisar y evaluar las alternativas sociopolíticas de beneficio colectivo que partan, sin excepción, de una realidad concreta.
En consecuencia, se desprende que esta alternativa de investigación no pretende producir un conocimiento descriptivo de las condiciones que caracterizan a las comunidades marginadas, sino construir el conocimiento que permita definir las acciones más adecuadas para transformar las condiciones que obstruyen su desarrollo. En términos generales, se configura por las estrategias que implican activamente al conjunto de la población en las decisiones y operaciones de los diferentes momentos del proceso de investigación (De Schutter, 1986; Gajardo, 1985; Fals-Borda, 2001; Montero, 2006).
De ahí que la IAP se conciba como un instrumento para construir un conocimiento más prospectivo que explicativo de la realidad en que se produce. Conocimiento que es, por otra parte, conveniente a las mayorías silenciosas y silenciadas, en su esfuerzo por superar las causas que les impiden mejorar su condición humana. Es una expresión de búsqueda por conformar una estrategia de investigación, conducente a potenciar la capacidad de los propios sujetos para trascender las situaciones que, históricamente, los han marginado de las decisiones más relevantes que afectan su desarrollo y su futuro.
Asimismo, es una forma de potenciar las capacidades investigativas de los sectores oprimidos, para que puedan transformar su realidad por sí mismos (Park, 1992; Montero, 2004, 2006). Es una manera de empoderar a la gente para que de forma eficaz mejore sus condiciones de existencia. En este sentido, la investigación aclara la relación entre el conocimiento y la transformación; representando, el conocimiento, un elemento crucial que permite a la gente orientar el destino de su mundo y las maneras de lograrlo.
Es, al mismo tiempo, un estilo de vida y un método de estudio que hace hincapié en una rigurosa búsqueda de conocimientos, es un proceso abierto al trabajo y vivencias conjuntas, una progresiva evolución hacia cambios sociales y culturales, con objetivos sucesivos y parcialmente coincidentes. Es un proceso que requiere un compromiso, una persistencia y una postura ética en todos los niveles (Fals-Borda 2001; Montero, 2004, 2006; Rahman y Fals- Borda, 1992).
Lo anterior, demanda la necesidad de que los especialistas adquieran un compromiso manifiesto con determinada ideología, para que tengan sentido las inevitables relaciones afectivo-personales y político-sociales que se establecen con su actuación en una realidad concreta. Manifestar un compromiso de carácter ideológico es ser sujeto de la historia, ya que implica asumir una posición política en favor de alguna de las clases en conflicto que
impulsan su devenir; superándose, en consecuencia, el principal problema de las ciencias sociales en relación con su irrelevancia para influenciar decisivamente el devenir histórico (Demo, 1985; Montero, 2005).
Por otra parte, el compromiso ideológico no sugiere una fusión en sentido total, puesto que es necesario reconocer las diferencias del profesional con la comunidad, pues éste es producto concreto de una clase social que mantiene privilegios negados a los sectores oprimidos; privilegios sociales, de los cuales se ha servido para formarse como intelectual. Este, no forma parte del pueblo oprimido, es un agente externo que ha apostado sus recursos en favor de ese pueblo, para convertirse en un investigador más responsable, buscando retener lo que obtiene en el desarrollo de su experiencia y asumiendo las consecuencias de los errores que comete como una carga pesada en su conciencia personal (Fals-Borda, 2001; Tax, 1992).
Es necesario destacar, que el investigador profesional debe de mantener una distancia para dejarle al pueblo el control del proceso; del cual, únicamente, será un facilitador con un compromiso histórico, para ampliar la brecha del saber al interior de las organizaciones populares. Por ello, hablamos de agentes externos y agentes internos en el trabajo comunitario, planteando una relación dialógica, horizontal, de unión de conocimiento científico y conocimiento popular y de devolución sistemática del conocimiento generado por las comunidades, redefiniendo el rol del profesional comunitario como catalizador de transformaciones sociales en lugar del interventor experto (Fals-Borda, 2001; Montero, 2004, 2005, 2006).
Esto implica considerar la importancia de la participación en la totalidad del proceso orientado a conocer y modificar una realidad social. En ese sentido, la IAP reconoce que la participación es un derecho universal de las personas, para incidir en las decisiones que interfieren en el destino de su contexto. Derecho que implica una modalidad de comportamiento, para alterar el sentido de cualquier iniciativa que pretenda influenciar las condiciones de existencia de los sujetos de tal iniciativa (Montero, 2006; Rodríguez y Hernández, 1994).
Por consiguiente, sustenta el imperativo de que la población se involucre en la totalidad del proceso de producción del conocimiento, para tomar parte en las decisiones que le afectan. Son los propios sujetos a quienes les corresponde la decisión de qué investigar, mediante qué métodos ha de realizarse la investigación y cuáles habrán de ser los objetivos a conseguir con los resultados de la actividad investigadora, para orientar las opciones de carácter práctico y demandas políticas que definirán su porvenir (Montero, 2005, 2006; Park, 1992).
Además, hay que señalar que la investigación en esas condiciones de participación, hace un verdadero reconocimiento a los saberes prácticos que los implicados han acumulado para manejar su ambiente y aprovechar sus recursos, aún en condiciones económicas y políticas muy adversas que escapan a su capacidad de control. Tales saberes son estimados como un componente indispensable para comprender la realidad, ya que permiten rescatar de los sujetos que integran el contexto, un cúmulo inagotable de experiencias concretas en las que se encuentra el significado de su devenir histórico, mismo que sirve como marco de referencia para explicar los fenómenos en cuestión.
Descubrir esos saberes ancestrales de experiencias concretas, es encontrarse con la capacidad de los hombres para afrontar la realidad; más aún, es potenciar esa capacidad para que conquisten sus derechos como sujetos políticos y construyan su destino. Recuperar los saberes es construir la herramienta para dotar de poder a los sujetos en su lucha por la justicia social (Fals-Borda, 1985, 1992, 2001; Montero, 2006).
Sin embargo, es importante destacar que esta perspectiva considera la participación de las personas en función de sus circunstancias específicas, ya que en determinadas situaciones las personas de una comunidad se encontrarán ya intolerantes con su problemática, por lo que fácilmente se implicarán en las propuestas para conocer su realidad con la finalidad de transformarla. En situaciones contrarias, el potencial de participación se encontrará mediatizado por condiciones psicosociales que mantienen a las personas en una resignación fatalista. Esto último no justifica, desde esta posición, que se manipule el proceso para cumplir con los acuerdos suscritos con determinadas instituciones, sino que representa una justificación para ratificar el compromiso con el conocimiento transformador de las condiciones que mediatizan la participación de las mayorías.
De acuerdo con Musitu y Vera (2000), la alternativa de investigación expuesta se ha establecido como una filosofía, metodología y estrategia de transformación sociopolítica en países de África y América Latina; convocando y agrupando a trabajadores comunitarios, educadores populares, profesionales, académicos y diferentes investigadores de las ciencias sociales.
Del mismo modo, pensamos que es posible construir una ciencia popular para rescatar la historia y cultura regional, para formar una identidad colectiva que promueva y mantenga las luchas sociales de sectores oprimidos. Sin embargo, se requiere diseñar las técnicas adecuadas que impulsen y dinamicen un trabajo conjunto de reflexión y acción. (Musitu y Vera, 2000). En consecuencia, afirmamos que esta alternativa de investigación no es una propuesta acabada de naturaleza estática. Por consiguiente, el investigador y la comunidad, en su constante búsqueda de conocimientos transformadores, deberán ir afinándola y reorientándola en lo específico de las experiencias a las que se corresponde, sin las cuales, pierde por completo su sentido de existencia como alternativa metodológica (Musitu y Vera, 2000; Fals-Borda, 2001; Montero, 2006).
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El desarrollo comunitario
La investigación-acción participativa en América Latina se ha orientado a impulsar procesos de desarrollo en contextos locales, urbanos y rurales, que respondan a los intereses de los sectores populares. Así, las experiencias gestadas se han sustentando en una concepción de desarrollo que privilegia la satisfacción de necesidades de sectores sociales en extrema pobreza, la confianza en el esfuerzo de los propios sujetos para cambiar la realidad, así como la realización de actividades que garanticen el bienestar y el porvenir colectivo.
Lo anterior se ha hecho posible a través de programas y proyectos que incorporan la dimensión material, sociocultural y, particularmente, la educativa; los cuales son elaborados, implementados y evaluados con la participación de los sectores populares (Balhen, 1995; Fals-Borda, 2001; Follari, Hernández y Sánchez Peralta, 1984; Montero, 2006). En consecuencia, la participación de la comunidad en la identificación de las necesidades y delimitación de las problemáticas, así como en la planificación, ejecución y evaluación de las acciones conducentes al cambio social, representan el componente más importante del desarrollo comunitario.
Para Ander-Egg (1998), los marcos de referencia desde los cuales puede orientarse el desarrollo de la comunidad dependen, en gran medida, de las coordenadas ideológicas y políticas desde los cuales se conciben y ejecutan los programas orientados a tal fin. Así, desde una concepción orientada al cambio social, el desarrollo de la comunidad se encauza a promover la participación y la organización popular a fin de crear poder popular.
De hecho, este nuevo enfoque de los procesos de desarrollo, se sustenta en el reconocimiento de las capacidades y potencialidades locales, la generación y adopción de tecnologías apropiadas y la participación de los beneficiarios tanto en el diseño como en la aplicación y evaluación de las acciones tendientes al desarrollo (Zúñiga, 1991). Pero, sobre todo, se sustenta en la capacidad de movilización de la conciencia que conduce al compromiso de la persona con la sociedad, a efectos de construir una dinámica de relaciones cotidianas más equitativa, justa y respetuosa de los derechos humanos (Fals-Borda, 2001; Montero, 2004, 2005, 2006).
El gran logro de la creciente toma de conciencia de las comunidades y los sectores más empobrecidos, se concretó en la búsqueda de autonomía con respecto a los procesos de toma de decisiones tendientes a transformar las condiciones sociales que deterioran el bienestar (Krause y Jaramillo, 1998). Así, para Durston y Miranda (2002), el logro y, a la vez, cambio, más importante de este enfoque, ha sido la real consideración del capital humano y social en la solución de los problemas del desarrollo.
Es este momento histórico, el que genera la creciente preocupación por la elaboración y aplicación de estrategias de reivindicación de los grupos desfavorecidos, en cuyo contexto se enmarcan propuestas como la Sociología Militante del Grupo Rosca, (más tarde investigación-acción participativa), la Pedagogía del Oprimido de Paulo Freire (más tarde Educación Popular) y la Psicología de la Liberación de Ignacio Martín-Baró.
Estas propuestas rompen con la articulación funcionalista de corresponder predominantemente a las necesidades de reproducción del capital o de la legitimación social de los gobiernos. Así, no son ya los grandes proyectos autofundados los que inspiran las nuevas acciones educativas, sino los proyectos de vida concretos de los grupos, comunidades o asociaciones existentes en la realidad pluricultural y pluriétnica de la región latinoamericana.
La búsqueda se centra en una nueva problematización de la realidad en vías de gestar referencias para la intervención y el desarrollo comunitario: la globalización de los procesos económicos, sociales, culturales y comunicativos, plantea a la región latinoamericana una serie de desafíos, cuyas respuestas deben combinar un sentido de justicia social y de democratización, con la eficiencia para generar condiciones dignas de vida material y espiritual (Tedesco, 1989; Zarco, 2000).
La tesis central apuesta por un desarrollo humano como eje transversal de un proceso global, a través del cual es posible ampliar las capacidades humanas para construir una sociedad más justa, igualitaria e incluyente de la diversidad. Para ello, las experiencias de IAP se han orientado a generar, desarrollar y potenciar un tipo de desarrollo dirigido a crear capacidades y competencias que habiliten a los individuos y a los actores sociales a ejercer las oportunidades y los derechos, así como a fortalecer acciones que contribuyan a la transformación de la sociedad. Lo cual, forma parte de la búsqueda más amplia del desarrollo humano sostenible (Ávila, 2001).
En esta dimensión humana del desarrollo, se plantea el reto de redefinir nuestro acercamiento convencional al desarrollo en general, de tal suerte que nos asumamos como una viviente realidad operativa y no como una olvidada abstracción económica (García, 2004).
La participación
La participación es un constructo que hace referencia al derecho que tienen los sujetos de tomar parte activa en las decisiones que afectan su destino (Carmona, 1988; Montero, 2004, 2006). Asimismo, es un proceso a partir del cual los individuos asumen una amplia gama de responsabilidades para contribuir al desarrollo de su comunidad y a través del cual las diversas capas sociales tienen parte en la producción, la gestión y el usufructo de los bienes y servicios de la sociedad a la que pertenecen (Del Río, 1990; Montero, 2005).
Fadda (1990) considera que la participación es un conjunto de esfuerzos organizados para redistribuir el poder y aumentar el control de los recursos por parte de los miembros de una comunidad. En este sentido, la participación constituye el elemento potencial para