formación de sujetos críticos y auténticamente autónomos.
5. La metodológica. Plantea la necesidad de comprender que la educación es un acto
de conocimiento que consiste en aprender a construir, de-construir y reconstruir los métodos, las estrategias de enseñanza-aprendizaje y las didácticas con las que se trabaja en la cotidianidad pedagógica.
Este ideario pedagógico está íntimamente vinculado a la noción de revolución cultural de los años sesenta. Inicialmente, se desarrolló en Brasil y Chile, extendiéndose hacia el Cono Sur, México, Estados Unidos y Canadá. Su influencia ha impactado notablemente en varios programas educativos de muy diversas partes del planeta, como en las campañas de alfabetización de Guinea-Bissau, Sao Tome Príncipe, Granada, Nicaragua y México, así como en programas de educación de adultos en Tanzania y Sudáfrica. Estos programas educativos han tenido la característica especial de constituirse como mecanismos de colaboración político-pedagógica con los sectores excluidos. En ellos, se asume una “pedagogía para la transición social, que define consecuentemente su actividad educativa como una acción
cultural cuyo objetivo central puede resumirse en el término „concienciación‟ (Torres, 2001).
Al oír por primera vez la palabra concienciación me di cuenta, inmediatamente, de la profundidad de su significado porque estoy convencido que la educación, como práctica de la libertad, es un acto de conocimiento, una aproximación crítica a la realidad. Desde entonces esta palabra entró a formar parte de mi vocabulario (Freire, 1974).
En su versión más radical, la especificidad de la concienciación reside en el desarrollo de la conciencia crítica como conocimiento y práctica de clase, es decir, aparece como parte de las „condiciones subjetivas‟ del proceso de transformación social (Torres, 2001).
Al respecto, Martín-Baró (1986) sostiene que el método de la alfabetización concienciadora, surgido de la síntesis de diversas disciplinas de las ciencias sociales, como la educación, la psicología, la filosofía y la sociología, articula la dimensión psicológica de la conciencia personal con la dimensión sociopolítica. La dialéctica entre el saber y el hacer, el crecimiento individual y la organización comunitaria, la liberación personal y la transformación sociocultural se pone de manifiesto. Asimismo, asevera que la concienciación, principalmente, constituye una respuesta histórica a la carencia de palabra personal y social de los pueblos oprimidos, no sólo limitados para leer y escribir el alfabeto, sino para leerse a sí mismos y para escribir su propia historia.
Además, de acuerdo con el mismo autor, este método de conocimiento es la aportación más significativa de las ciencias sociales latinoamericanas al desarrollo de la psicología en general y, en particular, de la comunitaria. Más aún, es la esencia de la psicología comunitaria en el contexto latinoamericano.
Para concluir este apartado, podemos afirmar que la EP se ha convertido en la herramienta fundamental de una psicología comunitaria interesada en desencadenar la transformación de las condiciones de existencia y favorecer el desarrollo de los sectores
oprimidos. Asimismo, ha permitido trascender el psicologismo en la investigación e intervención al interactuar con diferentes disciplinas de las ciencias sociales.
Legado histórico
Como hemos señalado, desde sus orígenes la EP ha venido ampliando y haciendo más compleja su comprensión de la realidad, sus métodos, sus alcances entre diversos sectores de la población, sus fundamentos multidisciplinarios y su incidencia política. En la medida en que los parámetros de la transformación de la realidad se han visto sometidos a la hegemonía del llamado pensamiento único que concibe al capitalismo y la democracia política como la única combinación posible y mejor de las sociedades (y que tiene como correlato la derrota de opciones políticas anticapitalistas), la acción de los sujetos sociales y políticos ha transitado por diversos caminos, abriendo más temas con nuevos enfoques de los procesos de emancipación y humanización (Zarco, 2000).
De esta manera, podemos reconocer un núcleo importante de elementos comunes que subyacen a la totalidad de las prácticas identificadas como EP y que nos permite tener claridad sobre su especificidad con respecto a la intervención comunitaria. Estos elementos constituyen los fundamentos definitorios y son los siguientes:
Lectura crítica de la sociedad y de la educación.
Un aspecto fundamental es el énfasis que se pone en la necesidad de generar la reflexión permanente sobre el modelo de sociedad deseable y posible, frente a un mundo globalizado, injusto y excluyente. Esta mirada crítica de la realidad social se entrelaza con una mirada crítica a la educación transmisora, vertical y acrítica. Esta posición da origen a un modelo educativo horizontal, dialógico, crítico, participativo y constructor, respetuoso, ante todo, de los saberes de los participantes. Precisamente es Paulo Freire el que acuña el término Pedagogía Crítica, desde donde problematiza la distribución del poder en educación, centrando la atención en el análisis del rol de la educación en la reproducción de las inequidades y las injusticias que caracterizan al orden social vigente. Así, la EP se plantea como el punto de llegada, la toma de conciencia crítica de las relaciones sociales y la posibilidad de actuar para promover el cambio y la transformación social (Magendzo, 2004; Núñez, 2004, 2006; Torres, 2000).
Intencionalidad sociopolítica emancipadora.
Vinculado al proceso de concienciación, éste es el rasgo distintivo que da identidad a la EP. Alude a la formación y desarrollo de una conciencia política, en una legítima preocupación por contribuir a la construcción de un orden social justo. En los años 70 y comienzos de los 80 esta idea se vinculó a los discursos predominantes de izquierda. Actualmente, esta intencionalidad se refleja en la lucha por reivindicar los derechos humanos (civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales) y en los esfuerzos por afirmar una visión que impulse políticas para promover esos derechos, que instrumente modelos de desarrollo incluyentes y que garantice la equidad y el respeto a la diversidad. Temas como la identidad, la diversidad cultural, la construcción de ciudadanías, la equidad, el bienestar, los derechos humanos, aparecen en las actuales experiencias de EP como contenidos clave de un paradigma de desarrollo más justo e incluyente (Torres, 2000; Zarco, 2000).
Construcción de ciudadanía.
Uno de los énfasis más importantes en la EP ha sido la auto-constitución de sujetos sociales a partir del intercambio de saberes y afectos que tienden a sostener y reproducir las condiciones y posibilidades de humanización. Las últimas reflexiones de Freire sobre la autonomía, la esperanza y la solidaridad, permitieron una mejor comprensión del significado de esta auto-constitución. El diálogo y la comunicación, tanto en su sentido interpersonal e intercomunitario como en su proyección más amplia de construcción de opinión pública, aparece como aspecto fundamental para la conformación de sujetos autónomos, críticos y capaces de comprender y construir significados que muevan a la acción común. Relacionado con lo anterior, destaca el tema de la construcción de la ciudadanía. La educación popular, en su sentido más cultural está orientada a fortalecer la autoconstitución de sujetos, en su sentido más político, está orientada a construir ciudadanía, como condición social y jurídica para el ejercicio de derechos y de responsabilidades (Freire, 1993; Núñez, 2004, 2006; Torres, 2000; Zarco, 2000).
Incidencia en la subjetividad de los sectores populares.
Las estructuras de la subjetividad popular se han entendido de maneras diferentes según el momento histórico. En los inicios de la EP, la referencia era la conciencia, concepto con el que confluía tanto la tradición marxista como el pensamiento freiriano. Esa mirada centrada sólo en la conciencia, se ha ampliado: hoy la subjetividad reconoce los elementos afectivos y culturales. Así, un trabajo educativo popular es aquel que a través de un proceso pedagógico quiere lograr algún cambio en las estructuras de pensamiento, en la manera de ver las cosas y de actuar en la vida cotidiana, independientemente de que esté trabajando en lo productivo, en derechos humanos o cualquier otra área específica (Salinas, 2000; Torres, 2000).
Énfasis en el diálogo, la participación y la organización.
La metodología educativa de la EP es dialéctica, participativa y humana. Pone el énfasis en el diálogo de saberes, en el diálogo cultural y en las técnicas dialógicas para promover el encuentro entre individuos y fortalecer la organización comunitaria. Estos son rasgos que han sido clave en la EP y que han permitido que se proyecte hacia otros campos educativos y de trabajo popular en la intervención comunitaria (Núñez, 2004, 2006; Schmelkes, 1990; Torres, 2000; Zarco, 2000).
En síntesis, de acuerdo con Zarco (2000), la EP es una acción cultural, pedagógica y política que tiene como principios:
La comprensión crítica de la realidad para su transformación (humanización).
El diálogo de saberes entre los sujetos que participan en el acto educativo.
La animación de las acciones por la educadora o educador.
Una opción ética por los sectores de la población empobrecidos (donde las condiciones objetivas de humanización son más precarias).
Un énfasis en la autoconstitución de sujetos autónomos.
Por todo lo anterior, la EP debe entenderse siempre como producto de la historia
latinoamericana, particularmente vinculada a los esfuerzos de cambio de procesos y
movimientos sociales y políticos de sectores que sufren y luchan por eliminar las asimetrías de todo tipo - opresión, discriminación, exclusión, explotación-, pasando así de ser un „pueblo social‟ (el que sufre) a ser un „pueblo político‟ (el que lucha). De esta manera, lo “popular”
hace referencia a un proceso que busca superar las relaciones de dominación, de opresión, de discriminación, de explotación, de inequidad y de exclusión.
Visto positivamente, es todo proceso que busca construir relaciones equitativas, justas, respetuosas de la diversidad y de la igualdad de derechos, es decir, que busca darle una intencionalidad comunitaria a la existencia humana (Gallardo, 2000).
Estas ideas coinciden con lo expresado por Austin (2000) y Musitu (2002), en relación con el derecho de las personas a ser diferentes, como uno de los principios defendidos por el enfoque del empowerment. De acuerdo con este principio, es necesario tomar conciencia de que todas las formas de vida son experimentadas y vividas de forma diferente por cada grupo y cultura y tienen su propio significado. Entender y respetar esto, permitirá asumir un modelo de colaboración entre el profesional y la comunidad, permitiendo vivir de manera conjunta los valores comunes de bienestar, salud, calidad de vida, etc.