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Chapter 5: Methodology

5.3 Research Methodology

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Ibíd., pp. 123-125.

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Durante los años en Leipzig, Goethe había aprendido los ideales de la simplicidad y de la calma del pintor Adam Friedrich Oeser, que había sido maestro de Winckelmann: el teórico de la poética clásica que definía la belleza como noble simplicidad y calma grandeza (edle Einfalt und stille Grösse).

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Llama la atención que en la producción goetheana de la primera década en Weimar, justamente cuando Goethe parece cada vez más interesado en la naturaleza y sus fenómenos, resulten ser pocas las expresiones poéticas sobre ella: a parte de raros momentos, la naturaleza no está presente en las obras escritas o esbozadas durante estos años: La misión teatral de Wilhelm Meister, el Egmont, la Ifigenia en Táuride, el Tasso. En cambio, paralelamente a esta disminución de las obras poéticas dedicadas a la naturaleza, empiezan los estudios científicos que Goethe emprende sobre este tema.

Este momentáneo desplazamiento de interés (en realidad, ciencia y poesía estarán siempre muy ligadas en Goethe) se justifica con la nueva situación vital que el poeta experimenta en Weimar: la pequeña dimensión de la ciudad, y la nueva casa en el campo que el duque ofrece a Goethe (y que éste habitó desde 1776 hasta 1782), dan al poeta la posibilidad de vivir en contacto directo con la naturaleza. Los nuevos oficios como inspector de las minas de Ilmenau también le proporcionan un contacto cada vez más frecuente con ella. Es justamente esta nueva familiaridad con la naturaleza lo que despierta en Goethe la curiosidad científica, más que la expresión poética. Si antes la naturaleza le aparecía en su infinita creatividad y fecundidad, ahora prevalece el sentido de su eternidad e inmutabilidad. Goethe quiere penetrar en los misterios insondables de la naturaleza, y este cambio de actitud da pie al estudio científico de su legalidad.

Las experiencias poéticas de la naturaleza que Goethe vive en estos años están basadas sobre todo en un sentimiento de calma y de paz, al que corresponde una visión de la eterna inmutabilidad de la naturaleza.84 A este propósito, la experiencia que más reveló a Goethe el sentido de la eternidad e inmutabilidad de la naturaleza fue el contacto con las montañas: decisivas fueron la ascensión al Brocken, la montaña más alta del Harz, en el invierno de 1777, y el viaje a Suiza de 1779. La ascensión le parece una experiencia religiosa, que le hace sentir la divinidad de la naturaleza: la montaña se revela no solamente en su eternidad e inmutabilidad, sino también en su carácter sagrado e insondable; porque, como hemos visto precedentemente, Goethe siente la divinidad en la naturaleza y la naturaleza como divina.

En el viaje a Suiza de 1779, ante el espectáculo de los montes, Goethe siente también la grandeza y sublimidad de la naturaleza. Preparándose para el viaje escribe a Charlotte von Stein (WA IV, 4, 63): «Suiza nos espera: contamos con pasear por las

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Este es el significado de muchas poesías y anotaciones “nocturnas”, frecuentes entre 1776 y 1779, en las que la luz de la luna se convierte en símbolo de la paz que apacigua las inquietudes del alma. Véase el Canto vespertino del cazador y el Canto nocturno del peregrino (1776).

grandes figuras del mundo y de sumergir nuestros espíritus en lo sublime de la

naturaleza».85 Ahora experimenta la enorme grandeza de los montes como algo intermedio entre lo finito y lo infinito. En esta esfera se sitúa el sentimiento de lo sublime, que media entre lo finito y lo infinito, lo físico y lo divino: el sentimiento de lo sublime está en conexión con el de la divinidad e impenetrabilidad de la naturaleza. Para Goethe no se trata del sentimiento inicial, improviso y arrollador, a la vista de las montañas, que impacta el alma dejándola inquieta, sino de la pacificación de aquella primera sensación: es su profundización y desarrollo, que culmina en una emoción calma y compuesta, en la que el alma resulta finalmente engrandecida y enriquecida. Esta concepción del sentimiento de lo sublime como una «grande calma impresión» es un testimonio más de la nueva mentalidad de Goethe, alejada de los fermentos juveniles, y más cercana a los ideales clásicos: la calma y la contemplación nutren de grandeza el alma. En la contemplación de lo sublime, el alma engrandecida es perfectamente adecuada tanto a la grandeza de los objetos que a la plenitud emotiva que deriva de ellos.86

La experiencia de las montañas va acompañada también por una reflexión sobre la lenta e inexorable actividad de la naturaleza, que plasma la tierra y el paisaje con su constante actividad formadora. Los sentimientos de eternidad e inmutabilidad de la naturaleza se acompañan a los de divinidad y sublimidad de la misma, y Goethe siente que la creatividad de la naturaleza actúa según leyes eternas e inmutables. Estos sentimientos preparan el paso del canto poético a la observación científica: el poeta “siente” lo que será tarea del científico estudiar, es decir, la actividad formadora de la naturaleza según leyes eternas. Y la actividad del científico contribuirá a su vez a un mayor entendimiento por parte del poeta.

1.3.3.2. El ensayo Sobre el granito

Esta ambivalencia de actitudes se encuentra en el ensayo Sobre el granito de 1784 (WA II, 9, 169-177), un escrito intermedio entre ciencia y poesía, inspirado por la observación científica y por la pasión poética a la vez. Goethe imagina estar en la cima

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Carta del 24 de septiembre 1779.

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de un monte y es consciente de apoyarse sobre el granito, que es la roca más profunda y sólida del suelo terrestre: es «la cosa más alta y más profunda, la base de la tierra, sobre la cual se han formado los múltiples montes». La conciencia científica es ahora explícita y precisa, sin embargo, la actitud científica no suprime la poesía, al contrario, la inspira y la sustenta. Esa conciencia, ante todo, profundiza y confirma el sentido de la inmutabilidad y de la eternidad de la naturaleza: el granito es inmutable, es la «base de nuestra tierra», el «firme suelo del mundo originario»; además, el granito es eterno, «la cosa más antigua», que existe «antes de toda vida y sobre toda vida».

Goethe expresa la inmutabilidad y eternidad de la naturaleza, simbolizada por el granito, con un juego de antítesis. La primera contrapone el «corazón humano», que es «la parte más joven, variada, móvil, mutable, inestable del creado», con el granito, que es «el hijo más antiguo, sólido, profundo, inmutable de la naturaleza»: el poeta, experto de los mutables sentimientos humanos, siente el deseo de una calma contemplación de lo inmutable. Una segunda antítesis es aquella que Goethe establece entre el sublime monte de granito y los bellos y fecundos valles y llanuras. El granito representa, pues, aquella esfera originaria e inmutable, pura y verdadera, que se contrapone a la mutabilidad efímera de la vida. La conciencia científica alimenta entonces el sentimiento poético de lo sublime y de lo divino. Justamente porque, como científico, conoce la esencia del granito, el poeta participa más íntimamente en la naturaleza: le parece estar en conexión directa con las fuerzas internas de la tierra. Esta participación

directa en la naturaleza se convierte en elevación espiritual, es decir, en sentimiento de lo sublime: en la cima del monte el poeta se siente elevado sobre el resto del mundo, y

esta elevación física representa también una elevación espiritual.87

Pero la ciencia no contribuye solamente a la experiencia de lo sublime, sino también al sentido de lo divino: la naturaleza, que parece muda e inaccesible, en realidad se revela a quien sabe escucharla y entenderla. Por eso Goethe habla de aquella «paz sublime que es fruto de la solitaria muda cercanía de la grande naturaleza que

habla en voz baja». Este solemne manifestarse de la naturaleza adquiere aquel

significado religioso que Goethe había experimentado ya durante la ascensión al Brocken: la cima del monte le parece sede de lo divino, como un altar sobre el cual dar las gracias a Dios. Por tanto, el sentimiento de lo sublime culmina en el sentido de la

divinidad de la naturaleza. Ahora que la contemplación de lo eterno, tanto poética como

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científica, ha nutrido el alma, desaparecen las contraposiciones: el poeta ha arrancado a la naturaleza su secreto, y ve cómo todo se concilia en el seno de la naturaleza.88 Junto al granito, también el mutable corazón humano pertenece a la naturaleza, porque «todas las cosas naturales están en una precisa conexión» (HA, XIII, 255).

El ensayo Sobre el granito representa entonces una suma de todas las experiencias poéticas de la naturaleza hechas por Goethe en la primera década de Weimar, y es a la vez el primer resultado de sus estudios científicos. Esto demuestra, una vez más, cómo poesía y ciencia acaban por converger en el alma de Goethe.