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nacionalistas polacos, que los socialistas polacos y rusos debían hacer causa común contra el zarismo y que el proletariado debía trascender las fronteras nacionales en una lucha esencialmente internacional por la libertad. Se negó a hacer las concesiones que Lenin consideraba necesa- rias a las pretensiones de las nacionalidades a separarse y constituir go- biernos propios; porque pensaba en términos de una revolución mun- dial que, lejos de crear nuevas fronteras, aboliera las ya existentes. Tuvo además, cuando menos en el último año de su vida, serias dudas acerca de la política que Lenin había seguido en la Revolución bolchevique; porque, aunque era partidaria de la dictadura del proletariado, abogaba por una dictadura del proletariado y no una dictadura sobre el proleta- riado por un partido centralizado y autoritario que se considerara la vanguardia de la clase obrera. Rosa Luxemburgo, a diferencia de Lenin, no tenía fe en una élite disciplinada de revolucionarios profesionales. Creía en el aliento revolucionario de las masas y en su capacidad para hacer y moldear la Revolución por sí mismas. Abrigó temores, después de noviembre de 1917, del advenimiento en Rusia de una nueva buro- cracia profesional que, en nombre de la Revolución, pretendiera some- ter a las masas. Estos temores no se dieron a conocer hasta 1921, cuando Paul Levi (1883-1930) publicó sus escritos sobre el tema; y aun enton- ces tardaron en ser destacados y comprendidos.

Rosa Luxemburgo, aunque tuviera sus temores respecto al "centra- lismo" del partido, fue siempre fiel a la Revolución, para la cual vivió. En Alemania fue la gran fuerza intelectual del lado revolucionario y la gran figura internacional de la joven generación socialista. Además de su gran importancia en el terreno político y económico, fue una mujer de intereses culturales amplios y profundamente arraigados. Había sido muy amiga de Jaurés, a pesar de sus desacuerdos políticos; y,, a pesar de su deformidad —era corcovada— poseía gran atracción personal. Su asesinato fue sentido y comentado como un acto de barbarie en toda Europa.

Las muertes de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht tuvieron lugar sólo cuatro días antes de las elecciones para la Asamblea Nacional, que se efectuaron el 19 de enero. El resultado mostró claramente la debi- lidad de los independientes, quienes ganaron sólo el 5 % del total de asientos, contra el 39 % de los socialistas mayoritarios. Pero demostró también que los dos partidos socialistas, juntos, formaban una minoría y que los partidos burgueses y de derecha reorganizados, aunque divi- didos entre sí, eran una fuerza plenamente capaz de reafirmarse en el Estado alemán. Frente a estos resultados, los socialistas no habrían po- dido pretender ya, aunque hubieran estado unidos, gobernar el país en nombre de la democracia parlamentaria; y, lejos de estar unidos, dispu-

taban entre sí con acritud cada vez mayor. Con cerca de 11 millones y medio de votos de un total de 30 millones, los socialistas mayoritarios eran el mayor partido de la Asamblea; pero el partido católico de centro obtuvo más de 6 millones, los demócratas más de 5 millones y medio y hasta los conservadores extremistas más de 3 millones, mientras que el Partido Socialdemócrata Independiente no llegó a más de 2 millones 250 mil votos. No parecía haber otra solución que una coalición con los partidos burgueses menos reaccionarios; y los socialistas mayoritarios, en consecuencia, consintieron en compartir el poder con los demócratas y el centro católico. Esto les otorgó una considerable mayoría en la Asamblea, pero no para el socialismo, al cual ya no representaban. Lo más que podía esperarse de semejante coalición era que confirmara a la República y le otorgara una Constitución parlamentaria de acuerdo con las ideas liberales tradicionales y que mantuviera a los extremistas de derecha bajo control.

Aun esto último, sin embargo, no era demasiado fácil en vista de la naturaleza de las fuerzas en que descansaba el nuevo gobierno en su lucha contra la izquierda. Ni la derrota de Berlín ni los resultados de las elecciones habían puesto fin a la oposición de la izquierda. El Congreso de Consejos, en efecto, renunció rápidamente a la autoridad que había debido ejercer sobre el gobierno, para entregarla a la Asam- blea; pero los consejos locales, más izquierdistas, mantuvieron su oposi- ción, y el Partido Socialdemócrata Independiente, dolido por la derrota y cada vez más amenazado por los "cuerpos libres" de Noske, se inclinó agudamente hacia la izquierda. En marzo de 1919, la Conferencia del Partido Socialdemócrata Independiente se declaró en favor del Consejo contra el gobierno parlamentario, colocándose así, por mayoría, del lado revolucionario.

Antes de esto, se habían producido agudas luchas en muchos lugares de Alemania. En Bremen, gran baluarte de los revolucionarios, el go- bierno socialista de izquierda fue derrocado a principios de febrero. En Baviera, Kurt Eisner, a su regreso de la Conferencia Socialista Interna- cional de Berna, donde denunció a los socialistas mayoritarios, fue ase- sinado el 21 de febrero por un fanático reaccionario, el conde Arco; y, con él, la izquierda moderada perdió a uno de sus pocos líderes notables. Baviera, por tradición un baluarte del catolicismo y la reacción, se había declarado pronto en favor de la Revolución de noviembre, sobre todo porque su pueblo odiaba a los prusianos y .sentía regocijo por la caída de la autocracia prusiana. Baviera, como vimos, fue la única región de Alemania donde se establecieron consejos de campesinos en gran es- cala; y, por un tiempo, pareció que Eisner, aunque no sólo era inde- pendiente sino también judío, había establecido su gobierno socialista

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firmemente en el poder. Los bávaros, sin embargo, no habían variado realmente su posición: sólo estaban más dispuestos que nunca a man- tener su independencia regional y a disociarse del desastre prusiano. La muerte de Eisner suprimió a la única personalidad capaz de mantener unido al gobierno. Sus partidarios de la izquierda invadieron la Die- ta, donde fue asesinado, mataron a dos diputados burgueses e hirieron gravemente al ministro socialista mayoritario E. Auer (1874-1945). La Dieta fue disuelta y el Consejo de Trabajadores y Soldados asumió la autoridad en la ciudad. Pero la mayor parte de Baviera no estaba de acuerdo con un gobierno de "consejos": un Congreso de Consejos báva- ros lo rechazó y los dos partidos socialistas, bajo presión, se unieron para establecer un nuevo gabinete socialista, encabezado por Adolf Hoff-

mann. Este gobierno presentó entonces un ambicioso programa social, que incluía medidas de socialización contrarias a los campesinos lo mis- mo que a la burguesía. Bajo presión, consintió en convocar de nuevo a la dispersada Dieta bávara, donde los socialistas eran una minoría. El Consejo de Munich, temeroso de que la Dieta derrocara al gobierno, se declaró en favor del gobierno por consejos; y el gobierno se asustó, se reconcilió con los partidos burgueses y se retiró de Munich, para estable- cerse primero en Nuremberg y después en Bamberg, Baviera septentrio- nal, donde la izquierda tenía pocos partidarios. Los rebeldes de Munich establecieron entonces un gobierno de "consejo" de extraña composición, ya que estaba integrado por socialistas mayoritarios e independientes, negándose a cooperar los comunistas. Este raro gobierno duró sólo un breve periodo, sin embargo, hasta que su propia guardia republicana intentó derrocarlo y restaurar el gobierno de Hoffmann. Esto puso en juego a los comunistas que, hasta entonces, habían permanecido a un lado. Encabezados por un judío ruso, Eugen Leviné (?-1919), experi- mentado revolucionario en el movimiento ruso, los comunistas derrota- ron a la guardia republicana y expulsaron al gobierno del "consejo", al que sustituyeron por un nuevo gobierno soviético, controlado por ellos. Formaron un "ejército rojo" en miniatura, bajo el mando del joven in- telectual del Partido Socialdemócrata Independiente Ernst Toller (1893- 1939), que contaba entonces 25 años, y procedieron a organizar la ciudad bajo la dictadura proletaria. Tenían, no obstante, poco apoyo, aun entre los trabajadores de Munich y prácticamente ninguno en el resto de Baviera. El gobierno de Hoffmann, demasiado débil para ata- car Munich por sí solo, apeló al auxilio de los gobiernos de Württem- berg y del Reich, y ambos enviaron fuerzas en su ayuda. Estas fuerzas avanzaron pronto sobre la ciudad y la capturaron tras escasa resistencia. En la etapa final un tercer gobierno soviético, encabezado por Toller,

había expulsado a Leviné y asumido el poder, pero cayó tan pronto como los invasores llegaron a la ciudad.

Se alegó después que los gobiernos soviéticos de Baviera —sin hacer distinción entre ellos— habían sido culpables de salvajes carnicerías de la burguesía durante su breve estancia en el poder. No hay pruebas, sin embargo, de que mataran a una sola persona hasta los últimos mo- mentos de la resistencia, durante la cual siete u ocho rehenes fueron fusilados, indudablemente, por los restos desorganizados del Ejército Rojo. Las muertes, aparte de éstas, vinieron después, y del bando opues- to. Los contrarrevolucionarios victoriosos celebraron la caída de la "roja" Munich con una matanza, que se extendió a un grupo de veintiún trabajadores católicos que se encontraban en una reunión totalmente apolítica, y a otras víctimas inocentes. Las ejecuciones siguieron —entre otras, la de Leviné—. Gustav Landauer (1870-1919), conocido intelec- tual de la izquierda anarquista, pereció en la lucha. Toller escapó, para convertirse después en un célebre dramaturgo de izquierda.

Al ser arrancados de raíz los revolucionarios de Munich y después de establecerse un gobierno militar, el socialismo bávaro quedó destruido y la ciudad se convirtió en un baluarte de la contrarrevolución en sus formas más extremas. Munich fue la cuna del nazismo y el escenario, cuatro años después, del primer intento abortado de Hitler de tomar el poder como aliado de Ludendorff y la extrema derecha nacionalista. La historia de sus gobiernos soviéticos sería risible, si no fuera también trágica. Porque, en verdad, el socialismo bávaro jamás echó raíces en el pueblo ni tuvo la menor posibilidad de establecerse mediante un golpe revolucionario. Las aventuras de Landauer v Leviné simplemente sir- vieron de juego a la reacción y dieron a los asesinos al mando de Noske una gran oportunidad de satisfacer su sed de sangre.

Mientras se representaba la tragicomedia de Munich, acontecimien- tos terribles se producían en otros lugares de Alemania. El más terri- ble de todos fue la reanudación de la lucha en Berlín, en la segunda semana de marzo de 1919. El mes anterior habían estallado grandes huelgas en muchos lugares de Alemania y, especialmente, en el territo- rio carbonero del Ruhr, donde los mineros organizaron un nuevo sindi- cato poderoso. Este sindicato pedía el reconocimiento de los consejos de trabajadores, para los cuales reclamaba el derecho de participar en el control de la industria; y, en otras industrias y regiones, se plantearon peticiones similares. En gran parte de la Alemania central se desarrolló una huelga general que, por cierto tiempo, aisló prácticamente a la Asam-

blea Nacional, que se reunía entonces en Weimar para redactar la nueva Constitución v decidir sobre los cambios necesarios en la estructura eco- nómica de Alemania. A principios de marzo, la huelga se extendió a

142 REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCION EN ALEMANIA Berlín, bajo la dirección del Consejo de Trabajadores de Berlín, cír presidente era Richard Müller. Como consecuencia de la huelga, pero no por órdenes de sus líderes, aparecieron grupos en las calles y se pro- dujeron combates esporádicos entre los restos de la División de Marina y otros grupos de izquierda y la policía de Berlín, ahora bajo el mando del socialista mayoritario, Eugen Ernst (1864-1954). Los "cuerpos li- bres" de Noske fueron llamados para reforzar a la policía y los insur- gentes, retirándose del centro de la ciudad, trataron de atrincherarse en el Berlín del este. Se produjo entonces una terrible matanza al avanzar las fuerzas de Noske sobre los barrios obreros. Hubo indudables atroci- dades de ambas partes; pero de más de mil muertos, ni siquiera uno de cada diez era soldado y la mayoría de los muertos fueron de trabajadores a los que se encontraron armas, aunque no hubieran hecho ningún in- tento de usarlas. Treinta hombres de la División de Marina, aunque no habían participado en la pelea, fueron fusilados a sangre fría por órde- nes de un oficial, después de hechos prisioneros. Circularon muchas historias y se publicaron otras acerca de las atrocidades cometidas por los insurgentes; pero, en la investigación que se realizó después, se demostró que muchas de estas historias no eran ciertas. Las autoridades militares se habían decidido a acabar de una vez con los agitadores de la "roja" Berlín; y lo hicieron despiadadamente, mientras la mayoría de la población permanecía indefensa.

No se ha aclarado quién fue responsable de los incidentes que pro- vocaron la batalla. Ni el Partido Socialdemócrata Independiente ni el Consejo de Trabajadores que dirigía la huelga tuvieron que ver nada en ello; y el Partido Comunista repudió también toda conexión con el estallido. Por parte de los insurgentes parece haber sido un levanta- miento espontáneo, sin verdadera organización detrás, provocado en pri- mer lugar por la conducta de pequeños elementos desordenados y por los métodos utilizados por la policía reorganizada para reprimirlos. Los insurgentes eran pocos y fueron fácil y definitivamente derrotados. Las pérdidas de vidas fueron obra de los "cuerpos libres" de Noske.

Después de la tragedia de Berlín, el movimiento de huelga terminó gradualmente, al hacerse concesiones a las demandas de reconocimiento de los Consejos de Trabajadores, aunque no a la pretensión de que se otorgara legalmente a los obreros cierta participación en el control de la industria, ni a las demandas de socialización presentadas especialmente por los mineros del Ruhr. Como hemos visto, cuando la Revolución de noviembre la mayoría de los dirigentes socialistas, incluyendo a muchos del Partido Socialdemócrata Independiente, rechazaron la inmediata socialización de la industria como impracticable en vista de la situación de la economía alemana y la necesidad imperativa de mantener incó-

lume a la producción. Esta opinión puede haber sido parcialmente correcta, pero no tenía por qué evitar que el gobierno provisional intro- dujera alguna medida de control general que resolviera temporalmente

la cuestión de la estructura de las relaciones laborales y obligara a los patronos a sujetarse a las necesidades públicas. De hecho, no obstante, se hizo poco más que decretar la jornada de ocho horas y la firma de un acuerdo que establecía el reconocimiento de los sindicatos por una Comisión Sindical y un organismo central de patronos. Las cuestiones más amplias fueron archivadas hasta que la Asamblea Nacional tuviera tiempo para tratarlas. Esta demora causó mucha insatisfacción ya que suponía, en efecto, la restauración de la empresa capitalista y la entrega de los poderes que muchos consejos de trabajadores habían asumido en los días de noviembre. La dirección sindical estaba, no obstante, en ma- nos de los socialistas mayoritarios que pronto aceptaron la decisión del gobierno. Las protestas se produjeron, en volumen creciente, por parte de los delegados sindicales y los consejos de trabajadores, reforzados por los nuevos sindicatos que habían surgido durante la Revolución, espe- cialmente en las minas.

El volumen de la protesta fue lo bastante fuerte, aun antes de las huelgas de marzo de 1919, para hacer comprender al gobierno que per- dería partidarios entre los trabajadores si no hacía algunas concesiones a la demanda de reconocimiento de los consejos de trabajadores. Los socialistas mayoritarios se oponían totalmente, sin embargo, a la deman- da de que se diera a los consejos una participación en el poder político, que pertenecía exclusivamente, en su opinión, a la Asamblea Nacional y a las Dietas elegidas de los diversos estados. Responderon, pues, a las demandas obreras haciendo concesiones limitadas respecto al poder eco- nómico y contestaron a la ola de huelgas prometiendo establecer por ley una estructura de consejos económicos a través de los cuales los traba- jadores pudieran participar en la determinación de las condiciones de trabajo y bienestar y en la solución de la política económica. El acuerdo firmado en Weimar, el 15 de marzo de 1919, establecía la creación, de acuerdo con la nueva Constitución, de consejos de trabajadores repre- sentativos en las fábricas y otros establecimientos, así como la formación de consejos conjuntos en planos más altos para discutir y regular las cuestiones de la producción y para redactar planes de socialización y reglamentación de la industria, en el interés público. Una cláusula declaratoria basada en el acuerdo fue incluida en la Constitución de la República de Weimar; pero no podía tener efecto si no se aprobaban leyes reglamentarias. Una parte del proyecto —el establecimiento de consejos de trabajadores con facultades limitadas en cuestiones como las condiciones de trabajo, la disciplina en las fábricas y los despidos—

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se aprobó como ley; y los consejos existieron mientras existió la Repú- blica de Weimar. Los propuestos consejos, de nivel más alto, nunca fueron establecidos por ley y jamás fueron creados. En cuanto a la so- cialización, se aprobaron leyes que establecían el principio de socializa- ción de las minas de carbón y la industria electromotriz; pero las minas de carbón no llegaron, de hecho, a socializarse. Lo que sucedió fue que el sindicato del carbón de Renania y Westfalia de la preguerra fue re- organizado como un organismo coordinador general de la industria ale- mana del carbón, que permaneció en manos privadas. El problema ge- neral de la socialización fue tratado por la Asamblea General, que estableció una Comisión de Socialización para que informara y designó para ella a la mayoría de los principales economistas de los partidos socialistas y burgueses de centro. Esta Comisión redactó un informe recomendando la socialización de un grupo muy limitado de industrias "maduras", con ciertas condiciones requeridas tales como el estar sujetas al control monopólico y su innecesidad de mayor desarrollo técnico o de nuevos mercados o fuentes de materias primas: requisito que eliminaba prácticamente a todos los candidatos importantes. Estas proposiciones no tuvieron, naturalmente, ningún efecto práctico. Sólo la ley sobre consejos del trabajo tuvo cierta efectividad; e inclusive su valor residía, para el gobierno, en acallar la efervescencia laboral más que en hacer coricesiones reales a la demanda de participación de los trabajadores en el control de la industria.

Vale la pena seguir un poco más lejos la actitud de los socialistas alemanes en 1919 ante los problemas de socialización y control de los trabajadores. El ala izquierda, incluyendo a la mayoría de los miembros del Partido Socialdemócrata Independiente, estaba más interesada en obtener el poder político para los consejos de trabajadores que en las cuestiones a que se refería la ley de los consejos del trabajo. Pedía la socialización pero, en general, la concebía, no como propiedad y ad- ministración del Estado, sino en el sentido de que los trabajadores po- dían asumir el manejo de las industrias sobre una base cooperativa, para evitar el control burocrático y parlamentario. Los socialistas mayorita- rios, por otra parte, atacaban esta idea que suponía, según ellos, que cada grupo de trabajadores quedaría en libertad de explotar al público, lo que conduciría a la ineficacia y la inflación, ya que los precios serían

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