“La salida será a la una en punto de la madrugada, allá arriba del Monte Sinaí veremos el amanecer, luego el sol es abrasador; todos deben llevar algo para protegerse del frío”; nos dijo el guía. Estaba debajo de la montaña en donde Dios le entregó la ley de los diez mandamientos a Moisés. El guía nos había advertido que eran tres mil seiscientos escalones, pero que la primera parte, se podía ir en camello.
Montado en aquel animal y lleno de gozo espiritual miraba una noche tan estrellada, tan estrellada como los ojos de mi madre y así como esas estrellas me cuidaban con su luz me recordaba de ella. Subía y subía, miraba hacia abajo y las estrellas se acostaron en la tierra, eran las luces de ciudades lejanas.
El camello parecía que estaba inspirado, me hamaqueaba su andar y mis recuerdos empezaron a anidar. Pensaba en mi Guatemala, mi dulce Guatemala, no la del lago de Atitlán turístico, sino la de la gente buena y solidaria, mi familia Maya, Xinca, Garifunas y también porque no decirlo, toda aquella gente blanca y dulce que no discrimina.
No tenia miedo lo confieso, tanta gente me había advertido en Israel y Jordania que tuviera mucho cuidado con los asaltos, pero esa montaña estaba formada de piedra del granito de la seguridad.
Me recordaba del momento en que Moisés regreso con la ley y ya adoraban al becerro de oro, tal como en Guatemala se adora al becerro del narcotráfico, de la corrupción y la deshumanización.
Al llegar al pie de los escalones, se camello se hinco y me dejo bajar. La altura era impresionante, fue una hora de camello y ahora nos quedaban tres horas de escalones, mil doscientos por hora. Cada vez que daba un paso hacia arriba el corazón me hablaba sobre la vida compartida; mi corazón, el compañero inseparable, por donde caminaban mis abuelos y ancestros. Se me aparecieron tantas personas que a cada una le pedí perdón por las ofensas cometidas. Me he equivocado tanto en la vida.
Agradecía en cada escalón esa oportunidad, mi compañero corazón, bombeaba tanto que sentía en el cuello las campanas de la vida. Los médicos me habían advertido que si me cuidaba podría vivir cinco años, que la diabetes, la alta presión arterial, la retención de líquidos, la hipertrofia prostática y otras tantas debilidades de mi cuerpo fortalecían mi fe en la vocación de servicio. Mientras sirva a la humanidad y toque la guitarra del amor y entone la canción de la solidaridad, viviré, solo Dios mueve la hoja del árbol.
Las estrellas estaban al alcance de mis manos, faltaban como doscientos metros para la cima y aquella roca de granito de color café claro, se empezó a poner negra, aquí estuvo la presencia divina sentí, no lo pensé, lo sentí. Acá bajó la energía divina y fue tan grande ese poder que la cumbre cambio de color. Al fin llegue hasta la cumbre y el sol empezó a salir, eran las cinco de la madrugada y me empecé a bañar en lagrimas, no se porque siento que me estoy despidiendo y le pido a Dios que me abra las alas de la vida para poder terminar lo que tengo que hacer.
La osa mayor empezó a cubrirse de la luz del sol y se me aparecieron los cuatro puntos cardinales de mi vida, mis hijas:
Alma Celeste, la fuerte y sanadora, Eva Anaité, la escritora, Tania del Mar, mi venadita intelectual y Maya Lorena, mi tecolotita generosa, quién nació como el mejor regalo en el día el padre.
Arriba hay una iglesia de la misma piedra y desde allí miraba la tierra prometida que se perdía y se encontraba con los rayos del sol. El silencio se volvió un poema, me cerró la boca y me abrió el alma. ¿Cuándo tendremos la tierra prometida de la justicia en Guatemala? ¿Me habré equivocado de profesión?
Cuando apareció el sol con todo su ropaje de luz sentí el río del amor que me invitaba a sumergirme y totalmente desnudo de prejuicios me lance al agua de la ternura, todo mi cuerpo y alma se estremecía, toda mi piel se volvió caricia en las manos del espíritu Creador. Me sentí en el aire, flotaba como barrilete en un viento seguro.
Esa seguridad es la ley, me dijo mi alma, no te has equivocado de profesión y tienes que luchar por recobrar la credibilidad en la ley, pero esta debe ser igual para todas las personas, tanto si protege o castiga, no como en Guatemala en donde la ley se le aplica al discriminado y al que discrimina sale liberado.
En medio de mi asombro vi que habían como cien personas y me empezaron a abrazar, era la gente de Amisrael, esa gente con sabor a familia que ha logrado tener a 20 millones de agentes para la paz en todo el mundo, bajo la guía generosa del Doctor William Soto Santiago, el Pastor de la paz.
Conocí al Dr. Soto Santiago cuando me invitaron a que impartiera una conferencia conjuntamente y de sus palabras bebí la solidaridad para los pueblos originarios; no era aquel Pastor que nos dice que los indígenas son brujos o llenos de maldad, fue un verdadero Pastor que me invitaba a amar a la humanidad, a dar la otra mejilla cuando era ofendido y a despertar de la pesadilla de la discriminación y el racismo. “Los Pueblos Originarios o Indígenas provenían de las tribus perdidas de Israel y teníamos la obligación de servirlos como nuestros hermanos, son nuestra familia nos dijo”. A ese Pastor lo sigue hasta la oveja más rebelde como yo. Porque nos invita al camino del amor y a fortalecer nuestra fe con la verdad.
Había conocido a Aníbal Molina, el Delegado de Amisrael en Guatemala por medio de Alberto Orantes, asesor como yo, de las Casas de la Cultura de Guatemala. “Nosotros tenemos una pequeña imprenta”, me dijo; entonces pensé y sentí nuevamente que no hay casualidades. Jovita Chávez, la hija del gran sabio guatemalteco Adrián Inés Chávez me había entregado la última obra de su papa: EL ORIGEN DEL HOMBRE HEBREOAMERICANO, con la cual acudí a tanta editorial, especialmente las indígenas pero nada. Que dolor ser indígena en Guatemala me respondió la vida.” Escríbele el prólogo y la publicamos”, me dijo Aníbal. El milagro se acercaba con pies de letras.
La obra ya se presentó en Quetzaltenango en el Salón de Honor de la Municipalidad, en presencia de sus familiares y con el grupo K´iché Timach, quiénes recogían la semilla del saber del Tata Chávez con respeto y dulzura.
El Dr. Soto Santiago estaba en la cima del Monte Sinaí también, de pronto empecé a escuchar sus palabras y sentí de nuevo la presencia de Moisés que nos decía lo importante que es la ley en la organización social. “La ley decía, debe estar encima de todas las instituciones porque regula y permite la convivencia social, sin ley y su cumplimiento no hay Estado”. Trate de acercarme lo más que pude para escuchar esa corriente caudalosa de saber y mientras me lanzaba del trampolín de mis oídos a esa agua de conocimiento y experiencia, se me volvió a aparecer mi amada Guatemala, esa morena vestida de primavera que su presencia me sacude de ternura.
Abrí la boca al viento helado y me calentó el espíritu, las palabras del Dr. Soto Santiago caminaban en mi interior y edificaban una capilla de admiración. Una persona sin ser llamada tocó la campana de la iglesia y empezó una procesión de alegría, estaba vivo sentí y viviría mientras sirva, el que no sirve no sirve.
La gente empezó a bajar las gradas, en cada una de ellas me repetía que valgo por lo que soy no por lo que tengo, pues si valgo por lo que tengo y como casi no tengo nada, valdría nada, pero si valgo por lo que soy y como soy creado a imagen y semejanza de Dios valgo tanto como mis semejantes. La bajada
se me hizo suave y de gozo, ya tenía más confianza en mi lucha por recobrar la credibilidad en la justicia en la tierra que me dio el honor de nacer en ella y ahora bajaba vestido de la luminosidad de las estrellas de la ley de los diez mandamientos, primer código de conducta de la humanidad.
Que feliz soy y quiero compartir esa felicidad a través de este mensaje, para que sintamos nuestra vida y recobremos la paz. Al llegar al valle de nuevo, hay un Monasterio con monjes que practican el silencio y grite desde el silencio de mi alma, que ahora soy un granito de paz, en las playas de los 20 millones de agentes para la paz que ha logrado con su mensaje de amor el Dr. William Soto Santiago en todo el mundo.
Estoy vivo.
El Cairo, 10 de junio de 2008.
5.6.1. ¿Creer o pensar?
“¿En donde estoy?”
Como ejemplo coloco esta humilde platica que impartí en Universidad de San Carlos de Guatemala:
“Nicolás Copérnico (1473-1543) expuso su teoría helio- céntrica en donde la tierra como un cuerpo celeste orbitaba alrededor del sol; en contra de la teoría de la Iglesia que afirmaba que la tierra era el centro del universo y todos los cuerpos celestes giraban alrededor del planeta en donde Dios había creado al hombre.
En 1609, hace 400 años, Galileo Galilei descubrió el te- lescopio y confirmó la teoría de Copérnico, pero todo aquel que se oponía a la creencia de la Iglesia, era quemado después de las torturas más crueles. Galileo tuvo que afirmar en público que estaba equivocado y que la tierra no se movía para salvar su vida. Antes de morir dijo: “Aún se mueve”
Cuando inicio una clase en cualquier universidad les pido que si quieren creer vayan a su iglesia, allí tienen que aceptar el dogma que se les impone; pero en la universidad se viene
a pensar, a investigar y que no acepto ningún dogma, por el hecho de que soy una persona con espíritu y este, se manifiesta a través de la razón.
A veces, me dicen que sólo con la ayuda de Dios podemos ser seres morales, porque nuestras pasiones nos impiden crear una moral adecuada; entonces, les digo que esa idea ya la dijo el filosofo Leibnitz en el siglo XVIII y por esa razón la Iglesia hasta el año de 1972 nos dijo que hacer sobre nuestra sexualidad, nuestro cuerpo, sobre la vida y la muerte; en ese año se creo la Bioética y ahora como seres humanos abordamos esos temas con autonomía. Ahora opinamos sobre el aborto, sobre la eugenesia y la eutanasia.
Hace pocos meses en Jerusalén me afirmaba un Rabino que lo escrito en su “Torá” o los primeros cinco libros de la Biblia eran verdaderos y con todo respeto, le pregunté: ¿Usted cree en Adán y Eva? Y me respondió que cada segundo se confirma cada vez más esa creencia. Entonces, le pregunte ¿si no había leído que en 1972 se descubrió el ADN? y que nos dice a los 200 años del nacimiento de Darwin que su teoría de la evolución de las especies ya está confirmada, pues el ADN nos dice quienes fueron nuestros padres, nuestros abuelos y desde donde viene nuestra especie.
Cuando estaba entre la frontera de Israel, Egipto y Jor- dania, nuestro guía Abraham, una excelente persona judía nos dijo: “Este es el Mar de los Juncos” y yo con base en mis creencias y sin pensar, le dije:”Yo te puedo demostrar que estas equivocado y me apoyo en el primer libro publicado por la imprenta de Gutemberg, La Biblia, que se llama el Mar Rojo; además es el libro más editado” y saque una sonrisa académica de vencedor. Abraham con toda serenidad me dijo: “Desde mi tatarabuelo Abraham se llama Mar de los Juncos, lo que sucede es que juncos se escribe REED´S y quién tradujo la Biblia se comió una E y puso RED o rojo”. Esa respuesta me dejo estupefacto y con modestia le pregunté: “Hay más errores como este en nuestra Biblia” Abraham me respondió que los Rabinos recomendaban que nosotros siguiéramos con nuestra fe y nuestras creencias.
Lo mismo nos pasa con la gente de izquierda y derecha políticamente, creen pero no piensan, aunque esas teorías que nacieron bajo el positivismo científico (Siglo XVIII) que consideraban que el universo posee leyes inmutables, precisas y exactas, por eso el marxismo y el capitalismo pueden predecir lo que va a pasar; sin embargo, en 1905 nació la teoría de la relatividad de Einstein y demostró que el universo no se mueve por leyes precisas ni inmutables, sino relativas; pero siguen siendo enemigos. Creen no piensan.
Por eso recomiendo a la juventud que no se fanatice, fanatizarse significa no aceptar la razón o sea la principal cualidad de los elementos de la dignidad.
Lo mismo me paso al subir con toda fe al Monte del Sinaí, en Egipto Asia, subí más de 3,600 gradas desde la 1 a las 5 de la madrugada, pues como Abogado quería conocer en donde nació la primera ley, pero al llegar a la Universidad de Ben Gurión me enseñaron el mapa en terracota de toda la región y me demostraron que ese monte no era El Sinaí. Entonces pregunté: ¿Donde queda? Y me respondieron que ni siquiera ellos lo saben aún. Entonces, ¿Usted cree o piensa?”