El desarrollo histórico del término persona induce en forma casi obligada hacia el acercamiento de dos contextos singulares: el mundo griego y el mundo latino. Cada uno de ellos ofrece rasgos distintivos que conducen a describir el concepto de persona.
Es en la tragedia griega donde aparece el término persona cuyo significado responde a la anatomía del cuerpo humano, a la “parte de la cabeza que se encuentra debajo del cráneo”,146 aquello que viene a la vista, lo que se puede ver, por tanto: cara, rostro, figura visible del ser humano. Posteriormente el término pasará al ámbito del teatro para designar el papel que un actor desempeña o la personalidad que representa: la máscara.147
La tragedia era el marco donde se representaban de forma conmovedora los conflictos entre la libertad del hombre y la necesidad racional del mundo unificado y armonioso –propio del monismo ontológico griego–. Es en el escenario donde el hombre luchaba por llegar a ser persona, esto es, buscaba batallar contra los dioses y con su destino porque no podía definitivamente escapar al suyo. Experimentaba que su libertad estaba limitada y por lo tanto su persona era una máscara.
En la época del helenismo y desde una filosofía estoica, prósopon designará al individuo. Sin embargo, a la luz de los matices que en el mundo griego fue adquiriendo dicho término, todos refieren a un concepto técnico y exterior pero alejado de una perspectiva ontológica que permita equipararlo a hipóstasis.148
Si nos detenemos en el mundo latino, el término persona, describe tanto individualidad concreta, portadora de derechos y obligaciones, como el papel o los papeles a representar. Alude al personaje que uno asume en las relaciones sociales o legales como parte de un conjunto de relaciones dinámicas. “Se designa siempre el portador del papel social, no la persona absoluta, el individuo”.149 Por tanto, se trata de la persona moral o legal, pero que nada tiene que ver con una ontología personal. Aquí la libertad juega un doble papel: describe tanto la subordinación a la realidad organizada como la posibilidad de afirmar su identidad.
Posteriormente fue Boecio quien definiera el ser personal como individua substantia rationalis naturae. En tal descripción podemos advertir como la persona queda encerrada en el ámbito de la sustancia.
Durante la Escolástica, será Santo Tomás de Aquino, el que logre dar un paso importante al distinguir el plano de la sustancia con el de la subsistencia, entendiendo así la persona como subsistencia espiritual.
146 SE, 45.
147 Cf. A.MILANO, Persona in teologia, Nápoli, Edizioni Dehoniane, 1985, 57.
148 Cf. G.GRESHAKE, El Dios uno y trino. Una teología de la Trinidad, Barcelona, Herder, 2001, 107-
108.
Siguiendo el decurso histórico es significativo recuperar el valioso aporte de Ricardo de San Víctor. En su tradición filosófica caracterizó a la persona como relación de origen. Es decir, toda persona se encuentran dos relaciones: referida al alguien de quién recibió la naturaleza –Dios– y a alguien con quien puede compartirla –los demás hombres–.
En el esbozo presentado de ambas etimologías encontramos una tensión fundamental. Ella surge a partir de los aportes válidos sobre la existencia del hombre pero también desde los propios límites:
“Ser persona está, por lo visto, en una tensión fundamental que queda indicada, por ejemplo, con los conceptos de hipóstasis, con su significado de firmeza sellada en sí misma del individuo real existente, y de prósopon (en el ámbito latino persona), con su significado de aparición para otros, de papel en la coexistencia social”.150
El mundo antiguo grecorromano no logró una justificación ontológica del ser personal. Desde una perspectiva bíblica pero también patrística, será la teología la que aporte los elementos necesarios para proponer un concepto de persona en clave ontológica. Si bien la intención inicial fue responder al interrogante sobre el ser ontológico de Dios en su Trinidad, sus horizontes de compresión sirvieron para elaborar una ontología personal.
Para el autor que se aborda en esta investigación, el hito filosófico151 fue decisiva la identificación de la hipóstasis con la persona. Como hemos aludido recientemente, la filosofía griega desconocía esta identidad de contenido de dichos vocablos. Por un lado, mientras el término persona nunca habría sido expresión de la esencia del hombre, por otro, hipóstasis estaba unido a la sustancia.
Esta decisiva identificación entre los términos en cuestión, a saber, hipóstasis y persona, encuentra su sentido y su razón de ser, según el teólogo griego, en una doble tesis:
“En primer lugar, a) la persona no es un añadido a un ser, una categoría que añadimos a una entidad concreta una vez que hemos verificado su hipóstasis ontológica. Es en sí misma la hipóstasis del ser. En segundo lugar, b) las entidades no deben su ser al ser mismo –es decir, el ser no es una categoría absoluta en sí misma– sino a la persona, precisamente a eso que constituye el ser, es decir, aquello que permite a las entidades ser entidades. En otras palabras, de ser un añadido al ser (una especie de máscara), la persona se convierte en el ser mismo y es a la vez –algo muy significativo– el elemento constitutivo (el «principio» o «causa») de los seres”.152
150 G.GRESHAKE, El Dios uno y trino, 113. 151 Cf. SE, 50.
Esta reinterpretación de la ontología por parte del pensamiento griego se debió a dos fermentaciones que se dieron a luz en la teología patrística. En primer lugar, pasar de la necesidad cosmológica153 a la libertad del mundo. Este paso fue posible gracias a la teología bíblica de la creación ex nihilo donde el ser es producto no de la necesidad sino de la libertad. “El «άρχή» del mundo, fue trasladado a la esfera de la libertad. Lo que existe fue liberado de sí mismo; el ser del mundo se liberó de la necesidad”.154
Una segunda fermentación se encuentra en torno a las discusiones sobre la Santísima Trinidad a través de las cuales se ha llegado a la identificación del ser de Dios con la persona como principio ontológico. Serán los Padres griegos quienes afirmen que la unidad divina, el principio ontológico de ser, no radica en la sustancia de Dios sino en una hipóstasis, la persona del Padre. Por lo tanto, el Dios uno es el Padre, no la sustancia, ya que “la sustancia no existe jamás en un estado de desnudez, o sea, sin hipóstasis, sin un modo de existencia”.155 El Padre, en cuanto increado, y por lo tanto,
desde su libertad ontológica, es la causa de la generación del Hijo como de la procesión del Espíritu.