El abanico de las características del concepto madurez es amplio y variado. Para indicar las características de la madurez, se estima que es menester distinguir entre la madurez ideal y la real.
La ideal sería una meta por conseguir; y la real de cada persona, la que le corresponde de acuerdo con la edad cronológica.
Se indican las características señaladas por Maslow, por referirse a personas autorealizadas, las de Allport, por ser el autor más cognotado en este tema y las de Erickson, por representar una línea psicoanalítica.
Maslow (1998) señala algunas características que han alcanzado ciertos hom-bres autorealizados que los distinguen del término medio de la gente.
Son las siguientes: percepción superior de la realidad; mayor aceptación de uno mismo, de los demás y de la naturaleza; mayor espontaneidad; mayor capa-cidad de enfoque de los problemas; mayor independencia y deseo de intimidad; mayor autonomía y resistencia a la indoctrinación; mayor frescura de apreciación y riqueza de reacción emocional; mayor frecuencia de experiencias superiores; mayor identificación con la especie humana; mayor creatividad; cambio (los clí-nicos dirían mejoramiento) en las relaciones interpersonales, en la escala propia de valores; estructura caracterológica más democrática.
Allport (1965) indica que la personalidad madura tiene las siguientes carac-terísticas:
Amplia extensión del concepto de sí misma; capacidad de establecer rela-ciones emocionales con otras personas, en la esfera íntima y en la esfera no íntima; seguridad emocional fundamental y aceptación de sí misma; percepción, pensamiento y actuación con penetración y de acuerdo con la realidad exterior; capacidad de verse objetivamente a sí misma (introvisión), de conocerse a sí
misma; sentido del humor y convivencia mediante una filosofía unificadora de la vida.
Erickson (1973), dentro de la línea de investigación psicoanalítica señala una lista de atributos que deben ser conseguidos normalmente en cada etapa de la vida:
Lactante: sentido básico de la confianza.
Primera infancia: sentido de autonomía. Edad de juego: sentido de iniciativa. Edad escolar: aplicación y capacidad.
Adolescencia: identidad personal. Juventud: intimidad.
Edad adulta: generatividad. Edad madura: integridad y aceptación. Dada la importancia del tema vale la pena indicar lo que caracteriza al niño y lo que caracteriza al adulto.
2.1.7.1. Características del niño y del adulto
Según Watson (1965), Monedero (1976), Gemelli (1952), Gessel (1967), las características serían las siguientes:
Niño. Una de las características de la estructura infantil de la personalidad es el egocentrismo, es decir, una incapacidad de ponerse en lugar de otra persona y mirar el aspecto que desde allí tienen los acontecimientos y las cosas. Relaciona casi todo con su yo que lo considera como centro del mundo. Es normal. Resulta, tanto de la falta de discriminación entre el yo y el medio ambiente, como del énfasis en el proceso de asimilación, lo cuál no le permite establecer relaciones y comparaciones porque se relaciona con muy pocas personas y cosas.
Adulto. En cambio, el adulto goza de una específica autonomía frente a sí mismo y frente a los demás, a quienes tiene en cuenta y con quienes colabo-ra. Está dirigido hacia afuera, es decir, hacia fines socializados y culturalmente compatibles. Tiene conciencia de sus posibilidades y limitaciones. Planea el fu-turo con inteligencia y perspicacia. Tiene una variedad de intereses: sociales, afectivos, políticos, religiosos, teóricos, estéticos.
El niño es realista (objetivo) pero su realismo, no es el realismo del adulto. Considera como vivos y conscientes a un gran número de seres: "La luna nos mira y nos sigue". Da órdenes a las cosas y si no le obedecen se enoja. Atribuye a los objetos oficios y papeles que tienen que desempeñar y define las cosas por su utilidad. No analiza. Capta conjuntos.
El adulto examina el mundo interior (autoconocimiento, comprensión de sí mismo) en comparación con el mundo de la realidad. Analiza, I.e., reflexiona, Capta el todo (el todo difiere del conjunto en que éste es algo amorfo y aquél algo organizado. Analiza los acontecimientos y con mayor independencia de los propios deseos, sentimientos y pensamientos, basándose en un firme sentido de la realidad y liberándose de las fijaciones y fantasías infantiles.
El niño racionaliza, es decir, adecua la concepción de la realidad a sus im-pulsos y deseos.
El adulto razona, es decir, adecua sus impulsos y creencias al mundo de la realidad. El razonamiento descubre las razones reales de los actos; la racionali-zación encuentra buenas razones para justificarlos.
2.1.7.2. Grado del desarrollo emocional
Se indica ahora el grado de desarrollo emocional y el grado de madurez del niño. Como lo estiman Watson, Gessell, Monedero, Bühler, Gemelli, el grado está caracterizado por etapas y frases claves.
El el recién nacido, según Watson (1965), tiene 3 emociones fundamentales: miedo, cólera, amor.
El niño, según Gessell (1967), en la segunda infancia (3-7 años) se manifiesta: tímido, obstinado, sumiso, negativista, con afán de dominio, de propiedad, con necesidad de protección y afecto.
El niño en la 3a infancia (7-12 años) se manifiesta más consciente, más absorto, menos obediente, activo, interesado por las relaciones con los demás, libre de tensiones, independiente y directo, inquisidor; tiene una actitud de "no me importa", de autocrítica; busca y pone a prueba su yo haciéndolo entrar en conflicto con el yo de los demás.
La efectividad adulta está caracterizada por una determinada libertad, por una posibilidad de crear nuevos lazos y una apertura hacia el porvenir. El hom-bre afectivamente maduro goza en sus contactos de una comodidad y de una seguridad que faltan precisamente en el inmaduro.
La madurez afectiva va marcada por un desarrollo gradual de la indepen-dencia emocional de los padres y de los que, en alguna manera, los representan hasta alcanzar el desarrollo pleno de la autoconfianza. Este desarrollo implica liberalización de los sentimientos de inferioridad que resultan de la comparación del propio yo con el yo de los demás.
El hombre afectivamente maduro es autónomo, pero inserto en su historia y en su contorno social. Es sexualizado, pero sin "reprimir" su instinto, ni de-jarse dominar por él, no es "reprimido" porque la "represión" niega una salida consciente y abierta a los deseos incómodos o no socializados y parece ser causa y efecto de conflictos. Es adaptado y adaptable, capaz de hacer variaciones y cambios, pero sin ansiedad e inseguridad. Lo dicho presupone acomodación y asimilación. En la acomodación el individuo se adapta al medio ambiente. En la asimilación el medio ambiente se adapta al individuo. El resultado de es-tos procesos complementarios es el ajuste, es decir, esa capacidad potencial de adaptación.
El hombre afectivamente maduro actúa conscientemente i.e., decide y orga-niza la decisión. Su decisión y ejecución son motivadas. En la motivación están implicados todos los aspectos de la personalidad como realidad interior ya sean positivas (deseos, conocimientos), ya sean negativos (miedos, aversiones) o como lazos emocionales con el medio ambiente.
El hombre emocionalmente maduro es adecuadamente controlado. No per-mite que un impulso se convierta inmediatamente en acto. Lo pone bajo la dirección de la razón y de la voluntad. A veces, lo ejecuta en contra de las "resistencias”.
El control adecuado, equilibrado: no es rígido, constrictivo, excesivo. Un control excesivo y cuánto más excesivo hace que los afectos sean más pobres
(pobreza afectiva) en intensidad, variabilidad y modulación.
No es débil. Un control débil y cuánto más débil (labilidad emocional) hace que sea menor la variabilidad y modulación y mayor la intensidad de estallidos afectivos masivos. La labilidad emocional está caracterizada por la variación caprichosa del sentimiento vital. Se exterioriza mediante una manera particular comúnmente llamada "genio lunático". El genio lunático es indulgente y tolerante con sus cambios de humor. No está regulado por criterios de objetividad. No tiene conciencia de la responsabilidad. No se siente obligado a ser imparcial. En la "buena luna" se muestra favorable a su ambiente, es generoso, generosidad caprichosa, hasta puede perdonar los agravios.
La inaceptación del yo se fundamenta en la insuficiencia de las experiencias de la vida, de la capacidad representativa y del poder de juicio frente a los valores objetivos. Es un fenómeno subjetivo producido por la relación entre la aspiración y el éxito.