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Los símbolos revelan velando y velan revelando.

G. Gurvitch

Mientras que la palabra informa, el símbolo revela. Modo de enfoque no verbal de las realidades últimas del ser y del cosmos, el símbolo es uno de los pilares del tantra, como por lo demás de cualquier Tradición. Ciertamente el discurso es un modo de comunicación esencial para el hombre y cuando alcanza la dimensión de la Palabra, lo cual ocurre raramente, también encuentra su lugar en toda tradición. Ciertamente que el lenguaje es un útil privilegiado para el intelecto, si no por qué diablos escribir —y leer— este texto, pero se queda en la superficie de las cosas y de los seres...

El hombre moderno, ahogado en un diluvio de palabras, ha perdido el acceso al lenguaje simbólico y es una pena. En este sentido es significativo que las palabras que mejor traducen el pensamiento tántrico sobre el símbolo sean las del vidente y curador sioux Tahca Ushte. Dirigiéndose a su amigo blanco Richard Erdoes, dice: «¿Qué ve usted aquí, amigo mío? Simplemente una vieja marmita, abollada y sucia de hollín. Esta marmita se coloca sobre una vieja estufa de leña encendida, y el agua hierve a borbotones. El vaho del vapor sube hasta el techo y la tapa de la marmita se levanta ligeramente. En la marmita, agua hirviendo, trozos de carne con grasa y muchas patatas.

»Esta marmita no tiene aspecto de traer un mensaje y le ruego que no le otorgue el menor interés, salvo que la sopa huele bien, lo cual le recuerda a usted que está hambriento. ¡Tal vez teme que sea un guiso de perro! No tema. Es sólo buey, no un animal doméstico bien gordo para los días de ceremonia. Se trata de una comida ordinaria.

»Pero yo soy un indio. Pienso en cosas tan comunes como la marmita. El agua que hierve proviene de una nube de lluvia. El fuego nos viene del Sol que a todos nos calienta, a los humanos, a los animales, a los árboles. La carne es símbolo de las criaturas de cuatro patas, nuestros hermanos los animales, que se sacrifican para que podamos vivir. El vapor es el hálito de la vida.

»Era agua, ahora gana nuevamente el cielo, se convierte en nube. Todo esto es sagrado. Mirando esta marmita, llena de buena sopa, me repito que de esta forma sencilla Wakan Tanka, el Gran Espíritu, cuida de mí. Nosotros los sioux pasamos mucho tiempo pensando en las cosas de cada día que, a nuestros ojos, están mezcladas con lo espiritual. Vemos en el mundo que nos rodea numerosos símbolos que nos enseñan el sentido de la vida. Tenemos un dicho según el cual si el hombre blanco ve tan poco es porque debe tener un solo ojo. Nosotros vemos muchas cosas que ustedes no advierten nunca. Las verían si tuvieran suficientes ganas, pero en general están demasiado apresurados. Nosotros los indios vivimos en un mundo de símbolos y de imágenes donde lo espiritual y lo cotidiano son una sola cosa.

»Para ustedes, los símbolos no son más que palabras que se dicen o se leen en los libros. Para nosotros, forman parte de la naturaleza, de nosotros mismos: la tierra, el sol, el viento y la lluvia, la piedra, los árboles, los animales, incluso los insectos como las hormigas y las langostas. Tratamos de comprenderlos, no con la cabeza sino con el corazón, y una simple indicación basta para revelarnos su sentido.

»Lo que ustedes les parece trivial a nosotros nos parece maravilloso gracias al simbolismo. Es raro, porque ni siquiera tenemos una palabra para designar lo que ustedes llaman "simbolismo", y sin embargo el simbolismo nos impregna hasta en lo más íntimo de nuestro ser. Ustedes tienen la palabra, pero QSO es todo.

»[...] Desde el nacimiento hasta la muerte, nosotros los indios quedamos presos en los pliegues de los símbolos como en una manta. Las tablas de la cuna del recién nacido están cubiertas de dibujos que deben velar por el niño, para que tenga una vida feliz y sana. Los mocasines de los muertos tienen las suelas adornadas de cierta forma para facilitarles el viaje al más allá. Por la misma razón, la mayoría de nosotros tenemos tatuajes en la muñeca —no tatuajes como los de sus marinos: puñales, corazones, muchachas desnudas—, sólo un nombre

con letras o dibujos.

»[...] Cada día de mi vida veo símbolos en la forma de ciertas raíces o de ciertas ramas. Leo mensajes en las piedras. Les dedico una atención especial por que soy un vidente, un yuwipi, y las piedras son mi oficio. Pero no soy el único. Muchos indios hacen otro tanto.

»Inyan, las piedras, eso es sagrado. Cada hombre tiene necesidad de una piedra que lo ayude a vivir.»

Sí, cada uno tiene necesidad de una piedra que lo ayude a vivir, y nosotros vivimos, mi mujer y yo, en la intimidad de una piedra negra, ovoide, traída de la India, en una palabra, un lingam.

El lingam, símbolo absoluto

El lingam es el símbolo más común en la India, donde es aceptado tanto por los hindúes como por el tan-tra ya sea de Derecha o de Izquierda.

Katheríne Mayo, en Mother India, escribió en 1927: «Shiva, una de las divinidades del panteón hindú, está representado en todas partes, a lo largo de los caminos, en pequeños altares, en los templos, en los oratorios de las casas indias o en los amuletos personales. Cada día, a través de la imagen del órgano de la generación, es adorado por sus devotos».

El lingam además es el único elemento común a prácticamente todos los templos hindúes, el único también que puede ser mirado y tocado por cualquiera, sin importar su religión, su secta o su casta. En todo rito tántrico tiene un papel central, tanto entre los shivaítas como entre los adeptos de Shakti.

Lo característico del símbolo es que revela aspectos diferentes según la persona que lo percibe y según las circunstancias: de ahí su riqueza, y el valor simbólico del lingam es extraordinario. Por ser universal es aceptable para todos, tanto creyentes como ateos.

¿Se trata de una imagen fálica o priápica? Es lo que creían los primeros occidentales que viajaron a la India. En 1670, un individuo llamado Stravorinus, capitán de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, se indignaba por ello: «Aquí y allí, hay representaciones de una divinidad que adoran bajo el nombre de lingam. Es el culto más escandaloso entre todas las abominaciones que la superstición humana ha multiplicado en la superficie de la Tierra...»

Sin comentarios...

El tantra es el modo de acercamiento a las realidades últimas más accesible al conjunto de la humanidad, cualesquiera que sean las diferencias, raciales u otras.

A primera vista, sin embargo, ¿qué hay más extraño que los conceptos, los ritos y las técnicas del tantra, especialmente el culto del lingam? En nuestro inconsciente, sin embargo, despierta ecos profundos desde que penetramos en su universo misterioso.

Para el tantra, el lingam es el conjunto formado por el órgano masculino engastado en el sexo femenino, y no sólo el falo, aunque éste sea ya un símbolo muy potente, universalmente extendido, incluso entre nosotros.

George Ryley Scott escribe: «Era natural que los antiguos bretones adoraran las piedras y los pilares en cuanto emblemas del principio masculino, así como los antiguos hebreos, los griegos, los romanos, los egipcios, los japoneses y tantos otros. Huellas de este culto han sido descubiertas en numerosos lugares de Inglaterra, Escocia y el país de Gales, aunque sean notablemente escasas las estatuas fálicas realistas. Tales ejemplares han existido, pero probablemente han sido demolidos, y la mayor parte de las huellas escritas sobre los mismos han sido borradas con cuidado por el clero y las demás autoridades».

El mismo autor cita aj. B. Hannay en Christianity: The Sources of its Teaching and Symbolism: «Los pilares fálicos no eran raros en Bretaña. Tenemos una larga lista establecida según antiguos escritos. Buen número de ellos fueron destruidos o derribados, mutilados en la punta o erosionados por la intemperie; sin embargo, en las investigaciones, se descubren columnas fálicas tan perfectas que un indio shivaíta se prosternaría ante ellas y las adoraría todavía hoy. Otros sólo representan el glande, como las formas adoradas por los asirios».

En el emplazamiento prehistórico de Filitosa, en Córcega, se ven piedras erguidas, de un realismo tal que se trata indudablemente de lingams, aunque los arqueólogos los califican púdicamente de «guerreros». También en este caso podemos hacer una comparación entre el hombre viril sexualmente y el hombre viril combativamente.

No sé qué hubiera pensado, pues, nuestro amigo Burgess si hubiera asistido a la escena relatada por el Capitán Hamilton (A New Account of East lndies, Edimburgo, 1727, vol. 1, p. 152), que vio un «sanctified rascal» (literalmente, un miembro de la chusma santificado), un truhán de siete pies (más de dos metros), con los miembros bien proporcionados, de la secta de los jougies (sic) «sentado a la sombra de un árbol,

prácticamente desnudo, con un pudenda (en latín en el texto) como un asno, con un anillo de oro pasado por el prepucio. Este gañán era muy reverenciado por un gran número de mujeres jóvenes casadas, que se prosternaban ante el príapo viviente, lo tomaban devotamente entre las manos, lo besaban, mientras que su propietario libertino les acariciaba las necias cabezas murmurando plegarias obscenas, que supuestamente les aseguraban una progenitura».

¡Se entiende, efectivamente, que este subdito de Su Muy Excelsa Majestad Británica haya sido escandalizado por ese espectáculo! No comprendió que esas mujeres no adoraban el miembro viril sino el lingam, signo de la potencia creadora de Shiva.

¡Estupefacción! ¡Escándalo! ¡Otro viajero vio a un asceta desnudo, sentado bajo un árbol, poniendo collares de flores y otras ofrendas rituales a su propio miembro en erección! Para el asceta, la erección manifestaba la fuerza creadora que hace surgir una nueva vida o las galaxias de la nada, y es ese principio cósmico lo que reverenciaba... Estaba en condiciones de disociar su polo-individuo (el yo consciente) de su polo-especie. Todo esto no puede trasladarse a Occidente, evidentemente: ¡imagínese el lector la cara de los peatones en los Campos Elíseos!

En la India, el origen del culto del lingam se remonta a la prehistoria, a los antiguos ritos sexuales de fecundidad, al culto de la Gran Diosa. Los hombres y las mujeres se unían cerca de los campos, y los aco- plamientos colectivos se consideraban beneficiosos para aumentar, por contagio, la fecundidad de la tierra: seguramente era menos tóxico que nuestros pesticidas... Luego se levantaban piedras para invocar a las fuerzas creadoras, piedras que todavía están allí...

Este culto es muy anterior a la invasión aria: el Rig-Veda atestigua que el lingam era, si no el único, el principal símbolo preario, rechazado por los arios.

Los epítetos injuriosos dirigidos a los drávidas: akarman, sin ritos, ayajvan, que no hacen sacrificios, shishna-devāh, literalmente «cuyo dios es el pene» (VIL21.5 y X.99-3), prueban que el simbolismo profundo del lingam escapaba a los arios. Su culto, condenado, quedaba desterrado de los rituales védicos.

Sin embargo se produciría un viraje. Sólidamente implantados en el país conquistado, su pretendida integridad racial protegida por el estricto apartheid del sistema de las clases, los arios podían darse el lujo de la tolerancia religiosa. Dejaban que sus siervos, los sudras, conservaran sus antiguos dioses y cultos.

Mientras que habitualmente el vencedor impone su religión a los vencidos, en la India los arios no sólo no deseaban en absoluto «brahmanizar» a sus siervos, sino que al contrario prohibían estrictamente a los no arios (y a algunos arios) incluso que escucharan los Vedas. En caso de transgresión, el Código de Manu castigaba ese «sacrilegio» con graves penas.

Sin embargo, poco a poco los «señores» se anexaron dioses, creencias, prácticas mágicas de los vencidos y las integraron, «arianizadas», a su propio culto y panteón: el resultado de esta osmosis es el hinduismo. Y es así como el lingam, al principio tan despreciado, se convirtió en el símbolo más difundido en toda la India. Sin embargo, si los arios patriarcales lo aceptaron bastante fácilmente, ¡fue porque veían en él sobre todo el miembro viril!

Todavía hoy el culto del lingam ha conservado su fervor original. Cito a Mircea Eliade (L'épreuve du Labyrinthe, p. 68): «La segunda enseñanza que me ha aportado la India es el sentido del símbolo. En Rumania no me atraía la vida religiosa, las iglesias me parecían atestadas de iconos. Y por supuesto que no consideraba esos iconos como ídolos, pero en fin... Pues bien, en la India, viví en un poblado de Bengala y vi mujeres y muchachas que tocaban y decoraban un lingam, un símbolo fálico, más exactamente un falo de piedra anatómicamente muy exacto; por supuesto que, al menos las mujeres casadas no podían ignorar su naturaleza, su función fisiológica. Comprendí, pues, la posibilidad de «ver» el símbolo en el lingam. El lingam era el misterio de la vida, de la creatividad, de la fertilidad que se manifiesta en todos los niveles cósmicos. Esta epifanía de vida era Shiva, no era el miembro que nosotros conocemos. Entonces, esa posibilidad de ser religiosamente conmovido por la imagen y por el símbolo, me reveló todo un mundo de valores espirituales».

A primera vista el lingam parece ser un símbolo falocrático; sin embargo, cuando el órgano masculino se pone erecto, ¡es a causa de la mujer! Según un dicho tántrico, «Shiva sin Shakti sólo es un shava, un cadáver». La erección demuestra el poder femenino. Discúlpeme, señora, si evoco el ejemplo bien conocido de los perro. Normalmente, no pasa nada, pero cuando una perra está en celo, ¡a la arrebatiña todos los perros! Por tanto es la hembra quien despierta a los machos, y no a la inversa.

El lingam pone así (¡aparentemente!) a todo el mundo de acuerdo: al falócrata que da la prioridad al órgano masculino erecto, al tántrico que detrás de la unión de los órganos masculino y femenino percibe los principios

cósmicos así simbolizados. Si es fácil esculpir el órgano masculino, por el contrario es técnicamente imposible esculpir el sexo femenino en relieve. Eso es lo que hace que, en los lingams indios, el órgano femenino se limite a rodear la base del órgano masculino, y el resto debe ser imaginado.

Una pregunta: ¿por qué los lingams son siempre de piedra, excepto los modelados en arcilla y que se arrojan enseguida al Ganges, y por qué esta piedra en general es negra? La respuesta es simple: ¡es a causa del color de la piel de los drávidas, cuyo dios era Shiva!

¿Y como es en realidad una linga-pūjā, una adoración del lingam, en un medio puritano como, por ejemplo, el ashram de Rishikesh, al pie del Himalaya? El oficiante, a veces el swami Chidananda, el asceta, acaricia en primer lugar largamente, casi amorosamente, el. lingam de piedra pulida, lo adorna con guirnaldas y traza en él con pasta de sándalo amarillo los signos rituales y simbólicos. Durante toda la celebración, el oficiante y los participantes cantan en coro, durante horas, «Om Namah Shivayah», arrojando al mismo tiempo flores y pétalos de flores sobre el lingam, que queda casi cubierto por ellos.

En el momento culminante, el oficiante vierte sobre el lingam un líquido blanco viscoso hecho de leche y miel (cuyo simbolismo es evidente), que corre lentamente por la piedra y se derrama en el arghya, para ser luego repartido entre los participantes, que lo beben con evidente devoción. Como en la consagración durante una misa católica, para ellos en ese instante Shiva está presente en el lingam.

Cuando se les menciona el carácter sexual evidente de ese ritual, se ofuscan y, con buena fe, lo niegan absolutamente. He oído a una occidental, también ella de buena fe, seguir su ejemplo. Creía incluso que aportaba una prueba tan sutil como innegable: decía que si se tratara verdaderamente de un símbolo de unión sexual, el falo debería estar horizontal y no vertical. En la posición occidental corriente, la del misionero, sería así, pero no en el maithuna tántrico, donde Shakti está a horcajadas, o «cabalga» sobre Shiva y el órgano masculino está vertical. Los indios —¡que ciertamente saben!— no hablan: se contentan con negar...

Los tántricos sienten que la eyaculación es el momento procreador por excelencia, cuando la energía femenina se apodera del esperma para suscitar una nueva vida. Para ellos, todo acto creador va acompañado de goce y la creación resulta de una unión cósmica permanente y orgiástica, que proseguirá hasta el fin de los tiempos: cada galaxia es el fruto de un orgasmo cósmico. Toda experiencia cósmica es necesariamente extática, como el éxtasis de los místicos occidentales, y eso justifica los ritos sexuales de la Vía de la Izquierda, la vía más directa hacia el éxtasis. Para el tantra, la libido cósmica (¡que Freud se alegre en su tumba!) es el dinamismo fundamental de la creación: el universo nace del deseo, como todo ser viviente. Deseo y goce acompañan a todo acto verdaderamente creador.

En los ritos sexuales del tantra, todo se organiza para despertar el deseo, para crear situaciones eróticas intensas, para acceder así a la felicidad, al éxtasis, por una unión concreta ritualizada, sacralizada. Además, esta unión sólo llega a ser espiritual si se percibe su carácter divino, sagrado. Para el tantra todo goce puro es de orden espiritual. La unión sexual es el «signo» más concreto, más simbólico que existe, y va acompañado también por la felicidad última que puede experimentar el cuerpo humano. Todo esto supone una visión diferente de la ordinaria, que considera que el goce y lo espiritual son incompatibles. Los siguientes extractos de escrituras sagradas confirman el simbolismo del lingam: «La naturaleza manifiesta, la energía cósmica universal, está simbolizada por el yoni, el órgano femenino que rodea al lingam. El yoni representa la energía que engendra el mundo, matriz de todo lo que se ha manifestado» (Karapátri, Lingopapasana rahasya, Siddhanta, vol. 2, p. 154).

«El Universo proviene de la relación de un yoni con un lingam. En consecuencia, todo lleva la marca del lingam y del yoni. Es la divinidad que, bajo la forma de falos individuales, penetra en cada matriz y procrea así a todos los seres» {id., p. 163).

La potencia física y mental se adquiere controlando el sexo, ritualizándolo y no reprimiéndolo. Los órganos que intervienen son la expresión visible del poder creador, cuyo símbolo más concreto son. Cuando los hindúes veneran el lingam no deifican un órgano físico, reconocen simplemente una forma eterna y divina manifestada en el microcosmos. Porque la potencia creadora humana reside en el sexo, éste es a la vez la sede y el emblema de lo divino, de la forma causal, eternamente presente en todas las cosas: «Aquellos que no quieren reconocer la naturaleza divina del falo, los que no comprenden la importancia del rito sexual, los que consideran el acto de amor como vil y despreciable o como una simple función física, seguramente fracasarán en sus intentos de realización material o espiritual. Ignorar el carácter sagrado del falo es peligroso, mientras que venerándolo se

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