A la pregunta: «¿Cree usted verdaderamente en los dioses hindúes?», yo respondería: «Tanto como en Papá Noel».
¿Se entiende la causa? No, porque yo creo en Papá Noel y en el Cuco, pero de una forma particular...
¿Y qué es exactamente un «dios» hindú? Antes de precisar, digamos que es una pena que el francés, tan rico en matices, limite la elección entre dios(es) y Dios. Con mayúscula, es el Ser Supremo, el Creador, forzosamente único en nuestro espíritu, ya seamos monoteístas o mono-ateístas y, en ambos casos, al diablo con los dioses, hindúes o de cualquier otro tipo.
Si soy creyente, cristiano, judío o musulmán, mi religión me impone un Dios único que excluye, ipso facto, la minúscula tanto como el plural, es decir «los» dioses. «Adorarás a un solo Dios.» A título académico, seguramente que se admitirá el estudio de la mitología hindú, pero no se trata de creer en ella, o peor todavía, de volverse politeísta. Adorar a esos dioses exóticos con múltiples brazos sería una herejía: ¡cuidado con la excomunión! Pero, tranquilícese el lector, no se trata de apostasía.
Si soy mono-ateísta (pido perdón al diccionario) es todavía más sencillo: siendo ateo —¡gracias a Dios!—, ¿para qué he de cargar con una multitud de dioses? ¡Uno solo ya es demasiado para mí!
De modo que para el occidental, los dioses hindúes son (y seguirán siendo) tan extraños como extranjeros. Entonces, ¿por qué preocuparse? Buena pregunta, pero digamos enseguida que un «dios» o una «diosa» hindúes no tienen realmente ninguna relación, ni siquiera lejana, con Dios, y lamentemos una vez más que sólo se use «dios» para traducir, y traicionar, el sánscrito deva, que viene de div, «resplandecer» y, por extensión, «ser luminoso, divino, celeste». ¡Sería mejor conservar deva y olvidar «dios (es)»! Señalemos de paso que «diva», que designa a una cantante célebre, deriva de la misma raíz latina que «diosa».
Los arios de las castas llamadas superiores, los brahmanes y los kshatriyas, se autoproclaman devas, hijos de la Luz, en oposición a los demonios, a las fuerzas de las Tinieblas, es decir, a los autóctonos vencidos.
Así, el Rig-Veda, la más antigua composición indoaria, preservada con una asombrosa fidelidad desde hace treinta siglos, base de la religión brahmánica, relata y glorifica la lucha épica entre el Bien, los de-vas, y los dāsas, los demonios del Mal.
Pero, ¿se trata verdaderamente de un combate mítico? ¿No es más bien el relato «mitologizado», divinizado, de la implacable guerra de conquista de la India por los arios? Una mujer india, Malati J. Shend-ge, profesora en la Nehru University de Nueva Delhi, en su notable obra The Civilized Demons: the Harappans in Kigveda, restablece la verdad:
«¿Qué significan las referencias constantes del Rig-Veda a los combates que se libran entre los dioses y los demonios? ¿Se trata verdaderamente del Bien luchando contra el Mal, como se admite generalmente, o de una guerra real entre los arios y los antiguos ocupantes de la India? ¿No glorifica más bien el Rig-Veda la victoria de los arios sobre sus enemigos los asuras, rakashas, gandharvas, yanshas y pishakas? [... ] Cuando los arios crearon una religión a partir de esos acontecimientos, después de haber divinizado a sus jefes, se arrogaron el título de Bien Cósmico, y naturalmente sus adversarios se convirtieron en «demonios», encarnaciones del Mal Cósmico.
»[...] El himno 11.20.7 canta las alabanzas de Indra, que "desmantela las murallas de las fortalezas donde se guarecen los dāsas, los pueblos de piel oscura (krishnayoni)".»
Como sólo con las armas no lograban vencer la resistencia de los harapeanos —que les daban realmente mucho trabajo—, los arios no dudaron en recurrir al agua y al fuego. La civilización de Mohenjo-Daro vivía de su agricultura, que a su vez dependía de su notable sistema de riego, alimentado por las aguas de los monzones, contenidas por diques. Mucho antes que los aliados, que durante la última guerra hicieron saltar un dique en Alemania para destruir las ciudades enemigas, Indra, el principal dios ario, mata a Vritra, el jefe guerrero de Harappa guardián de la presa, y «libera las aguas», matando dos pájaros de un tiro. Por una parte las aguas arrasaron todo a su paso, ahogando a los habitantes en sus pueblos y poblados, sembrando el desastre y la confusión. Por otra parte, después de la inundación de los campos y la destrucción de las cosechas, la falta de
agua imposibilitó cualquier cultivo, lo cual hizo morir de hambre a los supervivientes.
Así deificado, transferido al cielo, glorificado en tanto destructor de fortalezas, Indra, «el que libera las aguas», es promovido a dios de la lluvia, y su arma es el relámpago.
Agni, dios del fuego, venerado casi tanto como Indra, no es ya la deificación de un héroe de la guerra, sino más bien la de un elemento, central en el culto del Rig-Veda. Para los arios nómadas, el fuego del campamento tenía un papel esencial: en torno a él el clan se reunía cuando acampaban, especialmente para escuchar a los bardos, que luego serían los brahmanes, los amos del fuego de los sacrificios. Convertido en arma de guerra, el fuego, divinizado bajo el nombre de Agni, se convirtió en un elemento central del culto. Agnihotra, el sacrificio del fuego, todavía se practica en nuestros tiempos, como en los tiempos védicos: he asistido a él más de una vez. Sin embargo, se cuidan muy bien de decirnos que para conmemorar la aniquilación de los enemigos, los dasas, se arrojan al fuego diversos ingredientes, entre ellos granos que simbolizan la destrucción de las cosechas, las ciudades y los fuertes, y trozos de carne que representan a los enemigos quemados...
Otro elemento mítico del Rig-Veda es el soma. En efecto, incluso divinizado, Indra, guerrero intrépido y turbulento, es demasiado humano. Debía beber como una cuba, pues sus batallas contra las «Tinieblas» eran precedidas por enormes borracheras. El Rig-Veda describe con admiración a Indra englutiendo impresionantes tragos de soma —brebaje embriagador que se convirtió en «su» bebida— ¡y también las escenas conyugales que le hacía su mujer, como a un borracho cualquiera de aquí abajo, cuando él había bebido demasiado! ¡Tampoco los otros devas se privaban de soma, bien al contrario!
En ese paraíso, breugheliano por anticipado, uno no se aburría: para distraer y encantar a los dioses védicos estaban las ninfas y las bailarinas celestes, las apsaras, cuyo poético nombre significa «esencia de agua», y que son simbolizadas por las nubes del cielo. Durante las guerras terrestres —como sus primas teutónicas, las valquirias— bajan al campo de batalla para recuperar a los guerreros (¡arios, por supuesto!) que han muerto en el combate, acostarlos en carros adornados y floridos, y conducirlos directamente al paraíso de Indra. Bromistas, en períodos de «calma» los devas envían gustosos a las ninfas en misión terrestre para seducir y, mejor aún, corromper a los ascetas, rishis y otros precursores de San Antonio: ¡el paraíso ario no es sombrío y los devas se desternillan de risa!
Progresivamente, el panteón ario, ya bien surtido antes de entrar en la India, se puebla de una multitud de «dioses» nuevos: ¡se van agregando tomos a los registros civiles celestes! La guerra de conquista engendra numerosos héroes arios, que se hacen divinizar debidamente, como Vishnu, uno de los miembros de la trinidad hindú. Varuna, que gobierna el paraíso ario junto con Indra, a cuyas hazañas guerreras sin embargo no está asociado, es El-que-todo-lo-sabe, el ministro del Interior, el jefe de los servicios secretos, el guardián de la ley y del orden. En el Rig-Veda, Rudra, al que encontramos también en el mito de Shiva, es una divinidad muy secundaria: ¿quizás el jefe de una tribu local tránsfuga? Sea como fuere, arrastra tras de sí al paraíso a sus hijos y a sus partidarios, la cohorte de los maruts, temibles peleones celestes.
Respiremos un poco. Este es un primer proceso de divinización. Jefes de clan que se distinguen en el combate son elevados a la categoría de héroes y emigran al Walhalla indoario como devas. Entre dos bo- rracheras y las danzas de las apsaras, pueblan sus ocios celestes ocupándose de los fenómenos atmosféricos, como la tormenta y el viento (Vayu y Váta), que se antropomorfizan.
El Sol ario no es un fenómeno unitario. Savitur es el Sol «que se puede mirar», por tanto saliente o poniente; cegador, se convierte en Surya. Aislada entre esta supremacía masculina, está la encantadora Usha, el alba que tiñe el cielo de rojo; femenina porque mañana tras mañana da a luz: incluso en el paraíso, dar a luz es un privilegio que el hombre cede gustoso a la mujer... El Rig-Veda no escatima elogios para Usha y le dedica numerosos himnos muy poéticos. Las otras diosas arias desempeñan la función subalterna de esposas de los dioses, mientras que en el tantra las diosas son el eje del culto.
Los Ashvin, adorados casi tanto como Indra, rigen la pálida luz que precede al alba, cerrando así el ciclo solar: preceden a Usha, que engendra a Savitur, que se convierte en Surya, para volver a ser Savitur en el crepúsculo. ¡Complicado!
¿Pero no abuso de la paciencia del lector? Indra, Varuna y consortes, ¿le suscitan un entusiasmo delirante? Confidencia: tampoco el mío, pero no podemos ignorarlos completamente, para poder diferenciarlos de las divinidades tántricas.
La religión brahmánica, lejos de ser misionera y proselitista, es deliberadamente racista y cerrada. Reservada sólo para los «dos-veces-nacidos», los arios, excluye a los descendientes de los vencidos, los sudras, a fortiori a los intocables. Es lógico: ellos debían ignorarlo todo de una religión que glorificaba la derrota de sus
antepasados, y era necesario borrar hasta incluso el recuerdo de su lucha armada.
Con el paso de los siglos se produce una curiosa osmosis. Si bien los arios impedían a los vencidos el acceso a la religión védica con tanto rigor como el acceso a la propiedad, por el contrario les daban libertad para que practicaran sus antiguos cultos y adoraran a sus dioses prearios. Poco a poco los dioses indígenas se infiltraron en el panteón brahmánico y, una vez arianizados, llegaron a veces a suplantar a los dioses védicos.
Ario o no, ningún dios indio es identificado con el Ser Supremo, y cada divinidad personifica un aspecto limitado del mismo. Hombres y mujeres idealizados, elevados al rango de devas, siguen siendo sin embargo muy humanos, con frecuencia celosos, vengativos, mezquinos, incluso no dudan en mentir cuando están «mito- lógicamente» arrinconados. Su mito alegórico muestra que los humanos pueden acceder a una perfección que el arte indio concreta en maravillosas esculturas y bronces.
Para simbolizar sus poderes sobrenaturales, se los gratifica, por ejemplo, con varios brazos y diversos accesorios. Bajo apariencias amenazantes, oscuras o monstruosas, revelan poco a poco su verdadero carácter. Para los hindúes se convierten casi en miembros de la familia, dignos de veneración. Aunque disponen de poderes sobrenaturales por ser seres «celestes» y viven en otro plano, sin embargo se los puede tocar según un culto propio para cada ídolo. Así otorgan sus gracias a los devotos, o, como mínimo, no les hacen ningún daño. En conclusión: estos dioses exóticos serán sin duda siempre para nosotros extranjeros e inaccesibles.
¿Pero no tenemos un equivalente? Nuestros santos son bastante parecidos. Como ellos, son seres humanos idealizados, que viven en el cielo, es verdad, pero son sensibles a las plegarias y a los peregrinajes de los devotos. El culto que se les brinda adorando su estatua, dirigiéndoles oraciones, ofreciéndoles flores y velas, es muy parecido, en todo caso. Las capillas de nuestros campos se diferencian muy poco, salvo por su arquitectura, de los pequeños templos de las aldeas indias. A cambio de ese culto, nuestros santos interceden por nosotros ante las instancias celestes o se sirven de su propio poder sobrenatural, por ejemplo para curar. Los devotos católicos viven en la intimidad de un santo como los hindúes en la de su ishta-devata, su divinidad favorita. Algunos — San Medardo, por ejemplo— gobiernan los fenómenos atmosféricos, como la lluvia. Otros son patronos de las corporaciones, como San Eloy y Santa Bárbara, o protegen a los marinos, y así sucesivamente.
Papá Noel, un mito bien vivo
Sólo los dioses indios que encarnan mitos o arquetipos universales podrían ser «injertables» entre nosotros sin reacción de rechazo. Para encontrar un ejemplo de trasplante logrado vayamos al Japón: después de todo, la India está a mitad de camino. En efecto, los japoneses han importado y adoptado la fiesta de Navidad, que llaman Karusumasu (vaga onomatopeya de Christmas), y con ella nuestro Papá Noel. Así, los niños japoneses tienen también derecho a los juguetes —made in Japan, por supuesto— que él distribuye. ¿Y por qué no? En realidad Papá Noel es el arquetipo universal del Padre, del Patriarca tribal, grabado en la memoria colectiva de toda la humanidad. Pero, ¿podemos imaginarlo vestido de cow-boyl Su barba blanca, su túnica roja con capuchón, marcan su aspecto bondadoso, lo mismo que su saco lleno de juguetes destinados a los niños buenos. El gorro y la hopalanda forradas de piel gruesa indican que viene del corazón helado de la larga noche invernal. El sombrío Pere (padre) Fouettard (equivalente del Coco) es el aspecto represor complementario del Padre arcaico «que está en el cielo», es decir, en el plano psíquico sutil. Luego, cuando el niño «descubre la verdad», ¿qué gana? Nada. A menos que, llegado a adulto y disfrazado de Papá Noel, acceda nuevamente como padre al mito del Padre.
A propósito, yo creía que Papá Noel era muy antiguo, ¡y fue inventado en 1850! Sin embargo, no me equivocaba del todo, pues su linaje se remonta a las antiguas leyendas de los pueblos de Europa: Gargan, hijo del dios celta Bel, ya llevaba un saco y distribuía regalos, sobre todo a los niños. Divertido: en 1961 el cardenal Roques, arzobispo de Rennes, calificó esta costumbre de «increíble estupidez de un trapero imaginario llamado Papá Noel». En 1981, en la explanada frente a la catedral de Dijon —es muy simbólico—, 250 niños «teledirigidos» lo quemaron en efigie, pero... ¡al día siguiente resucitaba en el techo del Ayuntamiento! ¡Un arquetipo es tenaz!
Como por azar, las cenas-comilonas de Navidad y de Año Nuevo coinciden con las fiestas precristianas del solsticio de invierno que celebraban el renacimiento del Sol y de la luz. La Iglesia, más realista y hábil que el arzobispo de Rennes, sabiendo que era incapaz de reprimirlas, prefirió cristianizarlas. Así, desde el año de gracia de 354, «oficialmente» el salvador nació el 25 de diciembre (por orden del Papa Liberio), mientras que antes se festejaba su nacimiento el 6 de enero (Iglesia de Oriente), el 10 de abril o el 29 de mayo. ¡La solución elegida
contentaba a todo el mundo!
Volvamos a Papá Noel. Cuanto más mítico es un personaje, y por tanto «no real», más ligado está a su estereotipo. Todo en Papá Noel y en su vestimenta es simbólico, por tanto intangible. De modo que está casi excluido ponerle una chaqueta verde. El rojo es muy simbólico y el insconsciente del niño no se equivoca. Y sería impensable... afeitarlo: imberbe, ya no encarnaría al Padre arcaico. Incluso importa su estatura. Grande y majestuoso sería temible; pequeño y regordete —por tanto, bon-vivant— tranquiliza y se convierte en el «pequeño Papá Noel».
El niño ignora nuestros raciocinios de adulto pero, frente a Papá Noel, su inconsciente descifra en él al Padre arcaico. El niño entra en el universo mágico del amor de los padres por sus hijos. Tengamos pena de los niños sin Papá Noel, que no es francés ni japonés, sino universal, aun cuando su papel lo ejerza San Nicolás, su variante nórdica.
Pues sí, Papá Noel es exportable, y así como «creo» en Papá Noel, «creo» en Shiva: su leyenda y su carácter son altamente simbólicos. El occidental se pregunta dónde y cómo podría iniciarse en el tantrismo auténtico. Esta iniciación depende ampliamente de un desciframiento inconsciente de los mitos simbólicos que propone el tantra. Así como Papá Noel coexiste en paz con nuestras religiones cristianas y con los cultos japoneses, los mitos tántricos son compatibles con toda religión auténtica, pues revelan, incluso activan, fuerzas cósmicas latentes en nuestro ser y en el universo.
Esta larga introducción era, en mi opinión, indispensable antes de abordar a Shiva y su simbolismo. Ignorarlo es ignorar la esencia del tantra.