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El tantra supera —¡y de lejos!— el culto del sexo al que cierto público lo reduce con demasiada frecuencia. Ante todo es una tradición iniciática, lo cual es casi una tautología, puesto que toda tradición es iniciática, es decir, se transmite mediante un simbolismo y/o una mitología. Preciso: «iniciática» significa un enfoque intuitivo, no discursivo, no intelectual, no racional, de lo real y de los resortes ocultos para integrarse a él. Toda Tradición procede así, al contrario de la ciencia, que por definición constituye un conjunto organizado de conocimientos relativos a los hechos y a las leyes del universo manifiesto. La ciencia se sitúa deliberadamente en el nivel cerebral puro, y una de las cualidades esenciales que se atribuye es la objetividad. Sin embargo, y a pesar de las apariencias, la visión tántrica y la científica, lejos de excluirse, se completan.

No piensa lo mismo el científico, para quien nada es más anticuado, incluso primario, que el simbolismo o el mito, y la única concesión que podría en rigor consentir sería convertirlos en tema de estudio... En cuanto a servirse de ellos para su evolución personal o para captar la esencia del cosmos, ¡ni hablar! ¿Sorprendente? No, pues nuestro tipo de civilización debe lo esencial de su desarrollo y de su originalidad a la ciencia y a su corolario, la tecnología; jamás la humanidad adquirió tanto saber en tan poco tiempo, jamás dispuso de semejante potencia material. Y de aquí a considerar que el enfoque técnico-científico es el único válido hay un pequeño paso, que se da rápidamente.

El precio pagado por esos logros innegables es una hipertrofia del intelecto, que mide, pesa, compara, deduce leyes, etc. Esta actividad, tan eficaz a nivel práctico, apenas araña la superficie de las cosas y cierra el acceso a las realidades últimas ocultas detrás de los fenómenos. La ciencia, incluso cuando descubre el núcleo del átomo o revela, los secretos de la célula, incluso cuando explora los vertiginosos abismos intergalácticos, se queda en la superficie: el observador debe permanecer neutro y no implicarse de ninguna otra forma.

Paradójicamente, cuanto más cree el intelecto acercarse a las realidades últimas, más se le escapan. Esta carrera sin fin me recuerda una experiencia de cuando tenía diez años. Era después de una tormenta, y veo todavía ese maravilloso arco iris, tan luminoso sobre un fondo de nubes de color antracita. Era tan definido que parecía colocado sobre la hierba del prado mojado por el chaparrón, justo delante de una hilera de sauces. Rápidamente me subí a mi nueva bicicleta y corrí a ver el prado más de cerca. Decepción: cuanto más avanzaba, más «reculaba» el arco iris, y cuando llegué a la altura de los sauces, me hacía burla delante del bosquecillo. La realidad última es ese arco iris que la ciencia persigue en vano...

Para la ciencia esto podría incluso ser estimulante si no desembocara en un callejón sin salida. De hecho la ciencia, hija del intelecto y madre de la tecnología, crea más problemas de los que resuelve.

Por definición el intelecto sólo puede razonar y calcular fríamente. Entonces, cuando la ciencia se auto-define como «objetiva» es verdad, pero en el sentido literal: lleva al universo al rango de simple «objeto», universo él mismo poblado de una infinidad de otros «objetos», y todo se convierte en «objeto», incluso lo viviente. Así es como el hombre moderno ha terminado por cavar un abismo entre su universo tecnológico artificial y la naturaleza, entre sus abstracciones intelectuales y la vivencia real. Bajo el pretexto de «desmistificar», el intelecto desmitifica, desacraliza.

Cuando ya nada es sagrado, ni siquiera la vida, todo es muy práctico: ya nada impide saquear los recursos naturales, sin vergüenza ni remordimientos, y el hombre no se frena hasta que él mismo se siente amenazado ¡y ni siquiera entonces! Los animales-objetos son sometidos a la «buena» voluntad del hombre, que fríamente fabrica en serie vacas, cerdos, terneros, aves, siempre que dé ganancias, y el insensible intelecto ignora sus sufrimientos: ¡eso no le concierne!

La crisis del mundo moderno, que ya nadie niega, salvo los que no quieren ver ni entender nada, ¿tiene otro origen? Habiéndose enajenado de la naturaleza, el hombre se ha enajenado de sí mismo; es un desarraigado, y como todo árbol desarraigado, desaparecerá, a menos que vuelve a encontrar sus raíces... Ya en mi Aprendo yoga7 planteé el problema: «¿Hay que cerrar los laboratorios y encarcelar a los científicos?» Y evidentemente

respondí que no, porque estoy convencido de que la ciencia moderna es perfectamente conciliable con el tantra,

incluso con su simbolismo y su mitología. Sería irreal querer renunciar al intelecto y su conquista, la ciencia, pero para evitar que esta herramienta incomparable se vuelva esterilizante, es urgente añadirle el aspecto simbólico, incluso mitológico. Creo que es posible conciliar Nataraja y la física moderna, punta de lanza de la ciencia.

Nataraja y el físico

La física moderna y el pensamiento oriental son compatibles y complementarios. Para el físico, a medida que la física nuclear progresa, nuestro mundo visible, familiar, tranquilizador, compacto, da paso a un universo extraño, inaprensible, que se disuelve en fórmulas matemáticas. Los objetos, que nuestros sentidos nos presentan como sólidos e impenetrables, se convierten en vacío, en campos giratorios de fuerza. Desamparada, la mente renuncia a comprender y es probable que con el paso de los años el divorcio entre el intelecto y lo real se acentúe y con ello nuestro desasosiego. El tantra, por sus mitos y sus símbolos que trascienden el intelecto, puede disipar ese vértigo mental.

Fritjof Capra lo ha descrito en su libro The Tao of Physics: «Sentado en la playa, al borde del océano, en una hermosa tarde de verano, mirando romper las olas mientras seguía mi ritmo respiratorio, de repente supe que todo lo que me rodeaba era una gigantesca danza cósmica. Como físico, sabía que las rocas, la arena y el aire que me rodeaban estaban compuestos de moléculas vibrantes y de átomos hechos de partículas que perpetuamente crean y destruyen otras por interacción.

»Sabía que la atmósfera terrestre es continuamente bombardeada por huracanes de rayos cósmicos, partículas de alta energía que sufren numerosas colisiones a medida que penetran en la atmósfera. Todo eso me resultaba familiar, como investigador en física de alta energía, pero hasta entonces no lo conocía sino por medio de gráficos, de diagramas, de teorías matemáticas.

»Mi experiencia de la danza de Shiva fue seguida de muchas otras similares. Comprendí que poco a poco comienza a emerger de la física moderna una visión coherente del universo de acuerdo con la antigua sabiduría oriental...

»Espero encontrar entre mis lectores muchos científicos que se interesen por las repercusiones filosóficas de la física, incluso si ignoran el pensamiento oriental. Descubrirán que este pensamiento ofrece un marco filosófico coherente y armonioso, que integra muy bien las teorías físicas de vanguardia».

Así, en esa playa, Fritjof Capra vivió una experiencia tántrica espontánea. Su intelecto sabía desde hacía mucho tiempo que la materia es energía condensada, pero era un concepto abstracto, frío, y no una experiencia vivida. De golpe su «saber» se convirtió en «percepción unitiva» y la realidad viviente le reveló el sentido oculto del mito de Shiva, el Danzarín cósmico. Esa es la esencia del tantra: por sus símbolos y sus mitos, sus ritos y sus prácticas, superar el intelecto y captar la realidad última, sin depender del azar de una experiencia espontánea. Si ésta sobreviene, de repente se disuelven las fronteras artificiales entre el universo ilusorio creado por nuestros sentidos y el universo subyacente invisible pero real, entre lo «espiritual» y lo «material».

Fritjof Capra percibió verdaderamente la vibración rítmica del cosmos, vio la naturaleza energética del universo, escuchó su sonido universal, no con sus ojos ni con sus orejas de carne, sino con su órgano de per- cepción interna, con su intuición, con su «tercer ojo». Ha llegado, pues, el tiempo de conciliar y reconciliar la ciencia y el tantra. Para el físico, la percepción directa de la realidad es una experiencia nueva y que deja marca. Para el tantra, es natural que la ciencia moderna confirme la visión tántrica del cosmos.

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